Enséñame, Señor

Enséñame, Señor,
a ser dulce y delicado en todos los acontecimientos de la vida;
en los desagrados, en la inconsideración de otros,
en la insinceridad de aquellos en quienes confiaba,
en la falta de fidelidad de aquellos en quienes yo descansaba.

Déjame que yo me ponga a un lado para pensar en la felicidad de los otros;
que oculte mis penas y mis angustias,
para que así sea yo el único en sufrir sus efectos.

Enséñame a aprovecharme del sufrimiento que se me presenta en mi camino.

Déjame que lo use de tal manera
que sirva para suavizarme, no para endurecerme ni amargarme,
de modo que me haga paciente, no irritable;
generoso en mi perdón, no mezquino, altivo e insufrible.

Que nunca alguien sea menos bueno por haber percibido mi influencia.

Que nadie sea menos puro, menos veraz, menos bondadoso,
menos digno por haber sido mi compañero de camino
en nuestra jornada hacia la vida eterna.

En tanto que voy dando vueltas de una distracción a otras,
déjame susurrar una palabra de amor a Ti.

Que yo viva mi vida en lo sobrenatural,
llena de energía para el bien
y vigorosa en su empeño de santidad.

Amén