Tomás de Aquino

Santo Tomás de Aquino

(c1225-74)

Fiesta: 28 de enero

Filósofo dominico y teólogo.

Doctor de la Iglesia, llamado “Doctor Angélico”.

Autor de la Suma Teológica, obra insigne de teología.

Patrón de las escuelas católicas y de la educación.

Tomismo: La teología y filosofía que se fundamenta en las enseñanzas de Santo Tomás.

Nació en Roccasecca, cerca de Aquino, Nápoles. El hijo menor de 12 hijos del Conde Landulf de Aquino. Sus primeros estudios fueron con los benedictinos en Montecassino, cerca del castillo de sus padres.

Continúa por cinco años en la Universidad de Nápoles. Allí supera a todos sus compañeros y se demuestra su portentosa inteligencia. Conoce a los Padres Dominicos (comunidad recién fundada) y entra con ellos pero su familia se opone. Trata de huir hacia Alemania, pero por el camino lo sorprenden sus hermanos, lo apresan en el castillo de Rocaseca por dos años. Aprovecha el tiempo en la cárcel estudiando la Biblia y la teología.

Los hermanos, al ver que no logran convencerle contra su vocación, le envían a una mujer de mala vida para que lo haga pecar. Tomás la confronta con un tizón encendido y la amenaza con quemarle el rostro si se atreve a acercársele. La mujer huyó espantada.

Después de su liberación, Tomas fue enviado a Colonia, Alemania, donde estudió bajo el Padre Dominico San Alberto Magno. Los compañeros al, ver a Tomás tan robusto y silencioso, lo tomaron por tonto, por lo que le pusieron como apodo: “El buey mudo”. Pero un día, uno de sus compañeros leyó los apuntes de este joven estudiante y se los presentó a San Alberto. Al leerlos, este les dijo a los estudiantes: “Ustedes lo llaman el buey mudo. Pero este buey llenará un día con sus mugidos el mundo entero”. Mas aun que su sabiduría destacaba su devoción. Pasaba horas en oración y tenía un profundo amor a la Eucaristía.

Recibió el doctorado de teología en la Universidad de París y a los 27 años es maestro en París (1252-1260). En 1259 el Papa lo llama a Italia donde por siete años recorre el país predicando y enseñando. En Orvieto (1261-1264), en Roma (1265-1267), en Viterbo (1268), en París (1269-1271) y en Nápoles (1272-1274). Sus clases de teología y filosofía son las más concurridas de la Universidad. El rey San Luis lo estima tanto que lo consulta en todos los asuntos de importancia. En una ocasión, en la Universidad se traba una discusión acerca de la Eucaristía. Al no lograr ponerse de acuerdo, ambos bandos aceptan recurrir a Tomás para que diga la última palabra. Lo que él dice es aceptado por todos.

En 4 años escribe su obra más famosa: “La Suma Teológica”, obra maestra de 14 tomos. Fundamentándose en la Sagrada Escritura, la filosofía, la teología y la doctrina de los santos, explica todas las enseñanzas católicas. La importancia de esta obra es enorme. El Concilio de Trento contaba con tres libros de consulta principal: la Sagrada Biblia, los Decretos de los Papas, y la Suma Teológica de Santo Tomás.

Santo Tomás logró introducir la filosofía de Aristóteles en las universidades.

Su humildad: Según el santo, el aprendió más arrodillándose delante del crucifijo que en la lectura de los libros. Su secretario Reginaldo afirmaba que la admirable ciencia de Santo Tomás provenía más de sus oraciones que de su ingenio. Aun en las más acaloradas discusiones exponía sus ideas con gran respeto y total calma; jamás se dejó llevar por la cólera aunque los adversarios lo ofendieran fuertemente. Su lema en el trato era: “Tratad a los demás como deseáis que los demás os traten a vosotros”.

Amor a la Eucaristía

El Papa le encargó que escribiera los himnos para la Fiesta Corpus Christi. Así compuso el Pangelingua y el Tantumergo y varios otros cantos Eucarísticos clásicos.

Habiendo escrito Tomás bellos tratados acerca de Jesús Eucarístico, Jesús le dijo en visión: “Tomás, has hablado bien de Mi. ¿Qué quieres a cambio?”. Respondió Tomás: “Señor: lo único que yo quiero es amarte, amarte mucho, y agradarte cada vez más”.

Su devoción por la Virgen María era muy grande. En el margen de sus cuadernos escribía: “Dios te salve María”. Compuso un tratado acerca del Ave María.

Final

El Sumo Pontífice lo envió al Concilio de Lyon, pero enfermó cerca de Roma y lo recibieron en el monasterio cisterciense de Fosanova. Cuando le llevaron por última vez la Sagrada Comunión exclamó: “Ahora te recibo a Ti mi Jesús, que pagaste con tu sangre el precio de la redención de mi alma. Todas las enseñanzas que escribí manifiestan mi fe en Jesucristo y mi amor por la Santa Iglesia Católica, de quien me profeso hijo obediente”. Allí murió el 7 de marzo de 1274 a la edad de 49 años. Sus restos fueron llevados solemnemente a la Catedral de Tolouse un 28 de enero, fecha en la que se celebra su fiesta.

Canonizado en 1323, declarado Doctor de la Iglesia en 1567 y patrón de las universidades católicas y centros de estudio en 1880.

ESTUDIO DE LA SUMA TEOLÓGICA DE SANTO TOMÁS DE AQUINO
por Jesús Martí Ballester

TRATADO DE LOS ÁNGELES

INTRODUCCION

Después de haber estudiado el Tratado de Dios Uno y Trino, procede lógicamente contemplar las obras exteriores de Dios, la creación en general, sobre la que ya que hemos reflexionado. Sigue en importancia el tratado de los ángeles porque tienen el supremo grado de perfección entre todos las criaturas. Los ángeles son los más nobles efectos de la creación, pero no han sido creados como independientes de las demás cosas y sin relación alguna con las otras criaturas, sino que se ordenan a ser parte del universo y al gobierno y servicio de las cosas corpóreas, tanto de las inferiores, como del hombre, que participa de su naturaleza espiritual y de la de los cuerpos humanos físicos. La interdependencia de las criaturas entre en el plan de Dios. El sol y la luna, el cedro y la florecilla, el águila y el gorrión, las diversidades y desigualdades demuestran que ninguna criatura se basta por sí misma y que sólo existen dependientes unas de otras para complementarse y servirse mutuamente.

ES EL TRATADO MÁS HERMOSO

Aunque algunos teólogos no han apreciado el hermoso tratado de los ángeles de Santo Tomás, porque han creído que la revelación divina nos dice poco de ellos, y es muy poco lo que la pura razón puede demostrarnos, el Doctor Angélico ha escrito un tratado egregio, en el que con su penetración genial, no sólo llega a la sublimidad angélica en el raciocinio, sino que establece y desarrolla todo su programa intelectualista realista, sentando las doctrinas y principios metafísicos y psicológicos que integran todo el sistema tomista.

PREDILECCIÓN DE SANTO TOMAS POR EL ESTUDIO DE LOS ÁNGELES

Santo Tomás sintió siempre un atractivo especial por el estudio de los ángeles y se ocupa de ellos en muchas de sus obras. Cuando la enfermedad le impidió asistir al coro para cantar las alabanzas divinas, a imitación de los ángeles, escribió un opúsculo sobre los ángeles o substancias separadas, que dedicó a su compañero y secretario, Fr. Reginaldo de Priverno, en cuyo prólogo escribe la razón del tratado: “Puesto que no podemos participar en las solemnidades de los ángeles, queremos suplir con el estudio la falta a la salmodia de las alabanzas divinas. Anteriormente ya había escrito sobre los ángeles en los diversos comentarios sobre la Sagrada Escritura, y en la Summa contra Gentiles; en las Cuestiones Disputadas, en De veritate, en De potentia y en otros.

FUENTES DOCTRINALES DEL TRATADO DE LOS ÁNGELES

Todo lo que Santo Tomás escribe sobre los Angeles en la SUMMA TEOLOGICA no es original. Muchas de sus ideas se encuentran esparcidas en los Santos Padres y en los autores eclesiásticos, en San Agustín, el Seudo Dionisio, San Juan Damasceno, San Gregorio Magno, Orígenes, San Jerónimo, San Isidoro, San Ambrosio, San Bernardo, San Atanasio, San Gregorio Nacianceno, Gennadio, San Veda el Venerable, San Anselmo y en el Maestro de las Sentencias, Pedro Lombardo. La grandeza de santo Tomás consiste en que su enorme talento, agudeza y capacidad de síntesis, da a toda la doctrina cohesión, estabilidad, unidad y método, cosa que nadie antes de él había dado, ni nadie ha podido mejorar. Todo contribuye a que este tratado sea uno de los más hermosos y mejor sistematizados de la SUMA. La genial penetración del Angélico transforma y revaloriza el enorme material de toda la tradición científica, cimentado en las veintitrés citas de la Sagrada Escritura, que explícita.

TAMBIÉN LOS FILÓSOFOS

Y cuenta además con las ideas de los filósofos, pues dándose cuenta de que elabora una exposición teológica racional, añade las citas de filósofos, especialmente la aristotélica, que es la característica de la doctrina tomista. De hecho a quien más cita es a Aristóteles. Detrás de él a Proclo, Boecio, Platón, Porfirio, Averroes, Avicebrón y Rabbi Moyses.

EL FIN DE LA CREACIÓN

Dios creó el mundo para su gloria e imprimió en él cierto vestigio de la Trinidad con los tres órdenes de criaturas, espirituales, corpóreas y mixtas.

Pero entre todas sobresale la espiritual, que por su perfección se acerca más a la naturaleza divina y es la que mejor representa a Dios, que es espíritu puro y excluye de si toda composición, razón por la que los ángeles son el mejor medio para conocerle de un modo menos imperfecto. Además, el mismo Cristo, es no sólo cabeza de los hombres, sino también de los ángeles, y ellos son enviados al mundo, en expresión de San Pablo (Hebr 1,14), como administradores para servicio de los hombres, que han de heredar la salvación y, con la ayuda de Dios, hemos de participar con ellos de la misma gloria y visión beatificas.

ARGUMENTOS DE CONVENIENCIA

No puede la razón teológica demostrar las verdades reveladas, pero sí exponerlas con argumentos de conveniencia. Por eso escribe santo Tomás: “Para la perfección del universo se requiere cierta graduación en las criaturas que se vaya acercando a la perfección infinita de Dios, su Creador. Hay criaturas que se parecen a Dios solamente en el existir, como las piedras; otras, como las plantas y los animales, en el vivir; otras, en el entender imperfectamente, como el hombre. Parece pues natural, que existan otras criaturas puramente espirituales y perfectamente intelectivas, que se parezcan a Dios de la manera más perfecta en que se le pueden parecer las criaturas. Escribió San Agustín que los Angeles no lo son por ser espíritus, sino por ser enviados. Si preguntas por el nombre de su naturaleza, son espíritus; si preguntas por su oficio, son Ángeles.

EXPOSICIÓN TEOLÓGICA DE SANTO TOMÁS SOBRE LA EXISTENCIA DE LOS ÁNGELES (A. 1)

Santo Tomás se pregunta si existe alguna criatura del todo espiritual y absolutamente incorpórea, es decir, una sustancia tan elevada sobre la naturaleza del cuerpo y la materia, que ni ella ni su operación sean corpóreas o ejercidas mediante algún órgano corpóreo. La solución que da cuadra perfectamente con el enunciado, es decir, trata de la existencia de los ángeles, reservando tratar plenamente de la perfecta espiritualidad de ellos para el articulo siguiente. Limitado así el problema a la sola existencia de seres puramente espirituales, la conclusión del Aquinatense es afirmativa, y su argumentación vigorosa, clara y sencilla. La base para la solución está en otros principios que anteriormente ha expuesto el santo Doctor y de los cuales es consecuencia lógica. Después de la bondad divina -dice en el cuerpo del articulo 4 de la cuestión 22 de la primera parte-, que es un fin independiente de las cosas, el principal bien que existe en las criaturas es la perfección del universo, que no existiría si en el mundo no se encontrasen todos los grados del ser. Por tanto, corresponde a la Providencia divina producir el ser en todos sus grados. Y siendo uno de los grados del ser el entender, que no puede ser acto del cuerpo ni de nada corpóreo, síguese que deberán existir seres intelectuales perfectamente espirituales e incorpóreos, a los que llamamos ángeles.

LA PERFECCIÓN ESTÁ EN LA SEMEJANZA CON DIOS

La perfección de las cosas creadas consiste en asemejarse a Dios, que las causa, y la perfecta semejanza se dará formalmente cuando el efecto se asemeje a la causa, no sólo en razón de efecto, sino precisa y formalmente según aquella misma forma por la cual es producido el efecto. Dios causa las cosas por el entendimiento y la voluntad. Mas el entender y el querer trascienden la naturaleza corpórea. Consiguientemente, dándose entre las cosas creadas una naturaleza intelectiva incompleta y en estado imperfecto, y en su operación propia dependiente extrínsecamente del cuerpo, como forma substancial de él -tal es el alma humana- es lógico que se dé también entre las cosas existentes una naturaleza intelectiva creada más perfecta, que sea sustancia completa y espiritual.

SANTO TOMÁS NOS DICE EN OTRO LUGAR:

“Si conviene que antes de lo imperfecto en algún género exista lo perfecto, es conveniente que antes de las almas humanas, que entienden mediante los accidentes, existan algunas substancias intelectuales que entiendan las cosas que son en sí inteligibles, y que no reciban su conocimiento a través de los sentidos y, por consiguiente, totalmente separadas de los cuerpos” (II Cont Gent, cap 91). Esta es la única manera de que no haya solución de continuidad en la escala de los seres, en los cuales vemos una hermosa graduación desde la materia inorgánica hasta el hombre, que por su perfecta organización y por la perfección de sus operaciones, es el microcosmos en el que están reunidos todos los grados de perfecciones de los otros seres. En el universo se dan el simple ser, la vida vegetativa, la sensitiva y la intelectiva. ¿No habrá, pues, en el mundo un ser creado en el que se dé el ser intelectivo separado de todos los demás, como hay seres en los que sólo se dan algunos de los otros grados? Además, existe cuerpo sin espíritu y cuerpo unido al espíritu; es decir, se da un extremo y un medio. Lógico es que se dé también el otro extremo, o sea, espíritu separado de todo cuerpo. Con razón es necesario poner alguna criatura incorpórea para que el universo sea perfecto.

DIFICULTAD DE HABLAR SOBRE LOS ÁNGELES

Dios es inmensamente superior a los ángeles; pero si queremos entender algo acerca de Dios, tenemos a mano tres libros para estudiarle: el mundo, en donde reflejó algunas de sus bellezas; las sagradas Escrituras, que inspiró; y nuestro mismo corazón donde vive por la gracia. En cambio, acerca de los ángeles la naturaleza no nos dice nada. Nuestra alma, a la que los Santos Padres han llamado décima jerarquía angélica, nos acerca a los ángeles.

“Dios ha hecho al hombre poco menor que los ángeles” dice el Salmo 8,6. Si añadimos vida al mineral tenemos vida vegetal; si a ésta sentidos, vida animal; a ésta la inteligencia, tenemos al hombre. Pero, cuando llegamos al alma, no encontramos una nueva unidad de perfección que añadir para subir hasta el ángel, porque éste consta de las mismas potencias que aquélla. El ángel tiene, como nosotros, entendimiento y voluntad, pero muy superiores.

Nuestro entendimiento es un mendigo de los sentidos. En cambio el ángel, de un solo golpe intuitivo ve la verdad Y todo lo que ha visto, queda grabado en su memoria de manera indeleble.

CUALIDADES DE LOS ÁNGELES

La Sagrada Escritura, para explicarnos las cualidades del ángel, se vale de imágenes y los compara con “las estrellas”, con “un ejército de caballos de fuego” (2 Reg. 6,7). Su poder es inmenso, no se puede comparar con ningún poder terreno, aunque sea tan fuerte como la desintegración de el átomo: Un solo ángel incendia Sodoma y Gomorra. Otro mata a todos los primogénitos de Egipto. Otro extermina a los ochenta mil hombres del ejército de Senaquerib.

Los ángeles son los que manejan los pestes y al sonido de sus trompetas resucitarán los muertos convocados al juicio universal. Para imaginar su belleza, contemplar sublimándola, la del mundo. Toda la hermosura de las criaturas es suma fealdad a su lado. Las mujeres quedaron atónitas cuando vieron a los ángeles jun-to al sepulcro. San Juan, cuando vio a un ángel, le hubiera adorado, si no se lo hubiera impedido el mismo ángel, que se llamó a si mismo mero servidor de Jesús, como el mismo Juan (Ap19,10). La gracia y la gentileza, la bondad y la sabiduría de los ángeles son portentosas. Dios ha desplegado en la tierra su misericordia, en el infierno su justicia y en el cielo su hermosura. Y los ángeles son criaturas del cielo. Y Dios, dice Santo Tomás, los ha puesto a nuestro servicio. Y san Bernardo escribe, que es de fe que cada persona humana tiene su ángel de la guarda. Los ángeles son nuestros mejores amigos. Honremos su amistad y usémosla cultivándola familiarmente. Mi ángel de la guarda se comunica con el ángel de la guarda de mis amigos y . de los enemigos. Establezcamos nuestra complicidad para el crecimiento en la mansedumbre y en la bondad.

LA REVELACIÓN

Según la Revelación no se puede dudar de la existencia de los ángeles: Un ángel guarda el paraíso después de la caída de Adán y Eva (Gn 3,24); un ángel detiene el brazo de Abrahán, (Ib 22,11); un ángel protege a los jóvenes en el horno de Babilonia (Dn 3,49); un ángel acompaña a Tobías (Tb 5,4); “levantándose el ángel de Dios, que iba delante del ejército de Israel, marchó detrás de ellos” (Ex.14,19). “He aquí, que yo enviaré a un ángel por delante de ti, para que te defienda en el camino y te haga llegar al lugar que te he preparado. Préstale atención y escucha su voz, no le resistas. Mi ángel marchará delante de ti”.. “El séptimo ángel tocó la trompeta, y hubo en el cielo grandes voces” (Ap 11,15). “El ángel del Señor dijo: Vuélvete a tu Señora, y humíllate debajo de su mano” (Gen 16,9). Un ángel anuncia la Encarnación (Lc 1,26). Un ángel ordena a José, recibir a María. Los ángeles llaman a los pastores en Belén.

CRISTO “CON TODOS SUS ÁNGELES”

Cristo es el centro del mundo de los ángeles. Los ángeles le pertenecen:

“Cuando el hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles..”.dice Mateo en 25,31. Le pertenecen porque fueron creados por y para el: “porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los tronos, las dominaciones, los principados, las potestades: todo fue creado por él y para él”, dice San Pablo (Col 1, 16). Son mensajeros de su designio de salvación: “¿No son todos ellos espíritus servidores con la misión de asistir a los que han de heredar la salvación?” (Hb 1,14). “De la Encarnación a la Ascensión, la vida del Verbo Encarnado está rodeada de la adoración y del servicio de los ángeles”.

Cuando Dios introduce “a su primogénito en el mundo, dice: ‘adórenle todos los ángeles de dios’ (Hb 1,6). El cántico de alabanza de los ángeles en el nacimiento de Cristo no ha cesado de resonar en la alabanza de la Iglesia:

“Gloria a Dios.. (Lc 2,14). Los ángeles protegen la infancia de Jesús, le sirven en el desierto, lo reconfortan en la agonía, cuando él habría podido ser salvado por ellos de la mano de sus enemigos como en otro tiempo Israel.

Son también los ángeles quienes “evangelizan” anunciando la buena nueva de la encarnación y de la resurrección de Cristo. Con ocasión de la segunda venida de Cristo, anunciada por los ángeles, éstos estarán presentes al servicio del juicio del Señor.

JESÚS HABLA DE LOS ÁNGELES

“Pues os digo que sus ángeles contemplan en el cielo el rostro de mi Padre”.

(Mt. 18,10) “El Hijo del Hombre, enviará a sus ángeles a recoger la cosecha”. Los ángeles son servidores y mensajeros de Dios son “agentes de sus órdenes, atentos a la voz de su palabra’ (Sal 103, 20) y contemplan “constantemente el rostro de mi Padre que está en los cielos” (Mt 18,10), VERDAD DE FE La existencia de los Angeles es verdad de fe definida en el concilio IV de Letrán, y en el Vaticano I. El Concilio de Letrán lo expresa con estas terminantes palabras: “Desde el origen, por su omnipotencia, Dios ha producido una y otra naturaleza; la espiritual y la corporal, la angélica y la humana”.

LOS ÁNGELES EN LA VIDA DE LA IGLESIA

“Toda la vida de la Iglesia está cuajada de la ayuda misteriosa y poderosa de los ángeles”.En la Liturgia, la Iglesia se une a los ángeles para adorar al Dios tres veces santo”. “Desde la infancia a la muerte, la vida humana está rodeada de la custodia de los ángeles y de su intercesión. desde la infancia a la muerte la vida humana está rodeada de su custodía y de su intercesión”.Cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducirlo a la vida” (San Basilio). Desde esta tierra, la vida cristiana participa, por la fe, en la sociedad bienaventurada de los ángeles y de los hombres unidos en Dios” (CIC 333-336). Santa Teresa de Jesús ha visto ángeles en repetidas ocasiones. En nuestra época ha resurgido el interés por los ángeles aunque con una mezcla supersticiosa de ideas como las de la nueva era, que ha deformado la fe verdadera en nuestros custodios celestiales. Que los santos ángeles nos defiendan, nos ayuden, nos iluminen, nos conduzcan por el camino de la Vida.

JESÚS MARTÍ BALLESTER
jmarti@ciberia.es

ESTADO EPISCOPAL

Estudio sobre la Summa Teológica de Santo Tomás de Aquino
Por Jesús Martí Ballester.

Existen en la Iglesia diversos estados de vida de vida estable, cuya existencia, necesidad, utilidad y conveniencia, como causa de su perfección, para atender mejor a sus diversas necesidades y para proporcionarle mayor belleza, prueba santo Tomás con razones varias. De una manera semejante a como en el orden natural la perfección de Dios reflejada en las criaturas se consigue de manera múltiple y variada, la plenitud de la gracia de Cristo Cabeza, se reparte diversamente en sus miembros para que el cuerpo de la Iglesia sea perfecto, atestigua San Pablo: “El constituyó a unos apóstoles, a otros profetas, a éstos evangelistas, a aquéllos pastores y doctores, para la perfección consumada de los santos” (Ef 4, 11). “Igual que en un solo cuerpo tenemos muchos miembros y no todos tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo” (Rm 12, 4).

ORDEN Y BELLEZA

Los diferentes estados en la Iglesia son origen de orden y de belleza. Leemos en el Tercer Libro de los Reyes que la Reina de Sabá, oyendo que todo el mundo se hacía lenguas de la sabiduría del rey Salomón, se dirigió, cargada de regalos, a Jerusalén, para verlo con sus propios ojos y: “La reina de Sabá, al ver la sabiduría de Salomón, las habitaciones de sus servidores y el orden de sus oficios, quedó fuera de sí” (3 Re 10, 4). San Pablo, para justificar la diferencia de los instrumentos con que un hogar está dotado para funcionar correctamente, afirma: “En una casa grande no hay sólo vasos de oro y plata, sino también de madera y de barro” (2 Tim 2, 20). Así la jerarquía de estados y de posibilidad de situaciones permanentes manifiesta la hermosura de la Esposa de Cristo, a la que él desea “sin mancha ni arruga” (Ef 5, 27). Y además de imprimir hermosura, han sido elegidos los obispos, para que, con los presbíteros, extiendan, profundicen y embellezcan con las virtudes a la Iglesia, como dice san Pedro: “A los presbíteros que hay entre vosotros, yo, presbítero como ellos les exhorto a que” prediquen el evangelio, santifiquen con su oración y su trabajo, por medio del ministerio de la palabra y de los sacramentos, a la grey de Cristo (1 Ped 5, 1).

EL ESTADO EPISCOPAL

El más excelente de todos los estados es el episcopal, porque los obispos tienen la misión de perfeccionar a los demás, ejercitando ellos la perfección ya adquirida, pues son “artífices de virtudes”, como canta la Liturgia. Deben amar a los enemigos, estar dispuestos al sacrificio de su vida, y comunicar los más sublimes dones de Dios. Pero el Angélico advierte que sería pecado de ambición apetecer el episcopado, y sería desordenado desearlo, como lo sería también, rechazarlo con obstinación. Encomendó Francisco de Soto a la Madre Teresa que preguntara a Dios, si era servicio suyo que aceptara un obispado, y el Señor le contestó: “Cuando entendiere con toda verdad que el verdadero señorío es no poseer nada, entonces lo podrá aceptar”.

LA DOCTRINA DEL CONCILIO Y DEL CATECISMO DE LA IGLESIA

Esto dice el Concilio: “Cristo el Señor, para dirigir al Pueblo de Dios y hacerle progresar siempre, instituyó en la Iglesia diversos ministerios que están ordenados al bien de todo el Cuerpo. En efecto, los ministros que poseen la sagrada potestad están al servicio de sus hermanos para que todos los que son miembros del Pueblo de Dios… lleguen a la salvación” (LG 18). “El Buen Pastor será el modelo de la misión pastoral del obispo quien, “consciente de sus propias debilidades, puede disculpar a los ignorantes y extraviados, no debe negarse nunca a escuchar a sus súbditos, a los que debe cuidar como verdaderos hijos” (CIC 896).

EL OBISPO SEGÚN EL SINODO DE LOS OBISPOS

Breve y escueto resumen de Lineamenta del Sínodo de los Obispos, de septiembre-octubre de 2001, que completa y actualiza el texto aquinatense.

Antes que nada, el obispo se ubica ante el mundo con una mirada contemplativa, con un corazón compasivo, como Jesús que sale al encuentro de las necesidades de la gente: “y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor” (Mt 9,36). Así se transforma en profeta de la esperanza para los hombres de nuestro tiempo, que, después de la caída de las ideologías y de las utopías, son a menudo manipulados por fuerzas económicas y políticas. Necesitan redescubrir la virtud de la esperanza, poseer válidas razones para creer y para esperar y para amar y obrar más allá de lo inmediato cotidiano, con una serena mirada sobre el pasado y una perspectiva abierta al futuro. De la figura del obispo, emerge la llamada a la santidad, su peculiar espiritualidad, su camino de santidad y de perfección evangélica, para vivirla delante de Dios y en comunión con los fieles. El antiguo Eucologio de Serapión lo expresa en la oración de la consagración del obispo: “Dios de verdad, haz de tu servidor un obispo viviente, un obispo santo en la sucesión de los Santos apóstoles; y dónale la gracia del Espíritu divino, que has concedido a todos los siervos fieles, profetas y patriarcas”.

VIVIR CON LOS HOMBRES

Lo ha expresado San Agustín con su fórmula: “Para vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano”. El obispo, como bautizado y confirmado, se nutre de la eucaristía y tiene necesidad del perdón del Padre, a causa de la fragilidad humana. Desde los primeros siglos de la Iglesia, muchos obispos han sido modelos de sabiduría teológica y de caridad pastoral; han unido en su existencia el ministerio de la predicación y de la catequesis, la celebración de los santos misterios y la oración, el celo apostólico y el amor intenso por el Señor. Han fundado Iglesias, reformado las costumbres, defendido la verdad; han sido audaces testigos en el martirio y han dejado una huella en la sociedad, con iniciativas de caridad y justicia, con gestos de coraje frente a los potentes del mundo en favor del propio pueblo. Además, al obispo incumbe en primer lugar la responsabilidad de la santificación de sus presbíteros y de su formación permanente. Como modelo de la grey (1Ped 5,3), el obispo debe serlo, ante todo, para su clero, al cual se propone como ejemplo de oración, de sentido eclesial, de celo apostólico, de dedicación a la pastoral de conjunto y de colaboración con todos los otros fieles. A la luz de estas instancias espirituales actúa de manera que compromete el ministerio de los presbíteros en el modo más adecuado posible.

PUNTO DE APOYO

Los sacerdotes necesitan encontrar en el obispo su apoyo. El obispo, como padre y pastor, expresa y promueve relaciones, tanto personales como colectivas, con sus sacerdotes. Él debe velar cotidianamente para que todos los presbíteros sepan y adviertan concretamente que no están solos o abandonados, sino que son miembros y parte de un “único presbiterio”.Toda división entre el obispo y los presbíteros constituye un escándalo para los fieles que hace no creíble el anuncio; en cambio, en el signo de la fraternidad, el ejercicio de la autoridad se transforma realmente en un servicio. Además el obispo, estableciendo una profunda relación con sus presbíteros, llega a conocer sus dotes y así a cada uno podrá confiar la tarea a la que mejor se adapta.

SOLICITUD POR LA VIDA CONSAGRADA

La vida consagrada es una expresión privilegiada de la Iglesia Esposa del Verbo, y parte integrante de la misma Iglesia, que está “en el corazón mismo de la Iglesia como elemento decisivo para su misión”. Por medio de la vida consagrada, en la variedad de sus formas, se hacen presentes en el mundo y se señalan como valor absoluto y escatológico, los rasgos de Jesús, casto, pobre y obediente. De esta manera la vida de la Iglesia no se agota en la estructura jerárquica, sino que hace referencia a una estructura fundamental más amplia, rica y articulada, que es carismático-institucional, querida por Cristo mismo y que incluye la vida consagrada.

EL MINISTERIO DE LA PREDICACIÓN

El obispo es ante todo ministro de la verdad que salva, no sólo para enseñar e instruir sino también para conducir a los hombres a la esperanza. Si un obispo quiere mostrarse a su pueblo como signo, testigo y ministro de la esperanza tiene que alimentarse de la Palabra de Verdad, como la santa Madre de Dios María, que “ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor” (Lc 1,45). A la Sagrada Escritura, debe recurrir constantemente el obispo escuchándola en su interior, con una lectura asidua y un estudio diligente, para no ser un vano predicador de la Palabra de Dios. Sólo así, como dice San Pablo, podrá dirigirse a sus fieles: “con la paciencia y el consuelo que dan las Escrituras para mantener la esperanza” (Rm 15,4). Deben seguir la opción de los apóstoles en el comienzo de la Iglesia: “Nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la Palabra” (Hch 6,4). Ha escrito Orígenes: “Estas son las dos actividades del Pontífice: o aprender de Dios, leyendo las Escrituras divinas y meditándolas, o enseñar al pueblo. Mas, enseñe las cosas que él mismo aprendió de Dios”.

ORANTE Y MAESTRO DE ORACIÓN

El obispo es también orante, que intercede por su pueblo, con la fiel celebración de la liturgia de las Horas, que también debe presidir en medio de su pueblo. Consciente de que él será maestro de oración para sus fieles sólo a través de su misma oración personal, el obispo se dirigirá a Dios para repetir, junto con el salmista: “Yo espero en tu palabra” (Sal 119, 114). La oración, en efecto, es un momento expresivo de la esperanza o, como se lee en S. Tomás, ella misma es “intérprete de la esperanza”. Es propio del obispo el ministerio de la oración pastoral y apostólica por su pueblo, a imitación de Jesús que reza por los apóstoles (Jn 17) y del apóstol Pablo que reza por sus comunidades ( Ef 3,14). En su oración, debe llevar consigo toda la Iglesia y al pueblo que le ha sido confiado . Imitando a Jesús en la elección de sus Apóstoles (Lc 6,12-13), someterá al Padre todas sus iniciativas pastorales y le presentará sus expectativas y sus esperanzas. Cuando el Cardenal Wyszinsky comunicó a Karol Wojtyla que el Papa Pío XII le había designado obispo titular de Ombi y auxiliar del arzobispo Baziak, administrador apostólico de la archidiócesis de Cracovia, Wojtyla aceptó el nombramiento y acudió al convento de las ursulinas en Varsovia, donde preguntó si podía entrar a rezar. Las hermanas no le conocían. Le dirigieron a la capilla y le dejaron. Pasado cierto tiempo, las monjas empezaron a preocuparse y abrieron la puerta de la capilla para ver qué ocurría. Wojiyla estaba postrado en el suelo frente el sagrario. Las hermanas se marcharon asombradas.

Regresaron varias horas más tarde. E! sacerdote continuaba postrado ante el Santísimo Sacramento. Ya era tarde, y una de las monjas dijo: «Quizá el padre desearía venir a cenar…». El respondió: «Mi tren no sale hacia Cracovia hasta pasada la medianoche. Por favor, dejad que me quede aquí. Tengo un montón de cosas de que hablarle al Señor…»

ESTUDIO DE LA SUMA TEOLOGICA DE SANTO TOMAS por JESÚS MARTÍ BALLESTER
DE LA VIDA ACTIVA Y CONTEMPLATIVA
MODO ESPECIFICO DE PRACTICAR LAS VIRTUDES Y LUCHAR CONTRA LOS VICIOS SEGÚN LA DIVERSIDAD DE ESTADOS Y DE OFICIOS.

Santo Tomás, que comenzó la obra grande de la Suma Teológica hablando de Dios en la Primera Parte, continuará en la Segunda Parte de la Segunda Parte, dicho en latín: Secunda Secundae, estudiando al hombre en su afán de felicidad y señalando los medios para conseguirla que son la práctica de las virtudes y la mortificación de los vicios, que estudiará en esa parte. Al final de la misma y a partir de la cuestión 171, Santo Tomás, en el tratado de los estados de vida cristiana, estudia los temas que se refieren a las diversidad de la vida de los cristianos, que no proviene sólo del gusto o inclinación personal, sino de un designio divino o de una vocación que orienta connaturalmente a cada persona. Con este análisis quiere matizar la manera específica de practicar las virtudes y de luchar contra los vicios de acuerdo con de cada estado de vida, teniendo en cuenta que la diversidad de vida se integra en la unidad superior de la Iglesia, y contribuye a su edificación y desarrollo. Así lo dice Santo Tomás. «Después de haber tratado sobre cada una de las virtudes y de los vicios que afectan a todos los hombres, cualquiera que sea su estado y condición, ahora hay que tratar sobre lo que afecta a algunos en especial. Y señala dos fundamentos de diversificación. 1º. El diverso tipo de ocupación en que cada uno se ejercita, de donde surge la distinción entre los que optan por la vida contemplativa y los que prefieren la activa.

DIVERSIDAD DE OFICIOS Y ESTADOS

Y 2º, la diversidad «de oficios y de estados», porque Cristo, para la edificación de su cuerpo, que es la Iglesia, constituyó ministerios diversos. Santo Tomás propone estas distinciones a la vista de los pasajes bíblicos en que se habla de la Iglesia y de las diversidades exigidas para ser cuerpo orgánico, en el cual, aunque ningún miembro puede serlo todo, cada uno tiene la misión de servir a todos mediante el cumplimiento de la función propia. Santo Tomás cita el capítulo 12 de 1 Cor y otros pasajes paralelos, que contienen una parte de su eclesiología, pues, aunque no escribió un tratado sobre la Iglesia, ofrece material abundante para elaborarlo. Para Santo Tomás, la vida cristiana entera es vida eclesial, pues, la noción de virtudes teologales y su ejercicio práctico, está conectado con la Iglesia; y los sacramentos son sacramentos de la Iglesia, sobre todo el sacrificio-sacramento de la eucaristía, en el cual «se contiene el bien común espiritual de la Iglesia» (3 q.65 a.3 ad 1; q.79 a.1), pues “La Iglesia vive de la Eucaristía”, como afirma la Encíclica de Juan Pablo II, “Ecclesia de Eucaristía”, recién estrenada. Dentro de ese contexto, Santo Tomás desarrolla el tema de diversidades, desde un punto de vista que hoy no es corriente y que a veces ni siquiera se considera, mientras se acentúan más las diversidades étnicas, culturales o de signo análogo y se presta escasa atención a las diversidades vocacionales que brotan del interior de la Iglesia misma y la configuran; se insiste tanto en la igualdad, que la diversidad queda empobrecida hasta casi su eliminación. Santo Tomás destaca las diversidades, pero no las exagera, sino que las integra en la unidad de la vida cristiana, teniendo en cuenta que las virtudes son comunes a todos.

VIDA CONTEMPLATIVA Y VIDA ACTIVA

Esta distinción brota de la psicología típica del hombre y tiene reflejo en la vida cristiana, la cual para encarnarse en el hombre ha de tener un «funcionamiento» humano. Fue Aristóteles, quien, siguiendo el funcionamiento de la psicología humana, dividió la vida en activa y contemplativa designando a la primera negocio, guerra y humana y a la segunda, ocio, paz y divina. Santo Tomás siguió con la misma división de vida activa y contemplativa, las dos al servicio de la Iglesia: “entregada a la acción y dada a la contemplación”, como la definió el Vaticano II (SC 2). Lo propio de la vida activa es: hacer, conducir, guiar, dirigir, ordenar. De la contemplativa: mirar atentamente desde la altura, con tranquilidad de espíritu, abarcando un extenso panorama. La vida humana y cristiana del hombre en la Iglesia puede ser activa y contemplativa, porque la gracia no destruye la naturaleza, y esta división de vidas que se da en cada hombre, se da también en el hombre cristiano. Todas las empresas humanas ordenadas a las necesidades de la vida presente, pertenecen a la vida activa. Las que se dedican a la contemplación de la verdad, pertenecen a la vida contemplativa. Lo específico de cada ser viviente —dice Santo Tomás— «se manifiesta mediante la operación que le es más propia, que es también a la que siente la mayor inclinación… Lo más propio del hombre es entender y obrar a impulso de la razón» (q.179 a.1). Los que se detienen en entender son contemplativos; quienes aplican la verdad conocida a la regulación de obras exteriores son activos. El entender contemplativo es definido por Santo Tomás como simplex intuitus veritatis (q.180 a.3 ad 1), que podría traducirse como pura fijación de la mente en la verdad. Según Santo Tomás, la vida centrada en esta dedicación, o vida contemplativa, es más perfecta que la consagrada a la realización de obras exteriores, o vida activa, como puede verse en la cuestión 182. La primacía que Santo Tomás atribuye a lo contemplativo refleja su intelectualismo. Pero no pretende detenerse en la psicología de lo contemplativo y de lo activo; sino esclarecer el modo de realizar estos aspectos en la vida cristiana, según el Evangelio. Y advierte en las cuestiones 180 y 181, que la vida contemplativa cristiana no se identifica con una teoría, sino que requiere la presencia de elementos afectivos; pues la contemplación cristiana tiene conexión esencial con la caridad y con las virtudes morales, que rectifican las potencias apetitivas.

COMPENDIO DEL PENSAMIENTO DE SANTO TOMÁS

El pensamiento de Santo Tomás se compendia en el párrafo siguiente: «La vida contemplativa se ocupa directa e inmediatamente del amor de Dios… El ocio santo, o sea, el de la vida contemplativa, busca la caridad de la verdad divina, objeto principal de la vida contemplativa» (q.182 a.2). El contemplativo busca la verdad, fija su mente en la verdad, que, por ser Dios mismo, infunde amor y requiere amor, para ser asimilado con su propia riqueza, dentro de las limitaciones humanas. El hombre tiene recursos necesarios para la especulación y la contemplación filosófica. Pero la contemplación cristiana requiere una postura inicial de pasividad, por la cual se acoge la luz de la fe con que se «descubre» la verdad íntima de Dios en su misterio trinitario, y se recibe la infusión de la caridad para «sintonizar» con el misterio del mismo Dios, que es amor (1 Jn 4,8). La contemplación del cristiano se dirige a la verdad de Dios en sí, en cuyo «fondo» es imposible penetrar sin la caridad, que es la que da «connaturalidad» con el misterio contemplado, haciendo que la persona «sintonice» con él mediante la totalidad de su ser, con la ayuda de los dones del Espíritu Santo, especialmente del de sabiduría, que corresponde a la virtud de la caridad, como Santo Tomás explica en la cuestión 45. Ahora bien, la contemplación cristiana es más profunda que la filosófica y requiere el concurso de todas las fuerzas psicológicas para alcanzarla y ejercitarla de manera connatural. La pasividad inicial se abre a una actividad que requiere el máximo esfuerzo de penetración y la máxima concentración psicológica. Pero la contemplación cristiana no recae solamente sobre Dios en sí; sino también sobre sus atributos y la obra de la creación. Pero hay que tener en cuenta que, tanto en el orden humano como en el cristiano, es necesario que haya quienes consagren su vida al ejercicio de una actividad externa, regulada por la razón. A esta vida Santo Tomás llama activa, que no se identifica con el solo cúmulo de obras externas, sino que requiere su regulación por la razón; para que no se confunda con el activismo, que Pío XII calificó de herejía de la acción y que procede de simple agitación, de inestabilidad interna, de apasionamiento o de cualquier otro motivo deformado: “Marta, Marta, estás muy inquieta y nerviosa por muchas cosas” (Lc 10,41).

NECESIDAD DE LA VIDA CONTEMPLATIVA

Si con mirada atenta avizoramos el panorama de la Iglesia que ora, por los frutos veremos una multitud de principiantes. Aún los que hoy oran, no han dejado el libro para orar, y desprovistos de la acción de los dones del Espíritu Santo, que son propios de la vida contemplativa, y facilitan la acción gratuita y gozosa de las virtudes morales, y teniéndolas que ejercitar a fuerza de brazos, las virtudes se hacen más difíciles y es natural que predomine la soberbia, la vanidad y el egoísmo sobre la humildad; la avaricia y la pusilanimidad sobre la largueza y la magnanimidad, la lujuria sobre la castidad, la ira sobre la mansedumbre y la paciencia, la gula sobre la templanza, la envidia, el exclusivismo y la petulancia y el espíritu absorbente sobre la caridad y la pereza sobre la diligencia activa y las iniciativas creativas por el crecimiento del Reino. Escribe el P. Arintero: «Gran multitud de cristianos, y aun de religiosos —aunque comprometidos a caminar muy de veras a la perfección evangélica—, nunca salen de esta fase de la niñez espiritual, que es la propia de ascetas y principiantes» (Evolución mística, Edica, Madrid 1968, 21). Que esto ocurra en las personas apostólicas es grave, porque la acción debe ser el fruto de la contemplación, «non per modum substractionis sed por modum additionis», según indica santo Tomás. Que por eso san Gregorio, con frase lapidaria, ha dicho: «Sea el obispo el primero en la acción y el más alto en la contemplación.» Pero no sólo los obispos. Jesús no quiso que su Iglesia fuese un pueblo de principiantes, sino de perfectos: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48).

LA VIDA ACTIVA SE RIGE POR LAS VIRTUDES MORALES

La materia en que se ejercita la vida activa es la propia de las virtudes morales. Para Santo Tomás, «es evidente» que estas virtudes «pertenecen esencialmente a la vida activa» (q.181 d.1). Pero la virtud moral en torno a la cual gira principalmente este género de vida es la justicia, «por la que uno se ordena a otro… De donde procede que la vida activa es definida en función de aquellas cosas que dicen orden a otro, no porque éstas sean las únicas que le pertenecen, sino porque tienen primacía» (q.181 a.1 ad 1). Ocurre que a veces todas estas virtudes son ejercitadas para lograr un estado interior que facilite la contemplación; esto las saca del orden de lo puramente activo, de modo que, no siendo practicadas por el motivo específico de la acción, pertenecen a la vida contemplativa (q.181 a.1 ad 3).

VIDA MIXTA

La actividad exterior puede ser ordenada a la contemplación, o un cierto desbordamiento de la contemplación, según el axioma de San Bernardo: “Si sapis, concham te exhibebis, non canalem”, “si eres sabio, te convertirás en concha, no en canal”. Por el canal pasa el agua para los demás y él queda seco. La concha da de lo que rebosa siendo ella la primera en recibir y conservar. Así es como «uno ofrece a Dios su propia alma y la de los otros» (q.182 d.2 ad 3). Surge así la llamada vida mixta, expresión poco afortunada, porque no se trata de mixtión o de mezcla de actos, sino de integración en la unidad superior emanada de la fusión vital de todos. La vida mixta es más unitaria que la sólo contemplativa o sólo activa, porque penetra más hondamente en el misterio de Dios, que encuentra en sí mismo «el motivo» y el «impulso» para obrar. Así resulta que el acto antonomástico de la vida mixta es el de la enseñanza y la predicación de la fe, que Santo Tomás cataloga entre los actos propios de la vida activa (q.181 a.3); y constituye el principal ministerio de la actividad episcopal, (q.185 a.3, 4 y 5). Pero Santo Tomás enseña también que la docencia y la predicación de la fe, «se deriva de la plenitud de la contemplación» (q.188 a.6) y que existen institutos religiosos de índole contemplativa que tienen como fin «comunicar a los demás, mediante la enseñanza y la predicación, lo que ellos mismos contemplan» (q.188 a.7). Así, sólo es genuina la evangelización cuando brota de la contemplación, que es la que permite asimilar el «sentido» del Evangelio para comunicarlo con «sensibilidad» evangélica. El Concilio Vaticano II, al tratar de la vida y ministerio de los sacerdotes, se refiere a esta doctrina de Santo Tomás y la asume (LG 41; PO 13). En la vida intramundana sobrenatural todos vivimos la vida activa y contemplativa, por lo que las dos son partes integrantes de la vida cristiana completa. En la otra vida, sólo permanecerá la contemplativa (Lc 10, 42), y se habrá desvanecido la activa. El objeto de la vida contemplativa son las cosas divinas y eternas. El de la vida activa, las cosas humanas y temporales. El principio de la vida contemplativa son las virtudes y los dones del Espíritu Santo correspondientes, referidos a las cosas eternas y divinas. El principio de la vida activa son las virtudes morales, que tratan de las cosas humanas y temporales.

LA IMITACIÓN DE CRISTO

La vida del miembro de la Iglesia debe ser la imitación de la vida de Dios y la de Cristo, cuya vida es activa y contemplativa: “Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto (Mt 5, 48); “Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo” (1 Cor 4, 16). Yo he invertido el orden de Santo Tomás anteponiendo el Tratado del Verbo Encarnado, de la Tercera Parte, cuestiones de la 1 a la 59, para ver a Cristo, Nuestra Vida, Maestro y Modelo con cuya fuerza poder cumplir mejor su evangelio. La Beata Madre Maravillas decía: “Yo no quiero la vida más que para imitar lo más posible la de Cristo”. Y el Padre Rubio, ambos serán canonizados el día 4 de mayo, aconseja: “Meditad las virtudes de Jesucristo y trabajad por practicarlas”. Ya estudiaré más adelante las virtudes y los vicios y reservo la Tercera Parte para estudiar los sacramentos, gracia y fuerza sobrenatural, que posibilitan la ardua práctica de las virtudes y la lucha contra los vicios para la imitación de Cristo. Dice San Gregorio: “El Redentor hacía milagros durante el día y se dedicaba por la noche a la oración; para enseñar a los predicadores a no abandonar la vida activa por el amor de la contemplación, ni a despreciar la oración por el afán excesivo de las obras exteriores, sino que aprendan a beber en la callada y tranquila contemplación, lo que han de comunicar a los demás por la palabra”. La contemplación es ciencia o noticia amorosa, en expresión de san Juan de la Cruz. Conocimiento de Dios que espira amor, como en el seno de la divinidad el Verbo de Dios espira el Amor, que es el Espíritu Santo, dice santo Tomás.

LA BELLEZA DE LA CONTEMPLACIÓN

La contemplación es hermosísima, porque la belleza es una propiedad trascendental que siempre acompaña a la verdad y al bien, y porque el objeto de la contemplación es la hermosura increada, y por eso se dice de la contemplación: “Me hice amante de su hermosura”.

La contemplación sólo se da con perfección cuando la naturaleza está sosegada, purificada y ordenada, dice santo Tomás. San Juan de la Cruz, lo expresa con su conocido verso: “estando ya mi casa sosegada”. Esta es la razón de que los contemplativos suelen aparecer durante la contemplación, llenos de belleza y esplendor, como Moisés en su contemplación de Dios en el Sinaí. La contemplación además es deliciosa. Para santo Tomás la vida más perfecta es la conjunción de las dos, La contemplativa y la activa: “Contemplari et contemplata aliis tradere” (2-2, 188, a. 6). “Es más perfecto iluminar que ver la luz solamente, y comunicar a los demás lo que se ha contemplado, que sólo contemplar”. Después de esta vida no perdurará la vida activa, porque en la bienaventuranza no habrá miserias que socorrer. Las obras exteriores de los unos a los otros estarán ordenadas al fin de la contemplación. Pero en la vida presente la Iglesia está dedicada a “la acción y a la contemplación”.

LA “PERFECTAE CARITATIS” Y EL DECRETO “AD GENTES” DEL VATICANO II

Ambos Documentos proclaman la necesidad de la vida contemplativa: “Los Institutos puramente contemplativos…, por mucho que urja la necesidad del apostolado activo, ocupan siempre una parte preeminente en el cuerpo místico de Cristo, en que todos los miembros no tienen la misma función (Rm 12, 4)…Enriquecen al pueblo de Dios con frutos espléndidos de santidad, arrastran con su ejemplo y dilatan las obras apostólicas con una fecundidad misteriosa… Son el honor de la Iglesia y torrente de gracias celestiales” (7).

Y el Decreto “Ad gentes”: “Los Institutos de vida contemplativa tienen una importancia singular en la conversión de las almas con sus oraciones, obras de penitencia y tribulaciones, porque es Dios quien, por la oración, envía operarios a su mies, abre las almas de los no cristianos para escuchar el evangelio y fecunda la palabra de salvación en sus corazones” (40).

LA CONSAGRACION DE ESTA DOCTRINA EN EL DOCTORADO DE SANTA TERESITA DEL NIÑO JESÚS

La proclamación por Pio XI de santa Teresa del Niño Jesús Patrona de las Misiones, el 14 de diciembre de 1927, fué un gesto, comentado por Sor Genoveva de la Santa Faz, hermana de la Santa, a su hermana Leonia, que significó “la glorificación de la vida contemplativa”. Esta santa y Carlos de Foucauld, son las dos almas proféticas que más han influido en nuestro siglo XX, aunque éste, por su humildad, creía que no había hecho nada. Murió sin un solo compañero, y sin haber conseguido ni una sola conversión. Culminado en la declaración de Teresa de Lisieux, Doctora de la Iglesia.

LA REFORMA DE SANTA TERESA DE JESÚS

Los Monasterios teresianos son universidades de vida puramente contemplativa, pero esto no garantiza que todos sus miembros sean contemplativos con oración mística, pues Dios no lleva a todos por los mismos caminos. Dicho de otra manera: las monjas de Santa Teresa todas son monjas contemplativas, aunque su oración sea ascética y difícil: “No porque en esta casa todas hagan oración, han de ser todas contemplativas”. Van por el mismo camino y se encuentran en dos tramos distintos, el ascético y el místico, ordenados ambos a la contemplación. La ascética será vida contemplativa incoada o incipiente, y la mística, perfecta y consumada.

En un mundo consumista en el que predomina la ideología de la superficialidad y del hedonismo, es absolutamente necesaria la dimensión contemplativa de la vida, que no comporte tan sólo huir del ruido y de los conflictos del mundo, sino encuentro con Dios en el corazón del mundo, como medio para ser testigos del único Dios y Señor.

JESÚS MARTÍ BALLESTER
jmarti@ciberia.es

ESTUDIO SOBRE LA SUMA TEOLÓGICA DE SANTO TOMÁS DE LA VIDA CONSAGRADA
ADQUIRIR LA PERFECCION DE LA CARIDAD

Recordemos sumariamente lo que el príncipe de los teólogos enseña sobre la vida religiosa, a cuyo estudio dedica cuatro cuestiones en la 2-2. Dos son los estados de perfección: el estado episcopal, que es estado de perfección ya adquirida, del que ya hemos tratado, y el estado religioso, cuya finalidad es adquirir la perfección de la caridad, o con categoría de “perfectionis accquirendae”. El estado religioso constituye un estado de perfección en el que los religiosos se ofrecen a Dios como en holocausto, en un “un largo martirio”, dice la Doctora Mística. “Religiosos por antonomasia son los que se consagran totalmente al servicio de Dios, ofreciéndose en holocausto” (q.186 a.1). Santo Tomás sitúa en primer plano la idea de consagración total a Dios “El estado religioso implica la eliminación de todo lo que impide al hombre entregarse totalmente al servicio de Dios” (q.186 a.4), lo que es “como un holocausto por el cual se consagra totalmente a Dios la propia persona y sus bienes” (q.186 a.7). Consiguientemente “los religiosos deben, ocuparse en vivir para Dios” (q.187 a.2). “La entrega total de uno mismo al servicio de Dios es un elemento común a todas las órdenes religiosas” (q.188 a.1 ad 1).

CONSAGRACIÓN MEDIANTE TRES VOTOS

Para conseguir la perfección de la caridad, se consagran a Dios con los tres votos canónicos de pobreza, castidad y obediencia, el mayor de todos es la obediencia, porque inmola la libertad de la voluntad en manos del superior, signo del Señor. Pero, ninguno de los tres votos tiene por objeto la caridad, pues no se puede consagrar a Dios algo que no se tiene, y no se tiene lo que es don de Dios, como la caridad, que es don infuso. A Dios sólo se puede consagrar lo que se tiene: los bienes terrenos, para sofocar la concupiscencia de los ojos por la virtud de la pobreza; la sexualidad, para mortificar la concupiscencia de la carne, por la castidad; y la libertad, para sacrificar la soberbia de la vida (1 Jn 2, 16), por la obediencia. San Juan de la Cruz formulará este despojo con el símbolo de las “Noches”, la del sentido y la del espíritu, que tienen por fin liberar a la persona de la esclavitud de lo que puede sofocar el desarrollo de la caridad. Y porque esas pasiones son las que puede esclavizar, precisamente por eso se ofrecen. Por tanto, el fin de los votos es hacer estallar el sepulcro del corazón humano; liberar y dejar abierta el alma para que el Espíritu pueda encender la caridad de Dios hasta llegar a su consumación y perfección, a la medida de Cristo. “Si mortificáis las obras de la carne por el Espíritu, viviréis” (Rm 8, 13). Teniendo en cuenta que las “Noches”, son patrimonio de todo cristiano.

DIVERSAS MODALIDADES

El estado de vida consagrada hoy tiene tres modalidades: la vida religiosa en Ordenes y Congregaciones, los Institutos Seculares y las Sociedades de Vida Apostólica. La terminología actual resulta a veces difícil de precisar, porque los contornos entre unas instituciones y otras son fluctuantes. Santo Tomás, es natural, emplea la terminología de su tiempo. Los Institutos Seculares, fueron instituidos por Pio XII en su Constitución Apostólica “Provida Mater Ecclesia”, en 1947. El Código nuevo del Derecho Canónico crea las Sociedades de Vida Apostólica, sin votos religiosos, como comunidades que abrazan los consejos evangélicos. Todos desean, ser luz y fermento en la masa de la humanidad para entregarla a Cristo, el Señor, por el crecimiento y la consumación del amor.

EL BAUTISMO, LA RAÍZ PARA SEGUIR A CRISTO

“El estado religioso aparece como una de las maneras de vivir una consagración más íntima que tiene su raiz en el bautismo y se dedica totalmente a Dios. En la vida consagrada, los fieles de Cristo se proponen, bajo la moción del Espíritu Santo, seguir más de cerca a Cristo, entregarse a Dios amado por encima de todo y, persiguiendo la caridad en el servicio del Reino, significar y anunciar en la Iglesia la gloria del mundo futuro” expone el Catecismo de la Iglesia (CIC 916). La consagración a Dios se hace mediante el seguimiento de Cristo, lo que da al estado religioso cristiano una nota peculiar y específica que lo diferencia claramente de cualquier otra institución análoga que exista o pueda existir en religiones no cristianas, que tienen también sus “monjes”. Vivir para Dios siguiendo a Cristo es común a todos los cristianos. Pero el seguimiento practicado por los religiosos consiste en seguir a Cristo mediante la práctica permanente y visible y eclesial, de los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia. Pueden verse principalmente los artículos 3-7 de la cuestión 186; pero el tema del seguimiento, aparece en las cuestiones (q.184 a.3 ad 1; q.186 a.2 ad 2 y ad 3; a.6 ad 1; q.187 a.4 ad 3; q.188 a.7; q.189 a.10).

EL CONCILIO VATICANO II BASADO EN SANTO TOMÁS

“El Sacrosanto Concilio ha enseñado ya en la Constitución “Lumen gentium”, que la prosecución de la caridad perfecta por la práctica de los consejos evangélicos tiene su origen en la doctrina y en los ejemplos del Divino Maestro y se presenta como preclaro signo del Reino de los cielos. Los miembros de las Instituciones religiosas profesan castidad, pobreza y obediencia, en conformidad con las exigencias de nuestro tiempo. Ya desde los orígenes de la Iglesia hubo hombres y mujeres que se esforzaron por seguir con más libertad a Cristo por la práctica de los consejos evangélicos y llevaron una vida dedicada a Dios. Muchos de ellos, bajo la inspiración del Espíritu Santo, erigieron familias religiosas a las cuales la Iglesia, con su autoridad, acogió y aprobó de buen grado. De ahí, por designios divinos, floreció la admirable variedad de familias religiosas que contribuyó a que la Iglesia, no sólo estuviera equipada para toda obra buena (Tim., 3,17) y preparada para la edificación del Cuerpo de Cristo, sino también para que, hermoseada con los diversos dones de sus hijos, se presente como esposa que se engalana para su Esposo, y poner de manifiesto la multiforme sabiduría de Dios. En medio de tanta diversidad de dones, todos los que son llamados por Dios a la práctica de los consejos evangélicos y los profesan, se consagran de modo particular al Señor, siguiendo a Cristo, quien, virgen y pobre, redimió y santificó a los hombres por su obediencia hasta la muerte de Cruz. Así, impulsados por la caridad que el Espíritu Santo difunde en sus corazones, viven más y más para Cristo y para su Cuerpo, que es la Iglesia. Porque cuanto más fervientemente se unan a Cristo por medio de esta donación de sí mismos, que abarca la vida entera, más exuberante resultará la vida de la Iglesia y más intensamente fecundo su apostolado”.

LA INFRAVOLORACIÓN DE LOS CONSEJOS EVANGÉLICOS

A la luz de Santo Tomás, es contradictorio exaltar el seguimiento e infravalorar los consejos evangélicos. Para él, el seguimiento de Cristo tiene expresiones múltiples y diversificadas, una de las cuales se caracteriza por la práctica de los consejos evangélicos a la letra. Si se prescinde de esta forma de seguimiento, se despoja a la vida religiosa de su identidad y se tendrá que definir de modo vago, aplicándole lo que es común a todos los cristianos. Pero este procedimiento, creyéndose más abierto, desfigura la vocación cristiana en general, porque, hay que buscar alguna diferencia entre el cristiano ordinario y el religioso, al que hay que atribuirle ciertos rasgos comunes, que en él se realizan con mayor intensidad y radicalidad, sin que ello signifique que el cristiano ordinario no da la plena medida de su vocación, ya que las vocaciones cristianas están coordinadas entre sí; por eso cuando se falsea o deforma la noción de una de ellas, se resienten todas las otras.

¿PUNTO NEGATIVO? EN ABSOLUTO

La peculiar consagración a Dios y la forma de seguimiento de Jesús que se fundamentan en la práctica de los consejos evangélicos, implican un elemento de signo negativo, la renuncia al mundo. “El estado religioso, dice Santo Tomás, es un ejercicio y disciplina por la que se llega a la caridad perfecta. Para conseguirlo es necesario que uno aparte totalmente su afecto de las cosas mundanas” (q.186 a.3; a.4). Para lograr la perfección de la caridad, bajo la forma concreta de la vida religiosa, es necesario que uno aparte de sí todo lo que podría impedir que su afecto se dirija totalmente a Dios (q.186 a.7). Los religiosos deben renunciar a ocuparse en la gestión de asuntos temporales (q.187 a.2). En Santo Tomás, huir del mundo, renunciar al mundo, apartar totalmente el afecto de las realidades terrenas, es consecuencia de vivir la consagración a Dios siguiendo a Cristo según los consejos evangélicos, a imitación suya. Estos consejos implican entrega e identificación con Cristo, viviendo como él; y renuncia a toda una serie de realidades diversas. El que asume la castidad renuncia al matrimonio y al mundo del afecto, tal como se expresa en el matrimonio. Quien asume la pobreza y la obediencia, como Cristo, renuncia a multitud de cosas. Esta renuncia no presupone desestima u odio del mundo y de sus realidades, pues negar el afecto de las realidades mundanas no significa considerarlas malas y esclavizantes, sino que el afecto se concentra en otras realidades, que se refieren de modo directo e inmediato al servicio de Dios. La renuncia a lo mundano, tal como la entiende Santo Tomás, no exige un concepto pesimista del mundo ni es cobardía o inhibición ante los problemas del mundo; ni la tan denostada fuga mundi. El religioso opta por una consagración a Dios y por un seguimiento de Cristo que tiene una configuración concreta, en la cual entran unas determinadas renuncias, como ocurre en cualquier otra vocación cristiana, pues ninguna es puramente positiva, ya que siempre conlleva alguna renuncia. Los laicos son quienes tienen la vocación de asumir como tarea positiva aquello a lo que renuncian los religiosos.

ORDEN EN LOS CONSEJOS EVANGÉLICOS

El Concilio Vaticano II trata de los consejos evangélicos guardando siempre este orden: castidad consagrada, pobreza, obediencia. La verdad es que la Sagrada Escritura habla más claramente sobre la virginidad que sobre la pobreza y la obediencia, tal como son practicadas en la vida religiosa. Pero sería un error creer que el Concilio acepta la opinión de quienes piensan que la Sagrada Escritura no dice nada sobre la pobreza y obediencia que se practica en la vida religiosa. Santo Tomás ve todos y cada uno de los consejos expresados en la Sagrada Escritura, y sobre todo la vida personal de Cristo (q.186 a.3-5). Para él no es más bíblica la castidad que la pobreza o que la obediencia y dispone los consejos en este orden: pobreza, castidad, obediencia. Empieza por lo mínimo y termina con lo máximo. La pobreza es el consejo de menor contenido vital, porque recae sobre bienes externos a la persona. Hoy, se da a la pobreza una primacía indiscutible y casi absorbente, porque otros temas, o no son valorados, o se los presenta desde la perspectiva de la pobreza y subordinados a ella. Cuando Santo Tomás dice que para alcanzar la perfección de la caridad el primer fundamento es la pobreza voluntaria, renunciando la persona a toda propiedad (q.186 a.3), considera que la pobreza es el primer fundamento, no como elemento principal en torno al cual giran subordinados todos los demás, sino como punto de partida e inicial en la vida religiosa. “Las palabras del Señor muestran que la pobreza no es ella misma la perfección, sino un instrumento puesto al servicio de la perfección… y, el mínimo entre los tres principales” (q.188 a.7 ad 1). Después sigue la castidad consagrada y la obediencia, que es el consejo de máxima perfección. Tampoco hoy faltan quienes pretenden que la primacía corresponde a la castidad. Pero el razonamiento de Santo Tomás es luminoso e irrebatible. Por la obediencia se ofrece a Dios lo supremo del hombre, la libertad de poder organizar la propia vida de modo autónomo, que vale más que la castidad, por la que se consagra a Dios el cuerpo, y que la pobreza, que ofrece los bienes exteriores. Santo Tomás afirma que la obediencia es el más esencial al estado religioso (q.186 a.8). Y así lo repite en las cuestiones (q.186 a.5 ad 5; a.6 ad 3; q.188 a.7 ad 1).

LA PRIMACÍA DE LA CARIDAD

Pero los tres consejos, no son la perfección misma, sino sólo instrumentos para alcanzar la caridad, que es la plenitud y reclama el cumplimiento de todos los otros preceptos. Las ponderaciones de la obediencia en la vida religiosa llegaron al extremo de decir: cristiano es el que ama, religioso es el que obedece, lo cual coloca la vida religiosa fuera de la vida cristiana, que equivale a darle muerte. El cristiano es el que ama, porque Cristo mismo puso la caridad como señal de sus discípulos y religioso es quien por amor abraza la obediencia para permitir que el amor se exprese con mayor facilidad y libertad la vida de Cristo, quien, sufriendo la muerte, cumplió el supremo acto de obediencia por amor y realizó el supremo acto de libertad dentro del amor al Padre y a todos los hombres, con la unción y bajo la guía del Espíritu Santo: “Aquí estoy para hacer tu voluntad”.

LA OBEDIENCIA DEL RELIGIOSO Y DEL CRISTIANO

Es un deber común a todos obedecer a los prelados en las cosas necesarias para una vida virtuosa, dice Santo Tomás. Es propio de los religiosos obedecer en lo que pertenece a la consecución de la perfección. Quienes viven en el mundo se reservan para sí algo y entregan a Dios algo, y en esto se someten por obediencia a los prelados. Los religiosos, en cambio, se entregan totalmente ellos con todas sus cosas a Dios, por lo cual su obediencia es universal (q.186 a.5 ad 1). El religioso pone su vida entera, en la duración y en sus trabajos (q.186 a.5 ad 4), bajo la obediencia; los laicos, en cambio, no tienen el deber de practicar este modo de obediencia. Santo Tomás habla de esta obediencia como ordenada al logro de la perfección; él presupone que los consejos, incluida la obediencia, sólo son instrumentos que facilitan el camino hacia una perfección obligatoria para todos en cuanto término de aspiración.

OBEDIENCIA DEL RELIGIOSO A LOS OBISPOS

Santo Tomás dice que el religioso debe obedecer a los superiores de su propio instituto; pero esto no basta para tener una idea exacta de la obediencia religiosa. “La sumisión de los religiosos se dirige principalmente a los obispos. Los religiosos son perfeccionandos; los obispos los perfeccionadores. Por lo cual, ni siquiera los eremitas ni los superiores religiosos están libres de la obediencia a los obispos. Y aunque sean exentos, están obligados a obedecer al Sumo Pontífice, tanto en las cosas comunes como en lo que pertenece a la vida religiosa” (q.186 a.5 ad 3). El que vive en soledad, se halla bajo obediencia religiosa, que, al no poderla ofrecer a un superior de comunidad, se dirige al obispo, como pastor de la diócesis, como su superior religioso, en virtud de obediencia religiosa. El Papa es superior religioso de todos los religiosos, que le deben obediencia en virtud de la profesión. Lo que se dice de la obediencia vale para los demás consejos evangélicos que tienen en la obediencia su centro de conexión. Para que haya vida religiosa, no se requiere la existencia de comunidades religiosas, o institutos religiosos. Basta el compromiso de practicar los consejos evangélicos contraído ante el obispo, aprobado por él o de cualquier modo vinculado con él. La vida religiosa nació a fines del siglo III y IV. De forma institucionalizada. Pero Santo Tomás enseña que la vida religiosa nace del Evangelio mismo y sobre todo del modo como Cristo mismo vivió y que debe perpetuarse siempre en la Iglesia y por eso afirma que el estado religioso, pertenece a la constitución de la Iglesia (q.183 a.2).

SANTA TERESA DE JESÚS, MAESTRA DE VIDA CONSAGRADA

El esfuerzo principal de Santa Teresa de Jesús en su vida estuvo dedicado a la vida consagrada en la Iglesia: ser ella consagrada lo mejor que pudiere y reformar, inflamar, suscitar y acrecentar los quilates y el fervor de la consagración en muchas almas, especialmente por la obediencia, promocionando a la mujer religiosa y humanamente lo más que estuvo a su alcance en su tiempo de marginación de la mujer e infravaloración de su esfuerzo y personalidad. Cuando ella nos habla de la vida consagrada, o religiosa según su lenguaje, sus palabras tienen un peso singular de experiencia y de realismo, que hay que tener en cuenta en estos tiempos de confusión y renovación.

JESÚS MARTÍ BALLESTER
jmarti@ciberia.es

Naturaleza y racionalidad en Santo Tomás de Aquino
Entrevista a la profesora Ana Marta González de la Universidad de Navarra
27 marzo 2006

El pensamiento de Santo Tomás de Aquino es actual «porqué siempre volvemos a él». Lo afirma en esta entrevista la profesora Ana Marta González, autora de una exhaustiva investigación publicada por Eunsa, «Moral, razón y naturaleza. Una investigación sobre Tomás de Aquino» (Eunsa, Pamplona, 2006, 2ª edición).

Ana Marta González (Orense, 1969) es doctora en filosofía y profesora en el Departamento de Filosofía de la Universidad de Navarra.

-¿Por qué la ética tomista es actual?

-González: La palabra actual tiene dos significados que conviene distinguir: uno de ellos lo hace equivalente a la moda: es actual lo que está de moda, o aquello de lo que se habla hoy, pero ya no se habla mañana, lo que suele pasar con las noticias de los periódicos.

El otro sentido es más filosófico: es actual lo que es permanente. Las cuestiones filosóficas tienen este tipo de actualidad, que es la que suele atribuirse, también, a lo «clásico».

El pensamiento de Tomás de Aquino es siempre actual en este segundo sentido. Por eso volvemos a él, como volvemos en general a los clásicos, en los que se afrontan cuestiones de interés permanente.

Pero además es actual en el primer sentido, en la medida en que la ética contemporánea continúa profundizando en aquella rehabilitación de la filosofía práctica comenzada en el último cuarto de siglo XX. Si entonces la recuperación de la razón práctica vino especialmente de la mano de Aristóteles y Kant, era razonable que esa recuperación alcanzara tarde o temprano a Tomás de Aquino, que tanto por razones cronológicas como conceptuales ocupa un lugar intermedio entre ambos autores.

-¿Qué entendía Tomás de Aquino por naturaleza?

-González: Es una pregunta importante, porque de cómo entendamos el término “naturaleza” depende su posible relevancia para la ética. De hecho, buena parte de las críticas a la ley natural o al papel de la naturaleza en la ética dependen de cómo se entienda la naturaleza. Pienso en las críticas de Hume, John Stuart Mill, John Dewey…

Al mismo tiempo, es una pregunta difícil, porque la palabra naturaleza se usa en muchos sentidos distintos aunque relacionados entre sí: como origen, como principio intrínseco, como materia, como forma, como esencia… Tomás de Aquino era perfectamente consciente de la multiplicidad de sentidos que tiene este término.

Él mismo trata de dar razón de todos ellos en un conocido texto (S.Th.III, q. 2, a. 1). Pero de todos ellos destaca uno por encima de los demás: la esencia, en cuanto principio de operaciones. De este modo, Tomás emplea un concepto metafísico de naturaleza que se puede extender también a los seres racionales, permitiéndonos hablar de naturaleza racional. Hablar de naturaleza racional es hablar del hombre como un principio singular, que Aristóteles describe como «inteligencia deseosa o deseo inteligente», e identifica con la elección (EN, VI, 2).

-¿Cuáles son los efectos de la crisis de racionalidad?

-González: Esta pregunta merecería una contestación más amplia. Digamos que el hombre contemporáneo es muy racional cuando se trata de poner medios para conseguir objetivos que se ha prefijado de antemano, o cuando se trata de certificar cuestiones de hecho y enmarcarlas en un modelo teórico.

Pero, fuera de eso, y precisamente en las cuestiones que se suelen considerar de importancia vital se muestra emotivo y sentimental. Como si en lo que se refiriese a la orientación de la vida y de las acciones no hubiera lugar para la verdad. Ha desarrollado mucho la racionalidad instrumental y la racionalidad científica, pero ese desarrollo no se ha visto compensado por un desarrollo paralelo de la racionalidad ética o metafísica, que tiene que ver con el fin de la vida humana.

El resultado es que el contexto humano y trascendente de la actividad técnica y científica tiende a oscurecerse. Como suele decirse: los árboles no dejan ver el bosque.

-¿Estamos en una crisis moral que refleja una crisis más profunda de otra índole?

González: En cierto modo ya he contestado a su pregunta. Si hay crisis, ésta es en primer lugar una crisis de racionalidad. La proliferación de medios que caracteriza la moderna sociedad tecnológica no se corresponde con una profundización en la sabiduría acerca de los fines: ya hemos hablado de la técnica.

Otro tanto cabría decir de la economía o de la política: ¿cuál es el fin de la actividad económica? Aristóteles ponía mucho empeño en distinguir economía (arte de administrar) y crematística (arte de adquirir).

Ciertamente, el pensamiento económico de Aristóteles no es sin más trasladable a nuestro mundo, pero la intuición ética que presidía sus distinciones sí lo es. Concretamente, decía que la crematística responde simplemente al «deseo de vivir», mientras que la economía responde al deseo de «vivir bien», y por eso ponía empeño en subordinar la economía a la política, porque entendía que la actividad económica sólo tiene sentido cuando se ordena a la convivencia de ciudadanos libres. Sin embargo, nosotros también nos encontramos desconcertados respecto a la naturaleza de la política.

A menudo da la impresión de que no es otra cosa que el arte de hacerse con el poder y mantenerlo, en cuyo caso, no tendría nada que ver con la justicia. Estas reflexiones no son ociosas: hoy las necesitamos más que nunca.

Estamos embarcados en muchas tareas muy interesantes, y somos conscientes de la interdependencia creciente de todas ellas, pero a menudo nos falta la visión necesaria para introducir orden y ver de qué manera sirven efectivamente al bien humano.

La ética, según Tomás de Aquino, es el saber que se ocupa de introducir orden en los actos voluntarios. Ahora bien, para introducir orden en un conjunto de medios no sólo es necesario tener un cierto sentido de la armonía, sino tener un conocimiento claro del fin.

Me saciaré de tu semblante
Santo Tomás de Aquino, Conferencia sobre el Credo, Opuscula Theologica 2

Adecuadamente termina el Símbolo, resumen de nuestra fe, con aquellas palabras: «La vida perdurable.

Amén».

Porque esta vida perdurable es el término de todos nuestros deseos.

La vida perdurable consiste, primariamente, en nuestra unión con Dios, ya que el mismo Dios en persona es el premio y el término de todas nuestras fatigas: Yo soy tu escudo y tu paga abundante.

Esta unión consiste en la visión perfecta: Ahora vemos confusamente en un espejo; entonces veremos cara a cara. También consiste en la suprema alabanza, como dice el profeta: Allí habrá gozo y alegría, con acción de gracias al son de instrumentos.

Consiste, asimismo, en la perfecta satisfacción de nuestros deseos, ya que allí los bienaventurados tendrán más de lo que deseaban o esperaban. La razón de ello es porque en esta vida nadie puede satisfacer sus deseos, y ninguna cosa creada puede saciar nunca el deseo del hombre: sólo Dios puede saciarlo con creces, hasta el infinito; por esto, el hombre no puede hallar su descanso más que en Dios, como dice san Agustín: «Nos has hecho para ti, Señor, y nuestro corazón no hallará reposo hasta que descanse en ti».

Los santos, en la patria celestial, poseerán a Dios de un modo perfecto, y, por esto, sus deseos quedarán saciados y tendrán más aún de lo que deseaban. Por esto, dice el Señor: Entra en el gozo de tu Señor. Y san Agustín dice: «Todo el gozo no cabrá en todos, pero todos verán colmado su gozo. Me saciaré de tu semblante; y también: El sacia de bienes tus anhelos».

Todo lo que hay de deleitable se encuentra allí superabundantemente. Si se desean los deleites, allí se encuentra el supremo y perfectísimo deleite, pues procede de Dios, sumo bien: Alegría perpetua a tu derecha.

La vida perdurable consiste, también, en la amable compañía de todos los bienaventurados, compañía sumamente agradable, ya que cada cual verá a los demás bienaventurados participar de sus mismos bienes. Todos, en efecto, amarán a los demás como a sí mismos, y, por esto, se alegrarán del bien de los demás como el suyo propio. Con lo cual, la alegría y el gozo de cada uno se verán aumentados con el gozo de todos.

El santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, Solemnidad. ¡Oh banquete precioso y admirable!

De las obras de santo Tomás de Aquino, presbítero.
Opúsculo 57, en la fiesta del Cuerpo de Cristo, lect. 1-4

El Hijo único de Dios, queriendo hacernos partícipe de su divinidad, tomó nuestra naturaleza, a fin de que hecho hombre, divinizase a los hombres.

Además, entregó por nuestra salvación todo cuan tomó de nosotros. Porque, por nuestra reconciliación ofreció, sobre el altar de la cruz, su cuerpo como víctima a Dios, su Padre, y derramó su sangre como precio de nuestra libertad y como baño sagrado que nos lava, para que fuésemos liberados de una miserable esclavitud y purificados de todos nuestros pecados.

Pero, a fin de que guardásemos por siempre jamás en nosotros la memoria de tan gran beneficio, dejó a los fie­les, bajo la apariencia de pan y de vino, su cuerpo, para que fuese nuestro alimento, y su sangre, para que fuese nuestra bebida.

¡Oh, banquete precioso y admirable, banquete saludable y lleno de toda suavidad! ¿Qué puede haber, en efecto, más precioso que este banquete en el cual no se nos ofrece, para comer, la carne de becerros o de machos cabríos, como se hacía antiguamente, bajo la ley, sino al mismo Cristo, verdadero Dios?

No hay ningún sacramento más saludable que éste, pues por él se borran los pecados, se aumentan las virtudes y se nutre el alma con la abundancia de todos los dones espirituales.

Se ofrece, en la Iglesia, por los vivos y por los difuntos para que a todos aproveche, ya que ha sido establecido para la salvación de todos.

Finalmente, nadie es capaz de expresar la suavidad de este sacramento, en el cual gustamos la suavidad espiritual en su misma fuente y celebramos la memoria del inmenso y sublime amor que Cristo mostró en su pasión.

Por eso, para que la inmensidad de este amor se imprimiese más profundamente en el corazón de los fieles, en la última cena, cuando, después de celebrar la Pascua con sus discípulos, iba a pasar de este mundo al Padre, Cristo instituyó este sacramento como el memorial perenne de su pasión, como el cumplimiento de las antiguas figuras y la más maravillosa de sus obras; y lo dejó a los suyos como singular consuelo en las tristezas de su ausencia.

En la cruz hallamos el ejemplo de todas las virtudes
De las conferencias de santo Tomás de Aquino, presbítero.

¿Era necesario que el Hijo de Dios padeciera por nosotros? Lo era, ciertamente, y por dos razones fáciles de deducir: la una, para remediar nuestros pecados; la otra, para darnos ejemplo de cómo hemos de obrar.

Para remediar nuestros pecados, en efecto, porque en la pasión de Cristo encontramos el remedio contra todos los males que nos sobrevienen a causa del pecado.

La segunda razón tiene también su importancia, ya que la pasión de Cristo basta para servir de guía y modelo a toda nuestra vida. Pues todo aquel que quiera llevar una vida perfecta no necesita hacer otra cosa que despreciar lo que Cristo despreció en la cruz y apetecer lo que Cristo apeteció. En la cruz hallamos el ejemplo de todas las virtudes.

Si buscas un ejemplo de amor: Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos. Esto es lo hizo Cristo en la cruz. Y, por esto, si él entregó su vida por nosotros, no debemos considerar gravoso cualquier mal que tengamos que sufrir por él.

Si buscas un ejemplo de paciencia, encontrarás el mejor de ellos en la cruz. Dos cosas son las que nos dan la medida de la paciencia: sufrir pacientemente grandes males, o sufrir, sin rehuirlos, unos males que podrían evitarse. Ahora bien, Cristo, en la cruz, sufrió grandes males y los soportó pacientemente, ya que en su pasión no profería amenazas; como cordero llevado al matadero, enmudecía y no abría la boca. Grande fue la paciencia de Cristo en la cruz: Corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que, renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia.

Si buscas un ejemplo de humildad, mira al crucificado: él, que era Dios, quiso ser juzgado bajo el poder de Poncio Pilato y morir.

Si buscas un ejemplo de obediencia, imita a aquel se hizo obediente al Padre hasta la muerte: Si por la desobediencia de uno –es decir, de Adán– todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán en justos.

Si buscas un ejemplo de desprecio de las cosas terrenales, imita a aquel que es Rey de reyes y Señor de señores, en quien están encerrados todos los tesoros del saber y el conocer, desnudo en la cruz, burlado, escupido, flagelado, coronado de espinas, a quien finalmente, dieron a beber hiel y vinagre.

No te aficiones a los vestidos y riquezas, ya que se repartieron mis ropas; ni a los honores, ya que él experimentó las burlas y azotes; ni a las dignidades, ya que le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado; ni a los placeres, ya que para mi sed me dieron vinagre.

ORACIÓN

¡Oh, Dios!, que hiciste de santo Tomás de Aquino un varón preclaro por su anhelo de santidad y por su dedicación a las ciencias sagradas, concédenos entender lo que él enseñó e imitar el ejemplo que nos dejó en su vida.

Por nuestro Señor Jesucristo.

¿Muerte del tomismo?
Autor: Padre Fernando Pascual.

Hay quienes sentencian con seguridad absoluta la muerte del tomismo, una muerte que, según dicen, ocurrió hace ya varios siglos.

Para considerar este tema, nos atrevemos a formular algunas preguntas al mismo Tomás de Aquino. No sabemos si en el cielo permiten entrevistas. En medio de la visión beatífica, no debe resultar fácil volver a las menudencias de la tierra. Esperamos, sin embargo, no incomodar al maestro Tomás. Para ello, nos ayudaremos de la mediación de otro santo, Francisco de Sales, patrono de los periodistas, un hombre que siempre se caracterizó por su caridad y su trato amable.

San Francisco de Sales: Agradecemos mucho a santo Tomás el que interrumpa unos instantes su contemplación para responder a algunas preguntas sobre temas de actualidad en el planeta tierra. Tomás, ¿podemos decir que el tomismo está muerto?

Santo Tomás: Soy yo quien agradezco la oportunidad de volver a hablar a quienes viven en el mundo material. La palabra “tomismo” puede tener varios significados. Por eso la pregunta debería ser más precisa.

Francisco: Quizá podemos entender “tomismo” como el conjunto de ideas que dejaste a los hombres tras tu muerte.

Tomás: Bueno, las ideas tienen una vida un poco especial. Una verdad es verdad siempre, la piensen o no la piensen los hombres. En ese sentido, las ideas válidas que formulé, lo que podríamos llamar el “tomismo perenne”, no pueden morir, aunque haya muchos aprendices a enterradores. Las verdades son eternas, son las mentiras las que tienen los pies cortos.

Pero puede ocurrir que una generación olvide descubrimientos del pasado y adopta ideas falsas o imprecisas. Algo parecido ha ocurrido con el tomismo, si bien, como espero decir más adelante, también podemos encontrar hoy a no pocos pensadores que se identifican con muchas de mis ideas.

Francisco: Los hombres del siglo XXI no entienden tu manera de hacer filosofía. Viven en otro contexto cultural. ¿No será que, en ese sentido, el tomismo está muerto y bien muerto?

Tomás: Aquí es bueno matizar. Hay algunos que no entienden ni quieren entender. Les falta esa preparación para acoger otras perspectivas, para estudiar con calma los problemas, y para empalmar con lo que de “eterno” tienen todas las verdades (una cosa que subrayaron de modo especial algunos platónicos). Decretan la muerte de ideas de un pasado que no han llegado a conocer de verdad (aunque quizá hayan leído escritos tomistas con poca apertura de mente y muchos prejuicios). Otros, en cambio, navegan con cariño entre mis libros, y son capaces de sacar actualizaciones para problemas vivos desde ideas plasmadas hace ya muchos siglos.

Francisco: Tú usaste muchas ideas de Aristóteles, y hay quien dice que Aristóteles también está muerto, y que tú mueres con él.

Tomás: Yo siempre me consideré antes teólogo que filósofo. Pero usé ideas filosóficas que, en mi siglo XIII, eran muy actuales, “el último grito”, como dicen ahora en la tierra, si bien usaba siempre un sano espíritu crítico. No todo lo que es actual vale, ni todo lo que es antiguo está superado. Esto es algo que muchos no han comprendido, y por eso dogmatizan y declaran la muerte del tomismo con demasiada prisa y con muy poco sentido de la historia.

Francisco: Pero, nos dicen una y otra vez, podría estar bien tomar a Aristóteles en el siglo XIII, pero en el siglo XXI…

Tomás: Creo que Aristóteles (como Platón) sigue siendo actual en la tierra. Basta con ojear la cantidad de estudios que se hacen sobre ellos. No están muertos estos dos grandes pensadores griegos, como no puede morir ninguna idea verdadera, haya sido dicha por quien sea. Como dice esa frase atribuida a san Ambrosio y que tanto me gusta, todo lo que sea verdad, lo diga quien lo diga, viene del Espíritu Santo.

Francisco: ¿También hay verdad entre los malos filósofos, entre los herejes?

Tomás: También sobre este punto quienes “sepultan” al tomismo podrían aprender mucho. En el método de la escolástica escuchábamos a todos con mucho respeto. Estudien, por ejemplo, lo que era una discusión pública, lo que llamábamos “quaestiones disputatae”.

Se trataba de reunir el mayor número de afirmaciones sobre todos los temas, con una gran libertad de espíritu. Por ejemplo, vamos a hablar de Dios. Veamos si existe (opiniones a favor) o si no existe (opiniones en contra). Luego, hemos de discernir entre lo que vale y lo que es falso. Pero incluso al criticar la opinión equivocada (en el máximo respeto de quien la emitió), siempre intentábamos ver los motivos de su error, los elementos válidos de su pensamiento, para no eliminar lo bueno junto con lo malo.

Algunos modernos tienen demasiada prisa y fulminan con condenas absolutas las ideas del pasado, la metafísica, el pensamiento escolástico. Si tuviesen un poco de espíritu verdaderamente científico, como el que teníamos nosotros, serían más prudentes, más abiertos, y sabrían aprovechar los elementos válidos de la Escolástica.

Francisco: Ya sé que en la Escolástica os considerabais como enanos subidos sobre la espalda de gigantes. Pero los modernos dicen que os limitabais a repetir lo que otros habían dicho…

Tomás: Es cierto que prestábamos gran atención al pasado. Pero eso es parte del método científico: recoger lo que otros han descubierto para avanzar en el saber. Los modernos hacen lo mismo, aunque a veces se quedan con el estudio de última hora y olvidan otras dimensiones del saber.

Observemos por un momento las revistas científicas. Están llenas de citas de otros. Pero si el artículo es del año 2005, las citas tienen que ser muy recientes (del 2003, 2004 y 2005), para no quedarse “anticuados”. Ven sólo datos, y datos, y datos. Pero les falta la perspectiva del pasado, y por eso algunos se limitan a lo empírico, lo experimental. Es triste vivir así, al día, dejando de lado descubrimientos muy valiosos de la filosofía y de la cultura humanística, descubrimientos que no son medibles con una báscula ni visibles para los lentes de un telescopio.

Tengo que aclarar otra cosa: repetíamos, sí, muchas frases del pasado, pero las repensábamos en nuevos contextos y, a veces, las enriquecíamos. Por eso el enano que se sube en las espaldas de un gigante puede ver más lejos que el gigante: su horizonte es mucho más amplio.

Francisco: Tomás, hemos de ir terminando. Quería preguntarte un tema de actualidad. En bioética muchos critican esa definición de persona de la Escolástica: la persona, decíais, es una “sustancia individual de naturaleza racional” (en latín, “naturae rationalis individua substantia”). Muchos piensan que esta definición está superada. ¿Qué opinas?

Tomás: De nuevo se ve cómo los modernos tienen prisa y no investigan bien lo que dicen. La definición de persona que acabas de recordar no es de la Escolástica, sino de Boecio (un autor de los siglos V y VI d.C.). Yo la citaba con gusto, pero sin ser un simple repetidor. En alguna ocasión noté que esa definición podía ser mejorada, sin rechazarla, y propuse otra. Esta es la gran diferencia entre el tomismo y los modernos. El tomismo busca profundizar y comprender lo válido del pasado para aprovechar lo bueno y mejorar lo mejorable. Los modernos, en cambio, quieren empezar de cero, rechazan un pasado que no conocen y que citan mal, y llegan a conclusiones bastante pobres.

Sobre la definición de persona de Boecio: se trata de una definición metafísica, y la metafísica va mucho más allá de lo que puede ver el laboratorio. Algunos autores, que no saben cómo funciona la metafísica, rechazan la definición de Boecio y la mía y definen la persona sólo por algunos accidentes previamente seleccionados. Esto, en bioética, ha llevado a confusiones enormes, y a la aceptación de comportamientos tan inhumanos como el aborto o la eutanasia.

Francisco: Tomás, la pregunta para concluir: ¿ha muerto el tomismo o puede sobrevivir de algún modo?

Tomás: El tomismo no ha muerto. Los que viven en la tierra pueden ver la espléndida riqueza de sociedades tomistas (como la Pontificia Academia Santo Tomás de Aquino, o la Sociedad Internacional Tomás de Aquino, que tienen sus páginas en Internet) y las actividades nacionales e internacionales promovidas por insignes tomistas y estudiosos de mis ideas (ideas que no siempre comparten, pero conocen y respetan con un espíritu intelectual abierto y creativo, auténticamente escolástico).

No creo, de todos modos, haberlo dicho todo, ni creo que es “tomismo” limitarse a repetir lo que yo haya podido decir con mayor o menor acierto. Pero nadie es un simple repetidor. Volver a presentar el pensamiento de un autor del pasado en un nuevo contexto cultural hace que se generen reflexiones vivas y enriquecedoras.

Me gustaría mucho que quienes decretan la muerte del tomismo leyesen esa hermosa encíclica de Juan Pablo II sobre la fe y la razón (Fides et ratio, 1998) para descubrir la vitalidad de un tomismo que tiene una larga tradición de nombres y de tendencias

.

Sabemos que san Francisco de Sales y santo Tomás de Aquino habrían preguntado y respondido con mucha más profundidad y belleza. Gozan de Dios, y con Dios todo se ve de un modo más pleno. Les pedimos perdón por nuestro atrevimiento. El deseo que anima esta entrevista es sencillo: ser prudentes a la hora de juzgar acerca de la vitalidad o la muerte de ideas del pasado nos permitirá abrir horizontes de verdades filosóficas y teológicas que pueden sernos de enorme utilidad en el mundo contemporáneo (y en cualquier época histórica).

Me parece que el tomismo, con perdón de quien piensa lo contrario, goza de salud. Ciertamente, no toda la que merecería, pero sigue vivo. No siempre aparece con toda su fuerza, desde luego, entre quienes controlan y monopolizan amplios sectores de la universidad, la cultura y de la difusión del pensamiento. Pero esto no implica sepultar más a fondo a santo Tomás. El tomismo no puede morir, simplemente porque su espíritu, genuinamente abierto a la búsqueda de la verdad, vive escondido en cada hombre y mujer que deja de lado prejuicios y prisas para recorrer el camino de la filosofía; en quienes saben tomar la mano, con cariño que no es sinónimo de servilismo acrítico, de quienes nos han precedido con sencillez y honestidad en la búsqueda de las verdades más profundas sobre la vida, sobre el hombre y sobre Dios.

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