Pedro de Poveda

San Pedro de Poveda

Presbítero

Mártir

Fundador de la Institución Teresiana

Nació en Linares (Jaén) el 3 de diciembre de 1874. Ordenado sacerdote en 1897 en Guadix (Granada). Allí sirvió a los habitantes de las cuevas. Nombrado canónigo de la basílica de Santa María de Covadonga en 1906 donde permaneció siete años. Comenzó proyecto de preparar profesores cristianos laicos para evangelizar.

Instituyó academias para estudiantes y centros pedagógicos. Funda la “Institución Teresiana” en 1911 la cual recibe aprobación pontificia en 1924. Fue profesor del seminario de Jaen y se trasladó en 1921 a Madrid, donde continuó trabajando con los educadores y los más necesitados.

Durante la persecución comunista contra la Iglesia en España, optó por la no violencia. Decía: “la mansedumbre, la afababilidad, la dulzura son las virtudes que conquistan al mundo”. A la vez, manifestó su deseo de vivir la fe hasta la entrega de la propia vida.

El 27 de julio de 1936, cuando acababa de celebrar la Eucaristía, fue detenido en su casa de la calle de La Alameda de Madrid. No ocultó su identidad y dijo: “Soy sacerdote de Jesucristo”. Unas horas después, al ser separado de su hermano, que le había acompañado, le dijo: “Serenidad, Carlos, se ve que el Señor, que me ha querido fundador, me quiere también mártir”. A la mañana siguiente una profesora y una joven doctora de la Institución Teresiana encontraron su cadáver junto a la capilla del cementerio de La Almudena. En su pecho aparecía, atravesado por una bala, el escapulario de la Virgen del Carmen. Murió mártir por la fe el 28 de julio de 1936, a los sesenta y un años de edad. Trasladaron su cadáver a la sacramental de San Lorenzo, donde recibió sepultura el día 29.

Fue beatificado el 10 de Octubre de 1993. Su cuerpo se venera en la Casa de Espiritualidad de la Institución Teresiana de Los Negrales (Madrid).

MÁXIMAS DEL PADRE POVEDA

Cristo es para nosotros camino, verdad y vida. Camino por donde hemos de ir al Padre, camino único, fuera del cual no podemos caminar. Llegar al término, sin pasar por el camino, es imposible. Cristo es la verdad. Verdad sustancial, increada, eterna. Conociendo a Cristo se conoce toda la verdad, se está libre de todo error, de toda ilusión, se saben apreciar las cosas según lo que valen. Cristo es vida. En Él está la vida, separados de Él no podemos tenerla, cuando nos falta Cristo estamos muertos. Esta vida no es como la del mundo, caduca y transitoria; es eterna.

Los hombres y las mujeres de Dios son inconfundibles. No se distinguen porque sean brillantes, ni porque deslumbren, ni por su fortaleza humana, sino por los frutos santos, por aquello que sentían los apóstoles en el camino de Emaús cuando iban en compañía de Cristo resucitado a quien no conocían, pero sentían los efectos de su presencia.

Las manifestaciones de vida en todos los órdenes, moral, intelectual y, hasta físico, las apreciamos siempre por la intensidad de la vida Eucarística. Porque es preciso para mantener la vida del espíritu que seamos perseverantes en la recepción del pan de vida, así como para conservar la del cuerpo hay necesidad del alimento cotidiano. En suma, si la obra que realizamos es de apostolado, si el fin es sobrenatural, si la vida que llevamos es del mismo orden, necesitamos de un alimento, de un sustento proporcionado, y este alimento es el cuerpo y la sangre de Cristo.

Sí, el Maestro dice a sus discípulos: La paz os dejo, mi paz os doy; pero añade: no os la doy como la da el mundo. Su paz es orden, armonía, gracia; es compatible con los dolores, amarguras y persecuciones; existe aun cuando todo se conjure contra sus discípulos; es la paz del alma, del corazón, de la conciencia, del cumplimiento del deber, de la razón que estima y aprecia en su justo valer las cosas, de la fortaleza que se mantiene intrépida en la lucha, que no es vencida por halagos, ni por amenazas. De aquí que Cristo añadiera a sus últimas palabras referidas: No se turbe vuestro corazón ni se acobarde.

Habéis de trabajar, orar, sufrir, como si todo el fruto dependiera de vuestro esfuerzo, pero persuadidos de que ni el que planta es algo, ni el que riega; que nada podréis por vosotros mismos; que Dios es el que da el fruto. A Él habéis de encaminar toda la gloria, a Él debéis referirlo todo, de Él debéis esperarlo todo. Lejos de vosotros la vanidad, la presunción y hasta la satisfacción, si veis el fruto. Mirad que todo es de Dios; temed arrebatarle la gloria que le pertenece. Tened sólo un anhelo; que toda la gloria sea para el Señor, cuyo es el fruto, cuya es la virtud, la potencia, la eficacia.

Así ha de ser vuestra vida: toda de Dios. Pero siendo de Dios toda, ha de distinguirse por su carácter eminentemente humano, el cual, informado por una vida toda de Dios, se perfecciona, pero no se desnaturaliza.

Vida henchida de Dios. Sí; del Dios que hizo lo humano para perfeccionarlo y no para destruirlo.

Yo quiero, sí, vidas humanas; pero como entiendo que estas vidas no podrán ser cual las deseamos si no son vidas de Dios, pretendo comenzar por henchir de Dios a los que han de vivir una verdadera vida humana.

La Encarnación bien entendida, la persona de Cristo, su naturaleza y su vida dan, para quien lo entiende, la norma segura para llegar a ser santo con la santidad más verdadera, siendo al propio tiempo humano con el humanismo verdad.

ORACIÓN

Señor Dios nuestro, que elegiste a san Pedro Poveda, presbítero, mártir y fundador de la Institución Teresiana, para promover la acción evangelizadora de los cristianos en el mundo mediante la educación y la cultura, concédenos, por su intercesión, imitar su constancia en anunciar y testimoniar el evangelio y su fortaleza en confesar la fe.

Te pedimos por su intercesión nos concedas el favor que deseamos alcanzar.

Por nuestro Señor Jesucristo.

Amén