Juan Diego

San Juan Diego

Cuauhtlatoatzin

1474-1548

Vidente de la Virgen de Guadalupe

Fiesta: 9 de diciembre

Canonizado el 31 de Julio del 2002 por S.S. Juan Pablo II, durante su 5.ª visita a México.

HISTORICIDAD

Ante la voces que pretenden negar la historicidad de Juan Diego, y en el marco del proceso de canonización del beato indio, la Congregación vaticana para las Causas de los Santos, decidió crear en 1998 una Comisión histórica para analizar su fundamento. Nombró como presidente de la Comisión histórica al profesor de Historia eclesiástica en las Universidades Pontificias Urbaniana y Gregoriana, Fidel González Fernández, reconocido como uno de los máximos expertos en la materia. La Comisión solicitó la cooperación de unos 30 investigadores de diversas nacionalidades que ofrecieron una contribución decisiva no sólo para justificar la historicidad de Juan Diego, sino incluso para aportar nueva luz a la historia de México. El padre González expuso los resultados de este trabajo en un Congreso extraordinario celebrado en la Congregación Vaticana para las Causas de los Santos el 28 de octubre de 1998, obteniendo un éxito positivo en la resolución de las dudas presentadas sobre la problemática histórica.

Quizá uno de los trabajos más originales del padre González, quien ha sido asistido en esta labor por otros miembros de la comisión, Eduardo Chávez Sánchez y José Luis Guerrero Rosado (cf. «El encuentro de la Virgen de Guadalupe y Juan Diego», Editorial Porrúa, México 1999, 564 pp.) es la presentación de 27 documentos o testimonios indígenas guadalupanos y 8 de procedencia mixta indo-española. Entre todos ellos, destaca el «El Nican Mopohua» y el llamado Códice «Escalada».

«El Nican Mopohua», del escritor indio Antonio Valeriano, constituye un testimonio privilegiado del proceso de transculturación del cristianismo de la Nueva España. Sin embargo, la cuestión acerca de la historicidad de su contenido y de cuanto en él es revestimiento literario o parte de un entorno cultural sigue siendo discutido con vehemencia. Cada palabra de los 218 versos del «Nican Mopohua» tiene sus significados dentro de la filosofía y mitología nahuas así como cristianas respectivamente. Al ser untexto literario, no tiene un valor histórico, sin embargo, ofrece el testimonio de la cosmovisión india del momento, algo mucho más importante para esa cultura que lo que podría haber sido una crónica fechada. Por otra parte, su autor un indígena de raza tecpaneca pura, fue un testigo, pues vivió entre 1520 y 1606. Los historiadores afirman que era sobrino del emperador Moctezuma. A los trece años –en 1533, testimonio de la impresionante labor que realizaron los misioneros– ya entró a estudiar en el colegio de San Cruz de Tlatelolco, fundado por el obispo Juan de Zumárraga. Fue, por tanto, uno de los primeros indios en hablar latín y gobernador de Azcapotzalco durante 35 años. Tenía 11 años en 1531, año de las apariciones, y 28 en 1548, cuando murió Juan Diego.

Por otra parte, el Códice «Escalada», firmado por el indio Antonio Valeriano y el español fray Bernardino de Sahagún, recién descubierto, constituye un testimonio directo de la historicidad de Juan Diego, pues contiene una especie de «acta de defunción» del indígena.

Dado que todavía no se han encontrado documentos históricos relativos a los veinte años que siguieron a las apariciones de Guadalupe, quienes se oponen a ellas aseguran que este «silencio» documental es prueba de que no existieran. Se olvida, sin embargo, que muchas fuentes indígenas fueron destruidas, como dos autoridades indiscutibles de la primera hora, fray Bernardino de Sahagún y Gerónimo de Mendieta declaran. Además, no hay que olvidar otros elementos históricos como los incendios (el del Archivo del Cabildo de México de 1692) o la llamada «crisis del papel» que invistió a la Nueva España durante mucho tiempo y que obligó como algo normal a la reutilización del papel ya usado, incluso de documentos de archivo, para nuevos usos sea en el comercio como en la escritura.

PREGUNTAS SIN RESPONDER

Los antiaparicionistas, sin embargo, no pueden explicar con elementos históricos algunos aspectos decisivos de la historia de México sin tener en cuenta el milagro de Guadalupe. Como, por ejemplo, el que, después una conquista dramática y tras dolorosas divisiones y contraposiciones en el seno del mundo político nahuatl, en un lugar significativo para el mundo indígena, en el cerro del Tepeyac, se levantara en seguida una ermita dedicada a la Virgen María bajo el nombre de Guadalupe, que con la Guadalupe de España coincide sólo en el nombre.

No explican tampoco cómo Guadalupe se convirtió en señal de una nueva historia religiosa y de encuentro entre dos mundos hasta ese momento en dramática contraposición.

La historicidad del beato ha quedado tan fundamentada que el presidente dela Comisión creada por la Congregación romana para las Causas de los Santos, Fidel González, está estudiando los orígenes sociales de Juan Diego. No se sabe si era un noble indio o un «pobre» indio. Se trata de una confusión provocada por las traducciones del «Nican Mopohua» al castellano. Existen otras muchas pruebas históricas sobre la existencia de Juan Diego, como, por ejemplo, la tradición oral, fuente decisiva al estudiar a los pueblos mexicanos, cuya cultura era principalmente oral. Esta tradición, en esos casos suele obedecer a cánones bien precisos y, en el caso de Guadalupe, siempre confirma la figura histórica y espiritual de Juan Diego. Quien quiera profundizar en el aspecto histórico del vidente de Guadalupe, puede leer a continuación el artículo inédito escrito por una de las personalidades más competentes en la materia, Fidel González, presidente de la Comisión histórica sobre Juan Diego constituida por la Santa Sede.

LA DOCUMENTACIÓN HISTÓRICA SOBRE LA VIRGEN DE GUADALUPE Y JUAN DIEGO
Estudio inédito de uno de los máximos expertos en la materia (1) Por Fidel González, mccj

Presidente de la Comisión Histórica sobre Juan Diego nombrada por la Congregación romana para las Causas de los Santos y profesor de Historia eclesiástica en las Universidades Pontificias Urbaniana y Gregoriana) ROMA, 19 (ZENIT).- En los comienzos de la presencia misionera cristiana en México y en otros lugares del Nuevo Mundo, se constata un choque entre el mundo religioso y cultural precortesiano y el cristiano llegado de Europa. Sin embargo vemos que se va a dar un encuentro no exento de dolor. Ahora bien, Guadalupe es la expresión más lograda de este encuentro y el indio neo-cristiano Juan Diego Cuauhtlatoatzin un eslabón que lo representa, o como es llamado por el “Nican Mopohua”, el más importante documento de indígena sobre el hecho guadalupano, su “mensajero”(2). Así lo han percibido tanto la “traditio” india como la española, la criolla y la mestiza. En este sentido el hecho guadalupano y la misión del indio Juan Diego Cuauhtlatoatzin tienen un marcado sentido eclesial y misionero. En el Acontecimiento guadalupano se muestra los comienzos dramáticos de la historia del continente americano. La reciente publicación en México por la prestigiosa editorial Porrúa del libro en colaboración de F. González Fernández, E. Chávez Sánchez, J. L. Guerrero Rosado señala esta problemática al investigar documentalmente el tema guadalupano. Elargumento guadalupano ha sido objeto de apasionados debates históricos desde que a finales del s. XVIII un académico español, Juan Bautista Muñoz (3), seguido luego por dos mexicanos, el extravagante fraile dominico fray Servando Teresa de Mier y a finales del siglo XIX el erudito Joaquín García Icazbalceta pusieron en duda desde posiciones y por motivos muy diversos la historicidad del hecho guadalupano. Desde entonces la polémica va a predominar en la historiografía guadalupana sobre la investigación documental.

I. TESIS CONTRAPUESTAS

En la historia de la controversia guadalupana se encuentran tesis contrapuestas. Algunas quieren vaciar el Acontecimiento guadalupano de su historicidad reduciéndolo a un mero símbolo de valor variable. Sintetizamos algunas de estas tesis.

a) Para algunos “Guadalupe” es un mito religioso que representaría las antiguas tradiciones religiosas mexicanas sincretísticamente asumidas por el catolicismo. La Virgen de Guadalupe sería la transposición católica de una “divinidad” pagana y Juan Diego uno de los personajes del mito. b) Otros antiaparicionistas creen que “Guadalupe” es un instrumento catequético usado por los misioneros en la evangelización de los indígenas; habrían aplicado al caso mexicano la tradición española que usaba el teatro, las escenificaciones y los pasos procesionales con tal fin dando lugar a una rica tradición escultórica e iconográfica.

c) Otros ven “Guadalupe” como una creación del naciente “Criollismo” a partir del siglo XVII, una afirmación de poder frente a los peninsulares españoles. Habría nacido así el nacionalismo mexicano con raíces criollas y la Virgen de Guadalupe como su símbolo. Solamente en un segundo tiempo se daría espacio al “indio Juan Diego” y a los indios, que no habrían sido recordados como protagonistas en el hecho hasta entrado el siglo XVIII. La misma Independencia mexicana habría sido proclamada bajo este símbolo (4). d) Para otros antiaparicionistas la duda nace de la falta de fuentes exhaustivas en los primeros veinte años; pesa mucho sobre ellos el llamado “silencio documental franciscano”, especialmente el de fray Juan de Zumárraga, primer obispo de la diócesis de México, y el de otros cronistas de la época, sumamente fieles en la transmisión de los hechos más importantes de la conquista y de la evangelización (5).

e) Algunos no niegan la historicidad de “Guadalupe”. Sin embargo para ellos lo fundamental sería el simbolismo guadalupano (6).

f) Para algunos lo interesante en el hecho guadalupano es el drama de la conquista y las diversas actitudes de los misioneros y del mundo indígena en los primeros momentos de la evangelización. También, y por motivos opuestos, algunos seguidores del idealismo filosófico leen bajo este prisma el hecho guadalupano interpretándolo dialécticamente y como una creación del sujeto.

g) Existen numerosas publicaciones de carácter divulgativo donde prevalece el aspecto devocional sin ninguna preocupación de carácter histórico. h) Algunas de estas visiones, aplicadas al hecho guadalupano, pueden llevar a un fideísmo y en algunos casos incluso a soslayar el problema de la racionalidad de la fe y de su nexo con la historia, y en otros a la reducción de “Guadalupe” a puro símbolo o a mero sentimiento sin ninguna relación con los hechos históricos.

II. PROBLEMÁTICA SOBRE LA HISTORICIDAD DE JUAN DIEGO

1. La Causa de beatificación de Juan Diego ocasión de nuevos estudios y debates

Juan Diego Cuauhtlatoatzin, el indio “vidente” de Santa María de Guadalupe, nació al parecer hacia el 1474 y murió en 1548. Algunas fuentes primitivas indígenas guadalupanas, y más tarde las “españolas”, lo llaman explícitamente “embajador-mensajero” de Santa María de Guadalupe. Fue beatificado en la basílica de Guadalupe de la ciudad de México el 6 de mayo de 1990 por Juan Pablo II durante su segundo viaje apostólico a México. La historia de su Causa está estrechamente unida al de del hecho guadalupano. Desde un punto de vista jurídico se abrió un proceso en 1666 para reconocer el hecho. La petición fue firmada por el Obispo de Puebla, Gobernador de la Arquidiócesis de México, sede vacante, y por el virrey de la Nueva España (7). Las «Informaciones» fueron solamente leídas en 1667 por la Sagrada Congregación de Ritos sin dar, que conozcamos, una respuesta (8).

En el siglo XVIII, en 1739 el erudito Lorenzo Boturini Benalluci recogió muchos documentos sobre el hecho guadalupano durante su viaje a la Nueva España con el objetivo de publicar su historia; muchos de estos documentos se perdieron cuando Boturini fue expulsado de la Nueva España. Algunos de estos documentos de Boturini aparecerán más tarde en archivos y colecciones privadas.

Benedicto XIV acogió las peticiones de las autoridades eclesiásticas yciviles de la Nueva España y declaró la Virgen de Guadalupe en 1754 como patrona principal de la Nueva España y de los Dominios de la Corona de España. Por su parte la Sagrada Congregación de Ritos concedió misa y oficio especiales para el 12 de diciembre, solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe (10). En 1894 los obispos mexicanos obtuvieron la concesión por parte de la Sagrada Congregación de Ritos de la coronación canónica de la Virgen de Guadalupe (11) entonces fueron presentadas de nuevo las «Informaciones Jurídicas de 1666» y otros nuevos datos como respuestas a las “animadversiones, (12). En las primeras décadas del siglo XX los obispos de México y de muchas otras partes del mundo solicitaron a Pío X y luego a Pío XI la declaración de la Virgen de Guadalupe como Patrona del Continente Americano y de las Filipinas (13). A partir de 1974, V Centenario de la hipotética fecha del nacimiento de Juan Diego, los obispos mexicanos y más tarde los latinoamericanos pidieron su canonización ~ Durante su primera Visita pastoral a México en 1979 Juan Pablo II presentó también a Juan Diego como un personaje histórico, importante en la historia de la evangelización de México. Se llegó así a su beatificación en la basílica de Guadalupe en México por Juan Pablo II el 6 de mayo de 1990. Sin embargo la beatificación, llevada a cabo con el método de las llamadas beatificaciones “equivalentes” (“equipolenti”), suscitó una polémica sobre la historicidad del acontecimiento guadalupano y sobre la misma figura de Juan Diego. Dado que muchos obispos pedían su canonización, a principios de 1998 la Congregación para la Causa de los Santos nombró una comisión histórica encargada de investigar más a fondo la problemática histórica (15). Parte de los resultados de tal estudio han sido recogidos en el volumen de F. González Fernández, E. Chávez Sánchez, J. L. Guerrero Rosado. Las dudas y objeciones han constituido un estímulo positivo para esta investigación. La obra presenta una serie de documentos de procedencia diversa, que a nuestro entender, afirman de manera convergente el hecho guadalupano. Ha sido preocupación de los autores examinar críticamente esta documentación. Ofrecen también algunas hipótesis razonables para explicar algunos vacíos, como el llamado “silencio guadalupano” de algunos personajes eclesiásticos y civiles del siglo XVI.

III. METODOLOGIA USADA

La investigación tenía como objetivo inmediato llegar a un dictamen histórico sobre la historicidad de Juan Diego en vistas de su proceso de canonización. Dadas las características peculiares del tiempo, del ambiente y de la naturaleza de la documentación se tenían que estudiar los distintos problemas históricos respetando la índole de tal documentación. Para alcanzar tal propósito se siguieron los criterios del método usado en laCongregación vaticana para las Causas de los Santos: investigar el asunto “plene ac rite”, es decir, con los criterios de la metodología crítico-histórica en archivos y bibliotecas; averiguar si las fuentes eran dignas de fe, total o parcial, y en qué medida; y ver si en tales fuentes se podían encontrar aquellos elementos que pudiesen ofrecer un fundamento histórico para llegar a un juicio sobre la historicidad del acontecimiento guadalupano de México y de su nexo con el indio Juan Diego. En este orden de cosas había que tener presente la naturaleza y la diversa tipología de las fuentes históricas y literarias, y por lo tanto, la metodología adecuada que debía aplicarse a cada caso.

Las fuentes históricas y literarias proceden fundamentalmente de tres matrices culturales distintas: las “estrictamente indias e indígenas”; las “españolas y europeas”; y las “mestizas” donde se dan cita los dos elementos anteriores en manera diversa. El tratamiento de cada fuente lo impone la fuente misma y su naturaleza, es decir, el objeto debe prevalecer sobre los “a priori” del investigador; hay que ver también los datos según la totalidad de sus factores, sin eliminar o descuidar alguno, y, finalmente, hay que tener en cuenta también el influjo de la moralidad en la dinámica del conocimiento de los hechos. Por todo ello hay que tener en cuenta la historia y la cultura mexicana prehispánica. la de los conquistadores y misioneros españoles y el proceso evolutivo histórico que se da en la Nueva España o México desde el siglo XVI en adelante. Además, para dar un justo valor a las fuentes históricas hay que tener en cuenta los hechos de interculturación de los dos mundos: su lenguaje cultural, el valor de sus tradiciones y el método de su transmisión (16).

Las fuentes indígenas

El momento histórico en el que se desenvuelven los hechos guadalupanos mexicanos explica la escasez relativa de documentos guadalupanos directos de la primera hora. Sin embargo, tenemos el recurso de noticias e informes fidedignos tempranos, tanto indígenas como españoles, pertenecientes a los primeros veinte años tras los hechos, o de otros, que a partir de mediados del siglo XVI, abordaron el tema recurriendo a documentos o testigos antiguos, como es el caso de Fernando de Alva Ixtlilxóchitl y, sobre todo, las «Informaciones Jurídicas de 1666», que recogieron muchos de estos testimonios, entre ellos de gente contemporánea que conoció a testigos de los hechos y a sus protagonistas.

En la historia de la documentación cobran especial relieve los códices indígenas, por lo que es necesario su interpretación adecuada. En una carta, recientemente descubierta, del erudito italiano del siglo XVIII Lorenzo Boturini, el autor enumera los documentos que pretende recuperar, y busca la intervención de personas competentes para que le sean entregados(17). Muchas fuentes indígenas fueron destruidas, como dos autoridades indiscutibles de la primera hora, fray Bernardino de Sahagún y Gerónimo de Mendieta declaran (18).

Hay una fuente documental, no siempre debidamente valorada, y que en el caso guadalupano mexicano tiene una capital importancia: la transmisión oral o la tradición. Ya en el siglo XVI un observador atento como el jesuita p. José de Acosta, conocedor de las realidades de México y de Perú, se preguntaba sobre el valor de las tradiciones y de la transmisión oral en su correspondencia con el padre jesuita mexicano p. Juan de Tovar (19). Un siglo más tarde el lingüista y catedrático mexicano, Luis Becerra Tanco, volvía sobre el mismo argumento (20). Ambos testimonios subrayan el valor positivo de tal tradición y método. En 1578, el misionero dominico fray Diego Durán reconocía el error de haber destruido los códices indígenas. La validez y fiabilidad de este tipo de transmisión han sido confirmadas por los modernos investigadores nahuatlacos como Miguel León Portilla (22). Por ello es necesario tener presente la importancia de la tradición oral como fuente histórica entre los pueblos de cultura principalmente oral, como lo eran los pueblos mexicanos. La tradición oral en esos casos suele obedecer a cánones bien precisos.

Observaciones sobre las fuentes indígenas y sobre las fuentes “mestizas” o mixtas

En la obra de F. González Fernández, E. Chávez Sánchez, J. L. Guerrero Rosado (23) se presentan 27 documentos o testimonios indígenas guadalupanos de diversa procedencia, valor e interpretación, entre los que destaca el “El Nican Mopohua”; y 8 de procedencia mixta indo-española o mestiza, entre los que destacan los pertenecientes a don Femando de Alva Itlilxóchitl y el llamado Códice “Escalada”, recientemente descubierto. Ante todo hay que establecer su procedencia, su cronología, y su finalidad. Entre las fuentes indígenas la principal es sin duda “El Nican Mopohua”, atribuido al escritor indio Antonio Valeriano, de cuya paternidad hoy día los mejores investigadores ya no dudan (24). El Documento tiene una estructura poética y se trata “de un testimonio privilegiado del proceso de transculturación del cristianismo de Nueva España, el cual sigue manteniendo un valor y una actualidad ejemplar para la introducción a filosofías y teologías mexicanas, así como para la praxis teológico y social y para la pastoral eclesiástica en el México actual y en otros países de América” (25). Sin embargo, la cuestión acerca de la historicidad de su contenido y de cuanto en él es revestimiento literario o parte de un entorno cultural sigue siendo discutido con vehemencia.

El documento de Antonio Valeriano fue dado a conocer en su texto náhuatl por Lasso de la Vega en 1649. “Es un texto complejo y simple a la vez quese convirtió en el paradigma para otros relatos posteriores y que influye decisivamente en el proceso religioso de México. En este texto en náhuatl lo que más destaca, como ya lo había expresado el historiador y nahuatlaco A. María Garibay es el extraordinario mensaje de la maternidad espiritual de María, principalmente hacia lo pobres y los desamparados” (26). Por todo ello, el documento va estudiado en su contexto cultural, en “la configuración literaria del acontecimiento guadalupano” (27) “teniendo presente las reflexiones filosóficas y recensiones teológicas del acontecimiento guadalupano” (28), y la “cosmovisión náhuatl (tolteca-azteca) y cristiana. Cada palabra de los 218 versos del “Nican Mopohua” tiene sus significados dentro de la filosofía y mitología nahuas así como cristianas respectivamente” (29). La complejidad y la amplitud de la cosmovisión náhuatl y del profundo intento de inculturación cristiana por obra de los misioneros son temas que necesitan un conocimiento y un estudio atento. Para entenderlo hay que tener presente todos los datos que nos ofrecen las fuentes históricas y literarias de los siglos XVI y XVII en la Nueva España (30).

En la interpretación de las fuentes indígenas guadalupanas hay que tener en cuenta también que estas no son “puras” en el sentido cultural y lingüístico sino que proceden ya de indígenas cristianos o que han entrado en contacto con el mundo cultural español y misionero. Estos contactos se reflejan en las fuentes, sea en el contenido como en el lenguaje. Por ello, para entender estas fuentes se debe tener presente el rico mundo literario náhuatl de temas religiosos, filosóficos y de ciencias naturales producido por indígenas y por españoles después de 1521. No hay que olvidar la procedencia humanista de muchos frailes misioneros y de muchos conquistadores. Tal humanismo cristiano se encontró con la sabiduría tradicional india. Antonio Valeriano es un ejemplo (31). Frailes misioneros, conquistadores y sabios indígenas nos han legado numerosas investigaciones lingüísticas y filológicas: “artes o gramáticas, vocabularios, doctrinas cristianas, catecismos, sermonarios, devocionarios, confesionarios, traducciones de la Biblia, anales y relatos orales, compilaciones de cartas, poemas e himnos sagrados, textos sobre agricultura, medicina, conjuros y hechizos, fiestas y bailes, educación y sociedad y economía y otras obras a través de los siglos de la Colonia y de la Independencia hasta los tiempos actuales en los que nuevo textos en náhuatl incluyen vocablos e ideas especialmente diseñadas para significar conceptos hebraico-cristianos. Esta rica literatura, largo tiempo desdeñada por los investigadores, es pródiga en implicaciones en el contexto de la historia de las ideas y de procesos de aculturación a nivel de las creencias y prácticas religiosas así como en ideas modernas y filosóficas” (32). Estos principios y experiencias deben tenerse presentes no solamente en el caso especifico del “Nican Mopohua”, sino también en la ricaliteratura escrita en lengua náhuatl acerca del acontecimiento guadalupano (33).

Hay que notar también que la lengua náhuatl es rica en expresiones literarias para hablar poéticamente de la cosmovisión mesoamerícana y narrar hechos de su historia. Esta lengua además era la lengua “franca” de Mesoamérica usada por numerosos poetas, cronistas y literatos en tiempos antiguos y en los tiempos inmediatamente posteriores al acontecimiento guadalupano. Los hechos y el mensaje de la doctrina cristiana fueron también expresados en ella con la misma metodología, los mismos acentos y el mismo desarrollo del pensamiento filosófico de los antiguos “tlamatinime”, los sabios mexicanos creadores de cantos, crónicas y poesía. Este aspecto de la inculturación náhuatl cristiana explica el estilo y el contenido de estos documentos indígenas.

Llamamos fuentes “mixtas indo-españolas o mestizas” a aquellas fuentes, donde encontramos la presencia de un elemento mestizo determinante o una mezcla cultural por razón de su autor, como en el caso de don Fernando de Alva Ixtlilxóchitl (descendiente de español y de indígena); o porque los autores firmantes del mismo documento son un indígena y un español, como en el Códice “Escalada” (firmas del indio Antonio Valeriano y del español fray Bernardino de Sahagún); por la lengua usada (nahuatl, como en el Códice “Escalada”, o por otros elementos como autor, composición o lengua que indican la presencia de un mestizaje cultural, que ya no es ni el puramente indígena prehispánico, ni el español importado. Entre estas fuentes hemos catalogado algunas de capital importancia, pero donde ya encontramos presente un nuevo tipo de acercamiento y de juicio cultural, fruto de la nueva situación. Entre ellos recordamos el “Nican Motecpana” de don Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, el “Inim Huey Tlamahuizoltica”, el mapa de Alva Ixtlixóchitl, el “Inim Huey Tlatnahuizoltzin” [atribuido a Juna González], el testamento de Francisco Verdugo Quetzalmamalitzin, el llamado Códice “Florentino” [de fray Bernardino de Sahagún], el testimonio de Fernando de Alva Ixtlilxóchitl respecto a favores a los habitantes de Teotihuacán, y el importante Códice “Escalada” con un testimonio guadalupano directo y una especie de “acta de defunción” de Juan Diego, el vidente guadalupano (34).

En relación a las fuentes españolas y europeas en general

Los documentos del siglo XVI de “procedencia española” a favor de Guadalupe son numerosos; pero también aquí nos encontramos con la misma problemática de lectura de los documentos de procedencia india o mestiza escritos en náhuatl o en castellano.

La mayor parte de los documentos presentados en apoyo del acontecimiento guadalupano pertenecen a la segunda parte del siglo XVI y crecen cada vez más hasta nuestros días. Frecuentemente estos documentos se refieren directa o indirectamente al culto dado a la Virgen de Guadalupe en la capilla a Ella dedicada en las faldas del cerro de Tepeyac a las afueras de la Ciudad de México. Tales fuentes no siempre se refieren al hecho directo de las apariciones; a veces se trata de documentos circunstanciales en los que se recuerda “Guadalupe” de paso; otras veces estos documentos tienen como objeto donaciones o actos de devoción guadalupana; otras se refieren a cuestiones juridícas relativas al santuario de Guadalupe o a controversias relacionadas con las apariciones y con el culto. En algunas no siempre aparece con claridad una referencia a las apariciones o al vidente Juan Diego. También aquí hay que estudiar el origen, el destinatario, el contexto y la finalidad del documento para entender su propósito y alcance. De hecho algunos de estos documentos no tienen como finalidad el tema guadalupano directo sino más bien otras cuestiones; pero el hecho de una afirmación “guadalupana” en un documento, que no tiene por objeto directo “Guadalupe”, “Juan Diego” o las apariciones, les da un mayor valor. En la citada obra “El encuentro de la Virgen de Guadalupe y Juan Diego” han sido presentados y analizados documentos “guadalupanos”, todos pertenecientes a la época que va a partir de la mitad del siglo XVI (hacia 1555 en adelante) y llegan hasta 1630: 9 testamentos, 2 documentos relativos a donaciones, 2 de carácter jurídico (controversias), 11 referencias guadalupanas en crónicas de la época, algunas de especial valor (35), las Actas de Cabildo entre 1568 y 1569, el llamado mapa de Uppsala, algunos testimonios iconográficos primitivos (36), peticiones de indulgencias y privilegios, concesiones de gracias por parte de la Santa Sede a partir de Gregorio XIII; documentos que muestran la importancia del santuario de Guadalupe en el virreinato de la Nueva España; y los testimonios de los jesuitas relativos a Santa María de Guadalupe. Nuevos documentos, fruto de una investigación de archivo, están enriqueciendo los estudios sobre la historicidad guadalupana y juandieguina. Entre ellos habría que destacar los documentos hallados en el archivo del antiguo “Convento del Corpus Christi” de la Ciudad de México y que se refieren a unas pruebas legales de “pureza de sangre” y descendencia de caciques de dos candidatas a la vida monacal. Tales documentos, aún inéditos en su totalidad han sido el punto de partida para la investigación de la genealogía de Juan Diego (37). La investigación en otro archivo desconocido hasta hace poco a los investigadores, el del antiguo convento dominico de Chimalhuacán (fundado 1529), ha dado como resultado el hallazgo de un importante material relativo a los primeros años de la conquista y a algunos protagonistas de la misma, tanto indios como españoles. En este material aparece el entorno cultural y familiar de Juan Diego, con estrechos vínculos con el lugar del convento y con la fundación del mismo convento . La documentación “española” crece a partir de finales del siglo XVI en documentos de índolemuy diversa. Esta riqueza de fuentes no nos impide plantearnos algunos problemas como la falta de documentos conocidos, anteriores a 1548, es decir pertenecientes a las dos primeras décadas inmediatamente sucesivas a 1531, fecha que la tradición y el resto de los documentos dan al acontecimiento guadalupano: ¿existen documentos de estos primeros 20 años aún perdidos en archivos o bibliotecas? Los antiaparicionistas esgrimen este “silencio” documental como su argumento más fuerte; mientras que los aparicionistas ofrecen varias hipótesis para explicarlo. De todas maneras habría que aplicar aquí el principio jurídico de que el “silencio” no afirma ni niega nada. La cuestión está abierta (39).

Las fuentes “españolas o europeas” crecen a partir del segundo arzobispo de México, el dominico Alonso de Montúfar (desde 1554 a 1573). El guadalupanismo de los arzobispos mexicanos desde Montúfar es indiscutible. A lo largo del siglo XVII “Guadalupe” se une cada vez más con la conciencia católica mexicana. La experiencia religiosa católica constituye sin duda la base más fuerte de la identidad católica nacional mexicana. En este juicio coinciden la mayor parte de los autores guadalupanos sea aparicionistas como antiaparicíonistas. Como escribe un autor: “En términos socioculturales, la veneración de la Virgen de Guadalupe permite a los indígenas, gracias a las circunstancias particulares de su aparición a un pobre indio; la reivindicación de sus reclamos de respeto y de reconocimiento dentro de la sociedad colonial y de su participación de la esperanza de la salvación […] La Virgen de Guadalupe no fue propiedad de los conquistadores ni de los indios; se tornó en elemento decisivo en el largo proceso de formación de una cultura mexicana mestiza, con un marcado distanciamiento del mundo hispano de donde provino. Su doble origen hispano-indio reflejaba la disposición sociocultural de los mestizos, incluso de los criollos en la Nueva España…” (40).

En la segunda mitad del siglo XVI, y con mayor fuerza a lo largo del siglo XVII, la Guadalupe mexicana es llevada por los frailes misioneros y por los pobladores españoles a lo largo de la geografía de la actual Latinoamérica: desde el norte de México hasta Santa Fe de Argentina (de donde es patrona), pasando por Guatemala, Perú, etc.

Unas conclusiones y una reflexión a partir de los datos de esta historia Los resultados del examen de las fuentes muestran una convergencia en lo esencial:

1. Que en los comienzos de la presencia española en México, y precisamenteen el valle del Anáhuac, después una conquista dramática y tras dolorosas divisiones y contraposiciones en el seno del mundo político “nahuatl”, en un lugar significativo para el mundo indígena, en el cerro del Tepeyac, se levanta en seguida una ermita dedicada a la Virgen María bajo el nombre de Guadalupe, que con la Guadalupe de España coincide sólo en el nombre (41).

2. Que con una fuerza increíble la ermita de Guadalupe se convierte en punto de atracción devocional, en señal de una nueva historia religiosa y de encuentro entre dos mundos hasta ese momento en dramática contraposición (42).

3. En tomo a la primitiva ermita se desarrolla una “devotio” creciente, ya sea de parte de los indios como de los españoles, criollos y mestizos, y que ninguno –tampoco los influyentes frailes misioneros mendicantes– pudieron frenar. Esta “devotio” se convierte en el punto de convergencia de los diferentes grupos, “la casa común de todos” que reconocen en María, la “madre de Aquel por el que se vive” (como la llama el “Nican Mopohua”), la Madre de todos.

4. Esto viene progresivamente señalado por las fuentes: con más fuerza por las indígenas y progresivamente por las españolas. Las indígenas hablan muy pronto de las apariciones e indican con claridad al indio Juan Diego; las españolas son más lentas al principio en las referencias juandieguinas y subrayan más el centro del evento que es la mediación de la Virgen María.

5. Entre las fuentes, la tradición oral entre los indígenas ocupa un lugar privilegiado (43).

6. Las fuentes: orales, escritas, representaciones (pinturas, esculturas…) y arqueológicas muestran como en tomo al hecho guadalupano se desarrolla una creciente atención y “devoto”, a la cual va íntimamente ligada la veneración popular del vidente Beato Juan Diego Cuauhtlatoatzin, considerado como “embajador de la Virgen María”. Las representaciones iconográficas de las apariciones y de Juan Diego siguen cánones precisos que encontramos en los primeros códices indígenas de la segunda mitad del 1500 y en algunas estampas de los comienzos del 1600. Vemos a menudo a Juan Diego representado con la aureola de santo; en los códices indígenas es presentado con los signos reservados para lo sagrado; entre estas pinturas destaca el fresco del convento franciscano de “Ozumba” (Estado de México) de los primeros años del siglo XVII, donde se representa la historia de la primera evangelización de México; en él se puede ver la aparición de la Virgen de Juan Diego en el Tepeyac. Queda la duda si la parte referente a Guadalupe sea un añadido posterior al resto. Sin embargo ello no le resta valor al testimonio. Hay que subrayar también el hecho de que el mural se halla en el pórtico exterior de uno de los más antiguos conventosfranciscanos y que en su iglesia conventual uno de sus altares fue dedicado en el s. XVII a la Virgen de Guadalupe.

7. En los lugares vinculados a la vida de Juan Diego se conserva una memoria viva entre los indígenas, ya a partir del siglo XVI, con signos crecientes de veneración. Sobre el lugar donde la tradición decía que surgía su casa natal se levantó una iglesia en honor de la Virgen. Las excavaciones arqueológicas han confirmado la existencia de una casa indígena de finales del s. XV o principios del XVI debajo y en los aledaños del templo. Otro hecho significativo ya constatado en el siglo XVII por un documento de la época es que era muy común entre los indios del lugar bautizar a sus hijos con aquel nombre compuesto (no muy común en otros lugares). El hecho que su tumba no haya sido aun encontrada no despierta asombro, en cuanto que frecuentemente muchos sepulcros, también de personajes importantes, tanto indígenas como españoles (conquistadores, obispos y misioneros) permanecen anónimas (44). Actualmente se están realizando excavaciones arqueológicas junto a la antigua “capilla” de indios en Guadalupe; tal capilla fue construida en los primeros años del 1600 y es diferente de la “ermita” o iglesia de la Virgen de Guadalupe; en aquel lugar fueron encontradas algunas sepulturas. Parece ser también que una “capilla” haya sido erigida sobre el lugar donde se levantaba la casita de Juan Diego en el Tepeyac, no lejos de la ermita de la Virgen. La tradición, que ya se recoge por escrito a mediados del siglo XVII, habla de que Juan Diego se retiró a la “ermita”. El hecho es normal en la tradición cristiana, pero también lo era entre la indígena mexicana. Muchos príncipes mexicanos y gente del pueblo cuando envejecían y no tenían fuerzas para luchar en las guerras estimaban como un gran honor retirarse para servir en los templos de su religión cumpliendo también los servicios más humildes. Algunos continúan tal tradición después del bautismo retirándose a servir iglesias y conventos. Muchas veces se llaman a sí mismos “pobres”, “mazehualtzin”; Juan Diego se llama a sí mismo de esta manera en algunos documentos indígenas. Un caso típico conocido es el de don Femando Cortés Ixtlixóchitl, cacique de Texcoco, que ayudó Cortés en la conquista y que se retiró a vivir sirviendo en la iglesia de un convento. Se retira después a Toluca. Parece también fundado el hecho que haya estado en el convento de San Vicente Ferrer Chimalhuacán; según consta por algunos documentos de archivo. En un inventario de la última década del s. XVIII o de la primera del XIX conservado en dicho archivo se dice que hasta hacía poco se conservaba un fresco o mural pintado en el lado del evangelio del presbiterio de la iglesia conventual narrando su conversión cristiana; tal mural fue borrado en una lamentable reestructuración del templo llevada a cabo bajo uno de los párrocos de finales del s. XVIII y comienzos del XIX. Para algunos técnicos del INAH el fresco se encontraría aún bajo el yeso blanco.

8. Está todavía abierta la cuestión de los orígenes sociales de Juan Diego. Sí se trata de un pobre indio en el sentido sociológico. La confusión arranca de la interpretación de la traducción de Becerra Tanco (siglo XVII) del “Nican Mopohua”. En él se presenta a Juan Diego como “macehualtzintli icnotlapatzintli”, que Becerra Tanco traduce como “un indio plebeyo y pobre, humilde y cándido”. Por otra parte, la expresión enuncia un lenguaje cortés y casi “protocolario” en el uso lingüístico de notables indios, como se ve a través de otros documentos indígenas. La expresión se podría por consiguiente traducir: “un indito, un pobre hombre del pueblo” o “un indio, un noble pobrecito” (45).

9. Los franciscanos al principio permanecieron más bien hostiles ante la aceptación del culto de la Virgen de Guadalupe; hay que leer los motivos de tal hostilidad a la luz de su conocida metodología misionera frente al mundo cultural y religioso indígena y al miedo de un comprensible sincretismo (46).

10. Las “Informaciones de 1666” es uno de los documentos más seguros, por su naturaleza jurídica, por su objetivo, por su destinatario y por la calidad de los testigos, sobre todo indios, que nos dan abundantes noticias transmitidas por su tradición oral relativas al acontecimiento guadalupano y a su paisano Juan Diego (47).

Es innegable el profundo sentido mariano de la espiritualidad española que llega a México a través de conquistadores y misioneros españoles. También es innegable la devoción de muchos de ellos a la Virgen de Guadalupe de Extremadura, en España. Muchos de los conquistadores y misioneros de la primera hora procedían de aquella región española. Tal devoción los acompaña. La Virgen “pertenece” a la historia épica de la reconquista española; con frecuencia en la conquista militar del Nuevo Mundo y en la “conquista espiritual” del mismo, para usar el titulo del conocido libro de Robert Ricard (48), les acompaña esta mentalidad que se muestra en devociones e iconografías. En este sentido cabe el juicio de Richard Nebel de que la Virgen: “era garante de sus victorias, tal como lo había sido en España” (49). El mismo autor citado se pregunta: “¿por qué entonces la Virgen deviene también en una figura central del cosmos religioso de los conquistados?”. ¿Fue sólo una función “compensatoria” o “sustitutoria”, como sugiere el autor citado? Nebel afirma que “en términos socioculturales, la veneración de la Virgen de Guadalupe permite a los indígenas, gracias a las circunstancias particulares de su aparición a un pobre indio la reivindicación de sus reclamos de respeto y de reconocimiento dentro de la sociedad colonial y de su participación de la esperanza de la salvación” (50). A nuestro parecer, y a la luz de la documentación histórica y de la antropología religiosa, los indios neobautizados veneran bajo la advocación de Virgen de Guadalupe la personahistórica de María de Nazaret, Madre de Jesús, Verbo Encamado en su seno (como lo indica claramente la iconografia del “ayate” guadalupano y las indicaciones precisas de los documentos indígenas), y no simplemente la transposición de un símbolo que podía tener ya desde sus comienzos un significado ambiguo (51).

Para los más antiguos documentos guadalupanos a nuestra disposición Guadalupe no es una simple sustitución; fue un acontecimiento histórico, percibido como tal. Tal historicidad llena de contenido un símbolo que hace razonable una práctica y una devoción mariana de la envergadura de Guadalupe. El acontecimiento guadalupano, por ello, afirma sin duda la catolicidad del anuncio cristiano y la capacidad inculturadora del mismo llevada a cabo por los misioneros.

La cultura de un pueblo, es decir la balanza de su historia, es la expresión vivida de lo que ha construido el pueblo. Muchos documentos eclesiásticos de los papas, a partir de León XIII, y de los obispos latinoamericanos (a partir del Concilio Plenario Latinoamericano de 1899 y a lo largo del siglo XX) hablan del “catolicismo” como un rasgo característico del pueblo latinoamericano: “En nuestros pueblos, el Evangelio ha sido anunciado, presentando a la Virgen María como su realización más alta [de la Iglesia como instrumento de comunión, Puebla n. 280-281].Desde los orígenes –en su aparición y advocación de Guadalupe– María constituyó el gran signo, de rostro maternal y misericordioso, de la cercanía del Padre y de Cristo con quienes ella nos invita a entrar en comunión. María fue también la voz que impulsó a la unión entre los hombres y los pueblos. Como el de Guadalupe, los otros santuarios marianos del continente son signos del encuentro de la fe de la Iglesia con la historia latinoamericana,(52). “Madre y educadora del naciente pueblo latinoamericano, en Santa María de Guadalupe, a través del Beato Juan Diego, se ofrece un gran ejemplo de Evangelización perfectamente inculturada” (Juan Pablo II, Discurso inaugural, 24) (53).

NOTAS

(1) Cf. los resultados de la reciente investigación histórica sobre el argumento en: Fidel González Fernández, Eduardo Chávez Sánchez, José Luis Guerrero Rosado, “El encuentro de la Virgen de Guadalupe y Juan Diego”,Editorial Porrúa, México 1999, 564 pp. ISBN 970-07-1886-7.

(2) III CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO, “Documentos de Puebla”, n. 282; n. 446; “simboliza luminosamente el Evangelio encamado en nuestros pueblos”: IV CONFERENCIA GENERAL. I)EL EPISCOPADO LATINOAMERICANO, “Documentos de Santo Domingo”, n. 15.

(3) JUAN BAUTISTA MUÑOZ, “Memoria sobre las Apariciones y el Culto de Muestra Señora de Guadalupe de México”, en ERNESTO DE LA TORRE VILLAS Y RAMIRO NAVARRO DE ANDA, “Testimonios Históricos Guadalupanos”, Ed. FCE México 1982, p. 692: disertación ante la Academia de la Historia que lo recibió como miembro el 18 de abril de 1794; en ella se sostenía por primera vez, que el Acontecimiento guadalupano carecía de fundamento histórico por el argumento que desde entonces siempre se ha repetido: el silencio de quienes deberían haber hablado. Muñoz ignoraba la mayor parte de los documentos guadalupanos. Fray Servando Teresa de Mier se hallaba por entonces recluido en un convento de Burgos. Este extravagante fraile dominico había predicado en México un sermón guadalupano lleno de absurdos, como la identificación por parte de la antigua mitología mexica de personajes míticos o dioses como divinizado Quetzalcóatl con Santo Tomás o la de Jesucristo con Huitziopochtli, o que en la capa de Santo Tomás se había pintado la imagen de la Virgen María y otras lindezas por el estilo. Todo ello le había merecido un juicio por la Inquisición y su destierro a España. El fraile entrará en contacto con Muñoz y se mostrará antiguadalupano, mezclándose en la vida política de la insurgencia mexicana y cambiando de opinión según como soplaban los vientos: sobre la compleja, confusa y enredada personalidad del fraile con frecuentes mentiras en sus escritos (llegó a escribir que había sido creado Nuncio del Papa en los nuevos Estados de México y América y Arzobispo): cf. ALFONSO JUNCO, “El increible fray Servando. Psicología y Epistolario”, Ed. Jus (=Col. Figuras y episodios de la historia de México, N. 66). México 1959. Joaquín García Icazbalceta fíe un gran erudito, pero también profesaba una gran antipatía por los indios: en 1883 el arzobispo de México Pelagio Labastida le pide su opinión sobre Guadalupe y así escribe una famosa carta en la que se muestra dudoso sobre Guadalupe: JOAQUIN GARCIA ICAZBALCETA, “Carta acerca del origen de la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe de México”, publicada por orden del arzobispo de México, Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos, México 1896. Sobre la historia de la historiografía antiaparícionista cf. F. GONZALEZ FERNANDEZ, E. CHAVEZ SANCHEZ, J. L. GUERRERO ROSADO, “El encuentro de la Virgen de Guadalupe y Juan Diego”, pp. 3-2 5. Citaremos a continuación como: “El encuentro…”

(4) En 1995 apareció la obra de STAFFORD POO1, “Our Lady of Guadalupe. The Origins and Sources of a Mexican Natioanal Symbol 1531-1797”, The University of Arizona Press, Tucson & London 1995. El autor sostiene, comoya el título indica, el origen simbólico, religioso y nacional de Guadalupe como instrumento del “criollismo”, a partir de mediados del siglo XVII para imponer su propia afirmación de poder de frente a los peninsulares españoles y dar un fundamento religioso en el contexto católico del tiempo a una “mexicanidad” que con el tiempo desembocaría en la Independencia. Por lo tanto para ni las apariciones ni Juan Diego tendrían una base histórica; serían simples símbolos fabricados que con el pasar del tiempo se impondrían en la devoción y opinión pública mexicana como un hecho histórico. La obra que contiene sin duda muchos elementos válidos. Sin embargo la tesis del autor parte de una serie de tesis enunciadas a priori y que intenta demostrar de manera forzada excluyendo todo documento contrario o interpretándolo de manera parcial.

(5) Entre estos autores se encuentra Joaquín García Icazlbalceta, el conocido erudito mexicano del s. XIX, el cual no se cerrada al hecho en sí mismo: “Carta acerca del origen de la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe de México, publicada por orden del arzobispo de México, Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos”, México 1896. Son conocidos sus sentimientos poco favorables al mundo indígena y las polémicas suscitadas por su carta así como las dudas y contradicciones sobre algunos aspectos de su publicación. Cf. en “El encuentro”, pp. 10-12.

(6) Cf. RICHARD NEBEL, “Santa María Tonantzin Virgen de Guadalupe. Continuidad y transformación religiosa en México”, Traducción del alemán por el Pbro. Dr. Carlos Wamholtz Bustillos, arcipreste de la Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe, con la colaboración de la señora Irma Ochoa de Nebel, Fondo de Cultura Económica, Primera edición en español 1995; primera reimpresión 1996; titulo original: “Santa María Tonantzin de Guadalupe -Religiose Kontinuittit und Trassformation in Mexiko”, Neue Zeitschrifi fu Missionswissenschaft, 1992. La obra apareció en alemán en 1992; cf. también: RICHARD NEBEL “Nican Mopahua. Casmovisión Indígena e Inculturación cristiana”, en HANS – JUROEN PRIEN (ed), “Religiosidad e Historiografía. La irrupción del pluralismo religioso en América y su elaboración metódica en la historiografía”, Frankfurt am Main: Vervuert, Madrid: Iberoamericana, 1998.

(7) Pero el asunto llevaba años de preparación con algunas investigaciones de la autoridad eclesiástica mexicana enviadas a la Santa Sede; lo demuestra un documento fechado en 1658 y conservado en la Biblioteca Apostólica Vaticana, fondo Chigiano: F IV 96 ff 16, titulado: “Historica narratia.. imaginis SS Virginis Mariae vulgo de Guadalupe in Indiis nuncupate quae Mexici, mirabili modo.. anno 1531 apparuit DD fr Joanni de Zumarraga”. Sobre el iter de aquellas Informaciones Cf. CONCGREGATIO PRO CAUSIS SANCTORUM, 184, “Mexicana Canonizationis Seria Dei Ionnis Didaci Cuauhtlatoatzin Viri Laici (14 74-1548), Positio superfamae santictatisvirtutibus, et cultu ab immemorabili praestito ex officio concinata”, Romae 1989, Doc. IX.

(8) “Positio”, Doc. X, 1.

(9) “Positio”, Doc. Xl, 5.

(10) “Positio”, Doc. XII, 9.

(11) “Positio”, Doc XII, 8.

(12) Esta documentación presentada por los obispos mexicanos se encuentra aún totalmente inédita, depositada en el archivo de la Congregación para las Causas de los Santos (Vaticano).

(13) Juan Pablo II concederá tal patronazgo, en parte ya concedido y declarará “festividad” litúrgica el 12 de diciembre, en la Basílica de Guadalupe en ocasión de la entrega del Documento Final del Sínodo Especial de los Obispos para América, en enero de 1999.

(14) Cf. “Positio”, Doc XIII, 119. La Congregación para la Causa de los Santos informó al entonces arzobispo de México, el cardenal Ernesto Corripio Ahumada, de los pasos necesarios en tal sentido el 8 de junio de 1982: Carta S. Congregación para la Causa de los Santos al cardenal Ernesto Corripio Ahumada el 8 de junio de 1982, prot. N. 1408-3/1982. Fue nombrada entonces una comisión histórica que preparó el material necesario en tales casos. El 19 de enero de 1984 se nombró un postulador en Roma y se llevó adelante el proceso canónico ordinario exigido en tales casos desde el 7 de enero de 1984 hasta el 23 de marzo de 1986. La Congregación Romana para la Causa de los Santos aprobó el camino andado el 7 de abril de 1986. El primer postulador de la Causa fue el P. Antonio Cairoli O.F.M. que seria sustituido después de su muerte por el P. Paolo Molinari S.J. en 1989. Tratándose de una causa inminentemente histórica el trabajo fue realizado en este campo: Cf. Carta S. Congregación para la Causa de los Santos al cardenal Ernesto Corripio Ahumada el 8 de junio de 1982, prot. N. 1408-3/1982, pp. XVI-XXIV; XIX. Se llegó así a la preparación de una “Positio” con los elementos necesarios para demostrar la historicidad del Siervo de Dios Juan Diego, su “fama de santidad” y su fecundidad eclesial. Esta “Positio” tiene sin duda el mérito de haber ofrecido documentos importantes en tal sentido; sin embargo, dejaba sin resolver algunos problemas de carácter histórico y ofrecía numerosas dudas desde un punto de vista metodológico y de la critica histórica, como relevaron algunos consultores historiadores (cfr “Relatio et Vota” de los consultores historiadores del 30 de enero de 1990 y de los consultores teólogos del 30 de marzo de 1990).

(15) Nombró como presidente de la Comisión histórica al profesor de Historia eclesiástica en las Universidades Pontificias Urbaniana y Gregoriana, p. Fidel González Fernández mccj, consultor de la misma Congregación vaticana y uno de los consultores más críticos de la antigua “Positio”. Dicha Comisión, formada entre otros por el historiador mexicano Dr. Eduardo Chávez Sánchez y el conocido estudioso guadalupano Lic. José Luis Guerrero Rosado, solicitó la cooperación de unos 30 investigadores de diversas nacionalidades que aportaron notablemente con sus datos en el estudio de la problemática. El p. F. González expuso los resultados en un Congreso Extraordinario celebrado en el Dícasterio Vaticano de los Santos el 28 de octubre de 1998, obteniendo un éxito positivo en la resolución de las dudas presentadas sobre la problemática histórica.

(16) Cf. “El encuentro”, pp. 283-297.

(17) Hemos visto la carta original en el Archivo de Chimalhuacán Chalco, Edo de México, dentro de una documentación denominada Códice Teresa Franco, en honor de la investigadora del INAH (Instituto Nacional de Antropología e Historia, México), responsable de la reorganización y restauración de dicho archivo, totalmente desconocido al público de los investigadores hasta hace pocos años. Entre los restauradores destaca la labor del Lic. Augusto Vallejo de Villar, que nos introdujo al Archivo y su documentación. Hemos transcrito dicha carta en la obra: “El encuentro”, pp. 283-284. Que sepamos es la primera vez que se da a conocer.

(18) Cf. FRAY BERNARDINO DE SAHAGUN, «Historia general de las Cosas de la Nueva España», Ed. Porrúa (=Col. “Sepan Cuántos.. N. 300), México 1982, pp. 18-19; FRAY GERONIMO DE MEND1ETA, “Historia Eclesiástica Indiana”, Ed. Porrúa (=Col. Biblioteca Porrúa N. 46), México 1980 , p. 630; lo reproduce literalmente también FRAY JUAN DE TORQUEMADA, “Monarquía Indiana”, Ed. Porrúa (=Col. Biblioteca Porrúa N. 41, 42 y 43). Introducción de León Portilla, México 1986, 3 vols., T. III, p. 449; otras causas de la escasez de fuentes de archivo serán indicadas a lo largo de este escrito: cf. algunos datos en “El encuentro”, pp. 284-285: como robos, incendios (recordamos el del Archivo del Cabildo de México de 1692, la legislación sobre el papel, su reciclaje para usos comerciales etc.).

(19) Cf. en ANGEL MARIA GARIBAY K., «Fray Juan de Zumárraga y Juan Diego – Elogio Fúnebre», Ed. Bajo el signo de “ábside”, México 1949, pp. 11-14.

(20) LUIS BECERRA TANCO, «Origen milagroso del Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe», en ERNESTO DE LA TORRE VILLAR Y RAMIRO NAVARRO DE ANDA, «Testimonios históricos guadalupanos», Fondo de Cultura Económica, México 1982, pp. 323-326.

(21) FRAY DIEGO DURAN, «Historia de las Indias de la Nueva España e Islas de Tierra Firme», Ed. Porrúa (=Colección Biblioteca Porrúa N. 36 y 37), México 1967, 2 vols.: T. I, p. 6. Abundan los testimonios sobre la destrucción de muchas antigüedades y códices indígenas. Una lista de algunos de esos testimonios puede verse en ROBERT RICARD, “La conquista espiritual de México”, Fondo de Cultura Económica, México, México, cd. de 1986, pp. 106-108; se citan los testimonios de Sahagún, Durán, Mendieta, Dávila Padilla y Burgoa, entre otros.

(22) MIGUEL LEON PORTILLA, “El destino de la palabra. De la oralidad y los glifos mesoamericanos a la escritura alfabética”, Ed. Fondo de Cultura Económica, México 1996, pp. 19-71.

(23) “E1 encuentro”, pp. 143-189.

(24) Cf. “El encuentro”, pp. 143-189. Cf. la bibliografia crítica sobre esta fuente en la obra citada. Además J. L. GUERREO O., “El Nican Mopohua Un intento de exégesis”, Universidad Pontificia de México, 2 vols., 1998: Editorial Realidad, Teoría y Práctica, Cuautitlán, Estado de México 1998.

(25) Richard Karl NEBEL, “Nican Mopohua. Cosmovisión indígena e inculturación cristiana”, 238.

(26) NEBEL Ibidem, 236.

(27) NEBEL, Ibidem, 238.

(28) NEBEL, lbidem, 239.

(29) NEBEL, Ibidem, 240.

(30) En este sentido la obra que consideramos más importante sobre el asunto es la citada del conocido estudioso guadalupano J. L. GUERRERO, “El Nican Mopohua. Un intento de exégesis”, Universidad Pontificia de México, 2 vols., 1998.

(31) Antonio Valeriano (1520-1606), autor del “Nican Mopohua”, era un indígena de raza tecpaneca pura. El historiador eclesiástico mexicano, el jesuita p. Cuevas, dice que era sobrino del emperador Moctezuma y que nació en 1520 en Azcapotzalco, población muy cercana al Tepeyac, pero vivió en México desde 1526. A la edad de 13 años entró en cl colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, fundado por Zumárraga, primer obispo de México, inaugurado en 1533, siendo así Valeriano uno de los estudiantes fundadores. Entre suscompañeros latinos, como los llama Sahagún, y “fundadores” destacan: Martín Jacobita, de Cuauhtitlán [el probable lugar de nacimiento de Juan Diego] y amigo de Valeriano; Pedro de San Buenaventura, de Tlatilulcuo; Andrés Leonardo. De ellos salieron entre otras obras: Códice de Chimalpopoca; Anales de Cuauhtitlán; Anales, los Himnos de los dioses, el Relato de las Apariciones de la Virgen de Guadalupe.. Antonio Valeriano fue gobernador de Azcapotzalco durante 35 años. Persona altamente dotada; fue el primer graduado en latín y griego. Su padre fue contemporáneo de Juan Diego y él mismo lo fue también [de modo que pudo escuchar de sus labios la historia guadalupana: tenía 11 años en 1531, año de las apariciones, y 28 en 1548, fecha de la muerte de Juan Diego]. Adquirió una gran autoridad entre indios y españoles como hombre honrado y erudito y de él decía el obispo Fuenleal que “era tan hábil y capaz que hacía gran ventaja a los españoles”. Sahagún lo califica como “el principal y más sabio” (entre los alumnos de aquella escuela). Fue honrado también con honores y cargos por el rey de España Felipe II. Escribe su relato sobre Guadalupe cuando aún vivían muchos de los testigos del acontecimiento; su firma aparece en el Códice guadalupano “Escalada”. Cf. “Enciclopedia Guadalupana”, dirigida por Xavier Escalada, México 1995: Voz “Antonio Valeriano”, pp. 49-50.

(32) NEBEL, Ibidem, 244.

(33) NEBEI., Ibidem, 245.

(34) “El encuentro”, pp.329-352.

(35) Destaca una especie de diario del 1619 de la monja Ana de Cristo, compañera de la primera monja fundadora de un convento en las islas Filipinas, Jerónima de la Asunción: cf. en “El encuentro” p. 399.

(36) Como la Virgen de Echave del 1606. el mural del convento de Ozumba de principios del s. XVII y el grabado de Stradanus del 1622: cf. “El encuentro”, pp.395-400.

(37) Los estudios sobre la genealogía del indio vidente no han sido todavía publicados en el momento de redacción de estas notas.

(38) El archivo, hoy propiedad de la parroquia de San Vicente Ferrer de Chímalhuacán, fue reorganizado y restaurado por miembros del INAH [Instituto Nacional de Antropología e Historia de México]. Entre los documentos guadalupanos destacan: un poema inédito latino sobre María de Guadalupe [Ramo Album Códice], algunos sermones guadalupanos, correspondencia del investigador y erudito guadalupano del s. XVIII, Boturini y otros documentos indirectos guadalupanos de la primera época del convento en los que se nos confirman noticias y nos dan base para lareconstrucción de la genealogía y estudios sobre la procedencia de Juan Diego.

(39) Hemos afrontado el problema en “El encuentro”, pp. 23 5-277, ofreciendo varias hipótesis. Un aspecto que podría ayudar también a explicar la falta de muchos documentos de archivo o los vacíos de archivo de esta época es la llamada “crisis del papel” que invistió a la Nueva España durante mucho tiempo, debido a la política prohibicionista de la Corona y que obligó como algo normal a la reutilización del papel ya usado, incluso de documentos de archivo, para nuevos usos sea en el comercio como en la escritura.

(40) NEBEL, Ibidem, 237-23 8: “La que antes era la banderas de los conquistadores españoles se volcó contra ellos en la guerras de independencias. ‘¡Viva la Virgen de Guadalupe y mueran los gachupines!’ era uno de los gritos de batalla de las hueste rebeldes. Así, la Virgen se transforma en un símbolo de la continuidad de la vida y de las culturas en México. Representa un punto culminante de las fuerzas religiosas y creadoras de la nación mexicana. Por eso no es sorprendente que haya sido punto de parada de movimientos sociales, culturales, religiosos y políticos, que ya desde el siglo XVII favorecieron en buen grado, tanto su evolución hacia la independencia de España, la madre patria, como el surgimiento de una conciencia nacional ‘mexicana'”.

(41) Sobre los orígenes mexicanos de este nombre extremeño-español dado a la Virgen mexicana existen teorías divergentes: desde quiénes sostienen que fue la corrupción castellana de un nombre indígena hasta la teoría más común que el nombre fue explícitamente elegido (como aparece ya en el “Nican Mopohua”) para dejar claro que se trataba de la Virgen Maña, venerada por los recién llegados españoles (buena parte de ellos extremeños) bajo aquella advocación tan querida para ellos, y no de una representación de un culto prehispánico: cf. S.L. GUERRERO, “El Nican Mopohua Un intento de exégesis”, vol. II, p. 585-589.

(42) Tal contraposición, irreconciliable humanamente, era reconocida por: FRAY TORIBIO DE BENAVENTE MOLTOLINIA, “Memoriales…”, p. 31.

(43) Cf. ejemplo de la tradición totonaca (México), recogida por el estudioso p. Ismael Olmedo, en “El encuentro”, pp. 289-291.

(44) VICENTE DE PAULA ANDRADE, “Estudio Histórico sobre la Leyenda Guadalupana”, 1908, en “Positio”, I, pp. 173- 177.

(45) J. L., GUERRERO, “El Nican Mopohua Un intento de exégesis”. México 1996, 101405, 117.

(46) Entre los muchos ejemplos que se podrían poner, baste recordar la actitud iconoclasta de fray Diego de Landa, provincial franciscano, misionero y obispo de Yucatán (muere en 1579), gran defensor de los indios y al mismo tiempo figura muy controvertida. Fue uno de los impulsadores en Yucatán del proceso contra nativos idólatras, ordenando también la destrucción de códices, libros y esculturas mayas para borrar toda idolatría: cf. LOPETEGUI, sj – ZIIJBILLAGA s.j., “Historia de la Iglesia en la América española. Desde el descubrimiento hasta comienzos del siglo XIX”, BAC, Madrid 1965, pp.498-499.

(47) La intención de incoar un verdadero proceso canónico de beatificación en el sentido actual comienza a abrirse camino a finales del s. XVII. Los intentos del guadalupanista Boturini en ese sentido a mediados del s. XVIII, se basan en la base de una “fama sanctitatis” popular de Juan Diego, especialmente entre la población india pero también en la española-criolla. Tal fama parece ser precedente a los conocidos decretos de Urbano VIII sobre el culto a los santos (1634). Sin embargo, tales disposiciones cooperaron a suspender cautelosamente formas explícitas de culto, pero sin llegar nunca a erradicarlo de la mentalidad popular, como lo demuestran los numerosos documentos de la segunda mitad del siglo XVII en adelante.

(48) Robert, RICARD “La conquista espiritual de México”, trad. española FCE, México 1986.

(49) NEBEL, Ibidem, 237.

(50) NEBEL, Ibidem, 237.

(51)’ El titulo de la obra de Richard NEBEL, “Santa María Tonantzin. Virgen de Guadalupe. Transformación y continuidad religiosa en México”, México 1995, mantiene esta posición ambigua.

(52) III CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO, “Documentos de Puebla”, n. 282; n. 446; “simboliza luminosamente el Evangelio encarnado en nuestros pueblos”.

(53) CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO, “Documentos de Santo Domingo”, n. 15.

ORACIÓN A SAN JUAN DIEGO

Gracias por el mensaje evangelizador que con humildad nos has entregado.

Tus nos recuerdas que la V. Santísima de Guadalupe es la Madre del Verdadero Dios por quien se vive y es la portadora de Jesucristo que nos da el Espíritu Santo, que vivifica a la Iglesia.

Tu nos recuerdas que Santa María de Guadalupe es también nuestra Madre amorosa y compasiva.

Gracias al obediente cumplimiento de tu misión, sabemos que Santa María de Guadalupe nos ha colocado en su corazón.

Gracias Juan Diego por este mensaje que nos fortifica en la Paz, en la Unidad y en el Amor de Nuestro Señor Jesucristo

Amén

ORACIÓN A JUAN DIEGO

San Juan Diego, estrella maravillosa de Dios.

Santidad comprobada desde tu nacimiento, modelo insigne de humildad y pureza, rectitud y sencillez marcaron tu vida.

La inocencia fuè tu estandarte, y tanta y tan bella es tu alma que la más blanca y celestial doncella, nuestra Madre siempre Santa te escogió para dar al mundo Su hermosísima imagen.

Hoy te suplico me concedas por su intercesión de Jesucristo Nuestro Señor la gracia de la santidad para mí y para toda mi familia la raza humana.

Ruega por nosotros San Juan Diego Para que seamos sanados, salvados y liberados del maligno y de todas sus amenazas y persecuciones, para que seamos programados por el Espíritu Santo, y alcancemos salud del alma, de la mente y del cuerpo, progreso material y espiritual; y que al final de esta vida seamos dignos por tu intercesión de la Patria Celestial.

Amén

San Juan Diego intercede por nosotros.

Santa María de Guadalupe ruega al Señor Jesús por nosotros.

3 credos a Nuestra Señora de Guadalupe en honor y por todas las intenciones de San Juan Diego.

CARTA PASTORAL POR LA CANONIZACIÓN DEL BEATO JUAN DIEGO CUAUHTLATOATZIN
por el Cardenal Norberto Rivera

INTRODUCCIÓN

¡Nuestra Señora de Guadalupe ha cumplido lo que ha prometido!

1. Con espíritu lleno de alegría y de agradecimiento al Padre de nuestro Señor Jesucristo, me dirijo a ustedes hermanas y hermanos, como Pastor de esta Iglesia particular de la Arquidiócesis de México ya que hoy, 26 de Febrero, S.S. Juan Pablo Segundo ha tenido a bien manifestar su decisión de Canonizar al Beato Juan Diego Cuauhtlatoatzin. Asimismo, quiero hacerme portavoz de los sentimientos de mujeres y hombres, ancianos, niños y adolescentes, jóvenes y adultos, de toda clase social y de todo nivel cultural, hermanos en el episcopado de distintas nacionalidades y de distintas épocas, ya que “Juanito, Juan Dieguito”, será el primer indígena inscrito en el Catalogo de los Santos, el misionero de Jesucristo, vidente y mensajero de la perfecta siempre Virgen Santa Maria, Madre del verdadero Dios por quien se vive, el Creador de las personas, el Dueño de la cercanía y de la inmediación, el Dueño del cielo, el Dueño de la tierra, nuestra Madre del cielo.

2. Numerosos acontecimientos han sucedido desde aquel histórico 1531, año clave para la Evangelización de México y del Continente americano JUAN PABLO II así los expresa cuando dice: “La aparición de María al indio Juan Diego en la colina del Tepeyac, el año de 1531, tuvo una repercusión decisiva para la evangelización. Este influjo va más allá de los confines de la nación mexicana, alcanzando todo el Continente”, en: Ecclesia in America, Librería Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 1999, n. 11, P 20. Este hecho se ve coronado por la intervención autorizada del Sucesor de san Pedro, que reconoce la acción del Espíritu divino en la vida de Juan Diego, natural de estas tierras, y la propone ante el Pueblo de Dios, para suscitar la acción de gracias y animarnos a participar en la misión que el Padre le encomendó a su Hijo al enviárnoslo lleno del Espíritu Santo.

3. La Niña y Señora del Tepeyac, Santa María de Guadalupe, sigue manifestándose como la Madre del amor y de la santa esperanza. Ella le encomendó a Juan Diego llevar su maravilloso mensaje al obispo Fray Juan de Zumárraga, cabeza visible de la Iglesia en México, cuando le dijo: “es necesario que tú, personalmente, vayas, ruegues, que por tu intercesión se realice, se lleve a efecto mi querer, mi voluntad.” VALERIANO, Antonio, Nican Mopohua, traducción del náhuatl al castellano del Pbro. Mario Rojas Sánchez, Ed. Fundación la Peregrinación, México 1998, vv. 34-35. Ahora ha obtenido de Dios la gracia de cumplir en este tiempo la promesa que le hizo al más pequeño de sus hijos: “ten por seguro que mucho lo agradeceré y lo pagaré, que por ello te enriqueceré, te glorificaré” Ibíd., v. 59.

4. De esta forma, el nuevo milenio de la historia de la Evangelización da paso a un acontecimiento que tiene gran significado para la Iglesia universal y especialmente para la Iglesia en México. La canonización del indígena Juan Diego Cuauhtlatoatzin. Cuauhtlatoatzin significa: Águila que habla, o el que habla como águila. Cfr. SIGUENZA y Góngora Carlos de, Piedad Heroica de Don Fernando Cortés. Talleres de la Librería Religiosa, 2ª edición de “La Semana Católica”, México 1898, p. 31. También: ESCALADA, SJ, Xavier, Ed., Enciclopedia Guadalupana, México 1997, T. V. (= el águila que habla o el que habla como águila) se convierte en signo luminoso del reinado de Cristo en una persona concreta, que sirve de puente entre la cultura náhuatl evangelizada por los frailes misioneros franciscanos, los emigrantes españoles con su religiosidad de cristiandad europea y la naciente cultura mestiza.

I. ITINERARIO DE LA CAUSA

5. La historia de la causa de canonización de Juan Diego está íntimamente unida a la del Acontecimiento Guadalupano, que consiste en las apariciones de nuestra Señora de Guadalupe, del 9 al 12 de diciembre de 1531.

6. Aun cuando la devoción a Santa María de Guadalupe, ya existía mucho antes que el dominico fray Alonso de Montúfar(1554-1573) llegara a México como sucesor de Zumárraga, fue éste el primer arzobispo en apoyar expresamente el culto de María de Guadalupe en el Tepeyac; lo hizo durante un sermón pronunciado en la catedral Metropolitana el 6 de septiembre de 1556, con el que procuró persuadir al pueblo para venerar a la celestial Señora “Testimonio de Juan de Salazar”, Información de 1556, ordenadas realizar por Alonso de Montúfar, arzobispo de México, en ERNESTO DE LA TORRE VILLAR Y RAMIRO NAVARRO DE ANDA, Testimonios Históricos Guadalupanos, Editorial Fondo de Cultura Económica, México, 1982, p. 51. Este testimonio y el de otros como Juan Meza, Marcial de Contreras, Francisco de Salazar, Gonzalo de Alarcón, Juan de Masseguer, confirma el hecho de que la devoción Guadalupana contaba con el respaldo episcopal, pero tenía, ya desde antes, gran arraigo entre el pueblo; mientras que los franciscanos, capitaneados por el Provincial Fray Francisco de Bustamante, la consideraban como peligrosa por provocar la idolatría, invención demoníaca.

7. En 1573, el Papa Gregorio XIII concedió indulgencia plenaria y otras gracias a los fieles que visitaran el templo de la Bienaventurada Virgen María de Guadalupe y ahí recitaran piadosas preces Gregorio XIII, Ut Deiparae semper virginis, Archivo Secreto Vaticano, Sección Brev.69 fol. 537v-538v;, y en 1576 revalidó y prorrogó las gracias e indulgencias antes concedidas, lo cual agradece el entonces arzobispo de México, Pedro Moya de Contreras MERCURIANUS, Everardus Gen., “Carta al Arzobispo de México, Pedro Moya de contreras”, Roma, 12 de marzo de 1576, en: Zubillaga, Félix (Editor), Monumenta Mexicana. Monumenta Historica Societatis Iesu, Roma 1956, T. I: 1570-1580, p. 192-193.

8. Las orientaciones precisas que en 1634 emitió el Papa Urbano VIII acerca del culto a los santos, hizo que oficialmente la devoción al vidente y embajador de la Virgen Madre fuera suspendida; sin embargo, el decreto no logró erradicarla de la mentalidad popular, que la conservó sin interrupción, como lo prueba la documentación respectiva.

9. En 1663, el obispo de Puebla, Diego Osorio de Escobar y Llamas, Gobernador de la Arquidiócesis de México, en ese entonces sede vacante, y el Virrey de la Nueva España, Antonio Sebastián de Toledo Molina y Salazar habían dirigido una carta al Papa Alejandro VII, pidiéndole la concesión de celebrar la Misa propia en honor de Santa María de Guadalupe el 12 de diciembre, pues hasta entonces se había identificado con la celebración de la Inmaculada Concepción, el 8 del mismo mes Cfr. CONGREGATIO PRO CAUSIS SANCTORUM, Mexicana 184, Canonizationis Servi Dei Joannis Didaci Cuauhtlatoatzin Viri Laici (1474-1548). Positio super fama sanctitatis, virtutibus et cultu ab immemoriabili praestito ex officio concinnata, Romae 1989, Doc. IX.

10. Desde el punto de vista jurídico se abrió un proceso en 1666 para reconocer la historicidad del Acontecimiento Guadalupano y de Juan Diego; los resultados del proceso se conocen como Informaciones Jurídicas de 1666 Las Informaciones Jurídicas sobre las apariciones de la Virgen de Guadalupe y Juan Diego es uno de los documentos más seguros por su naturaleza, objetivo y destinatarios sobre el tema que nos ocupa. Se llevaron a cabo en dos momentos, el primero, del tres de enero al 14 de abril de 1666 recopiló los testimonios de indígenas, entre los 80 y los 115 años, vecinos de Cuauhtitlán, cuyos antepasados habían conocido muy bien al indio Juan Diego. El segundo, se desarrolló del 18 de febrero al 11 de marzo y recogió los testimonios de doce ancianos de descendencia española, diez de ellos eclesiásticos y dos laicos. La petición fue hecha por el entonces obispo de Puebla, Diego Osorio de Escobar y Llamas, Gobernador de la Arquidiócesis de México, sede vacante, y por el Virrey de la Nueva España, Antonio Sebastián de Toledo Molina y Salazar. La importancia de estas informaciones no es solamente desde el punto de vista de proceso jurídico, sino también como expresión escrita de diversas tradiciones orales, transmitidas por generaciones. Dichas Informaciones, así como los documentos recuperados de la biblioteca que el historiador italiano Lorenzo Boturini reunió en 1739 sobre el Hecho Guadalupano y sobre el indio Juan Diego, junto con muchos otros monumentos históricos nos ofrecen suficientes datos que ubican en la historia los sucesos ocurridos en la colina del Tepeyac aquel año de 1531., y fueron enviados a Roma.

11. En 1720, el entonces arzobispo de México, José de Lanciego y Aguilar, aprobó que se realizara una nueva investigación, que originó las llamadas Informaciones de 1723, confirmando nuevamente la tradición de la milagrosa imagen de nuestra Señora de Guadalupe.

12. El 2 de julio de 1757, el Papa Benedicto XIV, a través de la Sagrada Congregación para los Ritos concedió la Misa propia y el Oficio Divino para el 12 de diciembre, extendiendo esta concesión a todos los dominios de España.

13. En 1891, el Papa León XIII, ante la petición explícita del episcopado mexicano, ratificó lo que ya había concedido su predecesor Benedicto XIV, añadiendo referencias más explícitas sobre el Hecho Guadalupano y sobre Juan Diego, incluyendo parágrafos enteros del Nican Mopohua en las lecturas del Oficio Divino.

14. En 1894 se otorgó la coronación canónica de la Virgen de Guadalupe.

15. En 1899 se llevó a cabo el Concilio Plenario Latinoamericano. Allí se invocó a la Virgen de Guadalupe, y se colocó el acontecimiento Guadalupano como punto de referencia fundamental para comprender el catolicismo en América Latina, y para iniciar una nueva etapa evangelizadora.

16. En 1910 los obispos mexicanos, junto con numerosos obispos latinoamericanos, pidieron al Papa Pío X que proclamara a la Virgen de Guadalupe Patrona de toda América Latina, y extendiera la festividad litúrgica a todo el continente.

17. El 12 de septiembre de 1933, alrededor de quinientos obispos de todo el continente americano y de otras partes del mundo, enviaron al Papa Pío XI una carta en la que le solicitaban la extensión de la Fiesta y del Patronato de Nuestra Señora de Guadalupe a todo el continente. Lo mismo pidieron los obispos de Filipinas y les fue concedido.

18. Durante la persecución contra la Iglesia católica en México (1927-1930) la Virgen de Guadalupe fue un punto constante de referencia para el pueblo mexicano. Testimonio de ello era el grito que lanzaban los que morían en defensa de su derecho a expresar y celebrar públicamente su fe: ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!

19. El 12 de octubre de 1945 Pío XII ofreció una alocución radiofónica por el cincuentenario de la coronación pontificia de la imagen de nuestra Señora de Guadalupe, en la que decía: Y así sucedió al sonar la hora de Dios para las dilatadas regiones del Anáhuac. Acaban apenas de abrirse al mundo, cuando a las orillas del lago de Texcoco floreció el milagro. En la tilma del pobrecito Juan Diego –como refiere la tradición- pinceles que no eran de acá abajo dejaban pintada una imagen dulcísima, que la labor corrosiva de los siglos maravillosamente respetarían PIO XII, Alocución Radiomensaje del 12 de octubre de 1945, en AAS XXXVII (1945) 10, p. 265-266.

20. Por su parte, Juan XXIII, el 12 de octubre de 1961, declaraba en la conmemoración del cincuentenario del Patronato de la Virgen de Guadalupe sobre toda América Latina: La siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por quien se vive derrama su ternura y delicadeza maternal en la colina del Tepeyac, confiando al indio Juan Diego con su mensaje unas rosas que de su tilma caen, mientras en ésta queda aquel retrato suyo dulcísimo que manos humanas no pintan. Así quería nuestra Señora continuar mostrando su oficio de Madre: Ella, con cara de mestiza entre el indio Juan Diego y el obispo Zumárraga, como para simbolizar el beso de dos razas (…) Primero, Madre y Patrona de México, luego, de América y de Filipinas, el sentido histórico de su mensaje iba cobrando así plenitud, mientras abría sus brazos a todos los horizontes en un anhelo universal de amor JUAN XXIII, Ad christifideles qui ex omnibus Americae nationibus Conventui Mariali secundo Mexici interfuerunt, Roma, 12 de octubre de 1961, en AAS, LIII (1970) 12, p. 685-687.

21. El 12 de octubre de 1970, el Papa Paulo VI, exclamaba con motivo del 75 aniversario de la coronación pontificia de la imagen: La devoción a la Virgen Santísima de Guadalupe, tan profundamente enraizada en el alma de cada mexicano y tan íntimamente unida a más de cuatro siglos de vuestra historia patria, sigue conservando entre vosotros su vitalidad y su valor, y debe ser para todos una constante y particular exigencia de auténtica renovación cristiana PABLO VI, Nuntius Radiotelevisificus, 12 de octubre de 1970, en AAS, LXII (1970) 10, p. 681.

22. En 1974 se celebraba el V Centenario de la fecha del nacimiento de Juan Diego, cuando algunos miembros del pueblo de Dios en México, pidieron su canonización, para proponerlo como ejemplo de laico cristiano GONZALEZ Fernández, Fidel, CHAVEZ Sánchez, Eduardo y GERRERO, Rosado José Luis, El Encuentro de la Virgen de Guadalupe y Juan Diego, Ed. Porrúa, México 2000, XXXVIII, Doc. XIII, 119.

23. Juan Pablo II, durante su primera visita a México con motivo de la inauguración de la III Conferencia del Episcopado Latino Americano, en 1979, se refiere a la Virgen llamándola “Madre de la Iglesia en América Latina”, “Estrella de la evangelización” JUAN PABLO II, Alocución por la III Conferencia del Episcopado Latino Americano, 28 de enero de 1979, en AAS LXXI (1979) 3, p. 205.; mientras que de Juan Diego dice: Desde que el indio Juan Diego hablara de la dulce Señora del Tepeyac, tú, Madre de Guadalupe entras de modo determinante en la vida cristiana del pueblo de México Id., Alocución a los obispos de América Latina, Primer viaje apostólico a México, México, D. F., 27 de enero de 1979, en AAS LXXI (1979) 3, p. 173.

24. El Arzobispo Cardenal Ernesto Corripio Ahumada presidió tres de los momentos más importante de todo este afanoso proceso de investigación histórico-científica: el primero, el 7 de enero de 1984, en la Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe, cuando dio lectura al documento con el que se iniciaba el Proceso Canónico del Siervo de Dios, Juan Diego, el indio humilde mensajero de la Virgen de Guadalupe. El segundo fue el 23 de marzo de 1986, en la Catedral Metropolitana de México, cuando, en su investidura de “Juez Ordinario”, presidió la celebración de la última sesión de este proceso, y la Congregación para las Causas de los Santos aprobó el camino realizado Cfr. Carta de la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos al Cardenal Ernesto Corripio Ahumada, 8 de junio 1982, Prot. N. 1408-2/1982, p. XVI, XXIV; XIX. El tercer momento fue el 9 de octubre de 1989, en la Sala de Acuerdos de la Curia de la Arquidiócesis de México, donde fueron convocados 21 especialistas, investigadores y estudiosos del Acontecimiento Guadalupano, entre los cuales estaba Mons. Guillermo Schulemburg, para emitir, con toda libertad, sus valiosas opiniones a favor o en contra de la causa de Juan Diego; ninguna opinión se vertió en contra de la existencia física del Siervo de Dios y se ahondó positivamente en su fama, virtudes y culto ROMERO Salinas, Joel, Juan Diego, su peregrinar a los altares, Ed. Paulinas, México 1992, p. 54.

25. Los resultados y la documentación necesaria fueron enviados a la Santa Sede, a la Congregación para las Causas de los Santos, donde se elaboró la Positio, la cual, en 1989, se puso a la consideración de las tres Comisiones, designadas para el caso: la de historiadores, la de teólogos y la de obispos y cardenales. La Positio fue aprobada en 1990 Cfr. Relatio et Vota de Consultores Históricos, 30 de enero 1990, y de los consultores teólogos, 30 de marzo 1990. , reconociendo que a Juan Diego se le daba culto desde tiempos inmemoriales, apoyando esto con diseños y medallas en los que se le representaba con aureola, o su figura en cálices, púlpitos, altares, exvotos, ofrendas, documentos. Una buena síntesis de todo esto nos la ofrece D. Cayetano de Cabrera y Quintero: Aún los mismos indios que frecuentaban el Santuario se valían de las oraciones de su compatriota viviendo y, ya muerto y sepultado allí, lo ponían como intercesor ante María Santísima, para lograr sus peticiones. Esperamos en Dios que un día lo veamos en el honor de los altares CABRERA y Quintero, Cayetano de, Escudo de Armas, Impresiones del Real, México 1746, p. 345, N° 682.

26. La Congregación para las Causas de los Santos presentó los resultados obtenidos para que fueran valorados por el Papa Juan Pablo II, a quien correspondía la decisión final. La respuesta fue dada a conocer a través del Decreto de Beatificación del 9 de abril de 1990, con el que se reconocía la santidad de vida y el culto tributado, desde tiempo inmemorial, al Beato Juan Diego. El 14 de abril, sábado de Gloria, en la Catedral Metropolitana, el Sr. Cardenal D. Ernesto Corripio Ahumada dio la jubilosa noticia.

27. En su segundo viaje apostólico a México, el 6 de mayo de 1990, Juan Pablo II presidio en la Basílica de Guadalupe la solemne lectura del Decreto de Beatificación por confirmación del culto que de tiempo inmemorial le había rendido el pueblo mexicano. En su homilía comentaba: Juan Diego es un ejemplo para todos los fieles, pues nos enseña que todos los fieles de Cristo, de cualquier condición y estado, son llamados por el Señor a la perfección de la santidad por la que el Padre es perfecto, cada quien en su camino (LG 11). Y Juan Diego, obedeciendo cuidadosamente los impulsos de la gracia, siguió fiel a su camino y se entregó todo a cumplir la voluntad de Dios, según aquel modo en el que se sentía llamado por el Señor. Haciendo esto, fue sobresaliente en el tierno amor para con la Santísima Virgen María, a la que tuvo constantemente presente y veneró como Madre y se entregó al cuidado de su casa con humilde y filial ánimo. No es de admirar, pues, si no pocos fieles lo tenían por un santo, viviendo todavía, y le pedían les ayudara con su oración. Esta fama de santidad después de su muerte duró, de modo que no son pocos los testimonios del culto que se le daba, los cuales muestran suficientemente que delante del pueblo cristiano se le nombraba con el título de santo, y así conocido le daban los signos de veneración que suelen estar reservados para los beatos y los santos, como queda patente por los monumentos de arte, en los cuales la efigie de Juan Diego se puede ver adornada con aureola y con otros signos de santidad. Cierto que tales signos de culto se manifestaron sobre todo en el tiempo más cercano a la muerte de Juan Diego, pero nadie puede negar que los mismos han continuado hasta nuestro tiempo, de modo que con seguridad consta el testimonio congruente de un culto peculiar dado sin interrupción a Juan Diego. Habiendo instado muchos obispos y fieles de Cristo, principalmente mexicanos, la Congregación para las Causas de los Santos procuró que se recogieran los documentos que ilustran la vida, virtudes y fama de santidad de Juan Diego, y mostraron el culto que se le diera, los cuales, debidamente investigados, concluyeron con la Positio sobre la fama de santidad, de sus virtudes y culto que se le dio desde tiempo inmemorial JUAN PABLO II, AAS, LXXXII (1990), p. 853-855.

28. El 12 de octubre de 1992, en el discurso inaugural de la IV Conferencia General del Episcopado Latino Americano, en Santo Domingo, el mismo Juan Pablo II afirmaba con gran fuerza la importancia del Acontecimiento Guadalupano, nombrándolo como ejemplo de evangelización perfectamente inculturada, ya que en la figura de María de Guadalupe se encarnaron auténticos valores culturales indígenas: En el rostro mestizo de la Virgen del Tepeyac, se resume el gran principio de inculturación: la íntima transformación de los auténticos valores culturales, mediante la integración en el cristianismo en las varias culturas JUAN PABLO II, Discurso Inaugural en la IV Conferencia General del Episcopado Latino Americano, Santo Domingo, 12 de octubre de 1992, AAS LXXXV (1993) 9, p. 826, N° 24.

29. El 28 de octubre de 1998 se presentó el resultado de la investigación realizada por una Comisión Histórica formada ex profeso por la Congregación para las Causas de los Santos y la Arquidiócesis de México. Su trabajo fue tomar en cuenta todo lo ya realizado e investigar en Archivos y Bibliotecas de varias partes del mundo, estudiar y analizar desde la tradición oral continua e ininterrumpida que se ha mantenido en la memoria del pueblo, hasta fuentes documentales como mapas, códices, anales, testamentos, cantares, narraciones, Nican Mopohua, Nican Motecpana, Información de 1556, Informaciones Jurídicas de 1666, los importantes escritos de los primeros frailes misioneros y otros muchos documentos. Los resultados comprueban y confirman la verdad del Acontecimiento Guadalupano, la historicidad del indio Juan Diego, modelo de santidad, y su papel como mensajero y misionero laico elegido por Nuestra Señora de Guadalupe. Lo más importante de la investigación fue publicada en un libro bajo el título “El Encuentro de la Virgen de Guadalupe y Juan Diego” Cfr. Nota 14. y fue entregado a prestigiados estudiosos en Historia de la Iglesia, grandes conocedores de México y de América Latina. Todos, de manera unánime han dado su confirmación positiva, tanto de la historia del Acontecimiento Guadalupano, especialmente del Beato Juan Diego, como de la metodología científica usada en la investigación.

30. El 22 de enero de 1999, durante su cuarta visita a México, Juan Pablo II dejó oír nuevamente su voz, declarando la importancia del mensaje Guadalupano comunicado por el beato Juan Diego, y confirmando la perfecta evangelización que nos ha sido regalada por nuestra Madre, María de Guadalupe, a quien declaró “Patrona de todo el continente Americano” y “Estrella de la primera y de la nueva evangelización” JUAN PABLO II, Ecclesia in America, México 22 de enero de 1999. Librería Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 1999, n. 11.70. Véase también en AAS, 85 (1993), p. 826.

31. Después de nuevos estudios sobre la figura histórica del Beato Juan Diego y sobre las apariciones de Guadalupe Una Comisión de Historiadores, presidida por el Prof. P. Fidel González Fernández, Consultor de la Congregación para las Causas de los Santos, en 1998 llevó a cabo una atenta revisión de todos los documentos hasta ese entonces conocidos, relativos al Beato Juan Diego y a las apariciones de Guadalupe. Además se realizaron nuevas investigaciones en otros archivos de los Estados Unidos de América, Viena, Ciudad del Vaticano, España, México y en otros lugares. Las conclusiones, que han confirmado científicamente los datos históricos tanto del Beato como del Evento Guadalupano, han sido compartidas por eminentes estudiosos y fueron publicadas en: FIDEL GONZALEZ FERNÁNDEZ, EDUARDO CHAVEZ SÁNCHEZ Y JOSE LUIS GUERRERO, El encuentro de la Virgen de Guadalupe y Juan Diego. Ed. Porrúa, México 2000., bajo la dirección del Emmo. Sr. Ernesto Cardenal Corripio, se llevó a cabo la Investigación diocesana (1990-1994) acerca de una supuesta curación milagrosa, atribuida a la intercesión de dicho Beato. El caso en cuestión inició el 3 de mayo de 1990, cuando un joven de 20 años de edad, llamado Juan José Barragán Silva, cayó de una altura aproximada de 10 metros, sobre la banqueta de cemento, con un fuerte impacto valorado en 2,000 kg., con fractura múltiple del hueso craneal y fuertes hematomas. Según la valoración de los médicos, la mortalidad instantánea superaba el 80%. El 26 de febrero de 1998, los médicos especialistas de la Congregación para las Causas de los Santos examinaron y aprobaron por unanimidad los estudios que los médicos mexicanos habían hecho en el proceso diocesano, pues comprobaron que era naturalmente inexplicable que Juan José estuviese vivo y sano, con una curación rápida, completa y duradera; era una inexplicable curación según el conocimiento de la ciencia médica. La madre del joven fue la que, con gran fe, invocó al Beato Juan Diego por la salvación de su hijo. El 11 de mayo de 2001, en Sesión Especial para estudiar el milagro, los consultores teólogos, presididos por el promotor de la fe, aprobaron el milagro sucedido por intercesión de Juan Diego Cuauhtlatoatzin, con voto afirmativo unánime CONGREGATIO DE CAUSISI SANCTORUM, Canonizationis Beati Ioannis Didaci Cuauhtlatoatzin, viri laici (1474-1548) Relatio et Vota, Congresus Peculiaris super Miro, 11 de mayo de 2001, Mexicana, P. N. 1408, Tip. Guerra, Roma 2001.; a idéntica conclusión llegaron los cardenales y obispos reunidos en Sesión ordinaria, el 21 de septiembre del mismo 2001.

32. Los obispos del episcopado mexicano, en su Carta Pastoral del 12 de octubre de 2001 decían: La verdad de las apariciones de la Santísima Virgen María a Juan Diego en la colina del Tepeyac ha sido, desde los albores de la evangelización hasta el presente, una constante tradición y una arraigada convicción entre nosotros los católicos mexicanos, y no gratuita, sino fundada en documentos del tiempo, rigurosas investigaciones oficiales verificadas el siglo siguiente, con personas que habían convivido con quienes fueron testigos y protagonistas de la construcción de la primera ermita CONFERENCIA DEL EPISCOPADO MEXICANO, El Acontecimiento Guadalupano Hoy, n. 3 (…) Consideramos también deber nuestro manifestar que la historicidad de las apariciones, necesariamente lleva consigo reconocer la del privilegiado vidente interlocutor de la Virgen María Ibíd., n. 9.

33. El decreto “acerca del milagro” fue promulgado en ciudad del Vaticano ante Su Santidad Juan Pablo II el 20 de diciembre de 2001.

34. Esta tradición centenaria, en la que confluyen diversos miembros del pueblo de Dios en México, España, Vaticano, nos indica que el tema en cuestión es más que un simbolismo. En efecto, el culto desde tiempos antiguos se convierte en una realidad que se va imponiendo como expresión de fe y reconocimiento de algo que realmente aconteció en la historia, en los personajes identificados por la misma tradición, a saber, Santa María de Guadalupe, Juan Diego, Fray Juan de Zumárraga y Juan Bernardino. A eso habrá que añadir los diversos testimonios escritos, representativos y arqueológicos, cuya importancia será mencionada más adelante.

Oposiciones y problemas

35. El argumento Guadalupano ha sido objeto de apasionados debates históricos, pero podemos decir que pocos eclesiásticos y seglares mexicanos se han opuesto a la historicidad del Hecho y, consiguientemente, de Juan Diego. Algunos explican que el Hecho Guadalupano es un mito religioso usado para representar las antiguas tradiciones religiosas mexicanas, que luego fueron asumidas en forma sincretista por el catolicismo. Otros consideran el Hecho Guadalupano como un mero instrumento pedagógico de la catequesis misionera a favor de los indígenas. Unos más consideran el Hecho Guadalupano como una invención del criollismo nacido en el siglo XVII, para darle fuerza al naciente nacionalismo mexicano En 1995 apareció publicada la obra del sacerdote historiador norteamericano Poole Stafford. Se empeña en demostrar que “Guadalupe” es un símbolo religioso nacional inventado por los criollos del siglo XVII, para oponerse a los peninsulares españoles y ofrecer un fundamento religioso a los mexicanos de entonces, que años después desembocó en la Independencia. Las apariciones serían el instrumento de este simbolismo, que con el paso del tiempo impusieron la devoción Guadalupana a la opinión pública como un hecho histórico. STAFFORD, Poole, Our Lady of Guadalupe. The Origins and Sources of a Mexican National Symbol, 1531 – 1797. The University of Arizona Press, Tucson and London 1995. Hay quienes apoyan su duda sobre la historicidad del Hecho Guadalupano en la ausencia de fuentes claras y precisas en los primeros veinte años inmediatos al Acontecimiento; especial relevancia se le da a la ausencia de documentos franciscanos que lo mencionen, sobre todo la falta de datos de uno de los protagonistas del Hecho, el obispo fray Juan de Zumárraga. Finalmente, hay quienes no niegan la historicidad de lo sucedido, pero afirman que lo fundamental es el simbolismo que encierra, es decir, la representación del drama de la conquista, que incluye las diversas actitudes de los misioneros y el trauma de los indígenas en los primeros momentos de la evangelización Cfr. GONZALEZ, Fidel, m.c.c.j, La Virgen de Guadalupe de México y el indio Juan Diego, ¿mito, símbolo o historia?, en L’Osservatore Romano, edición semanal, n. 51, del 21 al 27 de dic., 2001, p. 11.

36. Los que niegan la historicidad de la Virgen de Guadalupe y Juan Diego afirmando que ambos forman parte de la catequesis simbólica, consideran que sacarlos de este simbolismo, llevaría a una fantasía histórica. En este sentido, canonizar a Juan Diego equivaldría a canonizar un símbolo, no a una persona real. Por lo demás consideran que, negar la historicidad del Hecho, en nada contradice la importancia de la devoción Guadalupana a lo largo de la historia de México.

37. Esta postura reciente y las oposiciones antiguas El primero de todos fue fray Francisco de Bustamante, provincial de los franciscanos en México (1556) y su histórica desavenencia con el arzobispo dominico Alonso Montúfar, que le llevó, junto con otros de sus hermanos frailes a mostrarse resueltamente hostiles, ya no digamos contra la aparición, sino contra la misma devoción a la Virgen de Guadalupe, afirmando que era falsa, promotora de la idolatría y, por lo mismo, demoníaca. Le sigue el Pbro. Juan Bautista Muñoz, quien en una disertación ante los miembros de la Academia “Memorias sobre las apariciones y el culto de Nuestra Señora de Guadalupe de México” (1794) afirmaba que en todos los documentos que le habían hecho llegar por orden del rey Carlos III, su tutor, no había encontrado ninguna referencia sobre quienes habían vivido el Hecho, y que nada tenían que aportar los documentos indígenas, a los que denominaba “papeles mugrientos” y sin valor por provenir de los indios. Posteriormente están el brillante y megalómano Fray Servando Teresa de Mier (1794), Joaquín García Icazbalceta (1800), y los recientes encabezados por Mons. Guillermo Schulemburg Prado, ex abad de Guadalupe, los canónigos Carlos Warnlholtz Bustillos y Esteban Martínez de la Serna y el Pbro. Manuel Olimón Nolasco. han obligado a revisar la documentación histórica y a proseguir la investigación en archivos y bibliotecas, para aclarar dudas y llegar razonablemente a una conclusión positiva o negativa, con rigor científico, sobre la historicidad objetiva del Acontecimiento Guadalupano y del indio vidente Juan Diego. Los resultados de tales trabajos fueron presentados por el R. P. Fidel González Fernández, m.c.c.j., catedrático de la Universidad Pontificia Urbaniana de Roma y de la Pontificia Universidad Gregoriana también de Roma en un Congreso convocado para esta finalidad por la Congregación de las Causas de los Santos, el 1 de noviembre de 1998. La relación fue acogida y aprobada por unanimidad en esa sesión, presidida por el Prefecto de dicho Dicasterio, para darle el debido curso canónico GONZALEZ Fernández Fidel, o. c., p XVI y XVII.

Convergencia de las pruebas documentales

38. Las obras hasta ahora analizadas afirman, de manera convergente y no prefabricada, la historicidad del Acontecimiento Guadalupano y de todos sus protagonistas. Esto no niega que en algunos casos se presenten determinadas hipótesis razonables de carácter histórico, para explicar posibles dudas o vacíos, como el llamado “silencio Guadalupano” de algunos personajes eclesiásticos y civiles del siglo XVI Ibíd., p. XVII. Aun cuando haya excepciones, podemos avanzar la hipótesis plausible de que los franciscanos de la primera mitad del siglo XVI guardaron silencio para no favorecer las supersticiones, destruyeron códices, templos tradicionales y manifestaron desconfianza hacia todos los elementos culturales y religiosos de las tradiciones indígenas.

39. El trabajo de investigación ha seguido una ruta rigurosamente crítica histórica en la búsqueda y valoración de documentos que se encuentran en archivos y bibliotecas. Ello ha implicado para los estudiosos la obligación de respetar las características peculiares, según se trate de obras indígenas, españolas o mestizas, y la índole histórica de la documentación. Asimismo han averiguado si estas fuentes son fidedignas total o parcialmente, y en qué medida, y si en ellas se encuentran elementos históricos sólidos que fundamenten la historicidad del Acontecimiento Guadalupano y del vidente Juan Diego Ibíd., p. XVIII. Finalmente han tomado en cuenta el origen, destinatario, contexto y finalidad de todos estos documentos para entender su propósito y alcance.

40. Los documentos españoles del siglo XVI, que mencionan a “Guadalupe” son numerosos, sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo. Con frecuencia se refieren directa o indirectamente al culto dado a la Virgen de Guadalupe en su ermita, ubicada entonces en las afueras de la ciudad de México. No hablan directa o explícitamente de las apariciones o de Juan Diego, sino que son alusiones circunstanciales o de paso Es el caso de las mandas, herencias dejadas para el servicio de la ermita, visitas de personajes de la vida pública cuando entraban al reino de la Nueva España, controversias de diversa índole. Hasta el presente no se ha llegado a encontrar documento alguno, entre 1531 y 1548, que se refiera al Hecho Guadalupano, ni siquiera de uno de los protagonistas, Fray Juan de Zumárraga, primer obispo de México, muerto en 1548. No obstante, este silencio ni prueba ni niega nada.

41. A partir del dominico Fray Alonso de Montúfar, segundo arzobispo de México, el guadalupanismo comienza a ser una tónica común en los arzobispos de México, mientras que en la sociedad del siglo XVII es ya un elemento esencial de la conciencia católica mexicana y de la pertenencia nacional de los mestizos; por lo que no es sorprendente que haya inspirado movimientos sociales, culturales, religiosos y políticos, que fueron favoreciendo una mentalidad que desembocó en la Independencia Cfr. NEBEL, Richard, Santa María Tonantzin Virgen de Guadalupe. Continuidad y Transformación Religiosa en México. México 1996 –traducción de la obra alemana de 1992-, Fondo de Cultura Económica, p. 237-238.

42. A esto hay que añadir que tanto la tradición oral continua, tan importante entre los pueblos mexicanos (a base de cantos, poemas), como los diversos escritos, indígenas, mestizos y españoles de naturaleza varia (narrativos Las fuentes narrativas, sin ser las únicas, sí forman una buena parte de las fuentes guadalupanas. Se presentan bajo la forma de anales, crónicas, cantares, que fijan una tradición oral., epistolares Prácticamente todas las fuentes epistolares son de origen español., jurídicos Los escritos jurídicos son muy variados y se refieren al gobierno de la Iglesia o del culto, como los legados de herencias, los testamentos, las indulgencias, las gracias concedidas a Santa María de Guadalupe, la disputa entre el provincial franciscano Bustamante y el segundo arzobispo de México Montúfar, disputas con los frailes jerónimos de Extremadura.. y administrativos Las fuentes administrativas reflejan la ordenación del territorio novohispano mediante los censos, los mapas topográficos, algunos de los cuales señalan desde temprana hora la existencia de la primera ermita en el Tepeyac.), las representaciones (pinturas La iconografía sobre Juan Diego, unida a la Guadalupana, crece, sobre todo, a partir del siglo XVII, en templos donde existe población mayoritariamente indígena. Por ejemplo, en san Lorenzo Ríotenco, los jesuitas, difusores convencidos de la tradición Guadalupana, propiciaron la construcción de un templo(finales del XVI o principios del XVII) cuyo retablo representa la imagen Guadalupana y a Juan Diego en lugar del “ángel” que aparece ordinariamente llevando sobre sus hombros a la Morenita. Especial mención reserva la tradición oral a la tilma o ayate donde se encuentra plasmada la imagen de la Virgen de Guadalupe, y que algunos de los documentos, sobre todo indígenas del siglo XVI, afirman que se trata de la misma tilma de Juan Diego. La iconografía indígena caracteriza a Juan Diego con la aureola de santo y algunos de los Códices indígenas que sobrevivieron a la destrucción, representan al macehual con signos que los mismos naturales reservaban para lo sagrado, signos que conocemos por lo que afirman Fray Bernardino de Sahagún y Fray Jerónimo de Mendieta, y en 1578, el misionero dominico Fray Diego Durán., esculturas) y la arqueología Las fuentes arqueológicas se encuentran en un estado incipiente. Lo que hasta el presente se puede afirmar es que, en los lugares donde vivió Juan Diego, desde el siglo XVI los indígenas han sostenido una continua veneración por el beato, expresada en capillas y ermitas. Así por ejemplo, en el valle del Anáhuac hay tres lugares donde la tradición oral consigna que tienen que ver con el nacimiento y la residencia de Juan Diego: Cuauhtitlán, Tulpetlac y San Juanico. En Cuauhtitlán, existe tres construcciones: la primera, los restos de una casa indígena prehispánica, sobre la cual se construyó en el siglo XVI una pequeña capilla cristiana, que a su vez sirvió de base para el actual templo de finales del siglo XVIII y principios del XIX, dedicado a la Virgen de Guadalupe. Sobre esta lugar existe una tradición indígena sin interrupción sobre la existencia de este lugar de culto unido a la historia de Juan Diego. Las mismas Informaciones Jurídicas de 1666 afirmaron unánimemente que éste era el lugar del nacimiento de Juan Diego. muestran cómo, en torno al Hecho histórico Guadalupano, se va desarrollando una creciente atención y devoción a María de Guadalupe, íntimamente ligada a la gran veneración popular al vidente Juan Diego.

43. Siguiendo los criterios de realismo, imparcialidad y moralidad histórica, los peritos nos presentan las siguientes conclusiones: por un lado, la investigación histórica sigue abierta; por otro lado, los datos con los que ya contamos, son más que suficientes para afirmar con certeza la convergencia en hablar de Guadalupe (distinta de la de Extremadura, España Tengamos presenta que la devoción a la Virgen de Guadalupe existía ya en Extremadura, lugar de procedencia de Hernando de Cortés, el conquistador, y formaba parte del profundo sentido mariano de los conquistadores y misioneros. El Acontecimiento Guadalupano en México es diverso y no viene a ser un sustituto que reemplace a las deidades maternas de la cultura náhuatl (Coatlícue, Cihuacóatl…), sino que fue un acontecimiento histórico, reafirmado por los más antiguos documentos hasta ahora encontrados y estudiados.) y de Juan Diego, como una fuerza increíble y extraordinaria que se convierte en punto central de una nueva historia religiosa y de encuentro entre dos mundos, hasta ese momento en violenta y dramática contraposición Cfr. GONZALEZ, Fidel, o. c., p. XXIX.

44. De todo lo anterior se sigue que sólo la afirmación clara de la historicidad de lo acontecido en el Tepeyac llena de contenido un símbolo que hace razonable una práctica y una devoción mariana como Guadalupe. A partir de esta semilla sembrada en el Tepeyac comenzó una devoción incontenible de indios, españoles, criollos y mestizos que nadie ha podido frenar. Guadalupe se ha convertido en el punto de llegada y de partida de todos los que reconocen en la siempre Virgen María de Nazaret, a la Madre de Jesús, el Hijo Unigénito de Dios, encarnado por obra del Espíritu Santo, y a la Madre de todos, hecho histórico que comenzó con la aparición de esta Celestial Señora a un indio llamado Juan Diego Cuauhtlatoatzin.

II. JUAN DIEGO PREEVANGELIZADO

Algunos datos biográficos iniciales

45. Juan Diego Cuauhtlatoatzin, al parecer, vio la primera luz hacia 1474 y murió en 1548. Su vida transcurría como la de muchos de sus contemporáneos. Habiendo nacido en Cuauhtitlán, de la etnia chichimeca, reino de Texcoco, se crió en el barrio de san José Millán; luego se fue a vivir a Tulpetlac, municipio de Cuauhtitlán, conservando la propiedad de su casa natal Informe económico para la edificación de la capilla de Juan Diego en Santa María Tulpetlac, 1791, Archivo General de la Nación, Archivo Histórico de Hacienda, Legajo 674-2 (antiguo) 91. Contrajo matrimonio en santa Cruz el Alto (Tlacpan), cerca de san Pedro, con la joven Malitzin, quien en su bautismo tomó el nombre de María Lucía, la cual murió dos años antes de las apariciones de la Inmaculada Cfr. IXTLIXOCHITL, Fernando de Alva, Nican Motecpana, en DE LA TORRE Villar Ernesto y NAVARRO de Anda Ramiro, Testimonios Históricos Guadalupanos, Fondo de Cultura Económica, 1ª. Edición , México 1982, p. 305.

46. Por fuentes históricas sabemos que Juan Diego tuvo descendencia. Los descendientes que procreó parecen haber sido ignorados por el gran Lorenzo Boturini Benalluci, quien pretendía a toda costa defender la virginidad total del beato, como una gloria singular de Juan Diego y como defensa contra la pretensión de algunos que neciamente quisieran aparecer como sus descendientes y parientes en línea recta. Sin embargo, los misioneros franciscanos dan fe de esta prole tenida antes de que fuera bautizado. Así se habla de la religiosa clarisa Gertrudis de Torres Vázquez, bautizada el 2 de marzo de 1703 y muerta el 1 de abril de 1774, que ingresó al convento de Corpus Christi a la edad de 23 ó 24 años, e hizo su profesión religiosa el 2 de febrero de 1726. Se dice que era tenida por descendiente del dichoso Juan Diego, Cfr. Vida de Gertrudis de Torres Vázquez, en Apuntes de varias vidas de Religiosas que han florecido en virtudes en este convento de Corpus Christi. De Indias Caciques, s. n. f. El 24 de mayo de 1739 recibió el hábito de religiosa en el mismo convento de franciscanas descalzas doña María Micaela Antonia de Escalona y Rosas, quinta nieta del venerable y venturoso indio Juan Diego, en Gacetas de México, Ed. SEP, t. III, México 1950, p. 178.

47. Juan Diego y Juan Bernardino tenían “casas y tierras” heredadas de sus “padres y abuelos”, Nican Motecpana, Ibidem. es decir, desde tiempos antiguos, lo que puede indicar que no eran miembros de un calpulli, donde la tierra era propiedad comunal, sino que ellos tenían la responsabilidad de la manutención y del bienestar de otras familias de trabajadores.

48. Todavía no se edificaba el convento de Tlatelolco El convento franciscano fue construido en 1540., cuando ya funcionaba allí un centro de evangelización desde 1524; los frailes asistían entre semana, cada tercer día, y todos los domingos y fiestas Cfr. MOTOLINIA, Fray Toribio Paredes de Benavente, Historia de los Indios de la Nueva España. Editorial Porrúa. Colección “Sepan Cuantos”, n° 129, 4ª edición. México 1984. Tratado II, c. I, n° 190, p. 78. Para 1528 Juan Diego había entrado en contacto con los misioneros franciscanos y, tocado por la gracia de Dios, terminó por solicitar el Bautismo. Con su esposa María Lucía, inició su camino de preparación, bajo la sabia dirección de Fray Toribio Paredes de Benavente, que adoptó el sobrenombre de “Motolinía” “Motolinía” quiere decir “pobre” o “el que se automortifica”. De él aprendió la doctrina cristiana y las exigencias de vivir de acuerdo con el Evangelio, así como la excelencia de la virtud de la pureza y castidad, hasta el grado de decidir, junto con su esposa, vivir castamente una vez recibido el Bautismo Cfr. BECERRA Tanco, Luis, Felicidad de México, en DE LA TORRE Villar, Ernesto y NAVARRO de Anda, Ramiro, Testimonios Históricos., p. 330. IXTLIXOCHITL, Fernando, Nican Motecpana, en DE LA TORRE Ernesto, o. c., p. 305. Fue bautizado con el nombre de Juan Diego BECERRA, o. c., p. 312.

49. Cuando andaba en los 57 años, es decir, siendo ya un hombre cabal y con buen grado de madurez, comenzó a ser conocido como uno de los protagonistas de los hechos en la colina del Tepeyac. Este repunte de su personalidad nos lleva a la necesidad de preguntarnos sobre el tipo de formación tenida, que le permitió alcanzar una madurez humana respetable y que fue la base de su santidad cristiana.

A propósito de la educación indígena

50. Muy diversas eran las culturas indígenas que habitaban el territorio de lo que luego llegó a ser México. Al referirme al mundo de la educación estoy hablando de una cultura que sobresalió por su contacto inmediato con lo que hemos venido nombrando el Acontecimiento Guadalupano, me refiero a la cultura náhuatl.

51. Fray Bernardino de Sahagún consignó por escrito el tipo de educación esmerada que recibían los indígenas Cfr. SAHAGUN, Fray Bernardino de, Historia General de las Cosas de la Nueva España, Porrúa, Colección “Sepan Cuantos”, n° 300, México, 1975, p. 297-299. Las virtudes domésticas comenzaban a sembrarse desde que la madre estaba segura de haber quedado en cinta. Con tiernos y solemnes discursos el abuelo o el miembro más anciano de la familia se dirigía a la embarazada, recordándole que el fruto en camino era obra del señor Dios, que debía cuidar de ese fruto divino absteniéndose de levantar cosas pesadas, evitar discusiones con el marido y disminuir las relaciones maritales para no hacer daño a la criatura en formación, y terminaba deseándole dicha, salud, alegría y un parto sano Cfr. Ibíd., p. 369-370.

52. Todo el proceso del embarazo y el mismo parto era acompañado por nuevos discursos, oraciones y consejos. Cuando la mujer daba a luz, la partera prorrumpía en gritos de victoria en nombre de la parturienta, indicando así que ésta había superado valientemente la prueba, y había cautivado a una criatura Cfr. Ibíd., p. 383. Y si era varón, lo recibían con la advertencia de que venía a un mundo que no era el suyo, y que su verdadero nacimiento dependería de que tuviera el honor de merecer la muerte florida, es decir, de morir como prisionero de guerra sacrificado a la divinidad Cfr. Ibíd., p. 384-385. Desearle a un recién nacido la “muerte florida” requiere conocer el significado del concepto “guerra florida” en la antigua cultura mexicana. Ellos veían que dos veces al día el cielo se inundaba de “sangre” cuando el sol muere tragado por la tierra y surgen la luna y las estrellas, que a su vez, mueren cuando el sol nace al amanecer. Los sabios mexicanos consideraban que la vida era movimiento, mientras que la muerte significaba dejar de moverse. El elemento humano que siempre estaba en movimiento era el corazón y la sangre, por lo que llamaban a la vida “yoliztli”. Ahora bien, tanto el corazón como la sangre eran dones recibidos del sol (Quetzalcóatl) y que todos los seres vivios necesitaban para resucitar cada día. Ahora bien, el mismo sol necesitaba de esta sangre para seguir en movimiento, lo cual significaba vida y estabilidad para el universo. Por lo mismo, poder ofrendar el propio corazón, es decir, el propio movimiento o la propia vida era un deber y un privilegio reservado a los valientes muertos o capturados en la guerra. Morir en la batalla o ser ofrendados en sacrificio era el camino para adquirir la verdadera vida, pues quedaban divinizados. De este modo, la guerra mexicana no era directamente para matar enemigos, sino para que el Sol pudiera “cosechar corazones” en ambos ejércitos. Así pues, los indígenas aztecas veían la guerra como una vocación religiosa, profundamente ascética y exigente, ya que no se trataba de herir y matar, sino de capturar “corazones”. Si un guerrero mataba a su adversario, se sentía avergonzado de no haber sabido vencerlo desarmándolo, y el que había muerto era considerado glorioso por haberse sabido defender y logrado la victoria de la “muerte florida”, o sea, la divinización. Por tanto, un guerrero mexicano tenía que vencer dos impulsos fuertes: su miedo instintivo al peligro y la muerte, y su ansia agresiva de matar, por lo que la batalla resultaba una verdadera ascesis de autodominio, que empezaba a aprender desde el hogar. La guerra era un acto de amor a Dios y al prójimo, una vocación de engrandecimiento propio, pero a partir de la renuncia a sí mismo y de servicio a los demás. Era algo semejante al martirio. En la guerra florida se buscaba el bien del enemigo, pues se le ayudaba a que se hiciera realidad el sueño de entregar totalmente su vida para que “Dios viviera” y así hubiera estabilidad para todos los que vivían en este mundo.

53. La figura materna era muy cercana, mientras que la del padre era lejana por andar en las batallas. Cuando éste visitaba a los suyos, en lugar de ponerse a jugar con sus hijos e hijas, se dedicaba a ofrecerles elementos educativos a través de discursos: los invitaba a prepararse para la vida, les enseñaba el modo cómo acercarse a Dios para obtener sus favores, les recordaba que había que ganarse el pan diario, para lo que tenían que aprender oficios diversos, como el trabajar las plumas u oficios mecánicos, o la agricultura (maíz, maguey, árboles frutales, tunas), les ilustraba cómo hacerse amigos de Dios acercándosele con humildad y esperanza y cómo vivir en paz con todos, siendo prudentes en el hablar y no violentos ni vengativos, dejando a Dios el juicio de quien les hubiera hecho algún mal; en fin, los animaba a emplear diariamente el tiempo en cosas provechosas Cfr. Ibíd., p. 343-345.

54. La educación indígena proporcionada por las instituciones educativas de entonces, al mismo tiempo que amorosísima era muy severa. El Calmécac y el Tepochcalli eran las dos instituciones oficiales que se encargaban de la educación. La disciplina férrea y militar que se impartía buscaba formar personas virtuosas, generosas, abiertas a Dios para descubrir su voluntad, laboriosas, amantes de la paz, respetando y reverenciando a todos, con simplicidad de vida, que supieran aprovechar el día y la noche y que evitaran caer en la ciencia vana. Quien iba allá, era enseñado a no mirar atrás: tenía que aprender a dejar la familia, los parientes, las comodidades; ejercitarse en barrer, recoger, arreglar, pasar la noche en vela. Un texto muy ilustrativo de esta educación dice así: “cuando haya que correr, correrás, te darás prisa, no serás pesado ni haragán. Sólo una vez tendrás que oír, con una vez que se te llame te pondrás en pie con agilidad, de un salto, no se te llamará dos veces; y aun cuando no te llamen, levántate, ve corriendo por lo que tienes que traer, haz lo que se quiere que hagas. Vas a obedecer, a humillarte, a vivir en pobreza. Pues cuando ya te pongas algo duro, si suda o se inquieta tu cuerpo, refrénate, sométete, no recuerdes, no desees el polvo y la basura. Esfuérzate cuanto puedas por desechar el desasosiego de la sensualidad. Lo que tienes que hacer es cortar espinas y ramas de abeto y ofrecerlas (cubiertas con tu sangre), y meterte en el agua helada (= mortificación). No comas hasta hartarte, conoce y ama la abstinencia.. No uses demasiada ropa; no tiemble tu cuerpo con el frío.. Llégate a la prudencia de los prudentes, de los sabios, conserva la ciencia y la sabiduría antigua por escrito SAHAGUN, Fray Bernardino, Códice Florentino, Huehutlatolli, Libro Sexto, p. 126-128. ANDERSON, Arthur J. O., y DIBBLE, Charles E., Florentine Codex, 12 Volúmenes, 2a. Edition, The School of American Research and the University of UTA, 1982. Es una edición crítica de todo el Código Florentino, con traducción al inglés”.

55. Así pues, aun cuando no contemos con una biografía de Juan Diego Cuauhtlatoatzin antes de su conversión, al leer sobre las costumbres familiares y sobre la educación que recibían los niños, podemos deducir que lo que Juan Diego manifestó de su personalidad en el encuentro con la Virgen y en su vida de convertido al cristianismo, no apareció como por arte de magia, sino que fue el florecimiento de las semillas que sembraron en su casa sus parientes y sus maestros.

Su muerte

56. Después de servir a la Señora del Cielo durante 16 años, murió en 1548, a la edad de 74 años Algunas fuentes históricas donde se habla de la muerte del Beato Juan Diego son: el Códice Escalada, Noticias Curiosas, Nican Motecpana. En Anales de Puebla y Tlaxcala o Anales de los Sabios Tlaxcaltecas o Anales de Catedral, AHMA, AAMC, n° 18, 1, se dice: Año de 1148 omomiquili in Juan Diego in oquimotenextilitzino in tlazo Cihuapilli Guadalupe México”, es decir, “Año de 1548. Murió dignamente Juan Diego, a quien se le apareció la preciosa Señora de Guadalupe de México”. También Añalejo de Bartolache o Manuscrito de la Universidad, BNAH, Archivo Histórico, Archivo de Sucs. Gómez de Orozco, que dice: “Tecxia 1548, Omomiquilili Juan Diego in oquimonextilli in tlazocihuapilli Guadalupe México. Otecihuilo niztac tépetl”, es decir, “Año técpatl, 1548 Murió dignamente Juan Diego (a quien) se dignó aparecer la amada Señora de Guadalupe de México. Granizó en el cerro blanco”., año en que también falleció Fray Juan de Zumárraga Fray Juan de Zumárraga murió el domingo 3 de junio de 1548, a las nueve de la mañana, estando con todo su juicio. MENDIETA, Jerónimo de, Historia Eclesiástica, o. c., p. 636..Fue sepultado en la ermita, igual que su tío Juan Bernardino Cfr. IXTLIXOCHITL, o. c., p. 305. Juan Bernardino murió a consecuencia de la peste ocurrida en 1544. Como Juan Diego, también él recibió en sueños la visita de la Señora del Cielo, quien le dijo que había llegado la hora de morir, pero que ella estaría a su lado y lo llevaría a su casa, puesto que le había servido con fidelidad. Murió el 15 de mayo de 1544, a la edad de 86 años.

57. El Códice 1548 o Códice Escalada, descubierto en 1995, ha sido considerado como el acta de defunción de Juan Diego, pues refiere la muerte del beato en 1548. Consigna la fecha de aparición de Guadalupe a Cuauhtlatoatzin. El vidente está representado hincado, de perfil, con la vista hacia el lado derecho, portando el clásico ayate, anudado sobre su hombro derecho. Mira hacia una imagen Guadalupana rodeada de nubes, con la luna a sus pies y estrellas en el manto, posada sobre la falda de un cerro rocoso, con plantas de la estepa del altiplano de México. Al calce, lleva la firma de “Sahún” y el glifo de Antonio Valeriano, como juez ESCALADA SJ, Xavier, Enciclopedia Guadalupana, vol. 5. Excavaciones recientes han sacado a la luz los restos de un santuario mucho más antiguos de los actuales templos guadalupanos, situado en el costado derecho del templo actualmente conocido como “parroquia de indios”. Una tradición constante coloca en este lugar la casa de Juan Diego, custodio del santuario. Como se acostumbraba entonces, los cristianos era sepultados en las iglesias o cerca de ellas, por lo cual es probable que Juan Diego haya sido sepultado en dicho lugar, donde se encuentran otras sepulturas de la época virreinal. Evidentemente éste no es el único códice donde se habla de la muerte de Juan Diego ya que se complementa con la convergencia de otros códices, como por ejemplo el “Códice de la Universidad” o “Códice de Bartolache”.

III. JUAN DIEGO EVANGELIZADOR

58. Al contemplar la diversidad de etnias indígenas presentes en el territorio mexicano y la manera como han sido tratadas por la sociedad, se antoja como imposible alcanzar su integración a la comunidad nacional sin que pierdan sus valores, incluso su misma identidad. Algo semejante se vivió en los comienzos de la nación mexicana: la cultura náhuatl y la cultura española representaban a dos pueblos enfrentados uno contra otro, y separados abismalmente. No obstante, el Hecho Guadalupano viene a convertirse en el puente de unión genética y mental, con un eje religioso que le da cohesión e identidad nueva y que desembocó en la formación de la raza mestiza.

59. En este contexto Juan Diego brilla como uno de los protagonistas de esta síntesis admirable: por un lado es indígena con los suyos, con una tradición que venía desde remotos antepasados y cuya permanencia en el tiempo era símbolo de verdad; por otro lado, entra en contacto con el mundo de lo “nuevo” y que, por lo mismo, no tenía garantía de veracidad. No obstante, aprende a dialogar con la fuente de los símbolos españoles, la Virgen María y el fruto bendito de su vientre, Jesús, y lo asimila de manera excepcional en una experiencia religiosa que deja ver la fuerza de la gracia en el escogido. La historia de las apariciones es el testimonio vivo de la eficacia de María como Maestra de un laico indígena evangelizador. El “Nican Mopohua”, (= aquí se narra) del sabio y docto indígena Antonio Valeriano, Prácticamente todos los mejores investigadores afirman que el Nican Mopohua es obra del indio Antonio Valeriano. El que el Nican Mopohua sea un relato literario no quita su fundamento histórico, máxime que otras fuentes de diferente naturaleza aportan una convergencia sólida en relación a los datos históricos que nos proporciona. Fue dado a conocer en 1649 por Lasso de la Vega; es como el ejemplo a seguir para otros relatos posteriores. En él aflora el extraordinario mensaje de la maternidad espiritual de María, principalmente hacia los pobres y los desamparados. El Nican Mopohua viene a ser como la culminación de tres milenios de actividad literaria de cantos, crónica y poesía de sabios toltecas, teotihuacanos y los inventores del así llamado “Calendario Azteca”, sobre la búsqueda del sentido de la vida, de la muerte, del mundo y de la historia. Su redacción final ya no es solamente indígena, sino que está profundamente coloreado por la cristianización y la cultura humanista europea, en la que fueron formados varios de los misioneros venidos a nuestras tierras. es una relación de alta escuela, donde aparecen íntimamente relacionados los protagonistas: la Madre del Hijo de Dios, Juan Diego Cuauhtlatoatzin, el obispo Fray Juan de Zumárraga y Juan Bernardino.

60. Quiero recorrer de nuevo, junto con toda persona de buena voluntad, el mismo camino seguido por estos personajes, especialmente Juan Diego, para experimentar la magia del encuentro íntimo con Jesucristo, que motive la participación de cada uno de nosotros en la misión que estamos llamados a desempeñar en este gran mosaico cultural que forma la porción del pueblo de Dios, México Tenochtitlan Esta segunda sección ha sido inspirada por la “exégesis” realizada por el prestigiado investigador José Luis Guerrero Rosado y plasmada en dos volúmenes: “El Nican Mopohua”, un intento de exégesis, U.P.M., Biblioteca Mexicana, 1996.

Un hombre contemplativo

61. En asuntos de la historia de la salvación, es Dios quien siempre toma la iniciativa. En nuestra historia, la llena de gracia es quien sale al encuentro del que había sido elegido en el misterio del amor divino para una misión excepcional. Así como Dios actuó con algunos profetas del Antiguo Testamento, también la Reina y Señora llama por su nombre a quien ha designado, pero lo hace con delicadeza indígena, teñida de afecto, ternura y reverencia: “.. oyó que lo llamaban de arriba del cerrillo, le decían: Juanito, Juan Dieguito” VALERIANO, Antonio, o. c., v. 12

62. El escogido es un hombre contemplativo, que lo mismo disfruta la belleza de una visión que lo melodioso de la música. Y en esta contemplación aparece en forma elocuente y clarísima el anuncio de la continuidad de los valores del mundo náhuatl, pues el lenguaje está lleno de elementos que hablan de las cosas de Dios, pero ahora restaurados en torno a una figura femenina envuelta por el sol y embarazada por el Espíritu divino: “Oyó cantar sobre el cerrito, como el canto de muchos pájaros finos.. sobremanera suaves, deleitosos…” Ibíd., v. 8. “Y cuando llegó frente a ella, mucho admiró en qué manera, sobre toda ponderación, aventajaba su perfecta grandeza: su vestido relucía como el sol, como que reverberaba, y la piedra, el risco en el que estaba de pie, como que lanzaba rayos, el resplandor de ella como preciosas piedras., la tierra como que relumbraba con los resplandores del arco iris en la niebla. Y los mezquites y nopales y las demás hierbecillas que allí se suelen dar, parecían como esmeraldas. Como turquesa aparecía su follaje. Y su tronco, sus espinas, sus aguates, relucían como el oro” Ibíd., v. 16-21.

63. El colorido y luminosidad de esta visión nos transporta a la experiencia del monte Tabor, donde Jesús se transfiguró en presencia de sus elegidos, preparándolos así tanto para la próxima pasión, resurrección y glorificación, como para el día de Pentecostés y el envío para evangelizar a todos los pueblos. Juan Diego estaba en el preludio de la misión que la Señora del cielo pronto le iba a encomendar.

64. ¡Cómo necesitamos recobrar la capacidad de admiración y de contemplación! No por nada el fin último de nuestra vida es interpretado como “contemplación del rostro de Dios”; y el salmista lo convierte en oración: “Tengo sed de Dios, del Dios vivo, ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?” (Sal 42, 3). Recuperar nuevamente la dimensión humana de la vida, disfrutar el encuentro armonioso con el hermano, gozar la belleza de la música, experimentar cómo el amor transforma la misma realidad de todos los días, apreciar el fruto del trabajo honesto y responsable, valorar el cuidado de la creación; esto y más forma parte de nuestro aprendizaje para saber vivir cristianamente en nuestra sociedad, tan avanzada en algunos campos, pero que no raras veces pierde el sentido humano de sus conquistas científicas y técnicas.

Un hombre de oración

65. A diferencia del temor con el que manejaban los asuntos de Dios en el Antiguo Testamento, Juan Diego es un laico familiarizado con las cosas divinas, tanto al estilo indígena Ibíd., v. 9-10., como las del Dios predicado por los frailes franciscanos Ibíd., v. 5-6; 24. Ante la audición de los cantos y ante la voz a él dirigida, en nada se turba ni se asusta; al contrario, se alegra desde lo profundo de su persona y se pone a escuchar con toda atención Ibíd., v. 22.

66. La Muchachita le habla a Juan Diego declarándolo su venerable hijo menor, su pequeñito. Desde ese momento, la Señora lo está presentando a todas las generaciones como a su hijo predilecto. Por su parte, Juan Diego, en su primera contestación a la Reina, le responde en el mismo tono, con una exquisitez que mezcla el cariño, la confianza, la admiración y la reverencia: “Mi Señora, Reina, Muchachita mía…” Ibíd., v. 24.

67. ¡Quién no se ha sentido arrebatado ante la imagen venerada de Santa María de Guadalupe y la ha invocado con piropos semejantes a los de Juan Diego! Ante un semblante como el suyo, se ablanda hasta el más recio. Contemplar ese rostro es todo un desafío para que admiremos en cada persona la belleza de Dios Padre creador, afeada, sí, por el pecado, pero resplandeciente cuando deja asomar el brillo del Espíritu divino. Escuchar sus palabras, son camino seguro que nos lleva a Cristo.

68. Delante de la celestial Muchachita, Juan Diego encuentra el lugar para manifestar su profesión de fe en la figura sacerdotal, llamando a los frailes evangelizadores “imágenes de Nuestro Señor” Ibíd., v. 24., es decir, representación verdadera, presencia concreta de Ometéotl, Dios que une los opuestos. Esto en nada disminuía la obligación que todo jerarca tenía de venerar esa “imagen divina” en sus subordinados, v. gr. los hambrientos menesterosos, los desarropados, los enfermos Cfr. SAHAGUN, Fray Bernardino de, Historia General., Lib. 6, c. 7, n. 34, p. 315.

69. Quienes hemos recibido la gracia de participar en el ministerio sacerdotal de Jesucristo somos testigos del respeto y veneración que diversas personas manifiestan hacia los sacerdotes. Siguiendo el ejemplo del Señor, debemos empeñarnos en corresponder a estas muestras de caridad cristiana con una coherencia de vida que transparente a Cristo pastor de su pueblo.

70. La Virgen Santa María se manifiesta ante Juan Diego como la Madre del verdaderísimo Dios. Y lo hace con naturalidad y sencillez, y con un mensaje que dejaba tranquilos tanto a los suspicaces españoles, que por todos lados descubrían signos de idolatría, como a los desconcertados y humillados indígenas, que se sentían traicionados por sus “dioses”. María es transparente y clara con ambos, sin engañar, ofender o desplazar a ninguno. Y el primero a quien no desplaza es a Dios: todo el acontecimiento se centra en el “verdaderísimo Dios”, de quien ella es Madre, el único Dios de todos los pueblos y de todos los tiempos y, por tanto, el mismísimo que siempre habían venido adorando los indígenas, quizá sin saberlo. Juan Diego se abre al Evangelio, y por la catequesis de María, su cultura, su religiosidad quedan transformadas y completadas al ser integradas a dicho Evangelio.

71. Las múltiples culturas o formas de vivir y de pensar presentes en la ciudad de México necesitan contar con un eje que les una y les dé sentido y armonía, que les haga ser riqueza dentro del tejido social; esta es la finalidad del Evangelio de Jesucristo. Anunciarlo de modo que lo conozcan todas las personas no es una moda o algo de lo que se pueda prescindir, al contrario, la cohesión social necesita urgentemente de estos aires saludables.

Servir de puente entre Dios y los hermanos

72. La petición de María Virgen parecería muy sencilla a primera vista. Sin embargo, “edificar un templo” en la mentalidad náhuatl significaba construir la nación, la raza; mientras que la destrucción del templo equivalía a la desaparición del estado “Por ventura los templos, oratorios y altares, y lugares dedicados a vuestro servicio, ¿habéis de permitir que se destruyan y asuelen, y no haya más memoria de ellos?, SAHAGUN, “Historia General…” Lib. 6, c. 1, n. 9-10, p. 300. Con la presencia del Evangelio de María de Guadalupe comenzaba una etapa inesperadamente gloriosa de la historia del pueblo náhuatl, presidida por el mismo Ometéotl y por su Madre. El templo es de ella, pues es quien lo pide, pero no es para ella, sino para restauración y gloria del pueblo, que podrá experimentar desde allí los efectos de la presencia de Dios mismo, manifestado por su Madre. Y precisamente Juan Diego va a jugar un gran papel en la reconstrucción de su pueblo que había sido arrasado por las luchas fratricidas auspiciadas y apoyadas por los españoles En la conquista de la gran capital azteca, los españoles encontraron en otras tribus y reinos indígenas excelentes aliados; tal es el caso de los tlaxcaltecas y texcocanos. Los españoles supieron aprovechar el descontento indígena contra la opresión de los aztecas, que había impuesto su hegemonía sobre otros pueblos, que se traducía, entre otras cosas, en tener que pagar pesados tributos o impuestos.

73. Aquí se abre la nueva etapa en la misión del Beato: tiene que ir de mediador entre la Madre y su Hijo y el obispo de México para compartirle el contenido de todo lo que ha sido testigo con la Señora del cielo: “Y para realizar lo que pretende mi compasiva mirada misericordiosa, anda al palacio del obispo de México, y le dirás cómo yo te envío, para que le descubras cómo mucho deseo que aquí me provea de una casa, me erija en el llano mi templo; todo lo contarás, cuanto has visto y admirado, y lo que has oído” VALERIANO, Antonio, o. c., v. 33.

74. Si Nuestra Señora de Guadalupe quiere un “Templo”, significa que desea promover la fraternidad entre los moradores de estas tierras. Por ser Madre del Hijo de Dios, es Madre que engendra la fraternidad de todos. Y así como nos une la dicha de contar con esta maternidad, también estamos unidos en todo lo que implica vivir en “este valle de lágrimas: “porque allí les escucharé su llanto, su tristeza, para remediar, para curar todas sus diferentes penas, sus miserias, sus dolores” Ibíd., v. 32. María, pues, al anunciar el Evangelio que promueve la unidad nacional, se convierte en madre del mestizaje nacido en medio de la tensión. Por su parte, Juan Diego es el gran invitado a colaborar en esta misión, pero en forma orgánica; de ahí la insistencia de comunicar al obispo de México todo lo que ha visto y oído, y de someterlo a su aprobación. Encontramos aquí un eco de lo que ha inspirado el Espíritu Santo por boca del apóstol san Juan “Lo que hemos visto y oído se lo comunicamos a ustedes, para que estén en comunión con nosotros” (Cfr. 1 Jn 1, 1-4)

75. En nuestra ciudad enferma por estar perdiendo tantos valores familiares y sociales, ante los atentados contra la unidad familiar y la vida, ante las grandes concentraciones urbanas que deshumanizan y borran los espacios para desarrollarnos en mayor libertad, ante el egoísmo que destroza todo rastro de fraternidad, debe volver a resonar la voz del Bautista: “Conviértanse, porque está llegando el reino de los cielos” (Mt 3, 2) y la del crucificado: “Si en el momento de llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano…” (Mt 5, 23-24) Este evangelio que se identifica con la persona de Jesucristo, debe llegar a la conciencia de las personas. Necesitamos reconciliarnos unos con otros y todos con Dios. La fraternidad será entonces no un mero sentimiento de convivencia social, sino un testimonio de que somos hijos de un mismo Padre, nos santifica y nos llena de vida el mismo Espíritu y somos hermanos entre nosotros, gracias a Jesucristo.

Hombre de su cultura y de su tiempo

76. María de Guadalupe, como eficaz maestra de protocolo, prepara a su mensajero para que aprenda a cumplir su encomienda ante el obispo Fray Juan de Zumárraga. La respuesta de Juan Diego al envío de la Señora es inmediata y responsable. Lo que va a transmitir es todo lo que ha visto y oído; y esto lo hará cuanto antes. Este “todo” encierra un contenido muy arriesgado, pues se trataba de integrar los elementos de la fe española con los elementos de la creencia indígena. Pero Juan Diego cumple puntualmente en presencia del obispo Zumárraga la orden recibida.

77. La tarea de ser recibido por la máxima autoridad religiosa, no era nada sencillo, máxime perteneciendo a la raza indígena, de la que varios negaban que estuvieran dotados de razón; no obstante, consigue ser recibido. Una vez delante del jerarca, Juan Diego aparece obediente, discreto y diligente, pues únicamente al obispo refiere el contenido de su diálogo con la Señora. Estas tres virtudes formaban parte de las enseñanzas básicas de los padres a sus hijos: “ni hables demasiado, ni cortes a otro la palabra (…) Si no fuere de tu oficio, o no tuvieres cargo de hablar, calla, y si lo tuvieres, habla, pero cuerdamente” MENDIETA FR. Jerónimo de, o. c., Lib. 2, c. 20, p. 113. “.. el oficio que te dieren tomarás, y cuando fuere menester saltar o correr para hacer algo, hacerlo haz (…) lo que te manden una vez, hazlo luego (…); y harás de presto lo que te mandaren hacer, y lo que sabes que quieren que se haga, hazlo tú” SAHAGUN, Fray Bernardino de, Historia General, Lib. 6, c. 40, nº 6, p. 403.

78. El resultado de la primera entrevista con la autoridad eclesiástica dejó al indio “triste porque no se realizó de inmediato su encargo” VALERIANO, Antonio, o. c., v. 46. Tenía el ingenuo candor de pensar que el obispo iba a aceptar de inmediato su mensaje, por venir de quien venía. Pero se trataba de un indio recién converso y su petición sonaba a osadía, pues solicitaba que se erigiera un templo en el lugar donde los indígenas adoraban a Tonantzin, “nuestra venerable madre” de los dioses.

79. Al referir la respuesta de Zumárraga a la Patroncita, Juan Diego manifiesta otros rasgos de su personalidad india. Sabiendo que no puede quejarse ante la Señora sin ofenderla, puesto que fue ella quien lo mandó allá, suaviza su informe lo más que puede y disculpa el rechazo del obispo, colocándose muy a la mexicana él mismo como el culpable. La forma como lo hace, es una manera elegante de expresar la modestia.

80. Para un indígena perder la compostura (= enojarse) significaba humillación; en cambio, mantenerse imperturbable ante la adversidad, era sinónimo de superioridad. La aparente autodenigración al confesarse indigno e inepto ante quien le había solicitado un servicio, era un signo de cortesía, honestidad y educación; lo opuesto sonaría a petulancia. Algo parecido dijeron los profetas del Antiguo Testamento (Jer 1, 6; Is 6, 5)

81. Nunca ha sido fácil anunciar el Evangelio. Desde el mismo Jesucristo y los Doce apóstoles, el martirio sigue siendo el gran signo de quien busca obedecer la voluntad del Padre Dios. Contra las dificultades, seguimos escuchando la voz del Hijo de María de Nazaret, que vino a hacer la voluntad de su Padre: “No se inquieten ni tengan miedo.. En el mundo encontrarán dificultades y tendrán que sufrir, pero tengan ánimo, yo he vencido al mundo” (Jn 14, 27; 16, 33)

Corresponsabilidad en la evangelización

82. Ante la confesión educada de Juan Diego, María de Guadalupe pregona que la Evangelización de México tiene que ser obra de la Iglesia que trasciende la diferencia de razas y culturas, obra conjunta de españoles y mexicanos. Por eso insiste en que quien tiene que llevar el mensaje al obispo es el intercesor escogido por la Reina, a nombre de muchos otros hermanos y hermanas que cooperarán para que se haga realidad en México el mandato misionero que muchos siglos atrás Jesús encomendó a sus Apóstoles.

83. Lo que sigue a esta intervención de la Morenita del Tepeyac, confirma la personalidad de Juan Diego como un laico convertido y con una disponibilidad responsable. Volverá al día siguiente y cumplirá al pie de la letra lo que quiere la Señora. Por lo pronto hay que descansar. Y en su delicadeza indígena quien lo tiene que hacer es la Reina, que para nada necesitaba de este descanso y sí Juan Diego que había tenido un día complejo y difícil.

84. La misión en la que estamos empeñados diariamente, debe ser nuestra participación bautismal para ayudar a recomponer el tejido social desgarrado por las diversas formas de pecado, tomando en cuenta las realizaciones positivas de personas, comunidades, instituciones. La restauración sigue siendo obra del Espíritu de Dios, pero amorosamente quiere que también nosotros colaboremos. Debemos trabajar por integrar orgánicamente los diversos carismas presentes en el pueblo de Dios, para que la misión perdure. Agentes laicos, miembros de la vida consagrada, clérigos tenemos que trabajar en comunión, cada uno de acuerdo a la propia función dentro del Cuerpo de Cristo, de modo que demos un testimonio de unidad orgánica y así participemos en hacer llegar el Evangelio de Jesucristo a los alejados de su influjo, sean familias, jóvenes, pobres, sectores, ambientes.

Observante de sus deberes cristianos

85. Juan Diego no aduce su calidad de embajador de la Señora para faltar a sus deberes dominicales de cristiano convertido. Y de nuevo ante el obispo, en lugar de presentarse desafiante por ir en nombre de la Señora del Cielo, lo hace con humildad y miedo de llegar a ser el causante del fracaso de toda la misión que le había sido encomendada. Este tesón por cumplir una encomienda es como el inicio de una cadena de futuros catequistas indígenas que recorrerán los caminos en todas direcciones con tal de llevar el mensaje del Evangelio, incluso con riesgo de su propia vida como lo prueban los mártires oaxaqueños Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles que serán beatificados por Su Santidad en este su quinto viaje a México. Y es que en realidad, la conversión de los indios fue apostolado de los mismos indios que se trocaron en infatigables misioneros de sus hermanos a partir de lo sucedido en 1531. De su capacidad el mismo Mendieta nos refiere que “estando el religioso presente (…) predicaba en su nombre todo lo que le había dicho (…) y echaba de ver si era enteramente dicho, o si había alguna falta. La cual no hallaban, sino que eran muy fieles y verdaderos, y en extremo hábiles, que no solamente decían lo que los frailes les mandaban, más aun añadían mucho más” MENDIETA, o. c., Lib. 3, c. 19, p. 225-226.

86. Lo que Juan Diego añadió a todo lo anterior fue que no se descorazonó ante la escrupulosidad y severidad del obispo que, como buen inquisidor, le preguntó de todo e incluso le hizo seguir por sus servidores. Ellos se convertirían en el nuevo obstáculo que tendría que superar Juan Diego Cfr. VALERIANO, Antonio, o. c., v. 85-87.

87. ¡Cómo ilustran la hermosura de la Iglesia de Cristo tantos laicos, desde niños hasta ancianos, que aun cuando atienden las responsabilidades del hogar y las del propio trabajo, todavía encuentran tiempo para su formación y para participar en la evangelización de sus hermanos! Tocar las puertas, visitar a los enfermos como ministros extraordinarios de la Eucaristía, enseñar al que no sabe, colaborar como catequistas, conservar la usanza de mayordomos, fiscales, topiles que custodian tradiciones de religiosidad popular, es una operación que sigue dando buenos frutos, porque los sarmientos permanecen unidos a la vid que es el Señor. (Cfr. Jn 15, 5)

Amarás a tu prójimo como a ti mismo: apostó por la caridad

88. En medio de tantos ires y venires, aparece la Virgen tranquilizando a Juan Diego y asegurándole el feliz éxito de su misión Cfr. Ibíd., v. 90-93. Pero aquí aparece un nuevo protagonista, se trata de Juan Bernardino, tío de Juan Diego. Además de la importancia que tenían los tíos, sobre todo si eran de primer grado, por ser la autoridad que quedaba en el hogar cuando los esposos partían a las guerras, cosa frecuente, estaba el hecho de que Juan Diego encuentra enfermo de muerte a su tío. Dejando para después a la Señora celestial, atiende a su tutor. Cuidar a los enfermos, era una riqueza del patrimonio cultural indígena, ya que éstos eran tenidos como “imágenes de Dios” Cfr. SAHAGUN, Historia General., Lib. 6, c. 7, n 34, p. 315. Lo que hace Juan Diego es manifestar la virtud que ya practicaba como herencia de raza, pero ahora madurada y coronada por el Bautismo.

89. Juan Diego recibe una petición de su tío: poder contar con un sacerdote para que lo confiese y lo prepare a morir Cfr. VALERIANO, Antonio, o. c., v. 97. Bien podríamos pensar en que un cristiano pidiera, además de la Confesión, el Sagrado Viático y la Unción de los Enfermos. Motolinía da testimonio de que el Santísimo Sacramento de la Eucaristía era administrado a pocos naturales y pocas veces Cfr. MOTOLINIA, Historia de los Indios., Tratado I, c. IV, n° 64, p. 24. Por su parte Mendieta afirma que por muchos años no se administró el Sacramento de la Unción de los Enfermos por la falta de ministros MENDIETA, o. c., Libro V, c. 30, p. 637. En cambio, él mismo consigna la inmensa estima de los indios por la Confesión hasta el grado de que viajaban grandes distancias, abandonaban sus casas y haciendas, mientras que los minusválidos se hacían transportar por otros con tal de ser oídos en confesión Ibíd., c. 41, p. 282.

90. Como indio cumplidor, Juan Diego tiene una urgencia familiar a la que debe responder, pero para no herir a la perfecta siempre Virgen Santa María con una negativa abierta, decide tomar otro camino que el acostumbrado Cfr. VALERIANO, Antonio, o. c., v. 101-103. Una expresión más del refinamiento indio que Juan Diego había aprendido de su raza.

91. La Virgen le sale al paso y lo trata con una delicadeza exquisita. La pregunta que brota de sus labios es amable, como de quien comprende y muestra misericordia, pues para nada menciona el rodeo que hace Juan Diego, y sí le allana el camino para que le participe de sus angustias Ibíd., v. 104-108. Este responde con la finura de quien tiene tal confianza con la Madre del Hijo de Dios, hasta el punto de llamarla cariñosamente “Mi hija chiquita”, “Mi niña del cielo” Ibíd., v. 110. En su Niña Celestial abandona el peso de su congoja y le explica lo que va a intentar, pues era de noche y difícilmente encontraría un sacerdote que pudiese venir a auxiliar a su tío antes de que muriera.

92. Parafraseando el texto de 1Cor.13, podríamos presentarnos hablando lenguas angelicales, o como conocedores de todos los misterios, o protagonizando obras impresionantes de renuncia; pero, sin caridad, nos haríamos merecedores del refrán mexicano “mucho ruido y pocas nueces”. Recordemos que Cristo conjugó lo que hizo y dijo como expresión de su amor total a su Padre y el amor incondicional a sus hermanos. Juan Pablo II invita a que la práctica del amor concreto, especialmente hacia los pobres en sentido material, moral o cultural, sea la mística que caracterice nuestra vida cristiana, el estilo de ser Iglesia y la programación pastoral (NMI JUAN PABLO II, Carta Apostólica “Novo Millennio Ineunte”, Vaticano, 6 de enero de 2001. 49.50) Por consiguiente, el alma que inspire todos nuestros quehaceres pastorales deberá ser siempre la caridad, recordando que pasarán todos los demás dones y virtudes, y sólo ella quedará.

¡No temas!

93. Juan Diego se encuentra entre la gran lista de personajes que han recibido de parte de Dios este apoyo: María de Nazaret lo escuchó del ángel (Lc 1, 30) lo mismo que José (Mt 1, 20), Zacarías (Lc 1, 13) y los pastores (Lc 2, 10), todos como anuncio de la inminente venida del Salvador. Sin embargo, también se encuentra en los relatos de vocación de personajes como Abrahán, Isaac, Moisés, Josué, Gedeón, Jeremías, Isaías, así como en otros textos del Nuevo Testamento. (Lc 12,23) Por su parte, la Virgen María se manifiesta ante Juan Diego como “protectora”, figura que emplearán las generaciones cuando la invoquen como “auxilio de los cristianos”.

94. Juan Diego recibió de su Reina y Señora la certeza de que siempre estaría a su lado, por lo que podría confiar en ella sin reservas. Jesús se lo dijo un día a Pedro después de una jornada de arduo trabajo. Juan Pablo II lo ha pronunciado en diversas ocasiones, dirigiéndose a toda la comunidad eclesial, a los jóvenes, indígenas, enfermos, alejados que buscan la felicidad, la libertad y el sentido de los esfuerzos diarios. La esperanza está fundada en la presencia diaria de Cristo con todos sus hermanos de fatigas por causa del Evangelio: “Y sepan que yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin de los tiempos” (Mt 28, 20)

95. Como Iglesia arquidiocesana, volvamos de nuevo nuestra mirada a la Virgen Madre del Hijo de Dios y Madre nuestra y digamos confiadamente: “Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios. No desprecies las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien líbranos de todo peligro, ¡Oh Virgen gloriosa y bendita!” Asimismo recordemos la tierna oración que muchos de nosotros aprendimos en casa: “Dulce Madre, no te alejes, tu vista de mí no apartes, ven conmigo a todas partes y solo nunca me dejes…” Todo tiene sabor de hogar, todo nos habla del calor familiar que no podemos dejar que se apague.

El hijo cuenta con una madre excepcional

96. La Virgen María proclama a Juan Diego un mensaje que de por sí comporta un nuevo nacimiento: “¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?” VALERIANO, Antonio, o. c., v. 119María no sólo está diciéndole a Juan Diego que ella es su “Madrecita”, sino que además ella se siente honrada y agradecida por serlo.

97. Santa María de Guadalupe se coloca así en la condición de tantas madres mexicanas que desde tiempo inmemorial han expresado su maternidad en forma única, como algo más que un mero dato biológico reproductivo, o un derecho aducido para colocarse en lugar de Dios. Las expresiones referidas a esta forma de maternidad se multiplican: “la mamá cría sus hijos”, “cuida continuamente de ellos”, “vigila para que no les falte nada”, “es como esclava de todos los de su casa”, “sufre por la necesidad de cada uno”, “siempre atenta en las cosas necesarias para el hogar” SAHAGUN, Historia, o. c., Libro 10, c. 1, n° 2, p. 545. No podemos perder de vista que, sobre todo en los grandes centros urbanos, como es el caso de la ciudad de México, las condiciones laborales han cambiado mucho esta dinámica familiar; sin embargo, todavía persiste la importancia central de la figura materna en el cuidado, educación y éxito de una familia. Ciertamente tendremos que valorar mucho lo que todavía tenemos en nuestras familias y reconquistar mucho de lo perdido y por supuesto abrirnos con sabiduría a las nuevas situaciones.

98. La maternidad a la que alude la Virgen Madre es de tipo espiritual, pero con toda una proyección personal y comunitaria. Al presentarse como Madre espiritual de Juan Diego y de todos los moradores de estas y de otras tierras, la amable y maravillosa Madre de nuestro Salvador no lo hace para dejarnos en una situación infantil; no, la madre del verdaderísimo Dios viene, sí a consolar, pero también a animarnos y a urgirnos para que trabajemos tenazmente por profundizar en nuestra fe y buscar el progreso de nuestra patria por caminos de justicia y de paz Cfr. Oración colecta de la Misa para el 12 de diciembre. CONFERENCIA EPISCOPAL MEXICANA, Misal Romano, Buena Prensa 1996, p. 596.

99. La Sagrada Escritura nos ofrece un texto que inspira el trabajo comprometido y solidario de todos los días: “Ante esto ¿qué diremos? Si Dios está por nosotros ¿quién contra nosotros? El que no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien lo entregó por todos nosotros ¿cómo no nos dará con él graciosamente todas las cosas? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es quien justifica ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, el que murió; más aún el que resucitó, el que está a la diestra de Dios e intercede por nosotros? ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?.. Pero en todo esto salimos más que vencedores gracias a aquel que nos amó” (Rm 8, 31-39) Santa María del Tepeyac lo hace suyo y, como Madre y Maestra, se lo anuncia a su hijito Juan Diego.

La fe, envuelta en flores

100. Juan Diego nada pide para sí mismo o para su tío. Apenas escuchó la voz de su Niña celestial, deja sus intereses familiares y se vuelve totalmente hacia el interés de su Señora, a tal grado que incluso le suplica lo envíe a llevar la respuesta pedida por el obispo. Y el signo del que será portador, sobrepasa toda previsión.

101. Es cierto que usamos flores para expresar amor y otros nobles sentimientos, y también con sentido estético. Pero a nadie se le hubiera ocurrido que la Reina enviaría su proyecto evangelizador a través de un puñado de rosas, vinieran de donde fuera. No obstante, la Niña bendita sabía que para el pueblo indio estas eran flores de Dios, brotadas, verdecidas y florecidas en suelo mexicano, flores que significaban la realización de todo creyente indígena, a saber, la comunión efectiva y definitiva con Dios.

102. Juan Diego es el macehual, instrumento de la gracia de Dios, a través de María, conocedora de estos menesteres, pues ella misma se había confesado como “la esclava del Señor” (Cfr. Lc 1, 38) De ella recibe el encargo de subir a cortar variadas flores En un cerro donde lo único que había era mezquites, magueyes y nopales, y que en ese tiempo atravesaba por la estación invernal., de colocarlas en su ayate y de llevarlas a la presencia de la Soberana VALERIANO, Antonio, o. c., v. 125-126., quien las tomará en sus manos y las volverá a colocar en la tilma de su embajador.

103. Cuauhtlatoatzin no desempeña un papel de mero agente, sino también de sujeto libre y responsable en manos de Dios. Y este misionero está llamado a la altísima vocación de ser intermediario para que el mundo divino, el de las flores de Dios, llenas de vida, “de un olor suavísimo; como perlas preciosas, como llenas de rocío nocturno,” Ibíd., v. 130. se una al mundo humano del Tepeyac, que de por sí era árido y además se encontraba en la época de invierno. Se anunciaba así el comienzo de un nueva etapa en la historia del pueblo indígena, fidelísimo a sus dioses y que aparentemente había sido traicionado por ellos; etapa que había sido ya inaugurada definitivamente por la encarnación del Hijo de Dios, en el seno de María de Nazaret, por obra del Espíritu Santo.

104. Todo misionero debe estar plenamente consciente de la gran distinción que recibe al ser enviado para anunciar el Evangelio; ésa es su dicha y el motivo de sus desvelos. Los asuntos divinos son confiados a cada uno de nosotros, de modo que cualquiera pueda disfrutar de los diversos signos del amor que Dios nos tiene reservados en su Hijo Jesucristo. Seguimos necesitando en la Iglesia particular de la Arquidiócesis de México este tipo de evangelizadores llenos de fe, que pongan su persona entera en manos de Dios, para ir discerniendo, a la luz del Evangelio, los diversos acontecimientos de la vida diaria, de tal modo que se vayan capacitando para responder a las exigencias de dar a conocer la herencia que a todos nos tiene reservada el Padre en su Hijo amado.

Intercesor de absoluta confianza

105. El hijito menor de la celestial Señora se encuentra finalmente en el corazón de la encomienda. En frases claras y sencillas se le indica lo que tiene que decir, a quién se lo va a decir y cómo tiene que hacerlo. Se le recuerda que no va en nombre propio y que no va a expresar su voluntad Ibíd., v. 137-142.

106. Santa María del Tepeyac, Maestra divina, le enseña a su discípulo que aprenda a conjugar su respuesta obediente a Dios, a la vez que le dará su lugar al obispo, pues es la cabeza visible de la Iglesia naciente en el Valle del Anáhuac, a quien le toca juzgar y ejecutar la voluntad de la Señora del cielo. Solamente así Juan Diego podrá servir a sus hermanos como eslabón privilegiado en la cadena de otros evangelizadores que se unirán a la tarea misionera.

107. La Madre amorosa ya desde en vida canoniza a Juan Diego, ya que, además del modo como se dirige a él, lo declara no como su recadero, sino como su mensajero o embajador, como alguien de “absoluta confianza” Ibid., v.139 que llevará la imagen misma de la Madre del verdadero Dios por quien se vive.

108. El embajador emprende nuevamente el camino “contento, sosegado su corazón, porque todo saldrá bien; incluso va cuidando mucho lo que está en el hueco de su vestidura y disfrutando del aroma de las diversas preciosas flores” Ibíd., v.139 El panorama aparece profundamente optimista. La fe le hace ir adelante, no obstante que ya ha tenido la experiencia de no ser creído por el Obispo, de ser investigado, de haberse topado con un enfermo terminal. La seguridad le llega porque ha recibido con mente y corazón bien dispuesto el ofrecimiento de la dulce Señora. Y va con toda la autoridad que ha recibido de ella. Las diversas y preciosas flores son para el Macehual “corazón y cuerpo de Dios”, las lleva en su regazo con tal cuidado, como un ministro lleva la Eucaristía. La señal no es sólo para Juan Diego, sino que es para la cabeza de la Iglesia que es Juan de Zumárraga.

109. En medio de una sociedad en la que se levanta el clamor de protesta contra la corrupción, como una de nuestras grandes lacras que impiden el desarrollo en el que debemos participar todos, tenemos que sembrar semillas de esperanza y confianza. Un joven convencido de su fe, sabrá educarse en el respeto a la palabra dada; un trabajador público con vocación de servicio, se sumará a otros que con honestidad se comprometen por el bien común; un profesionista diplomado, sabrá responder cristianamente a la confianza que depositen en su capacidad; los padres de familia, aceptarán ser los colaboradores de Dios en el origen y el cuidado de la vida de sus hijos.

El nuevo rostro de la fraternidad

110. Delante de la autoridad eclesiástica, Juan Diego presenta una síntesis de su versión indígena del núcleo de su encuentro con la Reina del cielo. En su narración desaparecen todos los elementos “periféricos”, para centrarse únicamente en la voluntad de la Señora. Ella había hecho florecer nuevamente el lugar destruido por los españoles, a donde los indígenas venían desde muy lejanas tierras trayendo ofrendas para celebrar la fiesta de la Tonantzin, que quiere decir “nuestra venerable Madre” SAHAGUN, Historia…, Libro 11, Apéndice sobre Supersticiones, no. 7. p.704-705.; ésta era una buena nueva para cualquier indio devoto. Pero, al mismo tiempo, da una buena noticia, del todo novedosa: ya no se necesitan los sacrificios humanos, pues el mismo Hijo de Dios dio su vida, su sangre por toda la humanidad.

111. Juan Diego Cuauhtlatoatzin se convierte en el precursor que Dios escogió para que en México se aplicara lo que ya Cristo había realizado perfectamente y de una vez para siempre, cuando de dos pueblos (el judío y el gentil) había hecho uno solo “derribando el muro divisorio, la enemistad., haciendo las paces, y reconciliando con Dios a ambos en un solo cuerpo, por medio de la cruz, dando en sí mismo muerte a la enemistad”. (Ef 2, 14-16)

112. Las flores, que de por sí ya eran la expresión de algo sagrado, se convierten en instrumento para pintar en la tilma del embajador indígena la imagen de la Reina del Cielo, de la Madre del Hijo de Dios. Entregadas tilma y flores al obispo, tenemos la unión de dos autoridades, el macehual que llevaba la imagen de la Señora y el que es convertido en custodio de la Imagen.

113. La orientación misionera de toda la actividad de la Iglesia en la ciudad de México nos hace descubrirnos diversos en nuestra función dentro del cuerpo de Cristo, pero unidos en la única misión que el Padre le encomendó a su amado Hijo: “Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo. Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad” (Jn 17, 18-19) “Padre, los que tú me has dado, quiero que donde yo esté, estén también conmigo, para que contemplen mi gloria, la que me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo…Yo les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos” (Jn 17, 24. 26) Se abre así el vasto panorama de la presencia del laico en la obra de la evangelización de nuestra ciudad.

“Buen indio, buen cristiano”, “un varón santo”

114. La experiencia de toda una vida culminada con cantos y flores, encuentro con la Señora del Cielo, enfermedad y curación del tío Bernardino, entrevistas con el señor obispo, llevaron a Juan Diego a pedir el honor de poder dedicarse por completo al servicio de su Muchachita, viviendo a un lado del templo. Para ello solicitó la autorización del obispo Zumárraga, dada la distancia que había entre su casa y la ermita de Guadalupe. Juan Bernardino, tío de Juan Diego quiso hacer lo mismo para estar junto con su sobrino sirviendo al Señor y a su preciosa Madre, pero Juan Diego no accedió, mientras que le pedía que se dedicara a cuidar la herencia familiar de casas y tierras, lo que implicaba velar por las familias y trabajadores bajo su cuidado Cfr. IXTLILXOCHITL, o. c., p. 304-305. (Cfr. IXTLILXOCHITL Fernando de Alva, Obras Históricas, UNAM, Instituto de Investigaciones Históricas, México, 1975).

115. Obtenido el permiso del obispo, dejó todo y se retiró a la ermita de Guadalupe para servir a la Virgen, cuidando de su casita Barrer el templo dedicado a alguna divinidad, cuidar del sahumerio y del copal era un modo como los indígenas mostraban su devoción. Además lo consideraban como un privilegio o una gloria ambicionada, sobre todo si ya no podían participar en las “guerras floridas”. Cfr. MENDIETA, Fray Jerónimo de, Historia Eclesiástica Indiana, (obra escrita a finales del siglo XVI), Porrúa, 2ª. Edición Facsimilar, México 1971, p. 429. Esta comunión diaria con los intereses de la Santísima Virgen desembocó en una vida según el Espíritu de Jesucristo: A diario se ocupaba en cosas espirituales y barría el templo. Se postraba delante de la Señora del Cielo y la invocaba con fervor. Frecuentemente se confesaba y obtuvo la gracia de poder comulgar tres veces por semana, cosa excepcional para un laico de entonces. Ayunaba, hacía penitencia, se disciplinaba, se ceñía cilicio de malla y buscaba la soledad para poder entregarse a solas a la oración Cfr. IXTLILXOCHITL, o. c., p. 305. O como decía también el indio Martín de san Luis: “Que siendo de diez a doce años en muchas y diversas ocasiones le dijo Diego de Torres Bullón (…) cómo había conocido, tratado y comunicado al dicho Juan Diego Indio, porque como lleva referido era natural de este dicho Pueblo del dicho Barrio de Tlayácac, y que era un hombre (cuando se le apareció la Reina del cielo y Madre de Dios de Guadalupe) de cincuenta y seis a cincuenta y ocho años, hombre de madura edad, temerosos de Dios, y de su conciencia, y de santas costumbres, sin que diese nota de su persona, muy amigo de ir a las iglesias, y acudir a la doctrina, y divinos oficios, causando mucho ejemplo a todos los que le conocían, trataban y comunicaban”, “Testimonio de Martín de San Luis”, en Informaciones Jurídicas de 1666, f. 46r-46v. “Testimonio de Gabriel Xuárez”, en Informaciones Jurídicas de 1666, ff. 21v-22r.

116. Su vida espiritual se proyectaba en el servicio a la comunidad: era buscado como intercesor ante la Santísima Virgen, para que les diese buenos temporales en sus siembras “Testimonio de Gabriel Xuárez”, en Informaciones Jurídicas de 1666, Archivo Histórico de la Basílica de Guadalupe, Ramo Histórico, ff. 21v-22r. “Testimonio de Andrés Juan”, Idem., f. 28v., ya que estaban ciertos de “que cuanto pedía y rogaba a la Señora del cielo, todo se le concedía” IXTLILXOCHITL, Fernando de Alva, Nican Motecpana, p. 305. También: ESCALADA, Xavier, SJ, Ed. Enciclopedia Guadalupana, México 1997, t. V. Aprovechaba, además, su permanencia junto a la casita de la Virgen para evangelizar a quienes allí acudían.

117. De esta forma, el testimonio de una vida íntegra alcanzada por Juan Diego, bajo la acción de la gracia divina, provocó una fama de santidad reconocida por quienes entraban en contacto con él. Marcos Pacheco, el primero de los siete indios ancianos, informantes de Cuauhtitlán, que declararon en el proceso de 1666, nos ofrece una síntesis al respecto: “Era un indio que vivía honesta y recogidamente, que era muy buen cristiano y temeroso de Dios y de su conciencia, y de muy buenas costumbres y modo de proceder, en tanta manera que, en muchas ocasiones le decía a este testigo la dicha de su tía: ‘Dios os haga como Juan Diego y su tío’, porque los tenía por muy buenos indios y muy buenos cristianos”, concepto en que concuerdan los otros seis testigos Los nombres de los otros seis testigos, además de Marcos Pacheco, son: Gabriel Xuárez, Andrés Juan, doña Juana de la Concepción, don Pablo Xuárez, don Martín de san Luis, don Juan Xuárez y Catarina Mónica, en: SADA Lambretón, Ana María, Las Informaciones Jurídicas de 1666 y el beato Juan Diego, Ed., Hijas de María Inmaculada de Guadalupe, México 1991, p. 105.; otro testimonio es el de Andrés Juan, quien se refería a Juan Diego llamándolo “varón santo” “Testimonio de Andrés Juan”, en Informaciones Jurídicas de 1666, Archivo Histórico de la Basílica de Guadalupe, Ramo Histórico, f. 28v. y “varón santísimo” “Testimonio de Martín de san Luis”, en Informaciones Jurídicas de 1666, f. 46v.

118. Efectivamente, Juan Diego era tenido por el pueblo como “un indio bueno y cristiano”, o como “un varón santo”. Ambos títulos eran más que suficientes para expresar la buena fama de que gozaba, lo cual se ve reafirmado por el hecho de que lo propusieran como ejemplo para los demás y de que se acercaran a él para que intercediera por necesidades personales y del pueblo. Así pues, Juan Diego no sólo intercedió a favor del sostenimiento de la vida, sino que también a través de su testimonio motivó que hubiera un punto de referencia familiar. El Nican Motecpana exclama sobre la vida ejemplar del beato: “¡Ojalá que así nosotros le sirvamos y que nos apartemos de todas las cosas perturbadoras de este mundo, para que también podamos alcanzar los eternos gozos del cielo!” IXTLILXOCHITL, o. c., p. 305.

119. En Juan Diego se hace realidad la tradición oral de nuestros pueblos indígenas, que se ha mantenido desde tiempo inmemorial hasta el día de hoy. Una de estas tradiciones que actualmente se comunica de padres a hijos, de abuelos a nietos, proclama: “Apareció, así lo dicen los Jefes, en el Cerro del Anáhuac, una señal del mismo Cielo, a donde llega la manzana del Volador: una Mujer con gran importancia, más que los mismos Emperadores, que, a pesar de ser mujer, su poderío es tal que se para frente al Sol, nuestro dador de vida, y pisa la Luna, que es nuestra guía en la lucha por la luz, y se viste con las Estrellas, que son las que rigen nuestra existencia y nos dicen cuándo debemos sembrar, doblar o cosechar. Es importante esta Mujer, porque se para frente al Sol, pisa la Luna y se viste con las Estrellas, pero su rostro nos dice que hay alguien mayor que Ella, porque está inclinada en signo de respeto. Nuestros mayores ofrecían corazones a Dios, para que hubiera armonía en la vida. Esta Mujer dice que, sin arrancarlos, le pongamos los nuestros entre sus manos, para que Ella los presente al verdadero Dios” “Tradición oral de San Miguel Zozocolco, Veracruz”, recogida por el P. Ismael Casas en 1995, en Sagrada Congregación para las Causas de los Santos, Archivo para la Causa de Canonización de Juan Diego.

120. Una personalidad como la de Juan Diego, vivida en fidelidad a la voluntad divina y al servicio de los hermanos se convierte, para cualquier bautizado, en un modelo que llama a la conciencia y nos anima a confrontar nuestro estilo de vida con el Evangelio de Jesucristo, y a integrarnos con los demás miembros del pueblo de Dios para seguir colaborando en la misión a favor de esta ciudad de México. Contemplación, oración, práctica sacramental, ayuno y penitencia, misión, son parte de la personalidad espiritual del agente laico evangelizador.

JUAN DIEGO, Y EL DESAFÍO PARA LA MISIÓN DE LOS LAICOS HOY DÍA

121. Esta es la hora de los laicos. Su presencia en medio de las realidades temporales les hace contar con un amplio radio de acción para dar testimonio de su bautismo. Ayudar en la santificación de estas realidades significará hacer presentes los criterios del Evangelio que inspiren las actividades de todos los que trabajan por el bien común.

122. La canonización no separa a Juan Diego de su pueblo, más bien abre el espacio para que puedan entrar en “su mundo” los diversos indígenas, dondequiera que se encuentren, y cualquier miembro del pueblo de Dios. Ser elevado a los altares significa que su identidad como hombre de su tiempo ha recibido la perfección por obra del Espíritu de Cristo resucitado, y este mismo Espíritu es el que le da al santo su apertura a la sociedad y a la Iglesia. Si ha llegado a la perfección, quiere decir que ha tenido que recorrer un largo camino, en el que progresivamente fue encontrando la respuesta a Dios que lo buscó y a sus hermanos que seguirán tocando a su puerta.

123. En su itinerario personal mucho tuvo que ver la asimilación de los valores familiares y culturales de su tiempo. La acción de la gracia encontró un terreno abonado y fértil, de modo que cuando oyó la predicación evangélica, descubrió la cercanía de Ometéotl, “Señor de la dualidad” “Señor del cerca y del junto”. Y así comenzó la nueva etapa de su vida, ahora bajo el explícito conocimiento de Jesucristo, de su Padre y del Espíritu, todo bajo el signo de una Mujer vestida de Sol.

124. Habiendo entrado en el camino de la conversión, fue progresivamente llevado de la mano hasta convertirse en un evangelizador para sus hermanos. La comunión con Dios se convirtió en comunión y servicio con los hermanos, y por lo mismo misión (ChL 32). Gracias a esta comunión pudo dar fruto abundante. Cristo mismo así lo proclamó cuando a sus discípulos decía “El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto” (Jn 15, 5)

Compromiso Evangelizador

125. Mirar a Juan Diego significará en primer lugar, tomar conciencia de la propia identidad y de los valores que cada uno ha heredado de la familia, de la parroquia, de la escuela, de algún amigo o de algún acontecimiento que haya sido significativo en la experiencia de todos los días.

126. Habiendo valorado esto, viene el momento de reconocer la presencia de Dios en la vida personal y en la vida de los demás. La experiencia de Dios marca la existencia de quien se deja amar; le abre nuevos horizontes y le introduce en una dinámica nueva. Juan Diego vivió este itinerario y encontró una escuela maravillosa. Su maestra fue nada menos que la Siempre Virgen Santa María, Madre del Verdaderísimo Dios por quien vivimos, somos y existimos, Madre compasiva y misericordiosa, Madre del Amor y de la santa esperanza. Obedeciendo la voluntad de Dios aprendió a ser constante y a enfrentar los retos de la vida.

127. Los laicos están llamados a participar en la nueva civilización del amor: oficios diversos, insertos en la comunidad, multiplicidad de vocaciones inspiradas en el amor creador de Dios, hacen que la presencia de los laicos en el mundo sea como la presencia del alma en el cuerpo.

128. Nacida del bautismo, su vocación cristiana es vocación de servicio; su ocupación esencial es evangelizar: llevar a todos, con las palabras y el testimonio diario el Evangelio que anuncia y realiza la salvación. Vocación de llevarnos a todos a Jesucristo.

El idioma del cristiano en camino de conversión

129. La misión de evangelizar en medio de la sociedad requiere que aceptemos que nuestros sentimientos y actitudes encuentren su dinamismo en el Espíritu de Jesucristo. El cambio de actitudes, criterios y conducta es una expresión de la libertad de vivir según los criterios de este Espíritu; y es aquí donde encuentra su lugar la caridad como fuente constante del vivir cristiano. Su idioma tiene diversos vocablos que encierran otros tantos criterios para hacer presencia de Cristo misionero.

A) Hondamente contemplativos

130. La mano de Dios está presente en toda su creación. Cada uno de nosotros está llamado a contemplar los reflejos de la belleza y bondad del Padre creador en el mundo animal, vegetal, humano. Debemos aprender a vivir los momentos de rectificación en la vida, de reconciliarnos contemplando al que pende de la cruz, con su costado y brazos abiertos. Hay que ejercitarnos en experimentar las diversas facetas del amor en las relaciones interpersonales, más allá de una mera manifestación de instintos o de necesidades biológicas, sino también y principalmente como expresiones del amor del Espíritu que habita en nuestros corazones.

131. La experiencia de Juan Diego, aun cuando es personal, puede motivarnos mucho, pues supo aquilatar los valores de su cultura, aprendió a relacionarlos con los valores propuestos por el cristianismo, se ejercitó en proyectarlos en el servicio a sus contemporáneos y los modeló en la escuela de María de Guadalupe. Para lograrlo necesitó ser un hombre de gran contemplación y profundidad en las cosas de la vida, de la religión, de la familia, de las autoridades y un laico cercano y comprometido por evangelizar a sus hermanos.

B) Ambiciosamente dialogantes

132. Comunicarnos como personas y ser escuchados es una necesidad para superar tantos traumas o golpes afectivos que aquejan nuestra vida. La misión que Cristo nos encomienda es muy ambiciosa y tiene que desarrollarse en un constante diálogo con Dios y con los hermanos. En efecto, debe llegar a todas las gentes de todos los pueblos, a los sectores y ambientes diversos de nuestra ciudad, a las familias, los jóvenes, los pobres. Al mismo tiempo es una propuesta en el amor, no una imposición, por bien motivada que sea. Quien es contemplativo, sabe escuchar la voz de Dios en quien pasa necesidad, cualquiera que ésta sea, y también sabe comprometerse efectivamente con quien requiere su apoyo.

133. La Misión que estamos llevando a cabo en la ciudad de México nos está urgiendo a caminar más, a evangelizar con renovados bríos y con imaginación pastoral, a salir a buscar a tantos alejados del influjo del Evangelio para despertar en ellos la alegría de encontrarse con Cristo, se dejen amar por él y se comprometan solidariamente en el bien de los demás. Siguen existiendo muchos ambientes y sectores de la sociedad en donde no ha resonado la Voz que busca amigos para compartir la vida entera. Es una exigencia evangélica que involucremos nuestras personas y nos preparemos para evangelizar a los hermanos, como en su tiempo lo hizo Juan Diego.

C) Siempre marianos

134. Si queremos que la Nueva Evangelización provoque este renovada vitalidad pastoral, debemos reconocer que en México y en nuestro continente Americano pasa por la mediación de María. Así comenzó la evangelización en nuestras tierras y así se ha desarrollado nuestra identidad nacional y continental. Aquella que es Madre y Maestra del Hijo de Dios, tiene mucho que decirnos a los que hemos sido adoptados gracias al bautismo. Volver constantemente a su imagen, nos llevará a tener una sana imaginación espiritual y pastoral. Releer nuestra historia a la luz del Acontecimiento Guadalupano, despertará en nosotros el deseo de acercarnos a Juan Diego para aprender de él sus diversas virtudes: apertura a Dios, disponibilidad para la misión, veneración de la imagen de Dios en cada hermano, tenacidad para enfrentar los retos que implica su vocación, caridad fraterna.

Religiosidad popular y Evangelización

135. Es indudable que la tradición del pueblo con sus jerarcas ha sabido valorar la gracia que Dios nos ha ofrecido en el indio Juan Diego. Su experiencia de ir y venir entre la Reina del Cielo, Fray Juan de Zumárraga y Juan Bernardino, con la mezcla de sentimientos que iban desde la alegría hasta la preocupación, la afluencia hacia la ermita de diversas personas, marcaron el camino que muchas generaciones hasta el día de hoy siguen recorriendo.

136. Las peregrinaciones de grupos parroquiales, de obreros, comerciantes, colonias, voceros de periódicos, diócesis, familias, extranjeros, danzantes, son valiosas expresiones vivientes de fe individual y comunitaria, cuya fuerza evangelizadora debemos motivar con el Evangelio, de modo que exista coherencia entre fe y vida, que se traduzca en un compromiso cristiano a favor de nuestra ciudad.

137. Así pues, debemos seguir descubriendo el encanto de esta “casita” de Santa María de Guadalupe, punto donde confluyen y se hermanan familias e individuos de diversos rumbos. Todavía queda mucho que recorrer para que podamos tener la identidad que Cristo nos mereció con su encarnación, muerte y resurrección. Sin embargo, este peregrinar constante nos enseña que formamos parte de un pueblo que ya camina hacia la casa del Padre.

138. Junto a la Morenita siempre encontraremos a su embajador y mensajero. Al ir siguiendo su itinerario, nos hemos dado cuenta de que su valor no es únicamente para los de su misma sangre, sino también para todos los que tenemos un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo y un solo Dios y Padre.(Cfr. Ef 4,5). Por lo mismo, su figura no puede quedar reducida a algo folklórico; es una personalidad normal ofrecida como inspiración para todos los que quieran dejarse guiar por Dios y colaborar en la formación de una comunidad más fraterna animada por los valores evangélicos.

Una aportación de la Iglesia en México para la Iglesia en América

139. El Acontecimiento Guadalupano y Juan Diego Cuauhtlatoatzin tienen un marcado sentido eclesial y misionero, de gran significado para entonces y para nosotros hoy día. El Hecho Guadalupano es la síntesis del mundo cultural y religioso precolombino y el cristiano llegado de Europa, transformada evangélicamente: de los dos pueblos, Dios hizo uno solo. Ante la riqueza del Evangelio de Cristo caen las barreras que levantan las diversas culturas, porque la salvación abarca a todos como un proyecto eterno y divino, fraguado y llevado a término en la caridad; de este modo podemos afirmar que Dios ha apostado todo por el amor.

140. Por su parte Juan Diego Cuauhtlatoatzin fue el eslabón entre el mundo antiguo mexicano, no cristiano, y la propuesta misionera venida por la mediación de España. El es el elegido por Dios para el encuentro de Jesucristo con la cultura indígena, a través de la mediación de María.

141. Los misioneros españoles descubrieron que debían asumir la defensa de los derechos humanos de los conquistados, frente a sus compatriotas que se confesaban cristianos, pero que estaban lejos de demostrarlo a través de las obras. Sin optar a favor de uno en contra del otro, los misioneros presentaron el hecho cristiano como un hecho significativo de reconciliación para ambos.

142. El Acontecimiento Guadalupano fue la confirmación de esta metodología misionera del anuncio cristiano, por lo que con toda razón podemos afirmar que en todo mexicano existe un rasgo de Zumárraga y de Juan Diego, ambos arrodillados frente a María De Guadalupe Cfr. ALTAMIRANO, Ignacio Manuel, La Fiesta de Guadalupe, México 1884, p. 1130-1133.

143. La historia del Acontecimiento Guadalupano y Juan Diego da testimonio de que la nación mestiza que se ha ido formando a lo largo de estos últimos cinco siglos, en medio de luchas y conquistas en el campo religioso, político, social y cultural ha desembocado en dar un paso más en la consolidación de la Iglesia en América Latina, con una fuerte dosis de identidad como Iglesia católica. Esto significa que el Acontecimiento Guadalupano va más allá de una sola nación.

144. Juan Pablo II ha querido que este tesoro sea compartido con todo el continente americano. Nació como un regalo de amor de Dios y como una respuesta de gracia a una situación dramática de oposición entre dos culturas, sin esperanza de solución humana, y que no le ahorraron ni las luchas ni las incomprensiones fratricidas. Por lo mismo se puede entender la actitud repetida de Juan Pablo II en presentar la vocación del Tepeyac como “corazón mariano de América”, “auténtico cenáculo de comunión eclesial”, “experiencia fraterna de encuentro con el Señor resucitado, camino para la conversión, la comunión y la solidaridad en América”, y por lo mismo ha declarado el 12 de diciembre Fiesta de Santa María de Guadalupe obligatoria para todo el Continente. Todo esto, sin Guadalupe ni Juan Diego no hubiera sido posible.

145. El milagro de este encuentro es todavía incompleto, pero el Hecho Guadalupano tiene todavía mucho que aportar para que este ideal avance un paso más, hasta que llegue a su realización definitiva en el cielo.

CONCLUSIÓN

146. Vivimos en la actualidad una etapa difícil de nuestra historia: sufrimientos por la crisis internacional, fuerte carencia de valores humanos y espirituales, angustia existencial de los jóvenes que no encuentran su identidad ni su misión en el mundo, hedonismo y odio que corrompen el corazón humano, tanta pobreza e injusticia social que golpean la dignidad de hermanas y hermanos, todos aquellos que se han alejado del verdadero Dios, tanto desperdicio de riquezas y cualidades culturales, personales y sociales, en fin, tantos miedos para vivir, para compartir, para amar de verdad.

147. Necesitamos la participación de todos para hacer realidad la construcción del “templo” que pidió Santa María de Guadalupe, a saber, el templo de nuestra ciudad, de nuestra nación y de otras naciones. Se trata de alcanzar una identidad que parta de nuestras conciencias, se construya en medio de nuestras familias, para que desde ahí sea proclamado el mensaje de nueva vida en Dios, que Nuestra Señora de Guadalupe ha hecho florecer para el mundo entero.

148. Querido Juan Diego, muéstranos dónde quiere la Reina del Cielo, nuestra amada Niña, nuestra Madre, nuestra Señora de Guadalupe que le edifiquemos su templo; en qué corazón, en qué alma, en qué espíritu debemos construir la fe, esperanza y amor. Dinos dónde recogiste estas hermosas flores llenas de rocío matinal, dónde estaban arraigadas, quién las hizo crecer para nosotros, quién las acarició y las acomodó en tu tilma. Queremos ser esas nuevas rosas que florezcan en nuestro valle a veces tan frío, tan árido de civilidad. Queremos seguir dibujando con el pincel del Espíritu de Dios el rostro mestizo y moreno de cada habitante de esta ciudad, rostro donde resida y crezca el amor.

Dinos, querido Juan Diego, indio diligente y obediente, indio noble y paciente, indio fiel y verdadero, dónde debemos ir, por cuál sendero debemos caminar, para llevar a este pueblo delante de santa María de Guadalupe, para que sean escuchados sus ruegos, sus tristezas, sus llantos, para que sean acariciados por esas manos cobijadoras de Madre.

Condúcenos, amado Juan Diego, ante la Muchachita Morena del Tepeyac, nuestra Madre amorosa y compasiva, pues creemos en el mensaje del que fuiste testigo y nos has transmitido como fiel misionero de Dios. Por ti sabemos que la Reina y Señora nos ha colocado en su corazón, que estamos bajo su sombra y resguardo, que es la fuente de nuestra alegría, que estamos en el hueco de su manto, en el cruce de sus brazos; sabemos y estamos seguros de que es ella quien nos conduce al verdadero Dios por quien vivimos y somos. Gracias, Juan Diego, varón santo, felicidad de México, de América y de la Iglesia entera.

Amén

México, D. F., 26 de febrero de 2002, día en que el Santo Padre Juan Pablo II ha anunciado oficialmente, en solemne consistorio, su decisión de viajar a la Ciudad de México para la canonización del Beato Juan Diego Cuauhtlatoatzin.

+ NORBERTO CARDENAL RIVERA C., ARZOBISPO PRIMADO DE MEXICO

HOMILÍA Durante la solemne misa de canonización del beato Juan Diego
miércoles 31 de julio

Hombre fiel, humilde, bueno y cristiano, protagonista de la nueva identidad mexicana

1. “¡Yo te alabo, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! ¡Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien!” (Mt 11, 25).

Queridos hermanos y hermanas, estas palabras de Jesús en el evangelio de hoy son para nosotros una invitación especial a alabar y dar gracias a Dios por el don del primer santo indígena del continente americano.

Con gran gozo he peregrinado hasta esta basílica de Guadalupe, corazón mariano de México y de América, para proclamar la santidad de Juan Diego Cuauhtlatoatzin, el indio sencillo y humilde que contempló el rostro dulce y sereno de la Virgen del Tepeyac, tan querido por los pueblos de México.

2. Agradezco las amables palabras que me ha dirigido el señor cardenal Norberto Rivera Carrera, arzobispo de México, así como la calurosa hospitalidad de los hombres y mujeres de esta arquidiócesis primada: para todos mi saludo cordial. Saludo también con afecto al cardenal Ernesto Corripio Ahumada, arzobispo emérito de México, y a los demás cardenales, a los obispos mexicanos, de América, de Filipinas y de otros lugares del mundo. Asimismo, agradezco particularmente al señor presidente y a las autoridades civiles su presencia en esta celebración.

Dirijo hoy un saludo muy entrañable a los numerosos indígenas venidos de las diferentes regiones del país, representantes de las diversas etnias y culturas que integran la rica y pluriforme realidad mexicana. El Papa les expresa su cercanía, su profundo respeto y admiración, y los recibe fraternalmente en el nombre del Señor.

3. ¿Cómo era Juan Diego? ¿Por qué Dios se fijó en él? El libro del Eclesiástico, como hemos escuchado, nos enseña que sólo Dios “es poderoso y sólo los humildes le dan gloria” (Si 3, 20). También las palabras de san Pablo proclamadas en esta celebración iluminan este modo divino de actuar la salvación: “Dios ha elegido a los insignificantes y despreciados del mundo; de manera que nadie pueda presumir delante de Dios” (1 Co 1, 28-29).

Es conmovedor leer los relatos guadalupanos, escritos con delicadeza y empapados de ternura. En ellos la Virgen María, la esclava “que glorifica al Señor” (Lc 1, 46), se manifiesta a Juan Diego como la Madre del verdadero Dios. Ella le regala, como señal, unas rosas preciosas y él, al mostrarlas al obispo, descubre grabada en su tilma la bendita imagen de Nuestra Señora.

“El acontecimiento guadalupano -como ha señalado el Episcopado mexicano- significó el comienzo de la evangelización con una vitalidad que rebasó toda expectativa. El mensaje de Cristo a través de su Madre tomó los elementos centrales de la cultura indígena, los purificó y les dio el definitivo sentido de salvación” (14 de mayo de 2002, n. 8). Así pues, Guadalupe y Juan Diego tienen un hondo sentido eclesial y misionero y son un modelo de evangelización perfectamente inculturada.

4. “Desde el cielo el Señor, atentamente, mira a todos los hombres” (Sal 32, 13), hemos recitado con el salmista, confesando una vez más nuestra fe en Dios, que no repara en distinciones de raza o de cultura. Juan Diego, al acoger el mensaje cristiano sin renunciar a su identidad indígena, descubrió la profunda verdad de la nueva humanidad, en la que todos están llamados a ser hijos de Dios en Cristo. Así facilitó el encuentro fecundo de dos mundos y se convirtió en protagonista de la nueva identidad mexicana, íntimamente unida a la Virgen de Guadalupe, cuyo rostro mestizo expresa su maternidad espiritual que abraza a todos los mexicanos. Por ello, el testimonio de su vida debe seguir impulsando la construcción de la nación mexicana, promover la fraternidad entre todos sus hijos y favorecer cada vez más la reconciliación de México con sus orígenes, sus valores y tradiciones.

Esta noble tarea de edificar un México mejor, más justo y solidario, requiere la colaboración de todos. En particular es necesario apoyar hoy a los indígenas en sus legítimas aspiraciones, respetando y defendiendo los auténticos valores de cada grupo étnico. ¡México necesita a sus indígenas y los indígenas necesitan a México!

Amados hermanos y hermanas de todas las etnias de México y América, al ensalzar hoy la figura del indio Juan Diego, deseo expresarles la cercanía de la Iglesia y del Papa a todos ustedes, abrazándolos con amor y animándolos a superar con esperanza las difíciles situaciones que atraviesan.

5. En este momento decisivo de la historia de México, cruzado ya el umbral del nuevo milenio, encomiendo a la valiosa intercesión de san Juan Diego los gozos y esperanzas, los temores y angustias del querido pueblo mexicano, que llevo tan dentro de mi corazón.

¡Bendito Juan Diego, indio bueno y cristiano, a quien el pueblo sencillo ha tenido siempre por varón santo! Te pedimos que acompañes a la Iglesia que peregrina en México, para que cada día sea más evangelizadora y misionera. Alienta a los obispos, sostén a los sacerdotes, suscita nuevas y santas vocaciones, ayuda a todos los que entregan su vida a la causa de Cristo y a la extensión de su Reino.

¡Dichoso Juan Diego, hombre fiel y verdadero! Te encomendamos a nuestros hermanos y hermanas laicos, para que, sintiéndose llamados a la santidad, impregnen todos los ámbitos de la vida social con el espíritu evangélico. Bendice a las familias, fortalece a los esposos en su matrimonio, apoya los desvelos de los padres por educar cristianamente a sus hijos. Mira propicio el dolor de los que sufren en su cuerpo o en su espíritu, de cuantos padecen pobreza, soledad, marginación o ignorancia. Que todos, gobernantes y súbditos, actúen siempre según las exigencias de la justicia y el respeto de la dignidad de cada hombre, para que así se consolide la paz.

¡Amado Juan Diego, “el águila que habla”! Enséñanos el camino que lleva a la Virgen Morena del Tepeyac, para que ella nos reciba en lo íntimo de su corazón, pues ella es la Madre amorosa y compasiva que nos guía hasta el verdadero Dios.

Amén

Antes de impartir la bendición, el Vicario de Cristo dirigió las siguientes palabras:

Al concluir esta canonización de Juan Diego, deseo renovar el saludo a todos los que habéis podido participar, algunos desde esta basílica, otros desde los aledaños y muchos más a través de la radio y la televisión. Agradezco de corazón el afecto de cuantos he encontrado en las calles que he recorrido. En el nuevo santo tenéis el maravilloso ejemplo de un hombre de bien, recto de costumbres, leal hijo de la Iglesia, dócil a los pastores, amante de la Virgen, buen discípulo de Jesús. Que sea modelo para vosotros que tanto lo amáis, y que él interceda por México para que sea siempre fiel. Llevad a todos el mensaje de esta celebración y el saludo y el afecto del Papa a todos los mexicanos.

5 minutos al día que cambiarán tu vida