Chiara Lubich

Chiara Lubich

Un carisma evangélico y fecundo.

Una corriente de vida y de pensamiento.

Un pueblo nacido del Evangelio.

“Cuando Dios toma en sus manos a una criatura para hacer surgir una obra suya en la Iglesia, la persona elegida no sabe lo que tendrá que hacer. Es un instrumento. Éste, creo, puede ser mi caso”. Chiara nos da aquí la clave para leer una historia mil veces contada, que suele comenzar con una fórmula: “Eran tiempos de guerra y todo se derrumbaba…”.
En efecto, recrudecía la Segunda Guerra Mundial y se sucedían violentos bombardeos. De aquellas vicisitudes iniciales nació un movimiento que tiene las características propias de una obra de Dios: “Fecundidad y difusión desproporcionadas a cualquier fuerza o genio humano, cruces, cruces, pero también frutos, frutos, abundantes frutos. Los instrumentos de Dios suelen tener, además, una peculiaridad: la pequeñez, la debilidad… Mientras un instrumento se mueve en las manos de Dios, él lo moldea con innumerables roces dolorosos y gozosos. De este modo, lo hace cada vez más adecuado al trabajo que debe realizar. Hasta que, adquirida una profunda conciencia de sí mismo y una cierta intuición de Dios, el instrumento puede decir con competencia: yo soy nada, Dios es todo. Cuando la aventura comenzó en Trento, yo no tenía un programa, no sabía nada. La idea del Movimiento estaba en Dios, el proyecto estaba en el Cielo”.

UNA JOVEN LLAMADA SILVIA

Silvia –tal es su nombre de pila– nace en Trento el 22 de enero de 1920, la segunda de cuatro hijos. El padre, Luigi Lubich, comerciante de vinos, ex tipógrafo socialista y antifascista, en su momento había sido colega del Benito socialista, y luego intransigente adversario político del Mussolini fascista. La madre, Luigia, adhiere a una fuerte fe religiosa tradicional. El hermano mayor, Gino, después de interrumpir sus estudios de medicina, militará en la guerrilla antifascista, para luego ser periodista del diario L’Unitá, órgano del partido comunista italiano.

A los dieciocho años Silvia obtiene el diploma de maestra con las mejores calificaciones. Intenta ser admitida a la Universidad Católica de Venecia para estudiar filosofía, pero no lo consigue: en casa de los Lubich no hay dinero suficiente para continuar los estudios en una institución paga o en otra ciudad, y Silvia se ve obligada a trabajar. Entre 1940 y 1941 da clases en la Obra seráfica de los franciscanos de Trento.

7 DE DICIEMBRE

El punto de partida decisivo de su experiencia humano-divina se manifestará durante un encuentro de estudiantes católicas en 1939, en la ciudad de Loreto donde, según la tradición, se conserva dentro de una gran iglesia la casita de la Sagrada Familia de Nazareth. Chiara participa del encuentro, pero “apenas puedo –escribe luego– corro a la casita. Me arrodillo… Algo nuevo y divino me envuelve, casi me aplasta. Contemplo mentalmente la vida virginal de los tres: ‘María ha vivido aquí –pienso–. José habrá atravesado la habitación de acá hasta allá. En medio de ellos, éste habrá sido el lugar que Jesús conoció durante años. Entre sus paredes habrá resonado su vocecita infantil…’. Cada uno de estos pensamientos me abruma, me oprime el corazón, las lágrimas caen sin control. Así llega el último día. La iglesia está colmada de jóvenes. Me pasa por la mente una idea clara, que no se borrará más: ‘te seguirá una legión de vírgenes’”.

Cuando regresa a Trento, a Chiara se la verá radiante, feliz. Aunque no sabe con exactitud cómo se concretará, siente que ha encontrado su camino. Pero no será igual a ninguna de las vocaciones tradicionales: ni el convento, ni el matrimonio o la consagración en el mundo.

Entre 1939 y 1943, Chiara sigue estudiando, trabajando y dedicándose al servicio de la Iglesia. Cuando es admitida como terciaria franciscana, adopta el nombre de Chiara en honor a la santa de Asís.

Un día de mucho frío, se ofrece para ir a buscar la leche en lugar de sus hermanitas. Tiene veintitrés años cumplidos. En un paraje conocido como “Virgen blanca”, advierte que Dios la llama: “Date toda a mí”. Sin perder tiempo, le escribe a un sacerdote capuchino, el padre Casimiro Bonetti, solicitando el permiso de consagrarse totalmente a Dios. Después de un profundo coloquio, lo obtiene, y se consagra a las seis de la mañana del 7 de diciembre de 1943.

Ese día Chiara no tenía ninguna intención de fundar algo: simplemente “se desposaba con Dios”. Eso era todo para ella. Sólo tiempo después se le atribuyó a esa fecha el inicio simbólico del Movimiento de los Focolares. Como escribirá más tarde Chiara, ese día “la felicidad interior era inexplicable, secreta, pero contagiosa”.

LAS COMPAÑERAS

“Contagioso” es el adjetivo adecuado para expresar lo que sucede en los meses siguientes. Chiara conoce a otras jóvenes que quieren seguir su camino: Natalia, primero, luego Doriana y Giosi; más adelante Graziella y dos hermanas, Gisella y Ginetta, Bruna y Aletta; otras dos hermanas, Valeria y Angelella… El camino del focolar todavía no está definido, salvo por el “radicalismo evangélico absoluto” de Chiara.

En esos meses la guerra azota a Trento. Muertos, ruinas, escombros. Ante cada bombardeo, ella y sus compañeras se dan cita en el mismo refugio. Es demasiado fuerte el deseo de estar juntas y descubrir cómo ser cristianos, cómo poner en práctica el Evangelio, después de aquella intuición que las había llevado a poner a Dios amor en el centro de sus jóvenes vidas.

Cada acontecimiento nos tocaba profundamente –dirá más tarde Chiara–. La lección que Dios nos ofrecía a través de las circunstancias resultaba clara: todo es vanidad de vanidades, todo pasa. Pero, al mismo tiempo, Dios suscitaba en mi corazón una pregunta y con ella, una respuesta: ‘¿Habrá un ideal que no muera, que ninguna bomba pueda destruir, y al que podamos entregarnos con todo nuestro ser?’ Sí, Dios. Decidimos entonces hacer de Dios el ideal de nuestra vida”.

El ABANDONADO

En el mes de mayo, en el sótano de la casa de Natalia, a la luz de una vela, esas jóvenes leen el Evangelio, algo ya habitual para ellas. Lo abren al azar y se encuentran con la oración de Jesús antes de morir: “Padre, que todos sean uno” (Jn 17, 21). El testamento de Jesús es un texto extraordinario y complejo, estudiado por teólogos y exégetas a lo largo de la historia. En ese tiempo, sin embargo, se trata de una página algo olvidada, por lo misteriosa que suena a la mayoría. Además, la palabra “unidad” es parte del vocabulario de los comunistas que, en cierto sentido, reclaman su monopolio.

“Pero esas palabras parecieron iluminarse una a una –escribirá Chiara–, y nos pusieron en el corazón la convicción de que habíamos nacido para ‘esa’ página del Evangelio”.

Cierto día, un sacerdote les pregunta: “¿Saben cuál fue el dolor más grande de Jesús?”. Siguiendo la mentalidad común de los cristianos de entonces, las chicas contestan: “El que padeció en el Huerto de los Olivos”. En cambio, el sacerdote replica: “No, Jesús sufrió más cuando en la cruz gritó: ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’”. Hondamente impresionada por esas palabras, apenas se quedan solas, Chiara llega a una conclusión: “Tenemos una sola vida, usémosla lo mejor que podamos. Si el dolor más grande de Jesús fue el abandono por parte de su Padre, vamos a seguir a Jesús abandonado”. Desde ese momento, para Chiara él será el Esposo, el único, de la vida.

LA CASITA

Mientras tanto, la guerra no da tregua. Las familias de casi todas las chicas se han refugiado en las aldeas de las montañas que rodean la ciudad de Trento. Ellas, en cambio, han decidido permanecer en la ciudad, por motivo de trabajo, de estudio o, como Chiara, para no abandonar a las muchas personas que comienzan a congregarse. Luego de un tiempo en casa de una conocida, en septiembre de 1944, Chiara encuentra un pequeño departamento en el número 2 de Piazza Cappuccini, adonde se muda con algunas de sus nuevas amigas –primero Natalia y poco a poco, las otras–. Es el primer focolar: dos modestos ambientes al pie de la Iglesia de los capuchinos.

En esos meses, las jóvenes que viven allí, como también las personas que las rodeaban, advierten en su vida un salto cualitativo. Tienen la impresión de que Jesús está cumpliendo su promesa: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, yo estoy presente en medio de ellos” (Mt 18, 20). Ponen todo en acción para evitar que su presencia se desvanezca. “Mucho más tarde –puntualizará Chiara–, se comprenderá: era una reproducción en germen, sui generis, de la casa de Nazareth: una convivencia de vírgenes (y muy pronto de casados) con Jesús en medio de ellos”. Era “el focolar” (en las casas trentinas, el focolare es la estufa a leña, el hogar, el lugar más cálido que en las frías veladas invernales reúne a la familia) donde el fuego del amor caldea los corazones y colma las exigencias de la mente. “Pero, para tenerlo con nosotras –les explica a sus compañeras– hay que estar dispuestas a dar la vida una por otra. Jesús está espiritual y plenamente presente entre nosotras si estamos unidas así. El es quien dijo: ‘Que también ellos sean uno en nosotros para que el mundo crea’”.

De hecho, en torno a ese pequeño grupo se sucede una serie impresionante de adhesiones al proyecto de unidad recién esbozado. No faltan las conversiones de todo tipo. Se refuerzan vocaciones en crisis y florecen otras nuevas. Muy pronto, también muchachos y hombres adultos comienzan a seguir la opción de vida de las chicas del focolar.

El fervor crece sin medida, tanto que, ya en 1945, alrededor de quinientas personas –de todas las edades, hombres y mujeres, de distintas vocaciones y condiciones sociales– comparten el ideal de esas jóvenes. Entre ellos todo se pone en común, como sucedía en las primeras comunidades cristianas.

LOS CONFINES DE LA TIERRA

En el Evangelio leen: “Den y se les dará”. Palabras que se transforman en una experiencia cotidiana. Dan, dan siempre, las chicas y sus amigos, y también reciben. Vuelven a dar y nuevamente reciben. ¿Apenas queda un huevo para preparar la cena común? Se lo ofrecen a un pobre que ha llamado a la puerta. Más tarde alguien deja en el umbral una docena de huevos.

También está escrito: “Pidan y se les dará”. Piden, entonces, para cubrir las muchas necesidades, no tanto de ellas como de los prójimos que las padecen. Y en plena guerra llegan bolsas de harina, cajas de leche, latas de mermelada, leña, ropa. No pocas veces en el focolar se sientan a la mesa, con el mejor mantel y mil atenciones, intercalados, una persona pobre y una focolarina, un pobre y otra focolarina.

El día de la fiesta de Cristo Rey, Chiara y sus compañeras se reúnen en torno al altar. Con simplicidad, se dirigen a Jesús y le piden: “Tú sabes cómo realizar la unidad. Aquí estamos. Si quieres, úsanos”. La liturgia del día les resulta fascinante: “Pídeme –dice el salmo– y te daré en posesión las gentes y en dominio los confines de la Tierra”. En su simplicidad evangélica, piden nada menos que “los últimos confines de la Tierra”: para ellas, Dios es omnipotente.

Todo esto no podía dejar indiferente a la ciudad, en ese entonces de pocos miles de habitantes, y mucho menos a la Iglesia trentina.

«AQUÍ ESTÁ EL DEDO DE DIOS»

Una palabra del Evangelio les llamaba mucho la atención: “El que los escucha a ustedes, me escucha a mí”. Quien escucha al obispo –deducen entonces– lo escucha a Cristo. Se presentan en el imponente palacio episcopal y cuentan lo que están realizando en la ciudad, una verdadera revolución que crece en sus manos casi sin que se den cuenta. De cualquier manera, están dispuestas, lo dicen explícitamente, a deshacer todo lo construido en esos meses intensos. “En el obispo –piensan– es Dios quien habla”, y a ellas Dios es lo único que les importa.

Pero monseñor Carlo de Ferrari las escucha y, sonriéndoles, pronuncia una frase que quedará grabada: “Aquí está el dedo de Dios”. Su aprobación y su bendición acompañarán siempre al Movimiento.

Favorecidas por la finalización de la guerra, en otras ciudades de Italia florecen comunidades como la que ha surgido en Trento. En ese contexto, irrumpe en el grupo una figura inesperada, la del escritor y político –por entonces era diputado– Igino Giordani. Se puede decir que es él quien abre de par en par puertas y ventanas del departamentito de Piazza Cappuccini sobre el mundo entero, poniendo en evidencia la envergadura del carisma, su validez universal. El Movimiento que nace no está destinado sólo al mundo religioso, a los católicos, sino que es un don para la humanidad entera. Giordani infunde la certeza de que la incipiente espiritualidad lleva a una verdadera revolución teológica y social, hecha sobre todo por laicos, incluidos los casados. Una revolución también en el ámbito del pensamiento.

Verano de 1949. Giordani pasa unos días con Chiara, quien está descansando en las Dolomitas, las hermosas montañas trentinas. Es un momento de intensa vida de la Palabra. Los sentidos humanos y espirituales de ese grupo están concentrados en poner en práctica el Evangelio. El 16 de julio comienza el período conocido como “Paraíso del ‘49”. Chiara escribe: “De hecho nos esforzábamos por vivir la nada de nosotros para que él viviera en nosotros. Sobre esa nada, en la santa Comunión, amada y redescubierta como vínculo de unidad, Igino Giordani y yo le pedimos a Jesús que uniera, como él sabía, nuestras almas. Y entonces hicimos la experiencia –por una gracia especial– de lo que significaba ser una célula viva del Cuerpo místico de Cristo: era ser Jesús y, como tales, en el seno del Padre. Y ‘Abba, Padre’, es lo que brotó de nuestros labios. Comenzó entonces un período luminoso, particular, en el cual, entre otras cosas, nos pareció que Dios quería hacernos intuir algo de su diseño sobre nuestro Movimiento. También comprendimos mejor muchas verdades de la fe y, en particular, qué era para los hombres y para la creación Jesús abandonado, que había recapitulado todo en sí mismo. La experiencia era tan fuerte que llegamos a pensar que la vida sería siempre así: luz y Cielo. En cambio, la realidad que venía después era la de todos los días. En el brusco despertar de encontrarnos de nuevo –podríamos decir– en la Tierra, sólo alguien nos dio la fuerza para seguir viviendo”.

Chiara escribió entonces, de un tirón, una meditación breve y profunda: “Tengo un solo esposo sobre la Tierra, Jesús abandonado” (ver p. 30), que marca el anuncio definitivo de que el Abandonado es el camino a la unidad: “Iré por el mundo buscándolo en cada instante de mi vida”, concluye ese escrito.

No eran sólo palabras. En 1959, cuando algunos focolarinos intentan pasar a la Alemania comunista, detrás de la “cortina de hierro”, alguien le preguntará a Chiara por qué el Movimiento quería expandirse en ese rincón todavía oscuro de Europa, donde parecía imposible llevar a cabo cualquier evangelización. La respuesta fue fulminante: “Porque amamos a Jesús abandonado”.

UNA ÉPOCA PARADÓJICA

Ya desde los años ‘40 el Movimiento había despertado más de un interrogante en el mundo católico trentino. Pero es sobre todo cuando los Focolares comienzan a difundirse en el resto de Italia, en los años ‘50, que la Iglesia de Roma y los obispos italianos someten a un atento estudio al incipiente Movimiento: por su novedad, no entra en los cánones tradicionales de las asociaciones laicas, algo que despierta preocupaciones pastorales y doctrinales en algunos prelados.

Comienza así un período de paradojas, que duró unos quince años: por un lado, la Iglesia y los obispos italianos expresan la necesidad de realizar un estudio; por otro, los que siguen el carisma de la unidad toman cada vez más conciencia de “ser Iglesia”, y espontáneamente ponen en marcha una difusión, hoy difícil de explicar con los parámetros apostólicos normales.

La luz nacida en el verano de 1949 era demasiado fuerte como para no seguir irradiando. En Pistoia, Pascual Foresi, quien será –como dice Chiara– uno de los cofundadores del Movimiento, conoce el ideal de la unidad mientras el Movimiento se encuentra con las realidades más dolorosas de esa sociedad, como el problema alrededor del comunismo (además del hermano de Chiara, algunos de los primeros focolarinos provenían de ambientes marxistas), o la difícil posguerra italiana y, además, la toma de conciencia del escándalo que significa la división de los cristianos (el cardenal Bea y Giordani son precursores del ecumenismo en la Iglesia Católica). En esa época, el Movimiento se expande por toda Europa. Entre 1958 y 1967 llega a los demás continentes.

Algunos años después de su nacimiento comienzan las pruebas “como sucede en la lógica divina de las cosas”. Incómodas pruebas interiores, marcadas por la incertidumbre y la inseguridad por el largo y profundo estudio que realiza la Iglesia. Chiara escribe: “Sabemos que la vida se paga; la vida, que a través de nosotros, llega a tantas almas, se produce con la muerte. Sólo pasando por el hielo se llega al incendio”. Y también: “Había sobre todo una preocupación que nunca me abandonaba. Era consecuencia de una muy dolorosa prueba interior, que en ese tiempo era más aguda que nunca: había comprendido quién era yo y quién era él. El, todo. Yo, nada. El la fortaleza, yo la debilidad. Y era precisamente esta debilidad mía constatada lo que me convencía de que esos frutos que provocábamos, esas miles de conversiones, no podían ser más que efecto de una obra de Dios”.

Chiara compara este período a “una sucesión de dolores, semejantes a los que preceden el nacimiento de una criatura, ecos parciales del grito de Jesús. Esos dolores tenían siempre un único motivo de fondo: el temor por la disolución del Movimiento”.

UNA OBRA GLOBAL

En marzo de 1962 se produce la tan anhelada aprobación de la Iglesia Católica, junto a la llegada del espíritu de la unidad a los continentes más alejados. Algunos años más tarde, Chiara comentará: “El estudio se prolongó por mucho tiempo. En su experiencia y sabiduría de siglos, la Iglesia estudió paternalmente la nueva realidad eclesial que acababa de nacer”. Su absoluta confianza en la Iglesia no vaciló en ningún momento. Más de una vez, confió a sus más íntimos que, de haberse decidido una disolución del Movimiento, todos habrían obedecido.

De allí en más, y aún más que antes, la historia de Chiara se confunde con la del Movimiento que ella fundó, y que sigue desarrollándose. En efecto, cobran forma varias “vocaciones”, distintas unas de otras pero aunadas en la misma radicalidad. En 1956, año marcado por una rebelión popular en Hungría que fue sofocada cruentamente por la invasión soviética, nacen los “voluntarios de Dios”. En 1961 comienza también la difusión del espíritu de la unidad entre hermanos de otras Iglesias cristianas. La evidencia de que era Dios quien llevaba adelante las cosas lo muestra el hecho de que, interrogada por el padre Boyer, en 1950, Chiara había excluido que el Movimiento fuera de naturaleza ecuménica. “Pero Dios me esperaba al paso”, dirá más tarde.

Mientras tanto, después de la primera aprobación del Vaticano con la firma de Juan XXIII, llegan con Pablo VI las primeras audiencias y las posteriores aprobaciones. En 1967 aparece la segunda generación del Movimiento, jóvenes de todo el mundo, y más tarde nacen también la tercera y la cuarta generación (adolescentes y niños).

Son años de un profundo compromiso social. En torno a las distintas vocaciones surgidas en el Movimiento, nacen algunas ramas de amplio alcance. En torno a los focolarinos casados se forma Familias Nuevas; en torno a los voluntarios, Humanidad Nueva; en torno a los sacerdotes diocesanos, un movimiento sacerdotal; en torno a los jóvenes llamados al sacerdocio, una nueva generación sacerdotal; por obra de los párrocos, se desarrolla un movimiento en las parroquias.

También en el ámbito ecuménico la aceleración es notable. El 13 de junio de 1967 se inicia la extraordinaria relación que unirá a Chiara con el patriarca ecuménico de Constantinopla, Atenágoras I, monumento de amor, sabiduría y clarividencia; una de las más grandes personalidades del siglo veinte, que no obstante quería ser –como repetirá varias veces– “un simple focolarino”. “De él aprendí a amar a todos los pueblos, a encontrar el bien en todos. No tenía nunca una palabra de reproche para nadie. Era verdaderamente grande, y nunca lo podré olvidar”, dirá Chiara de Atenágoras.

En conjunto, anticipando la globalización de finales del milenio, el Movimiento se presenta como un sujeto social y eclesial naturalmente internacional, multicultural, multiétnico y multirracial.

CONSOLIDACIÓN Y PROFUNDIDAD

En 1976, en torno a monseñor Klauss Hemmerle, obispo de Aquisgrán (Alemania), tiene lugar en la sede central de los Focolares, en Roma, el primer encuentro de obispos amigos. Al año siguiente, cuando recibe en Londres el Premio Templeton por el Progreso de la Religión, Chiara da comienzo oficialmente al diálogo interreligioso del Movimiento.
Una tras otra nacen nuevas obras sociales en el mundo entero –hoy son alrededor de mil–, y a partir de la de Loppiano (Florencia, Italia), surgen las ciudadelas. En 1982, en la sala Pablo VI del Vaticano, siete mil sacerdotes del Movimiento participan en una concelebración eucarística histórica presidida por Juan Pablo II.

Por esa época se realiza el primer encuentro de obispos amigos de distintas Iglesias y comunidades eclesiales. Posteriormente, en 1988, Chiara recibe el premio por la paz augustana en Augsburgo, Alemania. Tiempos de consolidación y profundidad, con una particular formación espiritual de los miembros y adherentes de los Focolares, que serán necesarias para sostener todo lo que nacerá en los años ‘90 y a comienzos del tercer milenio.

En 1990, el Pontificio Consejo para los Laicos aprueba los estatutos generales del Movimiento. Ese mismo año, con la colaboración de monseñor Hemmerle, Chiara funda la “Escuela Abba” que, a la luz de la presencia de Jesús resucitado entre sus miembros, se propone traducir en doctrina, luminosa y segura, la vida de comunión, la espiritualidad de la unidad. Luego, en 1991, pone en marcha, en Brasil, el proyecto para una Economía de Comunión, que en poco tiempo involucrará a empresarios y empresas de varios países.

La espiritualidad va penetrando en las más variadas realidades humanas. Una inserción antes que nada espiritual, pero también cultural, como lo confirman los dieciséis doctorados honoris causa conferidos a Chiara entre 1996 y 2008, los premios atribuidos por la UNESCO en 1996 y por el Consejo de Europa, en 1998, al tiempo que es distinguida como ciudadana ilustre en doce oportunidades.

En esos años surgen también originales iniciativas en estrecha relación con la “Escuela Abba”: intentos de aplicación, en los distintos ámbitos profesionales, de las intuiciones y las elaboraciones de la doctrina que va surgiendo del carisma de la unidad. Es así como se abren nuevos horizontes en teología, filosofía, política, economía, comunicación, arte, psicología, pedagogía, arquitectura e incluso en el deporte. Un proceso que está en pleno desarrollo e involucra cada vez más ámbitos.

DIÁLOGO A 360 GRADOS

La acción del Movimiento se perfila hacia el desarrollo de los cuatro diálogos típicos de la Iglesia. El primero, que se lleva a cabo hacia el interior de cada Iglesia, tuvo un nuevo punto de partida en Pentecostés de 1998, con la intervención de Chiara y de otros fundadores en la plaza San Pedro, colmada por más de 300 mil miembros de movimientos eclesiales y nuevas comunidades. En el ámbito ecuménico se recuerdan, entre otros, la propuesta formulada por Chiara de una “espiritualidad ecuménica” en la asamblea de Graz, Austria, y sus fecundos contactos con el Consejo Mundial de Iglesias, además del promisorio diálogo entre movimientos de distintas Iglesias iniciado en los últimos años, que desembocó en las dos ediciones de “Juntos por Europa” en Sttutgart (Alemania).

En el ámbito del diálogo interreligioso es donde probablemente se dieron los desarrollos más inesperados, con los afroamericanos del imán W.D. Mohammed, en Estados Unidos; con los budistas theravada en Tailandia; con conspicuos grupos de hinduistas en la India, con el movimiento budista Rissho Kosei-kai en Japón, entre otros. Chiara misma fue elegida, en 1994, presidenta honoraria de la Conferencia Mundial de las Religiones por la Paz.

Finalmente, el diálogo con personas de convicciones no religiosas. A los “amigos”, como ella los denomina, Chiara les dice: “Nuestra obra tiene una vocación universal. Por eso nuestro lema es ‘Que todos sean uno’. Pues bien, en el ‘todos’ también están ustedes. No podemos dejar de contar con ustedes… Seremos uno en los valores, en otras ideas, en cosas concretas”.

Es un período que queda sellado por la carta apostólica Novo millennio ineunte, en la cual Juan Pablo II propone a la Iglesia entera una “espiritualidad de comunión”, la cual se encuentra en singular sintonía con esa “espiritualidad de la unidad” que el Movimiento intenta vivir desde siempre.

LA ÚLTIMA PRUEBA

Los últimos tres años de la aventura terrena de Chiara Lubich son los más difíciles. Jesús abandonado, su esposo, llega a la cita “en forma solemne”: en una oscuridad en la cual Dios parece haberse ocultado, como el sol detrás del horizonte. No obstante, Chiara sigue amando, momento tras momento, a un hermano tras otro. Sigue sirviendo al “plan de Dios” sobre el Movimiento, manteniéndose al tanto de su marcha hasta los últimos días, cuando, con gran alegría de su parte, es aprobada por el Vaticano la incipiente universidad “Sophia”. Sólo un deseo ha tenido siempre y permanece: “Querría que la Obra de María, al final de los tiempos, cuando, compacta, esté a la espera de presentarse delante de Jesús abandonado-resucitado, pueda repetirle: ‘Ese día, mi Señor, iré a ti… con mi sueño más loco: traerte al mundo en los brazos’. ¡Padre, que todos sean uno!”.

Chiara se apaga el 14 de marzo de 2008, poco después de las dos de la madrugada, rodeada de su numerosa familia espiritual, que durante esos días se estrechó en un abrazo que llega hasta esos confines de la Tierra soñados más de sesenta años atrás.

Ser uno, como Jesús es uno con el Padre: ¿pero qué significaba?
Chiara Lubich: un testamento espiritual

Si tienes la ventura de viajar a Tierra Santa, en primavera, entre las mil cosas que Jerusalén te ofrece para contemplar y meditar, una te impacta de manera particular, debido a lo que te recuerda, en su extrema sencillez.

Resistiendo al tiempo y lavada por las intemperies de dos mil años, una larga escalera de piedra -salpicada aquí y allá por amapolas rojas como la sangre de la Pasión- se extiende casi como una cinta encrespada que desciende, límpida y solemne hacia el valle del Cedrón.

Ha quedado desnuda, al descampado, enmarcada por un prado, de modo que ningún templo pudiera reemplazar con su bóveda el cielo que la corona.

Desde allí – cuenta la tradición – Jesús descendió aquella última tarde, después de la cena, cuando, “levantando los ojos al cielo” henchido de estrellas, rogó: “Padre, ha llegado la hora, …”

Impresiona poner los propios pies allí donde han tocado los pies de un Dios y el alma se te escapa por los ojos mirando el firmamento que los ojos de un Dios han mirado.

Y la impresión puede ser tal que la meditación te deje clavada en adoración.

Fue única su oración antes de morir. Y cuanto más irradia Dios este “Hijo del hombre” que tú adoras, tanto más lo sientes hombre y te enamora.

Su discurso fue entendido plenamente sólo por el Padre; sin embargo lo dijo en alta voz, quizás para que a nosotros también nos llegara un eco de tanta melodía.

1943. No se sabe por qué, pero fue así: casi cada tarde, las primeras focolarinas reunidas en busca del amor de Dios, a la luz de una vela – porque la luz muchas veces faltaba – leían aquel fragmento.

Era la carta magna del cristiano. Y allí, palabras que les eran desconocidas brillaron como soles en la noche: noche de un tiempo de guerra.

Jesús, durante tres años, había hablado muchas veces a los hombres: dijo palabras de Cielo, sembró en las duras cervices, anunció un programa de paz, pero ofreció Su divino patrimonio casi adaptándose a la mente de los suyos, y las parábolas dan prueba de ello.

Pero ahora que no habla a la tierra, y su voz se dirige al Padre, parece no frenar su ímpetu.

Es espléndido ese hombre, que es Dios, y derrama – como fuente de la que fluye la Vida Eterna – Agua que sumerge el alma del cristiano, perdida en Él, en los mares infinitos de la Trinidad bienaventurada.

Es hermoso como se presenta en ese último discurso: “Yo ruego por ellos, no ruego por el mundo, … Cuida en Tu Nombre a aquellos que me diste, para que sean uno, como nosotros”.

Ser uno, como Jesús es uno con el Padre: ¿pero qué significaba?

No se entendía mucho, pero sí que debía ser algo grande.

Fue por eso que un día, unidas en el Nombre de Jesús, alrededor de un altar, le pedimos que nos enseñara él a vivir esta verdad. Él sabía lo que significaba y sólo él nos habría podido abrir el secreto para realizarla.

“…, Pero ahora voy a ti, para que su gozo sea perfecto”.

Por esa breve experiencia de unidad que habíamos hecho ¿acaso no habíamos experimentado una “nueva” alegría?

¿Era quizás esa de la cual habló Jesús? Es verdad que la alegría es el vestido del cristiano, y Alguien dentro de nosotros nos hacía entender que, para quien sigue a Cristo, la alegría es un deber, porque Dios ama al que da con alegría.

“No te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del Maligno”.

Una vida fascinante y nueva, por lo menos para nosotros: vivir en el mundo, que todos saben que está en antítesis con Dios, y vivir por Dios en una aventura celestial, …

“Conságralos en la verdad. No ruego solamente por ellos, sino también por los que, gracias a su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno”.

¿Pero qué cristianismo habíamos vivido antes, si habíamos pasado uno al lado del otro con indiferencia -cuando no con desprecio y juzgándonos- mientras que nuestro destino era fundirnos en la unidad invocada por Cristo?

Con estos acentos nos parecía que Jesús arrojaba un lazo al Cielo y nos ligaba a nosotros, miembros dispersos en unidad – por él – con el Padre, y en unidad entre nosotros. Y el Cuerpo místico se nos desplegaba en toda su realidad, verdad y belleza.

“Como Tú, Padre, estás en mi y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros”.

Como Jesús es uno con el Padre, así cada uno de nosotros habría tenido que ser uno con Jesús y, por consiguiente, uno con los otros: era un modo de vivir en el cual antes poco o nada habíamos pensado: un modo de vivir “a la Trinidad”, …

“Para que el mundo crea que Tú me enviaste”.

La conversión del mundo que nos rodeaba habría sido la consecuencia de nuestra unidad. Era tal vez por eso que, ya desde los albores del Movimiento, muchas almas volvían a Dios, sin que nosotros nos hubiéramos ocupado de convertirlas, sino sólo de mantener la unidad entre nosotros y de amarlas en Cristo.

“Yo les he dado la gloria que Tú me diste para que sean perfectamente uno y el mundo conozca que Tú me has enviado, …”

Los hombres habrían creído en Cristo si nosotros éramos perfectos en la unidad. Por lo tanto teníamos que perfeccionarnos en esta vida. Habríamos tenido que posponer cualquier cosa a la unidad.

1943 también había sido el año de la Mystici Corporis: Cristo en el Papa Pío XII hacía escuchar la voz de su Testamento. ¿Será que Jesús, que vive en su Cabeza y en su Cuerpo, también nos empujó a nosotras a subrayar la exigencia de la unidad y a hacer así un regalo a muchos?

¡Unidad, unidad, todos uno! Tal vez en momentos en que la idea fundamental de Cristo se estaba volviendo, deformada y empobrecida de lo divino, la idea-fuerza de la revolución atea, Dios nos la quiso subrayar en el Evangelio.

No se sabe. Sólo se sabe que el Movimiento de los Focolares tuvo ese sello inconfundible y que para nosotros nada tiene más valor que la unidad: porque formó el sujeto del Testamento de Aquel que queremos amar por sobre todas las cosas; porque la experiencia que tenemos hasta aquí es rica y fecunda de frutos para el Reino de Dios, para Su Iglesia.

“Yo les di a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me amaste esté en ellos y yo también esté en ellos”.

Jesús, después de haber dicho estas cosas, se dirigió con sus discípulos más allá del torrente Cedrón

Uno de los últimos mensajes de Chiara Lubich
Lo redactó al recibir el dotorado honoris causa por la Liverpool Hope University (Gran Bretaña) el 23 de enero de 2008

Aún si por motivos de salud no puedo estar presente, para mí es un gran honor recibir la licenciatura honoris causa en Teología de la Liverpool Hope University, la única universidad ecuménica que existe en Europa.

Este acontecimiento me une de modo especial a la «Liverpool ecuménica» que tuve el privilegio de conocer hace más de cuarenta años. Recuerdo mi primera visita a Liverpool, el 17 de noviembre de 1965, en la Catedral anglicana. Creo que era la primera vez que una laica, católica romana, hablaba en tal lugar.

Ese día escribí en mi Diario: «Esta mañana hemos atravesado Liverpool. Las dos catedrales: una, anglicana, ya terminada, la otra, católica, en construcción, están ligadas entre sí por Hope Street, la calle de la Esperanza». También hoy es la Esperanza la que nos acoge, nos abraza y abre horizontes nuevos para un futuro de unidad y de paz para todos.

Unidad es la palabra clave que informa todo nuestro Movimiento y vuestra –ahora puedo decir «nuestra»– Liverpool Hope University. Con gratitud he sabido que el campus de la Universidad ha sido muchas veces un lugar de encuentro para el Movimiento, y en él nuestros miembros han trabajado y estudiado. En junio, en Liverpool -este año capital europea de la cultura- se desarrollará «The Big Hope» (La Gran Esperanza) para miles de jóvenes provenientes de todo el mundo; nuestro Movimiento participará con interés.

Me parece que tiene profundo significado el que esta ceremonia se desarrolle en la semana de oración por la unidad de los cristianos. Estamos acercándonos a 2010, centenario del nacimiento en Edimburgo del moderno Movimiento ecuménico, e Iglesias y ecumenistas están examinando en qué punto se encuentran las relaciones ecuménicas, hay muchas señales de optimismo, en medio de tensiones y problemas. El mundo ecuménico se enfrenta a una situación que cambia: a algunos se les presenta como un invierno, a otros como una primavera, para otros es una crisis.

Se habla de otra configuración del movimiento ecuménico y surge la exigencia de un nuevo camino. Y es en este contexto que se menciona el «diálogo de la vida», capaz de llevar adelante la actual situación ecuménica, un humus sobre el cual puedan desarrollarse las varias expresiones del ecumenismo. Es una realidad -lo sé bien- que está en el corazón de la Liverpool Hope University. Y esto ofrece un testimonio creíble a los seguidores de otras religiones, en un diálogo interreligioso muy prometedor.

El Movimiento, nacido en Italia en 1943, siempre quiso tener como línea guía el Evangelio. Desde 1960 ha despertado el interés de cristianos de otras Iglesias. En efecto, el Canónigo Bernard Pawley –observador anglicano inglés en el Concilio Vaticano II– definió el Movimiento de los Focolares «un manantial de agua viva brotado del Evangelio». Esta espiritualidad también fue definida «espiritualidad de comunión».

Viviendo el Evangelio juntos, en lo cotidiano, nació una comunidad de hermanos y hermanas que se reconocen hijos del único Padre, que es Amor. Es una vida que pone de relieve la presencia de Jesús entre los que están unidos en Su nombre, (Cf. Mateo 18,20) dando lugar a un desarrollo ecuménico inesperado. Ofrece su contribución específica a la plena comunión entre las Iglesias. Porque Jesús en medio de nosotros vivifica su Cuerpo místico, la Iglesia, con Él entre nosotros nos convertimos en «células vivas» del mismo.

Pero como sabemos, tender a la unidad no es fácil. Para realizar las palabras «Que todos sean uno» (cf. Juan17,21), Jesús en la cruz con su grito «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mateo 27,46) revela su amor ilimitado hacia todos, y nos indica el camino de la unidad para revivirlo, para imitarlo. Gracias a Jesús abandonado, reconocido y acogido en cada dolor y desunidad como nuestro único bien (Salmo16,2) la unidad no es más una utopía.

En estos años la vida ecuménica del Movimiento ha sido bendecida por las autoridades católicas y alentada por los responsables de otras Iglesias, incluso con reconocimientos públicos. Aquí en Inglaterra, por ejemplo, por un verdadero privilegio, he conocido a los Arzobispos de Canterbury, desde Michael Ramsey a Rowan Williams, y me reuní en varias ocasiones con el Cardenal Hume y el Cardenal Murphy-O’Connor, que me alentaron a llevar adelante el empeño ecuménico.

Ahora, después de años de vida ecuménica, vemos recortarse cada vez mejor nuestra específica contribución: el «diálogo de la vida». Hemos tomado precisa conciencia de esta contribución en Londres, en 1996, cuando me reuní con más de mil personas de nuestro Movimiento de Gran Bretaña e Irlanda. A pesar de la falta de la comunión plena entre las Iglesias, advertí que entre estas personas -anglicanos, católicos, metodistas, bautistas, miembros de las Iglesias libres- lo que nos unía era más fuerte que las diferencias. Éramos un corazón solo y un alma sola por el Evangelio de la unidad que vivimos juntos, una porción de cristiandad viva. Conociéndonos y viviendo la misma espiritualidad, teniendo a Jesús y su luz entre nosotros, se valoraba al máximo el hecho de ser todos miembros del Cuerpo místico de Cristo por el común bautismo.

Este modo de vivir construye «el diálogo de la vida» porque compone un único pueblo cristiano que abraza a laicos, religiosos, sacerdotes, pastores, obispos. El «diálogo de la vida» no se contrapone o yuxtapone al de los responsables de las Iglesias, sino que es un diálogo constructivo del que todos los cristianos pueden participar. Es como levadura en el Movimiento ecuménico que reaviva entre todos el sentido que -siendo cristianos y bautizados, con la posibilidad de amarnos- todos podemos contribuir a la realización del Testamento de Jesús: «Que todos sean uno».

En algunos lugares se puede ver este diálogo traducido en vida las 24 horas del día. Cito por ejemplo Ottmaring, en Alemania, una ciudadela ecuménica fundada hace 40 años con la comunidad de la Brudershaft evangélico-luterana; aquí en Inglaterra, Welwyn Garden City, donde desde hace más de 20 años, anglicanos y católicos viven juntos el Evangelio; en Italia, cerca de Florencia, Loppiano, donde en noviembre próximo se abrirá la primera Universidad del Movimiento, y también en otros sitios.

Para concluir quisiera poner de relieve algunas frases de vuestro específico perfil, que me han impactado profundamente: «Liverpool Hope University quiere ser: «una comunidad académica, …, un signo de esperanza, enriquecida por los valores cristianos, … che estimula la comprensión del cristianismo, abierta a personas de otros credos, promoviendo la armonía religiosa y social»; trata de «contribuir con la vida educativa, religiosa, cultural, social y económica». Si la Liverpool Hope University permanece fiel a este desafío es en verdad un signo de esperanza.

Señor canciller, vicecanciller, pro canciller, ilustres huéspedes, graduados, señoras y señores:

Una vez más mi agradecimiento más sentido a todos los componentes de la Liverpool Hope University por el doctorado en Teología que recién me han conferido, que reconoce el trabajo del Movimiento de los Focolares en el campo ecuménico y del diálogo interreligioso.

Es mi deseo -si me lo permiten, ahora que formo parte de la Liverpool Hope University- que desde ahora en adelante podamos colaborar para llevar adelante juntos esta misión que nos acomuna: contribuir a la realización del Testamento de Jesús: «Que todos sean uno». De este modo «nuestra» Universidad será cada vez más una luz grande para muchos.

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