Anastasio Sinaíta

San Anastasio Sinaíta

Fiesta: 21 de abril

«Dilexit Ecclesiam» amó a la Iglesia Católica

Anastasio,del griego, “resurrección”

?-700?

Abad

Es probable que haya nacido en Siria; se ignoran datos de su infancia y Juventud. La mayor parte de su vida la vivió entre los ermitaños que vivían al pie del monte Sinaí, lugar en donde había un monasterio en el que fue abad.

Su alejamiento de la vida terrenal no impidió que combatiera el monotelismo (herejía del siglo VII, que admitía en Cristo las. dos naturalezas divina y humana, pero una sola voluntad divina). También lucho contra el monofisismo (doctrina herética, proclamada por Eutiques en el siglo V, según la naturaleza divina de Cristo absorbió la humana, fusionándola consigo) y el judaísmo (religión de los judíos).

En vida le nombraron el “Sello de los padres” y en la actualidad las comunidades religiosas griegas lo llaman “el nuevo Moisés”.

Entre su vastísima obra literaria se encuentran: el Hodegos o Guía del verdadero camino, de carácter dogmático: el Hexamerón, obra exegética; varias homilías, el libro de las Ciento cincuenta y cuatro cuestiones (sobre moral) y el discurso De la Sinaxis cristiana (donde resume la doctrina sobre la Eucaristía y exhorta a los cristianos a comulgar diariamente). De esta obra citamos: “Entrar en la iglesia y honrar las imágenes sagradas y las veneradas cruces, no basta por sí solo para agradar a Dios, como tampoco lavarse las manos es suficiente para estar completamente limpio o que verdaderamente es grato a Dios es que el hombre huya del pecado y limpie sus manchas por la confesión la penitencia. Que ropa las cadenas de sus culpas con la humildad del corazón, y así se acerque a los Inmaculados misterios”.

Debido a sus escritos se considera una de las figuras centrales de la literatura ascética de Bizancio. La Sagrada Congregación de Ritos lo designó Doctor Ecclesiae, el 28 de julio de 1882, durante el pontificado de León XIII.

Del Oficio de Lectura, 6 de agosto,
La Transfiguración del Señor
¡Qué bien se está aquí!

Del sermón de Anastasio Sinaíta, obispo, en el día de la Transfiguración del Señor
Núms. 6-10: Mélanges d´archéologie et d´histoire 67

El misterio que hoy celebramos lo manifestó Jesús a sus discípulos en el monte Tabor. En efecto, después de haberles hablado, mientras iba con ellos, acerca del reino y de su segunda venida gloriosa, teniendo en cuenta que quizá no estaban muy convencidos de lo que les ha anunciado acerca del reino, y deseando infundir en sus corazones una firmísima e íntima convicción, de modo que por lo presente creyeran en lo futuro, realizó ante sus ojos aquella admirable manifestación, en el monte Tabor, como una imagen prefigurativa del reino de los cielos. Era como si les dijese: «El tiempo que ha de transcurrir antes de que se realicen mis predicciones no ha de ser motivo de que vuestra fe se debilite, y, por esto, ahora mismo, en el tiempo presente, os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin haber visto llegar al Hijo del hombre con la gloria del Padre».

Y el evangelista, para mostrar que el poder de Cristo estaba en armonía con su voluntad, añade: Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con Él.

Éstas son las maravillas de la presente solemnidad, éste es el misterio, saludable para nosotros, que ahora se ha cumplido en la montaña, ya que ahora nos reúne la muerte y, al mismo tiempo, la festividad de Cristo. Por esto, para que podamos penetrar, junto con los elegidos entre los discípulos inspirados por Dios, el sentido profundo de estos inefables y sagrados misterios, escuchemos la voz divina y sagrada que nos llama con insistencia desde lo alto, desde la cumbre de la montaña.

Debemos apresurarnos a ir hacia allí –así me atrevo a decirlo– como Jesús, que allí en el cielo es nuestro guía y precursor, con quien brillaremos con nuestra mirada espiritualizada, renovados en cierta manera en los trazos de nuestra alma, hechos conformes a su imagen, y, como él, transfigurados continuamente y hechos partícipes de la naturaleza divina, y dispuestos para los dones celestiales.

Corramos hacia allí, animosos y alegres, y penetremos en la intimidad de la nube, a imitación de Moisés y Elías, o de Santiago y Juan. Seamos como Pedro, arrebatado por la visión y aparición divina, transfigurado por aquella hermosa transfiguración, desasido del mundo, abstraído de la tierra; despojémonos de lo carnal, dejemos lo creado y volvámonos al Creador, al que Pedro, fuera de sí, dijo: Señor, ¡qué bien se está aquí!

Ciertamente, Pedro, en verdad qué bien se está aquí con Jesús; aquí nos quedaríamos para siempre. ¿Hay algo más dichoso, más elevado, más importante que estar con Dios, ser hechos conformes con él, vivir en la luz? Cada uno de nosotros, por el hecho de tener a Dios en sí y de ser transfigurado en su imagen divina, tiene derecho a exclamar con alegría: ¡Qué bien se está aquí!, donde todo es resplandeciente, donde está el gozo, la felicidad y la alegría, donde el corazón disfruta de absoluta tranquilidad, serenidad y dulzura, donde vemos a (Cristo) Dios, donde él, junto con el Padre, pone su morada y dice, al entrar: Hoy ha sido la salvación de esta casa, donde con Cristo se hallan acumulados los tesoros de los bienes eternos, donde hallamos reproducidas, como en un espejo, las imágenes de las realidades futuras.

ORACIÓN

¡Oh, Dios!, que en la gloriosa transfiguración de tu Unigénito confirmaste los misterios de la fe con el testimonio de los profetas, y prefiguraste maravillosamente nuestra perfecta adopción como hijos tuyos, concédenos, te rogamos, que, escuchando siempre la palabra de tu Hijo, el predilecto, seamos un día coherederos de su gloria.

Por nuestro Señor Jesucristo.

Amén