Anastasio de Antioquía

San Anastasio de Antioquía

21 de diciembre

Patriarca de Antioquía

Mártir

609 P.C.

Anastasio II sucedió en la sede de Antioquía, el año 599, al intrépido defensor de la fe, San Anastasio I. El nuevo obispo hizo inmediatamente la profesión de fe y comunicó su elección al Papa San Gregorio Magno. Este aprobó la elección y exhortó a Anastasio a concentrarse ante todo en la tarea de desarraigar la simonía.

El año 609, los judíos sirios, enfurecidos por la actitud del emperador Focas, quien quería convertirlos” por la fuerza, provocaron desórdenes en Antioquía. Una de sus primeras víctimas cristianas fue el patriarca, a quien infligieron graves humillaciones antes de darle muerte, y cuyo cadáver mutilaron y quemaron. El ejército imperial castigó ese crimen con no menor injusticia y severidad.

Los cristianos consideraron a Anastasio como mártir y su nombre fue incluido en el Martirologio Romano; pero en el oriente no se le tributa culto.

San Anastasio II tradujo al griego el De cura pastorali de San Gregorio; pero no faltan autores que atribuyen esa traducción a su predecesor e identifican a ambos Anastasios. En realidad, San Anastasio I fue un personaje diferente, que estuvo desterrado veintitrés años de su sede por haberse opuesto a las elucubraciones pseudo-teológicas del emperador Justiniano. Su fiesta se celebra el 21 de abril.

Oficio de lectura, martes octava de pascua
Era necesario que el Mesías padeciera para entrar en su gloria

San Anastasio de Antioquía (Sermón 4,1-2: PG 89, 1347-1349)

Después que Cristo se había mostrado, a través de sus palabras y sus obras, como Dios verdadero y Señor del universo, decía a sus discípulos, a punto ya de subir a Jerusalén: Mirad, estamos subiendo a Jerusalén y el Hijo del hombre va a ser entregado a los gentiles y a los sumos sacerdotes y a los escribas, para que lo azoten, se burlen de él y lo crucifiquen. Esto que decía estaba de acuerdo con las predicciones de los profetas, que habían anunciado de antemano el final que debía tener en Jerusalén. Las sagradas Escrituras habían profetizado desde el principio la muerte de Cristo y todo lo que sufriría antes de su muerte; como también lo que había de suceder con su cuerpo, después de muerto; con ello predecían que este Dios, al que tales cosas acontecieron, era impasible e inmortal; y no podríamos tenerlo por Dios, si, al contemplar la realidad de su encarnación, no descubriésemos en ella el motivo justo y verdadero para profesar nuestra fe en ambos extremos; a saber, en su pasión y en su impasibilidad; como también el motivo por el cual el Verbo de Dios, por lo demás impasible, quiso sufrir la pasión: porque era el único modo como podía ser salvado el hombre. Cosas, todas éstas, que sólo las conoce él y aquellos a quienes él se las revela; él, en efecto, conoce todo lo que atañe al Padre, de la misma manera que el Espíritu sondea la profundidad de los misterios divinos.

El Mesías, pues, tenía que padecer, y su pasión era totalmente necesaria, como él mismo lo afirmó cuando calificó de hombres sin inteligencia y cortos de entendimiento a aquellos discípulos que ignoraban que el Mesías tenía que padecer para entrar en su gloria. Porque él, en verdad, vino para salvar a su pueblo, dejando aquella gloria que tenía junto al Padre antes que el mundo existiese; y esta salvación es aquella perfección que había de obtenerse por medio de la pasión, y que había de ser atribuida al guía de nuestra salvación, como nos enseña la carta a los Hebreos, cuando dice que él es el guía de nuestra salvación, perfeccionado y consagrado con sufrimientos. Y vemos, en cierto modo, cómo aquella gloria que poseía como Unigénito, y a la que por nosotros había renunciado por un breve tiempo, le es restituida a través de la cruz en la misma carne que había asumido; dice, en efecto, san Juan, en su evangelio, al explicar en qué consiste aquella agua que dijo el Salvador que manaría como un torrente de las entrañas del que crea en él. Decía esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en él. Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado; aquí el evangelista identifica la gloria con la muerte en cruz. Por eso el Señor, en la oración que dirige al Padre antes de la pasión, le pide que lo glorifique con aquella gloria que tenía junto a él, antes que el mudo existiese.

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