Domingo IV de Pascua (Ciclo A)

El buen pastor
El buen pastor

Jn. 10, 1-10

Es curiosa la reacción de los oyentes de Pedro cuando les anuncia la resurrección del Señor el mismo día de Pentecostés, que se sintieron con el corazón traspasado. En absoluto se trata de un corazón indiferente como se queda tantas veces el nuestro cuando escuchamos la Palabra de Dios. Esta palabra que les llega impone una elección. De hecho dicen, reclaman, preguntan: ¿qué debemos hacer?

En el evangelio de hoy Cristo habla de uno que tiene que ser sacado fuera de un recinto. Son estas ovejas que primero deben ser visitadas. El pastor debe entrar, el guardián le debe abrir. Aparece esta figura sorprendente del guardián que es un poco la imagen de alguno que está dentro de nosotros y finalmente abre y las ovejas escuchan la voz del pastor y él las llama a cada una por su nombre.

En realidad no comprendemos nunca del todo este capítulo de Juan si no vemos el hecho que lo precede, la historia del ciego de nacimiento curado por Jesús, que es expulsado de la sinagoga por haber profesado la fe en Jesús, por haber manifestado la obra que Jesús ha hecho en él.

Se trata de una aproximación a la fe que todavía permanece en un recinto que no es la gracia sino la ley. Algo que no ha sido llevado a la plena libertad. Algo por lo que Jesucristo no nos ha liberado totalmente. Estamos en la Iglesia pero todavía debemos salir de un recinto. Llega un pastor que es la puerta, es la vía de salida, de nuestro permanecer dentro de unas estructuras que no nos salvan, que no nos llevan a la novedad de Cristo: nuestros planteamientos, nuestros criterios, nuestra particular forma de entender la vida, de entenderlo todo. Nuestro hombre viejo, en definitiva. Cristo es la puerta pero debe colarse en nuestro corazón. Debemos dejar cualquier cosa de vieja, cualquier cosa del hombre viejo, también nuestro acercamiento a Dios que no es una verdadera relación con Él, y Jesús es la puerta que quien la cruza encuentra la salvación.

Es entrar por Cristo para salir a los pastos. Es la experiencia del ciego de nacimiento, que vivía en una fe donde era más importante no romper el Sabbath que ser curado, no romper la norma que encontrarse con el amor de Dios. Este hombre, a través de Cristo, ha encontrado los pastos, la vida verdadera, ha dejado de vivir pidiendo limosna a la puerta del templo para seguir a Cristo.

No se trata de vivir nuestra fe como si fuésemos unos ladrones, que estamos quebrantando norma alguna, tratando de disfrutar unas veces de las cosas de la tierra y otras de las cosas del cielo, viviendo muchas veces nuestra fe de una forma mezquina y doble, pensando muchas veces aquello de que “todo lo bueno es pecado”. No, absolutamente. Se trata de ser libres, verdaderamente libres, completamente libres, de salir fuera de nosotros mismos descansando completamente en el Señor.

El Señor nos llama a salir con Cristo, que es nuestra puerta, fuera de nuestros miedos, de nuestros rencores, de nuestra mediocridad, de nuestros vicios, de nuestro hombre viejo para entrar en la libertad grande de quien se sabe en las manos de Dios, la libertad que Cristo quiere traernos.