Domingo XXIX (Ciclo B)

El que quiera ser grande, sea vuestro servidor.
El que quiera ser grande, sea vuestro servidor.

Menudo genio que tenían que tener estos dos hermanos. Les llamaban los Boanerges, los hijos del trueno, baste decir eso. Cualquiera les llevaba la contraria o les negaba nada.

Pues ahí los tenéis hoy delante del Señor pidiéndole: “Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir”. Casi nada. Dios tiene que hacer eso que digo yo. Lo vemos fríamente y mueve a risa, pero ésa es la forma de rezar de muchos de nosotros. Se nos olvida que rezar es pedir al Señor que podamos descubrir y amar lo que Él quiere y tiene para nosotros, que es mucho mejor que cualquier cosa que nosotros podamos pedir o querer, dicho sea de paso.

Lo que queremos. Adonde nuestros deseos nos llevan. Complicado asunto. Cuántas veces aquello que habíamos deseado nos ha llevado a tremendos fracasos, a sufrimientos enormes, a meternos en el infierno del pecado. Aunque hay algo siempre bueno y bello en nuestros deseos. Algo que tenemos que discernir en cada momento. Los Zebedeos querían estar en el reino de Dios, querían ir al cielo.

¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?, pregunta el Señor. Hay un cáliz que beber. Cristo lo beberá en su pasión. Hay un diseño de parte de Dios. Un diseño para Cristo, y un diseño para todos nosotros. Lo mismo que el Señor tiene que aprender a hacer la voluntad de otro, la voluntad de su Padre, hemos de aprender también nosotros. Este diseño, esta voluntad, es el obstáculo insalvable que han de encontrar nuestros deseos, nuestras aspiraciones, nuestros proyectos.

Uno se casa, o va al seminario, o busca una amistad, o se pone a trabajar en una empresa, o va a la misión, siempre con unas pretensiones en el corazón, con unas u otras esperanzas. Y tarde o temprano nuestros proyectos, nuestras fantasías, se chocan siempre con la realidad, que nos supera. Y esa realidad es el bautismo que hemos de sufrir. En ese momento debemos hacer una elección: o dejarnos corregir por lo que tenemos delante, o permanecer amarrados férreamente a nuestros deseos.

Uno se cansa y odia el matrimonio que tiene en virtud del matrimonio que desea. Nada es como lo habíamos pensado. Lo mismo el ministerio y cualquier cosa. En ese momento podemos crecer. Podemos pensar que el lugar que nosotros habíamos pensado para nosotros es distinto del lugar que Dios había pensado para nosotros. Y que lo que Dios ha pensado para mí es incluso mejor. Y Dios va cumpliendo entonces lo que de bueno hay en nuestros deseos, pero por su propio camino, no por el que nosotros habíamos pensado. Y descubrimos sorprendidos que nos concede algo maravilloso, algo que no nos habíamos ni tan siquiera imaginado. ¿Qué nos regala?

A través de las negaciones de la vida, el Señor nos permite pasar de ser servidos, de hacer que todo esté en función nuestra, a servir. O lo que es lo mismo. El Señor nos arranca del poder de este mundo al poder del Hijo del hombre, que es el poder de amar, la capacidad de dar la propia vida, de servir, de vivir nuestra vida en función de los demás.

Ánimo, hermano. Déjate corregir por Dios en la historia. Déjate hacer por él. Tal vez no te gusten las formas, tal vez te resulten incómodas, tal vez jamás habías pensado que lo que tú creías no era tan bueno ni tan bello. Dios hará en ti una obra maravillosa. Te hará un hijo de Dios. Te hará libre para poder amar.