Domingo XXVIII (Ciclo B)

Fijando en él su mirada, lo amó...
Fijando en él su mirada, lo amó…

Esta semana vengo con algún día de retraso. He estado el fin de semana pasado en una convivencia y no me dio tiempo de escribir una pequeña nota para el domingo. Lo hago ahora.

Me ha impresionado siempre el pasaje del joven rico. Me ha impresionado por la maravillosa mirada de Jesús. He pensado en el Señor como en un arquitecto, como en un escultor. Dicen que la mirada de Miguel Angel, el artista, era un poco así, que miraba una piedra y se maravillaba viendo ya el trabajo terminado, la escultura que de allí iba a sacar. Hoy el Señor mira a un joven que busca la vida eterna. Y lo mira con amor. Seguramente veía en él la maravilla de obra que podía resultar, la santidad que le quería regalar, las obras que a través de aquel muchacho podrían venir al mundo. No era una mirada escrutadora, maliciosa, inquietante. No, absolutamente. Era una mirada de amor, contemplando ya en el joven al hombre nuevo que Dios iba a sacar de allí, mucho más hermoso que cualquier escultura de Miguel Ángel o de cualquiera, por muy buen escultor que fuese.

Y es que a este muchacho le pasaba lo mismo que a muchos de nosotros. Hacemos muchas cosas y muy buenas en favor de los demás. Tratamos de ser lo mejor que podemos, pero…cuando nos paramos a mirar un poco en nuestro interior, descubrimos que no tenemos vida eterna, que no hay vida en nosotros, que ante un acontecimiento que nos supera nos venimos abajo, que no sabemos sufrir un poquito, esperar un poquito, descansar en el Señor.

Porque muchas veces nuestras obras, por buenas que sean, son solo eso, obras nuestras. Obras donde nos realizamos, donde nos contemplamos a nosotros mismos, donde alimentamos nuestra vanidad o tranquilizamos un poco nuestra conciencia. Donde engordamos un poco el ídolo que tenemos de nosotros mismos, pero que no nos dan vida eterna, no ponen en nosotros el ser de Dios. Y tenemos que acudir entonces a la Iglesia, a regañadientes, a quejarnos: ¿Cómo es posible? ¿Con lo que yo hago? ¿Con las cosas a las que me niego? ¿Si hago oración, si respeto a todos, si comparto mi tiempo, si…?

Y el Señor nos ilumina la raíz de nuestro ser: hemos hecho de la fe una religión, en el fondo no amamos a Dios sobre todas las cosas. Le tenemos miedo muchas veces, no queremos que nos haga daño, y hacemos un trato con Él: fíjate lo que hago, ¿eh? A ver cómo me tratas Tú a mí. Que no me falle la salud, que no le pase nada a mis hijos, que no me falte el dinero, que…que mira lo que hago yo por los demás, mira cómo me porto.

Ánimo hermano. Déjate mirar por el Señor, déjate amar por Él y deja que Él haga en ti la maravilla de su obra: un hombre libre capaz de amar. Un santo. Él no te juzga, no te escruta, no te echa cuentas del mal. Solo quiere hacer en ti su obra, darte la vida eterna, que para eso murió y resucitó.