Domingo XXVII (Ciclo B)

Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.
Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.

Mira que somos necios. Mira que tenemos la cabeza dura los de nuestra condición. No está en el plan divino que el hombre separe lo que Dios ha unido, que el hombre destruya la obra de Dios.

Y nosotros erre que erre. Tan erre que erre, tan tercos y mentecatos, que hasta el Papa, (igual que en otro tiempo Moisés por la dureza del corazón de su pueblo), ha pedido que se agilicen los procesos donde hay nulidad canónica y ha tenido que explicar que no se trata del divorcio católico.

De lo que hoy habla la liturgia es de la indisolubilidad del matrimonio católico. Porque el amor cristiano, si es verdadero, es indisoluble. Pero no porque hay una ley, escrita o no, que así lo marca sino porque Dios no es un mentiroso. El amor no es algo que empieza y termina, que dura mientras me agrada, mientras recibo alguna compensación. No, absolutamente. Eso en mi tierra se llama un capricho.

El amor es para siempre. El amor entre los esposos y el amor en todas sus variantes, si es amor cristiano, es para siempre. Porque hemos sido creados para la eternidad. Porque hemos sido creados para el amor. Hay sed de eternidad en todos nosotros. Hay sed de amor en todos nosotros. Hay sed de amor eterno en todos nosotros. Cristo, muriendo en la cruz por cada uno de nosotros, ha inaugurado una nueva era en la que el hombre es capaz de amar hasta el final, hasta la muerte, hasta dar la vida, aceptando los límites del otro.

Cuando veo a los hijos de tantas familias rotas jugando con los niños de una familia en misión que tengo por vecinos, pienso en quién será capaz de anunciar a estos pobrecillos el amor de Dios. Si sus padres no se quieren, si el matrimonio de sus padres no hay por donde agarrarlo, si a la primera de cambio o a las veinte mil, que me da igual, sus padres han tirado la toalla… Si no ven el amor, ¿cómo pueden estos niños creer en un amor paciente y servicial, decoroso, que no busca lo suyo, que no se irrita ni toma en cuenta el mal, que lo perdona todo, que lo excusa todo, que lo espera todo, que lo soporta todo…? ¿cómo pueden estos niños creer un día en Cristo, que los ama con un amor así, que se ha dejado clavar en la cruz por ellos?

Es el Señor el que posibilita el amor, este amor. Es su espíritu en nosotros el que nos permite morir a nosotros mismos. Cuando comenzamos a recorrer un camino al encuentro del otro, un camino que nos parecía imposible, (¡madre mía, salir de nosotros mismos!), dejarnos de servir del otro para salir a su encuentro, para ponernos a su servicio, empezamos a vivir de cara al cielo, de cara a la eternidad.

Ánimo hermano, que Dios es fiel. Es Él quien en medio del caos puede poner orden, es Él el creador. Él es el único que puede regalarnos la comunión. Vivo yo con un seminarista, cada año distinto. Es cierto que cuando él no está, cuando se ha ido de vacaciones, cuando ha tenido que ir a su comunidad o al seminario, en mi casa hay silencio y hay orden. Hay mucha más paz, mucha más comodidad. Pero cuando él no está, está la soledad. Y Dios no nos ha creado a ninguno para la soledad, que “no está bien que el hombre esté solo”. Dios nos ha creado para la comunión.