Domingo XXVI (Ciclo B)

...más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino...
…más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino…

Dice el Señor unas cosas muy serias, durísimas, como pocas veces en el evangelio: “El que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar.”

Y todo por una cuestión de pertenencia, de si los nuestros, de si no los nuestros. Y es que siempre resulta escandalosa en el seno de la Iglesia la falta de comunión. Cuando pretendemos ponerle freno al Espíritu Santo, que sopla donde quiere; cuando pretendemos que su obra tenga carácter de exclusividad en nuestro grupo y despreciamos a los otros; cuando nos refugiamos en la norma para juzgar y condenar a otros; cuando no estamos dispuestos a aceptar al otro porque es distinto, porque piensa distinto de nosotros; cuando creemos que las cosas están mal hechas simplemente porque no se han hecho según nuestro propio criterio,… somos como los discípulos del evangelio de hoy, como aquel Josué, hijo de Nun, o como aquel muchacho que acusó a Eldad y Medad delante de Moisés. “¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!”

¿Qué es lo verdaderamente importante en nuestra vida? Porque la lógica de Dios, la lógica del amor, la lógica de la vida no puede basarse nunca en la exclusión de nadie. Excluir al débil para tener una mejor calidad de vida tiene un nombre: eso se llama nazismo. Y aunque Adolfo Hitler ya no existe, la sociedad en la que vivimos es una sociedad nazista, que excluye al débil. Todos nos creemos con derecho de decidir sobre la vida de los no nacidos, de los enfermos terminales, de los refugiados que marchan sobre Europa, de nuestro ser hombre o ser mujer,… de tantas cosas. Parece que defendemos una mejor calidad de vida pero en el fondo nos defendemos a nosotros mismos, nuestros derechos caiga quien caiga.

Elegir la comunión, la vida de los otros, no es simplemente un deber moral, sino la misión de nuestra propia existencia. ¡Qué vida es la que excluye otra vida! Esta generación de infelices e insatisfechos es una generación de exclusivistas, de gente que está pendiente de sí misma, mirándose continuamente al ombligo, defendiendo su parcela, su forma de vida, sus derechos, sus privilegios. De gente tremendamente egoísta, en definitiva.

El Señor ha venido a dejar que en su cuerpo sucediese aquello que servía para la vida de los otros. Ha dejado que sus manos fueran clavadas en la cruz, que sus pies fueran crucificados, para que todos nosotros entrásemos en la vida. Entra en el cielo con sus llagas gloriosas para que las puertas del cielo fuesen abiertas para todos nosotros. Porque el amor es esto: entregar la propia vida.

Uno no puede llamarse padre si no desgasta su vida, si no paga con su propia vida la felicidad de sus hijos; no se es madre realmente si no se paga con la propia sangre la vida de los hijos; no se es hermano, ni amigo tan siquiera, si uno no está dispuesto a dejarse crucificar un poco, si no se renuncia a los propios privilegios, al propio criterio, al propio tiempo, a la propia vida. Porque amar a otro significa dejarse cortar la mano por amor al otro, dejarse cortar el pie por amor al otro. O lo que es lo mismo, dejar de hacer lo que nos plazca, dejar de ir adonde nos apetece, por amor al otro. Porque ¿cómo se está al servicio de un enfermo sin cortarse los pies y las manos? ¿Cómo cuidar a un padre mayor e impedido? ¿Cómo criar hijos, cómo educarlos, sin hacer esto?

Y el Señor nos ayuda a perder la vida. ¿Qué es lo verdaderamente importante en nuestra vida? Porque qué me importa perder una mano o un pie si te tengo a ti, si tengo a los hermanos, si alguien es feliz por culpa mía. ¿Qué es lo verdaderamente importante en nuestra vida?