Domingo XXV (Ciclo B)

...habían discutido quién era el más importante.
…habían discutido quién era el más importante.

Tienes que ser el mejor porque en este mundo que vivimos solo hay lugar para los más fuertes, para los más listos, para los más guapos, para los más ricos, para los más honestos, para los más, … hemos oído esta retahíla tantas veces. ¿Ser el mejor, o al menos mejor que otro?

A esto ha quedado reducida la vida de muchos, a ser más que otro. Y cuando no podemos ser mejor que otro, cuando somos del montón, cuando aparece en nosotros la envidia, nos buscamos un aliado para hacerle un buen traje a un pobrecillo que pasaba por allí, y lo ponemos verde y de todos los colores, porque así, de alguna manera, somos más que él. “Acechemos al justo, que nos resulta incómodo.”

¡Cuánto miedo a no ser, a que no nos quieran, a que no cuenten con nosotros, a que nos humillen! Todos los hombres del mundo tienen miedo a la muerte, y por este miedo a la muerte son esclavos del mal, son egoístas, se refugian en el dinero, en el sexo, tienen un amante… No pueden obedecer a Dios porque tienen miedo de la muerte. Cuantos jóvenes se suicidan porque su propio yo no se sostiene sobre nada. Aquí en Amberes, donde vivo, cuentan un suicidio al día. Cuando a un chico lo suspenden en la universidad, o en el colegio, cuando ve que sus padres se divorcian, y que no le importa nada ni su padre ni nadie, cuando tiene una relación con una chica y resulta que ella se va con otro, se tira por la ventana. No resiste no ser nadie, no ser, no existir. No somos. Por el miedo que tenemos a la muerte. Queremos huir de esta muerte, queremos ser, y huimos. Y el demonio juega con nosotros, nos invita a ser deshonestos, nos invita a mentir, nos invita a hacer dinero, al éxito.

Y Cristo, ¿qué ha venido a hacer? “El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará.” Cristo ha muerto por nosotros, ha ofrecido su vida en la cruz, al Padre, por todos los hombres. Y el Padre ha aceptado esta muerte de Cristo. Él ha ido allí donde el hombre ha experimentado la muerte, dentro de sí mismo, donde el hombre experimenta el no ser, porque las cosas no le sacian. Y allí, en lo profundo de lo más íntimo, allí nos regala la fe.

Porque Dios nos ha regalado la vida no para que la vivamos comparándonos con los demás, sino para que la vivamos en relación con Él, acogerlo a Él, que es amor. Hemos sido creados para el amor, decía san Agustín, y nuestro corazón no descansará mientras no descanse en Dios, que es amor. Por eso Dios te ha dado la vida, ha creado una historia para ti, te ha regalado una familia, una comunidad, unos hermanos, para que puedas amar, para que puedas dar la vida, para que puedas conocer la comunión. Porque la tragedia del hombre no es no ser, no, absolutamente. El drama de hombre es no poder amar, no saber amar.

Ánimo hermano, Cristo nos ha amado cuando éramos malvados. Cristo no necesitaba que tú fueras el mejor, ni el más listo, ni el más guapo, ni el más honesto para amarte. No necesitaba Dios para amarnos que nosotros fuéramos ni tan siquiera buenos. No, ha dado la vida por nosotros cuando éramos malvados, cuando éramos enemigos. Cuando éramos enemigos de Dios, enemigos, ha muerto por nosotros, ha ofrecido su vida por nosotros. Y ha resucitado verdaderamente. La humanidad ha sido perdonada. Y nosotros podemos ya no vivir para nosotros mismos. Sí, podemos amar como Él nos ha amado porque nos ha dado su espíritu.