Domingo XXIV (Ciclo B)

La cruz gloriosa del Señor resucitado
La cruz gloriosa del Señor resucitado

Hay en todos nosotros una capacidad innata que produce vértigo. Todos tenemos alma de político de tres al cuarto, y somos capaces de decir una cosa y negarla al mismo tiempo, de afirmar algo y negarlo seguidamente. Aquello de donde dije “digo”, digo “Diego”.

Es lo que le pasó a Pedro: “Tú eres el Mesías”, y seguido “se lo llevó aparte y se puso a increparlo”. Y todos los demás discípulos pensaban lo mismo, que por eso “Jesús se volvió, y de cara a los discípulos increpó a Pedro”. Para que lo oyeran todos: “¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!”

No estamos tan lejos nosotros de aquellos discípulos que se escandalizan de Jesucristo. No, absolutamente. Porque desde que el hombre es hombre busca en la fe una seguro de vida a todo riesgo. Cuántas veces se me acerca gente, cristianos de pro, ante una enfermedad, ante una situación amarga con un hijo, ante un desprecio, ante una injusticia y me dicen siempre…con lo que yo he hecho por Dios, si yo voy a misa, si yo rezo, si ayuno, si hago limosna, si me he ofrecido para la evangelización, si… ¿qué he hecho yo para merecer esto? Escandalizados del sufrimiento, escandalizados de la cruz.

Y cuando los cristianos se escandalizan de la cruz dejan de ser luz del mundo y sal de la tierra. ¿Vivir escondidos en Dios? ¿Remitir la justicia al Creador? ¿Entrar en la intimidad profunda con Cristo, señor de la historia, aun en medio del sufrimiento? No, mejor pactar para evitar el sufrimiento, mejor apañarnos como podamos, pero, eso sí, quedar por encima como el aceite. Sale entonces ese político barato que llevamos dentro y que nos hace no quedar mal con nadie, contemporizar con el mundo, no decir la verdad para no herir, no decir una palabra más alta que otra no sea que alguien se ofenda, que todo el mundo es bueno, en definitiva. Una iglesia descafeinada e insípida. Sal que ha perdido todo el sabor y candil apagado. ¡Ay de los afectos que nos atan con cadenas que somos incapaces de romper! ¡Ay de la vanidad, de la idolatría de la imagen!

Porque seguir a Cristo no es apuntarse a un club de fans maravilloso y estupendo. No. Es caminar detrás de Él, camino de su mismo destino para saborear el poder de Dios, la potencia de Cristo en nuestra propia cruz. “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”. Porque solo a través de la cruz podremos pasar a la experiencia de la resurrección, que “el que pierda su vida por el Evangelio, la salvará”.

Ánimo, pues, que Cristo es el Mesías esperado, pero no en el sentido que a veces esperamos, porque casi siempre pensamos como los hombres y solo algunas veces, muy pocas, como Dios. No tengas miedo si la cruz es pesada, si te parece que no puedes con ella. ¡Qué gran misterio es éste! Seguir a Cristo. Pero seguirlo cargando con su cruz, en la obediencia como aquel cirineo, nos convierte en testigos audaces de la resurrección.