Domingo XXIII (Ciclo B)

Effetá
Effetá, que significa ábrete.

Al leer las lecturas para la celebración de la eucaristía de este primer domingo de septiembre, me han venido a la mente así de sopetón dos cosas.

La primera. Últimamente le doy vueltas a algo que me llama tremendamente la atención. Cuando vas a cualquier lugar turístico te asaltan los vendedores ambulantes sin intención de venderte productos típicos de la zona en cuestión. Lo que te ofrecen a diestro y siniestro son palos de “selfie”. Y es que vivimos en el tiempo de una generación que pasará a la historia de la humanidad como la del “selfie”. Una generación que se mira sólo a sí misma, ciega; que se escucha sólo a sí misma, sorda; y que sólo habla de sí misma, muda. Y algunos hasta se quedan cojos intentando sacar la foto más caprichosa. Un desastre, vamos. Pero un desastre que tiene solución.

La segunda. La misión de la Iglesia. Jesús está entre los paganos, en el territorio de Tiro, pasando por Sidón atravesando la Decápolis. Como la Iglesia, en medio de un mundo cada vez más pagano, más increyente, más escéptico y más idólatra. Y, ¿qué hace Cristo? ¿Un milagro soberbio delante de todos para que se conviertan? ¿Una manifestación pública de su poder para llamar a todos a la fe? ¿Un discurso plagado de doctrina moral irrefutable que impacte a la razón de sus oyentes llamándolos a la verdad de Dios? No, absolutamente. Cristo se lleva a uno aparte, lejos de todos, para meterle los dedos en los oídos y tocarle la lengua con su saliva.

Exactamente igual hace la Iglesia hoy, de uno en uno, apartándolos de todos. Así es la Missio ad Gentes en el corazón del mundo pos cristiano, de uno en uno, sin grandes alardes, sin conversiones en masa, sin demasiado éxito, en una precariedad casi total. Pero repitiendo los mismos gestos del Maestro. Porque son esos gestos los que salvan al mundo, los únicos capaces de sanar hoy a la generación del “selfie”.

“Le metió los dedos en los oídos”. Los dedos de Cristo, sus obras. Siempre hay en nuestra vida algo que nos supera, algún acontecimiento que nos sobrepasa, que no entendemos. Podemos enfrentarnos a mil problemas y proponer mil soluciones, pero siempre aparece algo que nos detiene, que no sigue los esquemas de nuestra propia lógica. Es Dios que nos busca, que sale a nuestro encuentro. Son las obras de Dios, que habla en la historia. Y ahí no sirve que hablemos de nosotros mismos, de lo que hemos hecho o hemos dejado de hacer. Dios habla. Y tal vez cerca tengamos a un profeta, a un cristiano, que trascienda un poco la historia, que nos meta los dedos de Cristo en los oídos, que nos hable de Dios.

“Y con la saliva le tocó la lengua”. O lo que es lo mismo: tener las palabras de otro en nuestros labios. La Palabra de Dios, los salmos, que llenan nuestra boca cada mañana, que resuenan en nuestro paladar con cantos de bendición y de alabanza. Porque nuestras palabras están vacías, son quejumbrosas y no salvan a nadie, que somos mudos. Dios habla por nosotros, por medio de nosotros las criaturas honran a su hacedor, “laudato si”.

Entonces, sólo entonces, Cristo suspira: “Effetá”. Para invitarnos a un plano más profundo, de intimidad, de comunión de amor en alianza eterna: ábrete, habla, escucha, no tengas miedo.