Santa Verónica Giuliani

Santa Verónica Giuliani

1660-1727

Mística capuchina

Fiesta: 9 de julio

Mientras vivió en casa Giuliani, con su familia, todos la llamaron con el nombre de bautismo, Orsola (ltalianización de Ursula), Más tarde, entrada a los diecisiete años en las capuchinas de clausura, tomará el nombre de Verónica. Será una de las más grandes santas en el firmamento vivo de la Iglesia, resplandeciendo en perfección cristiana, doctrina y carismas. Su luz continúa iluminando el mundo.

Fuente: corazones.org

Nació el 27 de diciembre de 1660 en Mercatello, un pueblecito tranquilo junto al cual corre límpido el Metauro en tierras de Pésaro. Nos hallamos en las Marcas, Mercatello formaba parte entonces del Estado Pontificio.

La vida de Verónica concluirá en el monasterio de las capuchinas de Cittá di Castello, en la Umbria, el 9 de julio de 1727. Dos fechas y dos lugares bien definidos y, podemos decir, angostos para encerrar la excepcional experiencia de un alma singularmente privilegiada de Dios.

Padre y madre. Una encomienda

El padre, Francisco, es alférez de la guarnición local. La madre, Benedetta Mancini, es una mujer de casa, de profundos sentimientos religiosos. De su unión nacen siete niñas, de las cuales dos no sobreviven. Las cinco hijas quedan huérfanas de madre cuando ésta no cuenta más de cuarenta años. Antes de morir, Benedetta las reúne en torno a su cama y las encomienda a las cinco llagas del Señor. A Orsola, pequeña de siete años, le tocó en suerte la llaga del costado. Será su camino, por toda la vida, hasta el punto de fundirse con el Corazón de su Esposo, Jesús.

Infancia de predilección

La pequeña Orsola, desde los primeros meses de vida, se comporta de un modo singular.

Los ojos vivaces de la niña van en busca de las imágenes sagradas, que adornan profusamente la casa Guillan. Ella misma explicará un día en su diario: “Todavía no andaba, pero cuando veía las imágenes donde estaba pintada la Virgen santísima con el Niño en brazos, yo me agitaba hasta que me acercaban a ellas para poder darles un beso. Esto lo hice varias veces. Una vez me pareció ver al Niño como criatura viviente que me extendía la mano; y me acuerdo que me quedó tan al vivo este hecho que, dondequiera que me llevaban, miraba por si podía ver a aquel niño”.

Contaba aún pocos meses cuando, el 12 de junio de 1661, día en que caía la fiesta de la Santísima Trinidad, de improviso la pequeña Orsola se deslizó de los brazos de su madre y se puso a caminar dirigiéndose hacia un cuadro que representaba el misterio de la Trinidad divina.

Ante una imagen de la Virgen con Jesús en brazos, Jesús y Orsola entablan coloquios infantiles: ¡Yo soy tuya y tú eres todo para mí…” Y el divino infante responde: – ¡Yo soy para ti y tú toda para mí!

“Me parecía a veces que aquellas figuras no fueran pintadas como eran, sino que, tanto la Madre como el Hijo, yo los veía presentes como criaturas vivientes, tan hermosas que me consumía de ganas de abrazarlas y besarlas”.

“Yo soy la verdadera flor”

Todavía una experiencia en su maravilloso mundo infantil, Refiere: “Paréceme que, de tres o cuatro años, estando una mañana en el huerto entretenida gustosamente en coger flores, me pareció ver visiblemente al niño Jesús que cogía las flores conmigo; me fui hacia el divino Niño para tomarlo, y me pareció que me decía:

– Yo soy la verdadera flor.

Y desapareció. Todo esto me dejó cierta luz para no buscar ya más gusto en las cosas momentáneas; me hallaba toda centrada en el divino Niño. Se me había quedado tan fijo en la mente, que andaba como loca sin darme cuenta de lo que hacía. Corría de un lado para otro por ver si lograba encontrarlo. Y recuerdo que mi madre y mis hermanas trataban de detenerme para que estuviese quieta y me decían:

– ¿ Qué te pasa?, ¿estás loca?

Yo me reía y no decía nada; y sentía que no podía estar quieta. Me paraba y luego volvía al huerto para ver si volvía. Todo mí pensamiento estaba fijo en el niño Jesús.

Todos me llamaban “fuego”

Orsola posee un carácter vivaz y ardoroso. La madre le decía: “Tú eres aquel fuego que yo sentía en mis entrañas cuando aún estabas en mi vientre”. Y Verónica recuerda: “En casa todos me llamaban “Fuego”,y precisa: “De todos los daños que ocurrían en casa era yo la causa”. Pero reconoce con sinceridad: “Todos me querían mucho”.

Llena de vida y de creatividad, expresa la riqueza de sus sentimientos religiosos en gestos concretos, casi plásticos, de los que transpiran fuertes emociones.

Así será también de mayor.

ADOLESCENCIA – JUVENTUD EN CRISTO

El encuentro con Jesús Eucarístico: la primera Comunión

Cuando el padre de Orsola se trasladó a Piacenza, en calidad de jefe de aduanas del duque de Parma, fueron a vivir con él también sus hijas y, de 1669 a 1672, permanecieron por tres años en aquella ciudad.

Orsola tenía entonces sólo nueve años. Su más grande deseo era recibir a Jesús en la santa Comunión.

El Señor la atraía con gracias especiales. Ya de pequeña, cuando por primera vez, hacia los dos años, su mamá la llevó a la iglesia para tomar parte en la Misa, la niña había gozado de una extraordinaria manifestación, que recuerda en estos términos: “Yo vi al niño Jesús y traté de correr hacia el sacerdote, pero nuestra madre me detuvo”.

Cada vez que su madre o sus hermanas comulgaban, ella gustaba de ponerse junto a ellas, y dice que le “parecían entonces más bellas de rostro”.

Finalmente el 2 de febrero de 1670 se acercó por vez primera al banquete Eucarístico. Refiere: “Recuerdo que la noche antes no pude dormir ni un momento. A cada instante pensaba que el Señor iba a venir a mí. Y pensaba qué le iba a pedir cuando viniese, qué le iba a ofrecer. Hice el propósito de hacerte -el don de toda mí misma; de pedirle su santo amor, para amarle y para hacer su voluntad divina.

Cuando fui a comulgar por primera vez, paréceme que en aquel momento quedé fuera de mí. Paréceme recordar que, al tomar la sagrada Hostia, sentí un calor tan grande que me encendió toda. Especialmente en el corazón sentía como quemárseme y no volvía en mí misma”.

Un deseo

Desde la edad de nueve años Orsola nutría un vivo deseo de consagrarse al Señor. “A medida que crecía en edad, mayores ansias me venían de ser religiosa. Lo decía, pero no había nadie que me creyera; todos me llevaban la contraria. Sobre todo mi padre, el cual hasta lloraba y me decía absolutamente que no quería; y, para quitarme de la cabeza semejante pensamiento, con mucha frecuencia llevaba a otros señores a casa y luego me llamaba en presencia de ellos; me prometía toda clase de entretenimientos”.

El conflicto espiritual y psicológico entre la jovencita atraída por el amor de Jesús y la resistencia provocada por la ternura del padre, que no quería separarse de la hija, duró largo tiempo. Orsola no logró el permiso paterno para entrar en el monasterio hasta los diecisiete años.

Destinada a Otro

Pero el corazón estaba ya entregado al Esposo divino.

Ella misma refiere de aquella edad juvenil: “En la casa había un joven pariente nuestro que me hacía mucho daño, si bien creo que provenía de mi poca virtud y poca mortificación. La verdad es que no me dejaba vivir en paz. Me llevaba al huerto a pasear con él mientras me hablaba de mil cosas del mundo; me traía recados ora de uno ora de otro, y me iba diciendo que estos tales querían casarse conmigo. Yo a veces le decía muy enfadada:

¡Si no te callas me marcho! Deja de traerme tales embajadas, porque yo no conozco a ninguno y no quiero a ninguno. Mi esposo es Jesús: a El sólo quiero, El es mío.

Algunas veces me traía un ramo de flores: yo no quería ni siquiera tocarlo y lo hacía tirar por la ventana”.

LLAMAMIENTO ESPECIAL

En las Capuchinas

Vuelta a Mercatello en 1672, Orsola ha sido con fiada por su padre, que sigue en Piacenza, al tío Rasi. Las órdenes que éste ha recibido de él son bien precisas: conceder la entrada en el convento a las hijas mayores, pero hacer desistir absolutamente a la predilecta de su propósito de vida consagrada.

La jovencita, contrariada en su más viva aspiración, sufre aun físicamente por esta causa y desmejora. La noticia llega al padre, el cual finalmente da su beneplácito. Orsola salta de alegría y en breve tiempo recobra el vigor.

Tres monasterios de la zona habrían podido recibirla. Los lugares eran: Mercatello, Sant’Angelo en Vado y Cittá di Castello. Este era de clarisas capuchinas. De ellas se hablaba con veneración por su grande austeridad. Y hacia ellas se sentía fuertemente atraída.

No era fácil para ella hallar una ocasión para ir a Cittá di Castello y, sobre todo, para ser recibida entre las hermanas de aquella comunidad. Pero la providencia dispuso las cosas de modo que pudiese realizar aquel viaje y que la autoridad eclesiástica fuese benévola con ella. En efecto, mientras la joven Orsola conversaba en el monasterio de las capuchinas, llegó monseñor Giuseppe Sebastiani, el santo obispo de la ciudad, que quiso examinar a la candidata a la vida religiosa. Orsola superó la prueba respondiendo con fe viva a cada una de las preguntas y, con la ayuda del Señor, logró leer con facilidad – ante los ojos maravillados del tío Ras – las páginas del breviario escrito en latín.

Arrodillada ante el obispo, Orsola Giuliani pidió entonces con fervor la gracia de entrar en las capuchinas. Tan ardorosa fue su petición, que el obispo se sintió inspirado de conceder al punto el documento con el cual él mismo invitaba a las monjas a acoger a la postulante.

La joven fue inmediatamente a dar gracias a Jesús en la iglesita del monasterio. Mientras esperaba allí a que la superiora la llamase, ya el Señor la había arrebatado en éxtasis. Y hubo que aguardar a que “recobrase los sentidos”.

Recuerdos de Verónica

Vestida con el pesado sayal color marrón de las capuchinas, se llamará con otro nombre: ya no Orsola, sino Verónica. Un nombre programa: el de la mujer que, durante la Pasión, conforta y enjuga el rostro de Jesús.

La suya será una vocación para la cruz, el camino por el cual había sido llamada desde la más tierna edad.
Sor Verónica recuerda que, desde niña, anhelaba imitar los padecimientos de los santos cuyas vidas oía leer en casa.

Para imitar a los mártires, sometidos al tormento del fuego, una vez se le ocurrió tomar brasas en sus tiernas manos. Refiere: “Una mano se me abrasó toda y, si no me llegan a quitar el fuego, ya se asaba. En aquel momento ni siquiera sentí el dolor de la quemazón, porque estaba fuera de mí por el gozo. Pero luego sentí el dolor; los dedos se habían contraído. Mis ojos lloraban, pero yo no me acuerdo haber derramado ni una lágrima”.

En otra ocasión se las arreglará para que, en el momento que una de sus hermanas va a cerrar la puerta de un cuarto, pueda quedar su manita aplastada contra el marco: tal era su deseo de sufrir, para imitar en esto a santa Rosa de Lima que, de niña, se había sometido a un tormento semejante. Fue llamado al punto el médico, con grande disgusto de Orsola, que hubiera querido soportarlo todo sin los gritos de las hermanas espantadas y sin las curas necesarias.

A la edad en que comúnmente se atribuye a los niños apenas el uso de la razón, Jesús reserva para ella extraordinarias enseñanzas con visiones particulares.

“Cuando tenía unos siete años – escribe Verónica – me parece que por dos veces vi al Señor todo llagado; me dijo que fuese devota de su Pasión y en seguida desapareció. Esto sucedió por la Semana Santa. Me quedó todo tan grabado que no me acuerdo haberlo olvidado nunca.

“La segunda vez que se me apareció el Señor llagado de la misma manera me dejó tan impresas en el corazón sus penas, que no pensaba yo en otra cosa”.

¡A la guerra, a la guerra!

Era todavía una niña y ya el Señor la llamaba a grandes empresas: la imitación de Jesús paciente.

Un día, mientras estaba rezando ante una imagen sagrada, escuchó estas palabras: “¡A la guerra, a la guerra!”

¿Invitación parecida a la dirigida a santa Juana de Arco? La joven heroína de Mercatello tomó a la letra – como san Francisco ante el Crucifijo que le hablaba – las palabras escuchadas. El joven caballero de Asís se había puesto a restaurar la iglesita de San Damián; Orsola, en cambio, quiso aprender de un primo suyo el arte militar de la esgrima.

Mientras, entre la admiración de sus entusiastas coetáneos, se adiestraba en el manejo de las armas, le pareció ver al mismo Jesús que le decía: – No es ésta la guerra que yo quiero de ti.

Quedó de improviso como desarmada y vencida, en tanto que Jesús le abría el corazón al significado, totalmente espiritual, de la lucha que le esperaba.

Monja – Capuchina

En el gozo del Espíritu

¡A los diecisiete años en un convento! Monja de clausura en Cittá di Castello.

No es posible describir la felicidad del todo espiritual que experimenta una joven en esa edad en que el corazón vive la emoción del amor -, cuando ha elegido solo a Jesús.

Quien desee comprobar de cerca ese ardor, vaya a dialogar con una de esas almas ardorosas que también hoy se encierran, jóvenes de veinte años, en las capuchinas de Mercatello o de Cittá di Castello, donde vivió santa Verónica, o en cualquier otro monasterio de su Orden.

Por vía de “comunicación” gozará de una de las maravillas más dulces del Espíritu. También ésta es comunión de los Santos.

¿Por qué?

¿Por qué monja. ¿Por qué entre las capuchinas? ¿Qué es lo que quería de ella el Señor?

La vida de cada uno de nosotros oculta un proyecto de Dios Padre, o mejor, de toda la santísima Trinidad.

El encuentro con Dios está jalonado de etapas importantes. Para Orsola Giuliani, el 28 de octubre de 1677, señala la fecha de la vestición del hábito religioso. Desde ahora se llamará Verónica. En ese día le dio el Señor una manifestación más clara de su amor. Oigamos de ella misma cómo vivió aquella jornada y lo que le comunicó el Señor:

“La primera vez que fui vestida de este santo hábito yo me hallaba un poco desasosegada por la novedad. Cuando me vi entre estas paredes, mi humanidad no acertaba a apaciguarse; pero por otra parte el espíritu estaba todo contento. Todo me parecía poco por amor de Dios.

Al cabo de una larga batalla entre la humanidad y el espíritu, me pareció de pronto experimentar un no sé qué – no sé si fue recogimiento o rapto – que me sacó de mis sentidos. Pero yo no podría decir qué es lo que fue. En aquel mismo momento me parece que me vino la visión del Señor, el cual me llevaba con El; y me parece que me tomó de la mano. Oía una armonía de sonidos y cantos angélicos. De hecho me parecía hallarme en el paraíso.

Me acuerdo que veía tanta variedad de cosas; pero todas parecían delicias de paraíso. Veía una multitud de santos y santas. Me parece haber visto también a la santísima Virgen.

Recuerdo que el Señor me hacía gran fiesta. Decía a todos: “Esta es ya nuestra”. Y luego, dirigiéndose a mí, me decía: “Dime, ¿qué es lo que quieres? “. Yo le pedía como gracia el amarle; y El en el mismo momento me parecía que me comunicaba su amor. Varias veces me preguntó qué es lo que más deseaba.

Ahora recuerdo que le pedí tres gracias. Una fue que me otorgase la gracia de vivir como lo requería el estado que yo había abrazado, la segunda, que yo no me separase jamás de su santo querer; la tercera, que me tuviese siempre crucificada con El.

Me prometió concederme todo. Y me dijo: “Yo te he elegido para grandes cosas; pero te esperan grandes padecimientos por mi amor”.

Programa

Al comienzo de la vida religiosa estaba, pues, trazado el programa para Verónica: padecer por amor.

El sufrimiento marcará con señales profundas la vida de Verónica, en todo tiempo. El Señor la llama a “completar en su carne lo que falta a la Pasión de Cristo” en favor de toda la Iglesia. El Señor la purifica con el sufrimiento, como el oro que se prueba con el fuego. Por ese camino Jesús la asimila a sí hasta concederle la unión en el desposorio místico.

Las pruebas

El sufrimiento rebosa, como un río siempre en crecida, en la vida de sor Verónica.

El año del noviciado – el primero de vida religiosa – es una verdadera prueba. El Señor permite que una compañera novicia la atormente previniendo contra ella a la maestra, que es su guía espiritual. Verónica siente con vehemencia la tentación de reaccionar contra la compañera y contra la maestra. Toda la persona se le rebela. Afirma con fuerza en una página del Diario: “Sentía que me estallaba el estomago por la violencia” Y declarará todavía: “En mi interior ¡cómo me retorcía para vencerme!

El asalto del enemigo

Otras pruebas venían directamente del espíritu del mal, de Satanás.

Había experimentado va la reacción del demonio cuando, niña de apenas diez años, decidió imitar la vida de los santos practicando algunas penitencias. “Haciendo estas penitencias me parece que tuve varios embates. Donde quiera que yo iba, de día y de noche, el tentador hacía gran estrépito, como si quisiera tirar todo abajo”.

La lucha con el enemigo se prolongó en los años de 1a vida religiosa, hasta tomar a veces aspectos dramáticos violentos. El enemigo tomó la figura de monjas para acusarla, le produjo moraduras y heridas, se le apareció en formas obscenas y tentadoras, tomando el aspecto de monstruos horribles.

La santa, fuerte con la gracia de Dios segura de la victoria, afirma: “Estaba sin temor; más aún, me hacían reír sus extravagancias y sus estupideces”.

Aridez y abandono

El ánimo se templa en la lucha. Pero existen para los santos pruebas todavía más angustiosas: si es duro el deber pasar a través de la noche de los sentidos, es mucho más terrible el paso por la noche del espíritu. Es la purificación más íntima, que comprende la arrancadura y el disgusto, la aridez espiritual y el abandono, esto es, la impresión de estar separados de Dios.

Oigamos – como de su misma voz – la experiencia de Verónica: “A veces, cuando me hallaba con alguna aridez y, desolación y, no podía hallar al Señor, y me venían las ansias de El, salía fuera de mi, corría ya a un lugar ya a otro, lo llamaba bien fuerte, le daba toda clase de nombres magníficos, repitiéndoselos muchas veces. Algunas veces me parecía sentirlo, pero de un modo que no sé explicar. Sólo sé que entonces enloquecía más que nunca, me sentía como abrasar, especialmente aquí, en la parte del corazón. Me ponía paños mojados en agua fría, pero en seguida se secaban.

Las múltiples experiencias místicas la aproximaban cada vez más a la intimidad del Señor. Por otra parte, cada vez que le eran retiradas estas gracias particulares quedaba en una sed mayor de volver a las delicias del Señor. Le parecía entonces que Dios la había olvidado, incluso que la rechazaba, experimentaba un tormento tan grande que era en realidad purificación de amor.

Así se expresa en una carta: “Muchas veces me hallo con la mente tan ofuscada, que no sé y no puedo hacer nada; me hallo toda revuelta; no parece que haya ni Dios ni santos; no se encuentra apoyo alguno. Parece que la pobre alma está en las manos del demonio, sin tener a dónde dirigirse en medio de sus temores”.

Refrigerio: la guía espiritual y la confesión

Los santos son los que más se engolfan en el mar de la redención. Son purificados continuamente en la sangre de Cristo y gozan de la abundancia de sus gracias.

Verónica, herida del rayo luminosisimo de la luz de Dios, siente continuamente la necesidad de renovarse. Se humilla y recurre a la confesión con frecuencia, hasta cuatro o cinco veces al día, anhelando ser “lavada con la sangre de Cristo”. Es la vía ascética y sacramental para llegar a la unión perfecta con Dios.

El mismo Jesús, después de haberla conducido a altísimas nietas y antes de imprimirle las llagas, quiere que Verónica realice ante toda la corte del cielo su confesión general. Escribe la santa del Viernes Santo de 1697: Tuve un recogimiento con la visión de Jesús resucitado con la santísima Virgen y con todos los santos, como las otras veces. El Señor me dijo que comenzase la confesión. Así lo hice. Y cuando hube dicho: “Os he ofendido a Vos y me confieso a Vos, mi Dios”, no podía hablar por el dolor que me vino de las ofensas hechas a Dios. El Señor dijo a mi ángel custodio que hablase él por mí. As, en persona mía, decía…

La Virgen se puso delante, a los pies de su hijo, lo hizo todo en un instante. Mientras ella rogaba por mi, me vino una luz y un conocimiento sobre mi nada; esta luz me hacía penetrar conocer que todo aquello era obra de Dios. Aquí me hacía ver con qué amor ama Ella las almas y, en particular, las ingratas como la mía…

En ese acto me vino una grande contrición de todas las ofensas hechas a Dios y pedía de corazón perdón por ellas. Ofrecía mi sangre, mis penas y dolores, en especial sus santísimas llagas; y, sentía un dolor íntimo de cuanto había cometido en todo el tiempo de mi vida. El Señor me dijo: -Yo te perdono, pero quiero fidelidad en adelante”.

Verónica camina con seguridad por el camino de Dios, principalmente por el que pasa por el don de los sacramentos, ofrecidos a todos por la Iglesia y dados a ella por los ministros del Señor. Así es como se siente segura y constantemente renovada en el espíritu.

Impulsada por sus directores espirituales a escribir su diario, afirma: -Experimento un sentimiento íntimo y quisiera que el mismo confesor penetrase todo mínimo pensamiento mío, no sólo como está en mí, sino como está delante de Dios. Es tal el dolor que siento, que no sé cómo logro proferir una sola palabra. Se me representa ese vice-Dios en la tierra con tal sentimiento, que no puedo expresarlo con palabras.

En la confesión halla paz y gozo, renacimiento aumento de amor divino: “En el acto de darme la absolución el confesor, me pareció sentirme toda renovada y, con tanta ligereza, que no parecía sino que me hubiera quitado de encima una montaña de plomo. Experimenté también en el alma que Dios le dio un tierno abrazo y comenzó, al mismo tiempo, a destilar en ella su amor divino”.

VERÓNICA Y LOS PECADORES

Dolor y expiación

Es difícil hablar, sobre todo hoy, de las penitencias y del dolor en la vida de santa Verónica. El tema del sufrimiento nos resulta duro, porque supone, además de la experiencia de amor en quien lo vive, una experiencia de fe no menos grande en quien recibe su mensaje. Y el hedonismo, en que se halla sumergido el hombre de hoy, impide percibir el fuerte lenguaje de la teología de la cruz.

Verónica tiene una vocación peculiar en la Iglesia. EL Señor la escoge como víctima por los pecadores. Y ella acepta colocarse como medianera -mezzana -entre Dios y, sus hermanos que viven en el pecado.

Después de haber comprendido el amor de Dios a las almas y después de haber contemplado a Jesús llagado y crucificado, Verónica queda enriquecida con una sensibilidad excepcional para inserirse en la obra de la salvación en favor de todos sus hermanos. Quiere salvarlos y comprende que el medio es la expiación medianera.

Quiere obstruir el infierno

Verónica pide a Jesús los sufrimientos que E1 ha, padecido, los desea con una sed de dolor superior a cuanto es accesible a la simple naturaleza.

Jesús la asocia a los varios momentos de su Pasión. Una testigo, que la observó en esos sufrimientos, declara: “La vi un día clavada en el aire derramaba lágrimas de sangre que tenían el velo. Supe después de ella que Dios era muy ofendido por los pecadores y que ella, en ese arrobamiento, había visto la fealdad del pecado y de la ingratitud de los pecadores.

La Santa quiere impedir que tantas almas caigan en el infierno: “En aquel momento me fue mostrado de nuevo el infierno abierto y parecía que bajaban a él muchas almas, las cuales eran tan feas y negras que infundía terror. Todas se precipitaban tina detrás de otra; Y, una vez entradas en aquellos abismos, no se veía otra cosa que fuego y llamas”. Entonces Verónica se ofrece para contener la justicia divina: “Señor mío, yo me ofrezco a estar aquí de puerta, para que ninguno entre aquí ni os pierda a Vos. Al mismo tiempo me parecía extender los brazos decir: Mientras esté o en esta puerta no entrará ninguno. ¡OH almas, volved atrás! Dios mío, no os pido otra cosa que la salvación de los pecadores. ¡Envíame más penas, más tormentos, más cruces.

El Señor, para saciar su sed de padecimientos, le permitirá experimentar las pertas del purgatorio y aun las del Infierno. La Virgen, que la instruye y la sostiene, le habla así: “Hay muchos que no creen que haya infierno, y yo te digo que tú misma, que has estado en él, no has entendido nada de lo que es.

Cristo del Santuario. Verónica y la Pasión de Jesús

Quien no hubiera sido introducido en la comprensión de los valores cristianos, podría quedar desconcertado al leer el Diario de la Santa. Sentiría tal vez la tentación de recurrir a explicaciones de naturaleza patológica y de entrever formas de extraño masoquismo. Pero nos hallamos en esferas mucho más elevadas, donde la naturaleza obedece a la sobre naturaleza. Sólo la fe mas viva puede dar sus explicaciones.

Jesús la atrae y la quiere del todo semejante a El. Verónica experimentará en su carne la coronación de espinas, la flagelación, la crucifixión y la muerte de Jesús. Le será atravesado el corazón por la lanza y le serán impresas las llagas como señal definitiva de conformidad y de amor.

Recuerda la impresión de las llagas. Era el 5 de abril de 1697: “En un instante vi salir de sus llagas cinco rayos resplandecientes y vinieron a mí. Los veía convertirse en pequeñas llamas. En cuatro de estas habla clavos y en una la lanza, como de oro, toda rusiente, y me atravesó el corazón; y los clavos perforaron las manos y los pies”. Verónica puede repetir ya con san Pablo: “He sido crucificada con Cristo”.

Penitencias

Junto con estos dones místicos, mediante los cuales es confirmada, en el dolor, esposa crucificada de Cristo, Verónica añade sus ofrecimientos espontáneos.

Para tener una idea del empeño de penitencia que habla en su corazón habría que visitar el monasterio de Citta di Castello en el que ella vivió. Los instrumentos de penitencia hablan allí todavía de ella, de su amor a Jesús y de su voluntad de conducir a El a los pecadores.

Para seguir a Jesús por el camino del Calvario, Verónica se cargaba con una pesada cruz y, por la noche, se movía bajo su peso extenuante por las calles del huerto y dentro del monasterio. A veces cargaba un grueso leño de roble.

Frecuentemente realizaba sus “procesiones” cubierta con una “vestidura recamada”: era en realidad una túnica de penitencia a la que ella misma habla cosido por dentro innumerables espinas durísimas. Se la ponla sobre la carne viva y con la cruz sobre los hombros.

Muchas veces usará tenazas rusientes para sellar con el dolor sus carnes y grabará sobre su propio pecho el nombre de Jesús. Le agrada, además, escribir con su sangre cartas de fidelidad y de amor a su Esposo divino. Jesús sabe que puede fiarse de ella: su vida le pertenece. Le pedirá un riguroso ayuno por tres anos y ella obtiene poder alimentarse en todo ese tiempo de sólo pan y agua.

Estas son sólo algunas muestras de su desmesurada necesidad de padecer con Jesús.

El corazón como un sello

En esta fase de purificación y de ofrenda vivirá hasta el 25 de diciembre de 1698, cuando la Santa entra en otro período de su ascensión espiritual: la del puro padecer. Desde esa fecha el Diario no contiene ya descripciones de padecimientos externos asumidos por Verónica. Todo resultará como interiorizado: el padecer estará reservado a las facultades más íntimasSanta Veronica Giuliani del alma, como si fuera una purificación del mismo dolor.

Pero su corazón registrará todavía aventuras de sufrimiento y de amor divino y quedará como sello de la autenticidad de tanto padecer. Tal como ella lo había descrito – y aun dibujado – en el Diario, su corazón, en el examen necroscópico llevado a cabo a raíz de su muerte, presentará misteriosas figuraciones. Son las que reproducen los instrumentos de la Pasión de Jesús: la cruz, la lanza, las tenazas, el martillo, los clavos, los azotes, la columna de la flagelación, las siete espadas de la Virgen y algunas letras que significan las virtudes. Su vida resumida en el corazón.

Acontecimientos exteriores

Al mismo tiempo que el Señor la conduce por el surco profundo del dolor y del amor, se entrelazan en la vida religiosa de Verónica varios sucesos, que sin embargo quedan en un segundo plano frente a su camino interior, si bien muchas veces coinciden con las cruces que el Señor concede a su esposa.

Verónica será maestra de novicias varias veces. Pero ella misma deberá estar sometida a otros y será guiada con firmeza y austeridad no comunes por sacerdotes, confesores y obispos, que la pondrán a dura prueba. Su propia superiora y el mismo Santo Oficio la harán pasar por repetidas y prolongadas humillaciones: segregación por muchos días en la enfermería, prohibición de ir al locutorio, exámenes y controles.

Sólo el 7 de marzo de 1716 el Santo Oficio revoca para ella la prohibición de ser elegida abadesa. Un mes después es elegida superiora por toda la comunidad. Bajo su gobierno el Señor bendice la casa y la llena de vocaciones. Se preocupará entonces de hacer construir una nueva ala del monasterio y de aliviar la fatiga cotidiana de las monjas realizando una conducción de tubos de plomo para hacer llegar el agua al interior de la casa.

Pero estos hechos se pierden ante la admirable aventura del espíritu. Su vocación es otra: el amor a Dios para expiar el desamor de los hombres.

Al término de su aventura espiritual llegará a pedir al Señor “no morir, sino padecer”, repitiendo, por lo que hace al sufrimiento un nuevo estribillo: “más, más y más”, segura de este camino: el del Amor Redentor.

Cuerpo incorrupto de Santa Verónica Giuliani

EL CAMINO ESPIRITUAL DE VERÓNICA

El Diario: mina del Espíritu

El Diario, que Verónica nos ha dejado y en el que, por voluntad de sus confesores y superiores, nos ha descrito sus variadas experiencias místicas, está -compuesto por veintidós mil páginas manuscritas. Es una riqueza espiritual inagotable para las almas ganosas de conocer el camino de Dios.

Los santos son como senderos luminosos en el firmamento de la Iglesia; a través de ellos Dios nos indica cómo hemos de subir hasta El.

La vida cristiana alcanza su vértice en la unión con Dios. El itinerario místico, resultado de experiencias extraordinarias – a través de las cuales pasó santa Verónica – coincide de hecho con el progreso en la santidad a la cual todos estamos llamados. La perfección cristiana consiste esencialmente en la experiencia del Amor divino. El crecimiento del amor – aun el que deriva de particulares gracias de carácter místico -, si conduce al progreso efectivo de las virtudes teologales y morales, conduce a la meta común de la santidad.

Es poco menos que imposible, tratándose de Verónica, compendiar la experiencia riquísima sea de los hechos místicos vividos por ella, sea del progreso en el itinerario de las virtudes realizado en una vida espiritual de tanta intensidad, Sin embargo no podemos dejar de poner en resalto las únicas esenciales, para poder captar la admirable enseñanza, dada por Dios en beneficio nuestro por medio de ella.

La meta: llegar a ser esposa de Jesús

En el lenguaje de la perfección cristiana se emplean las expresiones más delicadas del amor humano para entender algo del amor divino.

El amor lleva al desposorio. Así ocurre con el alma. Verónica vive esta realidad espiritual del comienzo al fin de su vida.

Jesús se enamora de esta criatura, la mira con afecto, la atrae a sí y la quiere esposa suya. Se lo viene diciendo desde que tenía tres años. Con ella entabla coloquios y correspondencia, para ella expresa invitaciones y promesas, a ella va con visitas y dones.

La Santa afirma refiriéndose al periodo de su adolescencia en la familia: “Pocas veces salía de la oración sin que el Señor me dijese internamente que había de ser su esposa”. Ella misma, siendo tan joven, no intuía todo lo que el Señor deseaba en seguida de ella, por lo cual le respondía con ingenuidad: “Dios mío, habéis de tener paciencia, a su tiempo tendréis todo. Entonces veréis que digo la verdad”.

El momento culminante para estas promesas de amor, en su tempranísima edad, fue aquel en que recibió por primera vez la Eucaristía. Escribe: “En la primera Comunión me parece que el Señor me hizo entender que yo debía ser su esposa. Experimenté un no sé qué de particular; quedé como fuera de mí, pero no entendí nada. Pensaba que en la Comunión sucedía siempre así. Al recibir aquella santísima Hostia me pareció que entraba en mi corazón un fuego. Me sentía quemar”. El día de la primera Comunión! Es el 2 de febrero de 1670. La pequeña tiene solo diez años, pero siente que su amor a Jesús se debe expresar en una ofrenda total, Es un lenguaje ya maduro y fuerte: “Señor, no tardéis más: ¡crucificadme con Vos! ¡Dadme vuestras espinas, vuestros clavos: aquí tenéis mis manos, mis pies y mi corazón! ¡Heridme, oh Señor!”

Del desposorio místico a la divinización

Todo esto se realizará. Jesús la irá conduciendo, por experiencias extraordinarias, hasta el desposorio místico, hasta la transformación y la divinización. La ascensión estará modulada por fases espirituales que los teólogos han llamado de unión suave, de unión árida y de unión activa. Mientras tanto un raudal de dones y carismas se derrama sobre ella en cada momento.

Un mensaje importante para todos. El Señor parece decir, a través de la experiencia espiritual de Verónica, que la vida de gracia es “naturalmente” todo esto, si bien misteriosamente oculto en las almas de sus fieles. Pero lo que causa maravilla es que en Verónica la realidad divina es evidente, es manifiesta, casi sin velos.

Gracias, dones y carismas

Jesús atrae a sí a Verónica y transforma, adapta y plasma su íntima constitución interior: le da un “corazón amoroso” y un “corazón herido”, la hace arrimarse a su costado para darle a beber de la fuente de su Corazón divino, le comunica un plan ascético de vida y la perfecciona aun en el nombre: “Verónica de Jesús y de María”.

Verónica debe beber también el “cáliz amargo”; Jesús le clava cinco dardos en el corazón junto con los instrumentos de la Pasión.

La Virgen es intermediaria de tales gracias y la reconoce como “discípula”. Por intermedio de María santísima Verónica hace su consagración a Jesús. Los tres corazones – de Jesús, de María y de Verónica -se funden en uno-.

En un alternarse divino de purificación y de gracias la Santa ve añadirse en su corazón otras sena les, como las llamas del Amor de Dios, el sello “Fuente de gracias” y las letras VFO que corresponden a la virtudes de la Voluntad de Dios, de la Fidelidad y de la Obediencia.

Verónica, además, saboreará dos misterioso cálices: uno con la sangre de Cristo, el otro con las lágrimas de María. Revivirá, por mandato de su confesor, la Pasión de Jesús reproducida en cada uno de los tormentos.

Pero el Señor la sostiene y la conforta. Nos place mencionar aquí también alguna gracia especial con la que se siente confortada: la Virgen le concede la ayuda constante de un segundo ángel de la guarda y la consuela con una peregrinación – ¡en visión! – al santuario de la Santa Casa de Loreto.

La vida divina fluye en su alma. Se le concede la que Verónica llama “la gracia de las tres gracias”:unión, transformación y desposorio celeste. Es una gracia que, desde 1714, recibe cada vez que se acerca a la sagrada Comunión y diviniza cada vez más su espíritu.

Es ya la “Verónica de la voluntad de Dios. Hija y profesa de María santísima”.

La Virgen María en la vida espiritual de santa Verónica

A medida que Verónica avanza en el camino de la perfección, aumenta también la presencia de la Madre de Dios hasta el punto de sustituir casi la de Jesús. La Virgen santa la atrae a la propia vida, a fin de que, identificada con ella, pueda conducirla a su divino Hijo y a la adoración de la santísima Trinidad. Cada día con mayor frecuencia Verónica se siente confirmada – y lo registra en su Diario – “hija del Padre, esposa del Verbo y discípula del Espíritu Santo”.

Se puede hablar de un “camino mariano” de santa Verónica. Y es ésta tal vez la tonalidad más destacada, mientras sube a las cimas de la perfección. Esta presencia central de María santísima tuvo comienzo en el año 1700, cuando la “querida Mamá” le ofrecía suave refugio en su regazo acogedor: la sostenía en las pruebas y le prodigaba su guía segura y su luminoso magisterio. Es introducida primero como “discípula” y después como “novicia de María”. Se funde con su corazón.

El 21 de noviembre de 1708 Verónica se ofrece con un solemne acto de donación a María y se declara su “sierva”. Esto equivale a la total consagración mariana. A partir de aquel momento se desarrolla rápidamente un proceso de Profunda identificación entre María y su hija espiritual Verónica.

Desde 1715 las gracias de unión mística son experimentadas a través de la compenetración con el alma de María.

A partir del 14 de agosto de 1720 Verónica comienza a escribir bajo el dictado de la Virgen. María vive con ella el presente: es la verdadera guía del monasterio. Le dice: “Hija, estate tranquila. Yo soy la superiora y corre por mi cuenta el necesario sustento para ti y para tus hermanas. Es mi oficio; tú no tienes que preocuparte de nada”.

Y Verónica va constatando cosas admirables. La «nueva superiora” la sustituye hasta en el guiar el capítulo de las hermanas. Escribe la Santa: “Cada viernes yo me postro a los pies de María santísima, le pido que tenga a bien guiarme y enseñarme lo que tengo que decir a cada hermana, y siempre experimento su ayuda especial. Paréceme que María santísima está allí personalmente como superiora y que yo voy diciendo, de parte suya, todo cuanto me dicta ella. Pero hoy ha sucedido algo insólito: apenas comenzado el capítulo, me he encontrado fuera de los sentidos, de modo sin embargo que nadie ha podido darse cuenta, porque ha sido entre mí y Dios…

Al terminar me he dado cuenta de que había hecho el capítulo. ¡Sea todo a gloria de Dios y de María santísima! Ella ha dicho y hecho todo”.

Identificada con María santísima

Las paginas de Verónica que se refieren a los aspectos marianos de su vida son de las más bellas y significativas por lo que hace al camino espiritual de ella y de todo cristiano. Contienen doctrina y práctica luminosa y se imponen a la atención de cualquiera que reconozca la importancia de la consagración a la Virgen como medio de la más alta perfección.

Escribe: “Paréceme que, en ese momento, la santísima Virgen se ha transformado a sí misma en mí; pero para hacer entender esto no hallo modo de declararlo, ya que mi alma se ha hecho una misma cosa con María santísima, del modo que yo experimento cuando recibo la gracia de la transformación de Dios con el alma y del alma en Dios”.

La Virgen la llama afectuosamente “corazón de mi corazón” y, mediante ella, adora a la santísima Trinidad. Nuevamente se inclina sobre los pliegos del Diario y apunta: “Me ha venido el recogimiento con la visión de María santísima. Me he comportado como suelo; y ella me ha hecho hacer aquella adoración a la santísima Trinidad. Entonces han venido tres rayos, con tres dardos, a este corazón. Me ha parecido que las tres divinas Personas, en señal de amor, han confirmado lo que tantas veces han tenido a bien hacerme comprender. María santísima me ha dicho: “El Padre eterno te confirma por hija, el Verbo eterno por esposa suya, el Espíritu Santo por discípula suya”. Y, mientras tanto, los tres dardos que estaban en el corazón han ido derechos al corazón de María santísima y del corazón de María santísima ha venido uno a este corazón, el cual lanzaba el mismo corazón al corazón de ella. Aquellos tres dardos luego semejaban centellas, y ya volvían a este corazón ya al de la santísima Virgen.

Aquí he experimentado un no sé qué de nuevo: me parecía que mi alma y este corazón eran una misma cosa con María santísima”.

Por medio de la Madre de Dios se le comunican gracias cada vez más especiales. Se lo recuerda la misma Virgen: “Y de nuevo, en el momento en que ha venido a ti el Dios sacramentado, el alma de mi alma (Verónica) ha quedado identificada con la voluntad de Dios y mía, porque en ese momento ha comenzado un modo de obediencia más exacta: es que yo he hecho participar al alma de mi alma mi misma obediencia.

Así es como la Virgen le comunica sus virtudes. Entre éstas resplandece la pureza. “Mi corazón y mi alma hicieron sentir penetrantemente en el corazón de mi corazón (Verónica) el valor de mi pureza. Hija, haz aprecio de esta gracia, que es tan agradable a Dios. El alma sencilla y pura atrae la mirada de Dios, El la llena de sus divinas gracias y dones. Hija, la mirada divina santifica y vivifica a las almas inocentes y puras”. Así en todas las virtudes: “Te hice participar del mérito de todas las virtudes que había ejercitado yo y con ellas te presenté a Dios”.

En la cima se halla siempre la caridad, el amor. Sólo éste crea y renueva. Y la Virgen le dice que le “renovó todo el corazón por medio de un rayo de amor que te comunicó mi corazón”. Por ese camino el alma de Verónica viene a ser confirmada y “elegida entre los elegidos”, comenzando el “anticipado paraíso” para quedar unida siempre en el “Espíritu Santo Amor”.

Un compendio de tantas gracias

Para gozar con las maravillas que Dios obró en santa Verónica Giuliani, leamos todavía una página de su Diario escrita en 1701. Verónica viviría aún muchos años – moriría en 1727 -, ¡pero ya el Señor la había colmado de tantas gracias!

“En un instante se me dio luz clara sobre todas las gracias particulares que Dios ha concedido a mi alma. Han sido tantas, tantas, que no me es posible decir el número. Sólo diré lo que comprendí en particular. Me hizo, comprender queme había renovado 500 veces el dolor del corazón y me había renovado en él muchas veces la herida; que, al mismo tiempo, me había concedido la gracia particular de darme el dolor de mis pecados, añadiendo el conocimiento de mí misma y de las propias culpas y haciéndome comprender toda clase de virtudes y el modo como había de ejercitarlas; que me había concedido tantísimas luces y amaestramientos: sería cosa de nunca acabar si quisiera referirlos todos.

Hízome comprender también que había renovado 60 veces el desposorio con mi alma; que me había hecho experimentar 33 veces, de manera especial, su santísima Pasión y, comprender penas que sólo son conocidas de las almas más queridas de El; que se me había hecho ver 20 , veces todo llagado y ensangrentado, y que me pedía que siguiese su santa voluntad; pero yo hacía todo lo opuesto. ¡OH Dios! ¡Qué confusión era la mía en ese momento! No puedo con la pluma decir nada de lo que yo experimentaba mientras me era manifestada cada cosa al detalle.

Tres veces me había dado un tiernísimo abrazo desclavando su brazo de la cruz y haciéndome llegar a su costado; 5 veces me había dado a gustar el licor .que salía de su costado; 15 veces había lavado de modo especial mi corazón en su preciosa sangre, que manaba en forma de rayo de su costado y se dirigía a mi corazón; 12 veces me lo había sacado, haciéndome la gracia de purificarlo y de quitar de él toda suciedad, la podredumbre de las imperfecciones y los residuos de mis pecados; 9 veces me había hecho acercar la boca a la llaga de su santísimo costado; 200 veces había dado tiernísimos abrazos a mi alma, de modo especial, sin contar los demás que me da continua- y 100 heridas había hecho a mi corazón de mente, modo secreto.

Basta con lo dicho. No tiene número todo cuanto Dios ha obrado en esta alma ingrata. Me hizo entender todas estas cosas en un momento; y, de un modo que no sé referir, me renovó todo asignándome sus santos méritos, su pasión, todas sus obras, en satisfacción por haber correspondido mal a todas esas cosas. De nuevo me hizo saber que me había perdonado todas mis culpas, pero que ahora debo ser toda suya. En ese momento me concedió el dolor de mis pecados. En el acto de dolor volví en mí, más muerta que viva. Me duró el dolor por poco tiempo y me sentía como expirar. Me parece que todo esto que tuve después de la comunión, sobre las gracias y los dones concedidos por Dios a mi alma, fue un nuevo juicio; y por esto comprendí el número de cada uno más en particular y su especie. ¡Sea todo a gloria de Dios!”

“El Amor se ha dejado hallar”

Acompañada en el camino de la perfección por la presencia continua de la Virgen, que la llama “corazón de mi corazón” y “alma de mi alma”, Verónica transcurre los últimos años de su vida en unión constante con Dios. Declara ella misma: “Cuando Dios me concede las dos gracias de la unión y de la transformación, éstas son las mismas que gozan las almas bienaventuradas allá en el paraíso. Gozan de Dios en Dios; y es un continuo convite de amor con amor”.

Verónica recibe el don de ser confirmada en la gracia santificante, por lo que repite llena de gozo: ” ¡Eternamente! ¡eternamente!”. Puede afirmar: “El amor ha vencido y el mismo amor ha quedado vencido”.

Es ya el paraíso. Pero es preciso dejar esta vida, es preciso poner punto final. La Virgen, que en los últimos años le ha dictado el Diario, le sugiere estas simpáticas palabras que ella transcribe fielmente; “Pon punto”. Es el 25 de marzo de 1727, fiesta de la Anunciación del Señor.

El 6 de junio, en el momento de la santa Comunión, Verónica sufre un ataque de hemiplejia. Desde entonces transcurren treinta y tres días de un triple purgatorio: dolores físicos, sufrimientos morales y tentaciones diabólicas, como lo había predicho.

Al alba del 9 de julio, recibida la obediencia de su confesor para poder dejar este mundo, vuela al encuentro con Dios.

“¡El Amor se ha dejado hallar!” Son sus últimas palabras dichas a sus hermanas. Así terminó su padecer por amor y comenzó su paraíso.

La Iglesia la declaró Beata en 1804 y Santa en 1839. Hoy quien ha tenido la gracia de conocer de cerca a santa Verónica Giuliani – a través de la lectura del Diario, de las Relaciones y de las Cartas – abriga la esperanza de que en la Iglesia se le reconozca, además de la santidad, ese magisterio espiritual que resuma de todos sus escritos y se halla confirmado por una excepcional vida mística.

Verónica figura de hecho entre los grandes maestros de la perfección que iluminan y guían al pueblo cristiano.

Los Dos Corazones en la experiencia mística de Véronica Giuliani

En la vida de Santa Verónica podemos ver la obra de amor que los Dos Corazones realizaron en ella. Sus experiencias, llenas de ardiente entrega hacia ambos Corazones, y la correspondencia de ellos, dándole gracias extraordinarias que la llevan a entregar todo por el Esposo, pero ayudada por la fiel custodia de la Virgen María.

Podemos decir que ella vivió la Pasión del Señor pero siempre acompañada y guiada por la Virgen María.

Es una santa que recoge experiencias místicas de grado muy alto y además, sus experiencias unen de una manera extraordinaria la espiritualidad Mariana y la espiritualidad Cristo céntrica, y es la unión de estas dos espiritualidades, las que desean llevar al hombre a su plenitud. Santa Verónica fue llevada a las alturas guiada por Jesús y por la Virgen María.

En su vida mística encontramos lo que ella llama Lazo indisoluble de los Tres Corazones. Su corazón fue unido místicamente al Corazón de Jesús y de María. Narra su participación tanto de la Pasión de Jesús como del sufrimiento y lágrimas de la Virgen María.

MARÍA SE OFRECE DEL TODO A JESÚS EN NOMBRE DE LA SANTA
7 de abril, 1697 = Volumen I, 905

“Hablándome de esa manera, me crecía el deseo ardiente y de corazón me ofrecía del todo a El. Sin embargo por el conocimiento propio que tenía, veía que no le podía dar nada. Me he dirigido a la Santísima Virgen y le he dicho fuese Ella quien ofreciese algún donativo a su Hijo en mi lugar. Así pues, en representación de mi persona, se ha ofrecido toda Ella. Le ha dado todos sus sentimientos unidos a los míos; le ha dado sus potencias, su corazón y todos sus méritos, todas sus buenas obras y sus virtudes, en unión de los méritos santísimos del mismo Señor y de todo cuánto ha padecido y obrado, en todo el decurso de su vida. Mientras la Santísima Virgen hacía todo esto, me parecía que al mismo tiempo me iba adornando con una bellísima vestidura, cubierta de oro y piedras preciosas, que querían significar las santas virtudes de la Virgen. Y el Señor dijo a la Santísima Virgen que aceptaba esto como señal de que yo quería ser verdadera esposa suya”.

EL CORAZÓN DE VERÓNICA SOBRE EL CORAZÓN DE MARÍA
7 de abril, 1697 = Volumen I, 905-6

El le dijo: “Si es mío, lo pondré donde debe estar”. Y diciendo así, lo puso en la llaga de su costado, me hizo ver su corazón muy resplandeciente y puso el mío sobre su mismo corazón. Entonces mi corazón quedó del todo encendido, como una llama de fuego. El Señor volvió a tomarlo en su mano, lo miraba fijamente y lo estrechaba fuertemente. Yo veía dicho corazón todo fuego, con las cinco llagas y traspasado de parte a parte. El Señor lo dio a su Santísima Madre y lo puso justo sobre su corazón de Ella. Ella lo tomó con su mano y lo donó a su Hijo con su propio corazón, y con el de su mismo Hijo. El Señor lo volvió a meter en mi pecho; pero parecía que me metía un incendio. Sentía como si me abrasara”.

MARÍA INTRODUCE A LA SANTA EN EL COSTADO DE CRISTO
7 de marzo, 1698 = Volumen II, 369

“Aquí me ha hecho comprender que todavía no he empezado a sufrir, en relación a lo que me espera. En este momento me ha dicho: “Espera en mí”; y me ha mostrado su Costado diciéndome: “Aquí debes hacer tu morada”. Yo, dirigida a la Virgen, le rogaba que quisiese ofrecer su Corazón por mí; y que quisiese introducirme en el Costado de Jesús. Ella en un instante me ha hecho ver que ya había recibido la gracia; y allí dentro estaba con muchas otras almas”.

MARÍA Y JESÚS LA CONFIRMAN EN EL CAMINO DEL SUFRIMIENTO
15 de agosto, 1699 = Volumen II, 510-1

“Esta noche, después de un largo combate, he tenido un poco de recogimiento en la oración. Entonces he tenido la visión de la Virgen con el Señor Glorioso y muchos santos y santas. Ambos me han dicho que venían para confirmarse en el padecer. En esto me ha dado a entender el Señor que quería darme una gracia. Hablando de esta manera, me ha entregado a la Virgen. Ella me ha peguntado que quería. Le he pedido, como gracia, la pureza de intención, la humildad y la resignación a la voluntad divina. Me pareció que Ella me lo concedía todo y me dijo que me preparase para recibir nuevas gracias.

De repente desapareció. Cuando volví en mi, sentía gran contento de padecer, y al mismo tiempo se me encendía el corazón; aunque el sentido, sintiese al vivo el estar crucificada externa e internamente con los acostumbrados trabajos, yo no podía decir más que: “Señor, si es vuestro querer, añadidme más penas”.

Por la mañana en la comunión, me ha parecido que en seguida me ha venido el recogimiento con la visión de la Virgen y de Jesús Niño. Ella y El me confirmaron en el camino del sufrimiento. El Señor me hizo entender que todo el tiempo de mi vida lo tendría que pasar con sufrimiento; y de nuevo me daba la gracia de confirmarme crucificada con El. Aquí tuve también comunicaciones y aprendí la preciosidad de la cruz y de las penas. El Señor me dijo: “Seme fiel en el porvenir. Corresponde a mi amor. Yo te amo y seré siempre tuyo. Afiánzate en mi querer, ten verdadera fe y esperanza en mi”.

CRISTO ESTAMPA EN EL CORAZÓN DE VERÓNICA LOS NOMBRES DE JESÚS Y DE MARÍA
25 de marzo, 1702 = Volumen III, 1036

“En un instante el Señor me quitó el corazón. Me pareció verlo, en la mano de la Santísima Virgen, y Ella lo lavaba y limpiaba, con la sangre que salía del Costado de Jesús. Lo vi repentinamente tan reluciente y purificado, como, si fuese cristal purísimo. Jesús tenía en la mano algo como un pincel, lo mojaba en su costado, y luego con el mismo escribía caracteres en el corazón que tenía la Santísima Virgen en la mano. Me pareció que Jesús había impreso en él con caracteres de su sangre estos dos nombres: Jesús y María, y así sellado lo ponía de nuevo en su sitio.

En aquel momento me pareció sentir una cosa nueva en mí y no pude entenderla en absoluto por el exceso de amor que sentía. Mi alma se unió tan estrechamente con Dios…, y los dos nombres que había escrito en mí propio corazón, me parecían una atadura indisoluble con la que tenía atada mi alma. No puedo describir con la pluma lo que tuve en aquel momento y el deseo inmenso de Dios con que quedé. Estaban estos caracteres, como voz viva ante la presencia de Dios y El me daba a entender cómo debo encaminarme por el camino de los sufrimientos y cómo debo portarme cuando me hace participar de los dolores y penas de su santísima pasión. En este tiempo me parece que Dios infundía en mi corazón su amor, de un modo especial; y me dejó un vivo recuerdo de Jesús y María”.

VERÓNICA DE JESÚS Y DE MARÍA
17 de mayo, 1703 = Volumen III, 134

“Vuelvo de nuevo a la narración de la visión. Me pareció que Jesús levantaba la mano que tenía apoyada sobre su corazón; vi entonces abierta la llaga de su costado; y me pareció ver en su corazón con letras de oro esas precisas palabras: “Verónica de Jesús y de María”. De pronto, se cubrió de nuevo con su mano; de su corazón salía un resplandor tan grande que parecía al de muchos soles. Aquí no puedo explicar lo que en aquel momento gustó mi alma, no hay manera de encontrar palabra que le cuadre. ¡Todo sea a gloria de Dios! En este día tuve tres veces la misma visión, de la misma manera, y cada vez que volvía en mí, Dios me daba especial dolor de mis pecados. ¡Todo sea a gloria de Dios!”

“ARREBATABAN MI CORAZÓN”
8 de septiembre, 1703 = Volumen III, 180

“La tercera vez, me ha parecido que salía un gran resplandor del corazón de Jesús y del de María; se unían uno con el otro y al mismo tiempo mí alma gustaba una unión con Dios de tal manera que no hay modo de describirla. Estos corazones arrebataban hacia Ellos mi corazón y llenaban mi alma de dulzura celestial. Sentía una comunicación tan excelsa de Dios, y de sus divinos atributos… especialmente de su inmensidad, divina piedad, misericordia infinita, caridad inmensa, bondad suma, amor incomprensible, y cosas semejantes… que no puedo narrarlas, ni hay manera de poder discurrir sobre ellas. Cuanto más se dice de Dios y de su grandeza, menos se dice. Por más que hayan dicho todas las criaturas unidas y los Santos, nadie ha dicho nunca nada. Yo no tengo manera, ni encuentro modo de poder narrar nada de cuanto he entendido en esto. Sólo seguiré narrando lo que me ha ocurrido en esta visión.

Me parecía que aquel resplandor que salía de los corazones de Jesús y de María, venía hacia mi corazón, y que quedase como preso o atado por ambos corazones, sintiendo un júbilo de Paraíso. De lo que he experimentado en aquel momento, no puedo decir nada; sólo me parece sentir desde aquel momento, hasta ahora, mi corazón y mi alma han estado siempre con atención y aplicación en Dios; y que me es más fácil el ejercicio de la presencia divina. Me parece sentir todavía atado mi corazón con el de Jesús y el de la Santísima Virgen; y esto hace que esté muy contenta y que sienta, a veces, tal ímpetu de amor a Dios, que parezca como alocada”.

CONSTITUIDA HIJA DE MARÍA, LOS TRES CORAZONES, UNO
26 de junio, 1705 = Volumen 269-70

“Después un rapto con la visión de Jesús y de la Santísima Virgen con muchos santos. Yo entendía, por vía de comunicación, que Dios me asignaba de un modo especial a todos aquellos santos por abogados míos, y a la Santísima Virgen, por madre mía, y que me había constituido hija de la. Santísima Virgen. En un instante he entendido por vía de comunicación, que la Santísima Virgen me aceptaba como hija suya y parecía que se ofrecía a sí misma a Dios por mi, que ofrecía asimismo su corazón a Dios por mí”.

EFECTOS MARAVILLOSOS DE LA UNIÓN DE LOS CORAZONES
29-30 de junio, 1705 = Volumen III, 271-2

“Estos días (29 y 30) los he pasado con muchas penas, y en mi corazón ha habido algo nuevo, un no sé qué, semejante al que tuve el 26 del corriente. Mientras sentía que me ataban el corazón aquellos lazos de amor de los dos corazones, es decir, de los de Jesús Crucificado y de la Santísima Virgen, me pareció que todo esto me hacía salir de mí, y me despojase de todo.

Se renovó en mí el modo que tiene Dios, que es sin modo, y me pareció entender que Dios quiere absolutamente que yo le ame y sea toda suya. El se amaba por mí y, al mismo tiempo entendía un poco de este amor, pero no es posible discurrir sobre él. ¡Queda el alma toda absorta en Dios!… siente tiernos abrazos del mismo Dios y en el obrar y cooperar que hace Dios, ella obra y coopera siguiendo sencillamente la pura voluntad de Dios. En todo aquello que contenta al alma es necesario que al mismo tiempo ponga todo su contento en sólo Dios; al devolver a Dios este contento, viene a depender de El y a hacer su voluntad; y Dios, por su caridad, en un instante le acumula gracias sobre gracias, dones a dones, y se complace tanto que parece que mande un diluvio de gracias sobre el alma; en particular, la de darle el conocimiento y la contrición. Laus Deo.

DE NUEVO LOS TRES CORAZONES
2 de julio, 1705 = Volumen III, 275-77

“Me ha venido un ímpetu de amor y he quedado fuera de sentidos. Entonces he tenido una visión de Jesús y de la Santísima Virgen, y me parecía que de sus corazones salían aquellos rayos; que Jesús y María, con sus Corazones ataban el mío, y le hacían participar un no sé qué, como de Dios. Lo digo así por decirlo de algún modo, porque no hay manera de contar el hecho que he experimentado en aquel instante. Mi alma gozaba un no sé qué superior a todo lo que ha gozado nunca, y tenía comunicaciones íntimas de las que no se pueden contar con palabras. Me pareció que ambos corazones, es decir, el de Jesús y el de María, quisieran para si mi corazón. De repente me ha parecido verlo en medio de estos corazones, y en un instante, como de vuelo, volver a mi; y yo he vuelto en mi.

Me ha parecido que los tres corazones se han unido como si fuesen uno solo; pero los veía ahora separados, ahora unidos. En este hecho mi alma ha gustado algo superior a lo primero, cuanto he dicho, de aquella participación divina. Aquí sí que no es posible contar nada.

En un instante me he sentido toda en Dios, y Dios en mí, de un modo que no hay manera de decirlo. Los Corazones de Jesús y de María infundían en mí alma una plenitud de gracias; y me parecía que la instruían, de un modo muy cuidadoso, en toda clase de virtudes; pero al mismo tiempo, le comunicaban el divino amor, y el amor divino obraba cosas que no hay manera de entenderlas con la inteligencia humana”.

PARTICIPA DEL DOLOR Y DE LAS LÁGRIMAS QUE PADECIÓ MARÍA AL PIE DE LA CRUZ
2 de julio, 1705 = Volumen III, 278

“El Padre Confesor me ha impuesto por obediencia, que recogiera mi mente en Dios; que rogara a la Santísima Virgen que me hiciera participar un poco de aquellos dolores y lágrimas que tuvo Ella al pie de la cruz; y que esta pena debía servirme de penitencia por mis pecados. En seguida que me puse a obedecer tuve un breve rapto, en el cual me pareció entender que no sólo me darían la gracia Dios y la Santísima Virgen, sino que además, participaría al mismo tiempo del dolor de María y del Corazón de Jesús; porque ambos Corazones se participaron mutuamente sus dolores; y los Dos me lo harían participar a mi corazón. Así fue. Tuve tal pena y dolor que creía que me estallaba el corazón. Esto que he dicho, me ha sucedido varias veces, cuando el Confesor me mandaba cosas semejantes”.

EL CORAZÓN HERIDO Y EL CORAZÓN AMOROSO
22 de julio, 1705 = Volumen III, 290

“Tuve otro rapto con la misma visión. La Santísima Virgen tomó el corazón herido y lo puso en el costado de Nuestro Señor; y me fue puesto el corazón amoroso en el sitio del corazón herido, por Jesús y por la Santísima Virgen. En este acto mi alma experimentó algo divino, no sé qué; pues no tengo manera de narrar lo que fue. Sólo que ella (el alma) participó un poco de lo que el corazón herido participaba en el costado amoroso de Jesús. El corazón de Jesús y el de María comunicaban grandes cosas al corazón herido y él participaba de un Paraíso anticipado. Las comunicaciones de estos Dos Corazones lo dejaban como beatificado, por decirlo de algún modo; pero no puedo con palabras decir nada de lo que el corazón gozaba. Y de este gozo participaba también el alma. Fue para mi una renovación total de mi misma.

Vuelta en mí, no sabía si estaba en el cielo o en la tierra. Estaba toda en Dios y sentía a Dios en mi, que obraba, cooperaba y mandaba. Mi alma seguía esas operaciones y cooperaciones de manera imposible de decir”.

EL “SELLO” DE MARÍA Y EL DE VERÓNICA
19 de noviembre, 1711 = Volumen 442, 3, 4

María le dice: “Mira un poco aquí, y le señalaba su corazón”. “Me ha parecido que en aquel punto mi alma quedaba un poco aliviada. Pensaba que estaba viendo una fuente de gracias; pero en el mismo corazón había también un espejo semejante a aquel que vi en el corazón de Jesús. ¡Dios mío! ¡Qué temblor! ¡Verme a mí misma, tan ingrata! Todos los medios, las ayudas, las gracias y los favores que me ha dado María Santísima, todos los había sepultado bajo mis pies”.

Vuelvo a la narración. En un momento, me ha parecido que aquel espejo volvía a ser de nuevo como un sello donde estaba escrito: “fuente de gracias” y he visto esculpidas en el Corazón de María Santísima 7 espadas.

Mi alma se ha humillado y ha vuelto de muerte a vida. María no tenía ya aquel aspecto terrible, sino que con rostro amoroso, me ha llamado su hija. ¡Dios mío! Aquí si que sería necesaria la misma Virgen Santísima, para decir y declarar todo lo que ha experimentado mi alma; yo, no tengo manera de decir ni una palabra. Sin embargo, para obedecer, diré algo.

Me ha parecido que en aquel momento el sello que estaba en el corazón de María, ha venido hacia mi y ha tocado el sello que tengo en mi corazón. En el mismísimo punto, María Santísima, me ha quitado el mío, lo ha unido al suyo… parecían uno solo.

En un momento, María Santísima y todos aquellos santos han venido en mi ayuda; mi querida Mamá me ha presentado a su Hijo Santísimo y al mismo tiempo le ha presentado aquellos dos sellos que tenía en su corazón, es decir, el suyo y el que había sacado del mío. Este sello pedía gracias y gracias”.

MARÍA OFRECE A JESÚS, TODOS SUS MÉRITOS, OBRAS Y VIRTUDES, EN FAVOR DE VERÓNICA
21 de noviembre, 1711 = Volumen III, 448

“En un momento me pareció volver de muerte a vida. Viendo cambiarse poco a poco aquellos divinos rostros y mostrarse piadosos y benignos, mi alma quedó al mismo tiempo toda purificada y hermosa. Los Santos llenos de júbilo hacen fiesta y corona a la Gran Madre de Dios, la cual, llena de piedad pone mi alma ante su Hijo Santísimo; y me pareció entender, por vía de comunicación, que en aquel momento María Santísima ofrecía a su Hijo todos sus méritos, todas sus obras, todas sus virtudes, todo, a favor de mi alma.

Y en aquel punto veo que Jesús también se da a Si mismo, todos sus méritos infinitos, su preciosa sangre, toda su pasión, a favor de mi alma; la cual, al mismo tiempo, participa de todos los frutos de todo esto”.

EL CORAZÓN DE VERÓNICA Y LOS TRES SELLOS
6 de diciembre, 1711 = 111 467

“Esta tarde, cuando María Santísima me ha quitado el corazón, lo he visto de diferente manera que las veces pasadas.

¡Dios mío! Mi querida Mamá lo ha tomado, inmediatamente lo ha dado en mano a su Hijo Santísimo, y me ha hecho comprender un no sé qué. Ha sido que en aquel punto ha dado un toque a aquel dardo, y en seguida mi alma ha participado un poco del amor divino.

María Santísima tenía mi corazón en su mano, y cada vez que dirigía su mirada hacia él, se conmovían todos los instrumentos. Me ha parecido que el sello que es en el corazón de María, se unía con el que tiene mi corazón, que el del Corazón de Jesús, como de vuelo, se unía con el de María; y que los tres juntos hacían corona a mí corazón. María Santísima, antes de volvérmelo a poner en su sitio, ha puesto primero el suyo en su Corazón, y luego lo ha puesto a donde ahora está, es decir, bajo las espadas de sus dolores. Este sello es auténtica de los tesoros divinos por eso lleva esculpidos las palabras: “Fuente de gracias”.

¡Dios mío! ¡Cuántas gracias y cuántos dones recibe mi alma, por esos dolores de María! Ella parece estar enamorada de mi alma, y si le es fiel, le enseña la manera de serlo más, y no pasa momento sin darle instrucciones y enseñanzas sobre las virtudes. No hallo modo de contar todo lo que María Santísima hace con mi alma”.

COMO ESTÁN COLOCADOS LOS INSTRUMENTOS DE LA PASIÓN EN EL CORAZÓN DE LA SANTA

14 de diciembre, 1711 = Volumen III, 477

“Dios me ha hecho ver mi corazón, y María Santísima me enseñó uno por uno los instrumentos. La cruz está enfrente de los dolores de María; del lado donde está la cruz, están los flagelos, los martillos y las tenazas; del lado de los dolores, está la columna, los clavos y las espinas. Se terminaba esta operación de manera dolorosa; he entendido que se había completado del todo; en aquel punto se ha cerrado el corazón, y María Santísima lo ha puesto en su sitio. En un momento, me ha concedido como gracia, el dolor de todos mis pecados; y mientras sentía este dolor, se han renovado todos los dolores del corazón, que, como voces han agradecido al Sumo Bien por tan grande bien como hace en mi alma”.

FUSIÓN DE AMOR O DESPOSORIO ESPIRITUAL CON MARÍA
18 de diciembre, 1711 = Volumen III, 483

“En el día de hoy ha tenido lugar la Confesión y la Comunión, en las cuales he recibido las gracias especiales del conocimiento, de mi misma, el aborrecimiento a todo y el desprendimiento de todo lo creado. Sólo Dios queda en mi corazón y éste no es mío sino que se llama el corazón de Jesús y de María, y lo tengo en mí como prestado”.

MARÍA EMBELLECE LOS INSTRUMENTOS DE LA PASIÓN CON LA SANGRE DE CRISTO Y CON SUS LÁGRIMAS
6 de enero, 1712 = Volumen III, 502-3

“Esta mañana, inmediatamente después de comulgar, he tenido el recogimiento con la visión de Jesús y de María, que me ha sacado el corazón y me ha hecho ver los instrumentos…

Luego me ha parecido que uno de los ángeles presentaba a María dos cálices de oro, en uno de los cuales estaba la sangre de Jesús, y en el otro, las lágrimas de María Santísima La Santísima Virgen, ponía mi corazón en las manos de su Hijo; y Ella tomando aquel dardo que está en el corazón lo metía en estos cálices; con él iba tocando como con un pincelito, todos los instrumentos, que quedaron de color rojo con aquella sangre preciosa, y encima, con las lágrimas de María, como esmaltados. En este punto Ella volvió a meter el dardo en el corazón; y al moverlo, el corazón participó un no sé qué del divino amor y al mismo tiempo mi alma tuvo también en ella misma, todo lo que tenía el corazón. Esto fue mediante el amor. Este hecho no tengo manera de declararlo.

María, dirigiéndose a mi, me dio a entender que me devolvía el corazón sólo para que padeciese y continuase esta vida divina en sufrimiento sobre sufrimientos; y entre ambos volvieron a poner el corazón en su lugar.

Volví en mi, me pareció sentir un corazón nuevo, tenía ansias de amar a Dios, y todo esto era el mismo amor. Durante el día tuve varias veces el incendio, pero es imposible decirlo. Cuando experimento todo esto, entiendo que para hablar de obras de amor se necesitaría el mismo Amor. Yo quedo atónita y sin palabras, siento en mi los efectos del amor al sentirme cambiada de una en otra, pero no se decir en qué consiste. ¡Sea todo a gloria de Dios!”

Marzo 1712 = Volumen III, 539

“Me parece que en el curso de esta cuaresma cada día ha habido cosas especiales. Entre otras gracias que ya he reseñado, hay una superior a todas, y es que María Santísima ha renovado del todo mi corazón. Ella quitó uno a uno todos los instrumentos; los devolvió todos y, luego en un recogimiento, me pareció que llamó a mis dos ángeles custodios y, que teniendo en la mano un pincel, lo mojaba en el cáliz donde está la sangre de Jesús y después en el otro donde están sus lágrimas, con el mismo los iba tocando. Por aquella sangre y por aquellas lágrimas parecía que los dichos instrumentos quedaban todos esmaltados; y antes de volver a meterlos en la concavidad donde estaban, metía en ella un poco de la Santísima Sangre. Hizo lo mismo con los signos de sus dolores. Todo esto ocurrió antes del Domingo de Pasión.

En esta semana de Pasión recibí cada día varias veces, gracias especiales de María Santísima Ella con amor iba instruyendo mi alma en todas las virtudes; y me pareció que muchas veces me dio el oficio de dispensadora de sus gracias”.

RENOVACIÓN DEL DESPOSORIO DE LOS TRES CORAZONES
20-25 de febrero, 1712 = Volumen III, 530

“El (confesor) me dijo: “Aprended y decid a la Santísima Virgen que ahora renueve el desposorio de los tres corazones, y luego meta el clavo en el corazón para que sea una voz continua que os recuerde que habéis de obedecer.

Apenas dicho esto, me encontré fuera de sentidos a los pies de María Santísima y Ella dijo en seguida: “Hágase la obediencia”. En un instante pareció que estos tres corazones, esto es, el Corazón de Jesús, el Corazón de María y el mío, fueran, por la unión amorosa que hacían, un solo corazón. Veía, en aquel momento que María Santísima movía aquel dardo del corazón; en seguida mi alma sentía los efectos del divino amor; y todo lo que gozaba mi corazón en la mano de María, lo participaba el alma por vía de amor. ¡Dios mío! De esas comunicaciones amorosas no puedo decir nada. Sólo que me sentía muy instruida en las santas virtudes, y me parecía que mi alma se revistiera toda de virtudes, y conociera, que todo este bien lo alcanzaba por la obediencia…

En este momento Ella bendecía mi corazón, después lo ofrecía a Jesús, junto con aquellos cálices. Del corazón de Jesús; era ofrecido al de María; y Ella me lo volvía a meter, metiendo al mismo tiempo aquel clavo. A causa del dolor volví en mi del todo renovada”.

El lazo indisoluble de los tres corazones (abril de 1712 1554).

Los lazos indisolubles de los tres corazones (8 abril 1712 = Volumen III, 561).

LOS TESOROS DE LOS DOS CÁLICES
Marzo, 1712 = Volumen III, 537-8

“Entonces me hizo conocer cierto estado de sufrimientos: esto es, participación de la Santísima Pasión, trabajos de tentaciones y turbulencias del diablo; me prometía su asistencia; me daba tiernos abrazos: me mostraba los sellos y tomando en sus manos los cálices, me decía: “Estos tesoros están en tus manes, ofréceselos a mi Hijo, y obtendrás todas las gracias”. Luego me señalaba su Corazón y repetía: “Ven a mi, ven a mi”; diciendo esto, me cogía de la mano y me ponía ante su Hijo Santísimo diciéndole: “He ahí vuestra esposa, e hija mía”. Jesús me confirmaba como esposa, Ella como hija; y ambos parece que competían en comunicar a mi alma favores y gracias. ¡Dios mío! En aquel memento me pareció experimentar cosas especiales, lo mismo de unión que de cambio de vida”.

LOS DOS CÁLICES, REFUGIO CONTRA LAS TENTACIONES
4 de abril, 1712 = Volumen III, 556

“Mi querida Mamá, María Santísima, ha tomado en sus manos aquellos cálices, me los entregaba y me decía: “Está tranquila, porque esta preciosa Sangre de mi Hijo es tu refugio, y estas mis lágrimas ahí están para ti. Son tesoros de los cuales debes servirte contra todo el poder del infierno”.

RENOVACIÓN DE LA CRUCIFIXIÓN Y DE LOS DOLORES DE MARÍA
1 de abril, 1712 = Volumen III, 554

“Esta noche he tenido además la renovación de la crucifixión; al renovarse la herida del corazón, en el momento preciso en que aquel rayo del costado de Jesús se colocó en él, otro rayo ha salido del corazón de María y ha renovado en él todos sus dolores. Me parece haber entendido, entonces, que cada noche hasta el cinco de este mes, tendré siempre la gracia, tanto de la crucifixión, como de la participación de los dolores de María”.

DE NUEVO: LA UNIÓN INDISOLUBLE DE LOS TRES CORAZONES
1 de abril, 1712 = Volumen III, 554-5

“En la santa comunión, me parece que en un momento he tenido un rapto, en el cual tuve aquellas acostumbradas comunicaciones de las cuales no puedo decir nada con palabras; luego tuvo lugar la renovación del desposorio y del clavo; y al mismo tiempo María Santísima me tomó el corazón, y al instante sentí la unión indisoluble de los tres corazones. Los de Jesús y de María parecía que competían entre ellos para atraerme mi corazón”.

LOS TRES CORAZONES, UNO, Y LOS SIETE DOLORES
11 de julio, 1712 = Volumen III, 583

“Esta noche he tenido un nuevo ejercicio; y ahora para obedecer, lo diré todo. He sido presentada por mis ángeles a María Santísima Ella me ha mandado que renovase mis protestas y los santos votos; y en este momento ha venido hacia mi el sello que está en su pecho, que parecía un lucidísimo espejo donde me veía a mi misma. ¡Dios mío! ¡Qué fea y abominable soy! Han venido mis ángeles y mientras ellos ofrecían aquellos cálices, me ha parecido que en un momento cambiaba en otra. El sello ha vuelto al Corazón de María, del cual salían 7 rayos resplandecientes que fueron todos hacia Jesús, se han detenido en su costado y han hecho una sola cosa de aquellos Dos Corazones. Habiendo sido invitado mi corazón por Jesús, María Santísima me lo ha quitado, ha metido en su sitio el acostumbrado y teniéndolo en la mano, lo ha purificado y hermoseado, con aquella sangre santísima y con sus lágrimas. Luego del corazón de Jesús y del de María ha salido un rayo que, yendo, hacia el corazón que María tenía en la mano, ha causado aquella unión, por la cual los tres corazones parecen uno solo. En esto, aunque mi corazón no estaba en mí, mi alma por medio de aquel dardo, participaba de todo aquello que María Santísima obraba en el mismo corazón. En un momento Ella me ha devuelto el corazón, he tenido la gracia del dolor y en aquel instante he vuelto en mi, y en seguida ha vuelto el recogimiento.

La Santísima Virgen me señalaba aquel sello del cual salían 7 rayos y he entendido, por vía de comunicación, que significaban sus siete dolores los cuales se debían renovar en mi, hoy por la noche y durante ocho días; y que éste será el ejercicio de esta semana. En un momento mis ángeles me han presentado a María; de una manera que no puedo explicar, se han renovado en mi todos sus dolores, uno por uno; y he entendido que todo esto me será un gran bien, porque tendré alguna gracia de luz y de contrición. Así ha sucedido”.

JESÚS LA DECLARA ESPOSA SUYA, MARÍA, HIJA, Y QUIEREN CORRESPONDENCIA
17 de julio, 1712 = Volumen III, 585

“En este día ha habido muchas gracias, y ahora diré las más particulares. Esta noche ha tenido lugar el desposorio y, por gracia especial María Santísima me ha dado el anillo con aquellos dolores. En el momento en que me ha puesto el anillo en el dedo, me ha dado un cariñoso abrazo, y lo mismo ha hecho Jesús. Ella se ha declarado madre mía, y yo hija suya. Jesús se ha vuelto hacia mi y como esposo fiel, me ha pedido fidelidad. En este momento mi alma ha quedado herida por su amor y he tenido un, rapto, en el cual Dios y el alma han quedado hechos una sola cosa, todo por obra del amor. De esto no hablo, porque con palabras no puedo decir nada. Sólo diré esto, que parecía que la Madre y el Hijo compitieran sobre cuál de los dos podía agraciar más mi alma. La madre ha querido una señal de amor; en este momento han hablado sus dolores; y en aquel instante el sello del pecho de María ha venido aquí, a mi corazón. También Jesús vuelto hacia mi, me pedía una señal de afecto, de amor y de fidelidad; entonces han hablado todos los instrumentos de la pasión y el sello que está en el Corazón de Jesús, ha venido hacia mi y se ha unido con el de María; y yo comprendí que ambos se unían al que está en mi corazón, de modo que éste sin salir de mi corazón, estaba del todo, atento a cuanto hacían los otros dos. Estos eran como voces que incitaban el alma a amar al Sumo Bien; y el que estaba en mi, me parecía que era como un eco que, con voz íntima, despertaba el alma que se encontraba confusa entre tantas gracias y, sin fatigarse, sentía que se cambiaba del todo. Parecía que la obra de amor que ella sentía, le quitase todo impedimento y que se sintiese atraída hacia la unión con el Sumo Bien. En efecto, aquellos dos sellos que estaban colocados en el corazón, tenían eficacia para hacer partícipe a mi alma en un instante de todo tesoro y gracia”.

MARÍA LAVA PRIMERO EL CORAZÓN DE VERÓNICA, LUEGO SE UNEN LOS TRES CORAZONES
15 de agosto, 1712 = Volumen III, 599

“De repente, me fue tomado el corazón, como otras veces; pero en ésta tuvo lugar además el lavado con aquella preciosa sangre; y fue después rociado con aquellas lágrimas santísimas. Parecía que todos los santos quedaran admirados de tan gran don; y mi corazón, por mano de mis ángeles, fue entregado a María que lo dio a su querido Hijo. Después, por medio de María Santísima se unió al Corazón de Jesús, el de María se unió con los Dos; y de tres se hizo un solo corazón”.

LAVÁNDOLO CON SUS LÁGRIMAS, MARÍA FORTALECE EL CORAZÓN DE VERÓNICA
2 de octubre, 1712 = Volumen III, 617-8

“Ella quería sacarme el corazón y me dijo: “Quiero que pidas la bendición y la obediencia al Padre”. En un instante, me pareció hacerlo todo. Obtuve la obediencia, me vino en seguida el recogimiento; y María Santísima me sacó el corazón, lo lavó con sus lágrimas, y después me lo metió de nuevo. Comprendí que hizo esto para fortalecerlo, para que tuviese fuerza para estas grandes penas”.

DESPOSORIO DE LOS TRES CORAZONES Y RENOVACIÓN DE LOS DOLORES
22 de octubre, 1712 = Volumen III, 630

“Esta noche ha habido el ejercicio del desposorio de aquellos; tres corazones, como me mandó el confesor, al marcharse ayer por la tarde. Entre las 9 y las 10, ocurrió el recogimiento en el cual María Santísima me sacó el corazón que, por manos de mis ángeles, fue presentado al Corazón de María y al de Jesús. El uno y el otro se unieron a la vez y, después, María Santísima tomó aquel corazón que había puesto en mi, en lugar del mío, y repuso en mi, mi corazón, que fue seguido de dos rayos que salían del Corazón de Jesús y del de Ella. Parecía que estos rayos, penetrasen dentro y uno y otro, obrasen en mi. El de María renovaba los dolores, el de Jesús renovaba la herida del corazón y movía todos los Instrumentos de la Pasión. Al final, por mano de María tuve de nuevo, aquel clavo que es la llave de la obediencia y fui confirmada en ella”.

JESÚS LE GRABA SU NOMBRE EN EL CORAZÓN
4 de enero, 1714 = Volumen III, 740

“Tuve el recogimiento, con la visión de Nuestro Señor, de la Santísima Virgen y de muchos santos. Me parece que mi ángel Custodio me condujo delante de Jesús y de la Santísima Virgen; que ambos me tomaron en medio; del Corazón de Jesús salió un rayo resplandeciente que se dirigía a mi corazón; y que la Santísima Virgen con sus manos mostraba a su Hijo la llaga que tengo en mi corazón. En un momento, se abrió esta llaga de modo que se veía todo el corazón; el Niño Jesús con uno de sus dedos, la marcó por encima, como si hubiese escrito su Santísimo Nombre; su dedo parecía ser un afilado cortaplumas, con el que se formaban las letras del Santísimo Nombre de Jesús. En esto me pareció que él con un dedo, se tocaba su corazón, que aparecía con llaga sanguinolenta, y que con su misma sangre mojaba las letras que había hecho en mi corazón. Comprendí entonces, por vía de comunicación, que este Santísimo Nombre me ayudará en todos los sufrimientos y, especialmente, para combatir todas las insidias del demonio; porque en adelante, seré combatida con toda clase de tentaciones. Después de esto, Dios me confirmó mis dos oficios: la conversión de los pecadores, y la liberación de las almas del Purgatorio…

Quedé toda la noche con un dolor tan grande en el corazón, que pensaba morirme, y también sentía en él una cruz; porque me parecía que Jesús, después de haber marcado su Santísimo Nombre, me puso también en él una cruz que todavía la siento y me da gran dolor.

Lo mismo éstas que todas las demás penas, yo deseo que sean en penitencia de mis pecados”.

MARÍA LE DA A BEBER UN SORBO DE LA SANGRE Y DE LAS LÁGRIMAS
16 de febrero, 1714 = Volumen III, 753

“Hubo esta novedad que, después de recibida la Sagrada Hostia, María Santísima Llamó a si aquellos ángeles, tomó los dos cálices, y me dio a gustar un sorbo de sangre y de lágrimas. ¡Sea todo a gloria de Dios! Me mandó luego que, a lo largo de todo este tiempo, dé yo el consentimiento a toda pena, especialmente a la de la lengua; y que por eso me había hecho gustar tan preso licor.

Ayer por la noche tuvo lugar la renovación con alguna peculiaridad: es decir, como la tuve la primera vez; y ayer por la mañana en la Comunión tuve las tres gracias de renovación del desposorio, de la uniformidad y unión los tres corazones y de gustar la sangre preciosa que costado de Jesús”.

RENOVACIÓN DE LOS 7 DOLORES DE MARÍA

23 de marzo, 1714 = Volumen III, 762-3

“María Santísima me prometió un nuevo modo de penar. Sería esto que, durante siete días, pondría uno de sus dolores en la herida de mi corazón; y que cada uno de esos dolores partiría del corazón de María para venir a mi corazón; que será un milagro si no muero de puro sufrimiento; que el mando de la santa Obediencia me mantendrá en vida, para empezar aquella vida entre padecimientos en sufrimientos; y que estos dolores serán mi voz para pedir todas las gracias que quiere la santa obediencia”.

EN LA PIEDRA PRECIOSA DEL ANILLO, TRES CORAZONES
25 de diciembre, 1715 = Volumen III, 975

“Después (el Niño Jesús) volvió a los brazos de María Santísima, de nuevo tomó el corazón herido en la mano, lo hizo descansar sobre su corazón, y lo atrajo a Él en Él. Hecho esto, lo hizo descansar sobre el Corazón de María Santísima; el Corazón de la Santísima Virgen hizo lo mismo, y atrajo hacia si dicho corazón; y en un instante lo vi en la mano de Jesús, atado con cadenas de oro; una salía del Corazón de Jesús, y la otra del Corazón de María Santísima. Después tuvo lugar el desposorio, con el anillo en el dedo, en el cual, en la piedra preciosa del mismo, habían tres corazones que formaban un solo corazón; y la vista de estos tres corazones significaba el Corazón de Jesús, el de María Santísima y el corazón herido que, por la unión de amor, quedaba tan unido a los Dos Corazones, y hacía con ellos uno solo. De todas estas gracias una no esperaba a la otra; todas fueron renovadas en mi, para mi; y María Santísima se exhibía como madre mía, Jesús como esposo, y me decían: “Pide gracias”. Yo entonces pedí muchas, según lo mandado por la santa Obediencia; y me parecía entender cuáles serian concedidas y cuáles no. Todo me lo hacían ver bien claro. ¡Sea todo a gloria de Dios!”

TRANSFORMACIÓN EN MARÍA, O MATRIMONIO ESPIRITUAL
8 de mayo, 1718 = Volumen III, 1291-2

“Al hacer la adoración a la Santísima Trinidad, mi alma fue confirmada como hija, esposa y discípula de las Tres Divinas Personas; mientras, María Santísima me confirmó por hija suya, y como Madre amorosa, me dio un tierno abrazo e hizo descansar mi cabeza sobre su pecho. Entonces mi alma tuvo la gracia de la unión con el Corazón Santísimo de María Virgen; y me pareció que quedé atada a Él, con aquel lazo indisoluble que, tantas y tantas veces existe entre Dios y mi alma, y hoy ha sido entre la hija y la madre. ¡Dios mío! Aquí quedo en silencio porque con palabras no puedo decir nada. ¡Sea todo a gloria de Dios!”

TU CORAZÓN NO ES TUYO, SINO MÍO Y DE M1 HIJO
7 de agosto, 1718 = Volumen IV, 8

“En ella (la comunión) he entendido tres cosas. La primera que mañana por la mañana, tendré la gracia de la unió de los tres corazones de un modo superior a las otras veces…

Jesús y María Santísima contendían entre si sobre quién de los Dos podría atar y encadenar más el corazón herido; y me parecía que tenían una cadena de oro, con la cual lo ataban en medio de sus Corazones. En un instante, he visto que los tres corazones se hacían uno solo; y María Santísima así atado, me lo ha devuelto y me ha dicho: “Hija, ahora si que este corazón no es tuyo, sino mío y de mi Hijo.” Aquí he tenido aquellas comunicaciones íntimas; todo lo que había participado el corazón, ahora el alma lo participaba también todo; y ha habido la renovación de aquel lazo indisoluble entre Dios y el alma”.

SU CORAZÓN SE LLAMARÁ EN ADELANTE “DIVINO”
25 de diciembre, 1718 = Volumen IV, 52

“Todo lo que experimentó y entendí en esta segunda Misa, no puedo decirlo con palabras. En ella, me mostró María Santísima también mi corazón herido, del todo renovado y divinizado en sus manos, y me dijo: “En adelante, se llamará corazón divino y no corazón herido, aunque el divino amor lo tenga que herir de nuevo; esto sucederá el primer día del año. Mientras tanto avisarás a mi Siervo, para que él te dé el reglamento para prepararte…”

A la tercera Misa, tuve raptos duplicados y en todos mi alma participó lo que participaba el corazón herido en la mano de María Santísima y de Jesús Niño el cual me llamó y me dijo: “Dime ¿de quién es este corazón?” Habiéndole yo contestado: “Es vuestro y de la Mamá Santísima”. El añadió: “Sí, es mío; y como señal de ello, le cambio el nombre y confirmo lo que mi Madre Santísima ha dicho. Llámese en adelante, corazón divino”. Entonces, el corazón de Jesús, el Corazón de María Santísima y mi corazón divino, se unieron en un instante, y de los tres se formó uno solo que mandó un rayo a mi corazón amoroso que estaba en mi, y comunicó al alma todo lo que participaba el corazón divino en el pecho de María Santísima y en el corazón del mismo Niño Dios.

Aquí si que no puedo explicar con palabras las comunicaciones que tuvo mi alma. Fue renovada y estabilizada la unión de los tres corazones; fue renovado el lazo indisoluble del alma con Dios; Dios quedó dueño absoluto de mi alma; y el querer de Dios empezó a ser mi reglamento en todo el resto de mi vida: vida de obediencia, vida divina y vida de perfección”.

SU CORAZÓN DEBE PURIFICARSE SIEMPRE Y UNIRSE MAS ÍNTIMAMENTE CON LOS DE JESÚS Y DE MARÍA
21 de noviembre, 1719 = Volumen IV, 145

“Me ha venido también el recogimiento con la visión de María Santísima y me he portado como de costumbre. Ella me ha hecho hacer la adoración a la Santísima Trinidad; las tres Divinas Personas han confirmado mi alma, como hija, esposa y discípula; he visto detenerse en el Corazón de María Santísima tres rayos, que luego venían hacia mi corazón; y he entendido tres cosas. La primera, que debía realizarse la unión de los tres corazones; la segunda que mi corazón debía ir a la mano de María Santísima; la tercera, que debía volver a mi, unido a los otros dos corazones. Luego en un momento María Santísima ha llamado a aquellos ángeles, ha tomado aquellos cálices, los ha derramado sobre mi, me ha puesto el corazón amoroso, y teniendo, en mano el herido, se lo apretaba contra su pecho, como a cosa muy querida.

He entendido, que por tantas Confesiones, como he hecho, y luego por la gracia que Ella le había hecho con el lavado de aquellos cálices, lo había dejado como Ella lo quería; en un instante me lo, ha devuelto de nuevo…”

AUDIENCIA GENERAL
Verónica Giuliani, &laquuo;¡He visto al Amor!»
S.S. Benedicto XVI
Diciembre 15, 2010

Queridos hermanos y hermanas, Hoy quisiera presentar a una mística que no es de la época medieval; se trata de santa Verónica Giuliani, monja clarisa capuchina. El motivo es que el 27 de diciembre próximo se celebra el 350° aniversario de su nacimiento. Città di Castello, lugar donde vivió durante más tiempo y murió, como también Mercatello – su pueblo natal – y la diócesis de Urbino, viven con gozo este acontecimiento. Verónica nació precisamente el 27 de diciembre de 1660 en Mercatello, en el valle del Metauro, de Francesco Giuliani y Benedetta Mancini; era la última de siete hermanas, de las cuales otras tres abrazaron la vida monástica. Recibió el nombre de Orsola. A la edad de siete años, perdió a su madre, y el padre se mudó a Piacenza como superintendente en las aduanas del ducado de Parma. En esta ciudad, Orsola sintió crecer dentro de si el deseo de dedicar la vida a Cristo. La llamada se hacía cada vez más apremiante, tanto que, a los 17 años, entró en la estricta clausura del monasterio de las Clarisas Capuchinas de Città di Castello, donde permanecerá durante toda su vida. Allí recibió el nombre de Verónica, que significa “verdadera imagen”, y, en efecto, ella se convertirá en una verdadera imagen de Cristo Crucificado. Un año después emitió la profesión religiosa solemne: inicia para ella el camino de configuración a Cristo a través de muchas penitencias, grandes sufrimientos y algunas experiencias místicas ligadas a la Pasión de Jesús: la coronación de espinas, el desposorio místico, la herida en el corazón y los estigmas. En 1976, a los 56 años, se convirtió en abadesa del monasterio y fue reconfirmada en este cargo hasta su muerte, sucedida en 1727, tras una dolorosísima agonía de 33 días que culminó en una alegría profunda, tanto que sus últimas palabras fueron: “He encontrado el Amor, ¡el Amor se ha dejado ver! Esta es la causa de mi padecimiento. ¡Decidlo a todas, decidlo a todas!” (Summarium Beatificationis, 115-120).

El 9 de julio deja la morada terrena para el encuentro con Dios. Tiene 67 años, cincuenta de los cuales transcurridos en el monasterio de Città di Castello. Fue proclamada Santa el 26 de mayo de 1839 por el Papa Gregorio XVI. Verónica Giuliani escribió mucho: cartas, relatos autobiográficos, poesías. La fuente principal para reconstruir su pensamiento es, con todo, su Diario, iniciado en 1693: son veintidós mil páginas manuscritas, que cubren un arco de treinta y cuatro años de vida claustral. La escritura fluye espontánea y continua, no hay borraduras o correcciones, ni guiones o distribución de la materia en capítulos o partes según un diseño preestablecido. Verónica no quería componer una obra literaria; al contrario, fue obligada a poner por escrito sus experiencias por el padre Girolamo Bastianelli, religioso de los Filipinos, de acuerdo con el obispo diocesano Antonio Eustachi. Santa Verónica tiene una espiritualidad marcadamente cristológico-esponsal: es la experiencia de ser amada por Cristo, Esposo fiel y sincero, y de querer corresponder con un amor cada vez más implicado y apasionado. En ella todo es interpretado en clave de amor, y esto le infunde una profunda serenidad. Todo es vivido en unión con Cristo, por amor a él, y con la alegría de poder demostrarle todo el amor de que es capaz una criatura. El Cristo al que Verónica está profundamente unida es el sufriente de la pasión, muerte y resurrección; es Jesús en el acto de ofrecerse al Padre para salvarnos. De esta experiencia deriva también el amor intenso y sufriente por la Iglesia, en la doble forma de la oración y del ofrecimiento.

La Santa vive desde esta óptica: reza, sufre, busca la “santa pobreza” , como “expropiación”, pérdida de sí (cfr ibid., III, 523), precisamente para ser como Cristo, que se entregó totalmente. En cada página de sus escritos Verónica encomienda a alguien al Señor, aumentando el valor de sus oraciones de intercesión con el ofrecimiento de sí misma en cada sufrimiento. Su corazón se abre a todas “las necesidades de la Santa Iglesia”, viviendo con ansia el deseo de la salvación de “todo el universo mundo” (ibid., III-IV, passim). Verónica grita: “¡Oh pecadores, oh pecadoras!… todos y todas venid al corazón de Jesús, venid a lavaros en su preciosísima sangre… Él os espera con los brazos abiertos para abrazaros” (ibid., II, 16-17). Animada por una ardiente caridad, da a las hermanas del monasterio atención, comprensión, perdón; ofrece sus oraciones y sus sacrificios por el Papa, su obispo, los sacerdotes y por todas las personas necesitadas, incluidas las almas del purgatorio. Resume su misión contemplativa con estas palabras: “No podemos ir predicando por el mundo para convertir almas, pero estamos obligadas a rezar continuamente por todas esas almas que están ofendiendo a Dios… particularmente con nuestros sufrimientos, es decir, con un principio de vida crucificada” (ibid., IV, 877). Nuestra Santa concibe esta misión como un “estar en medio” entre los hombres y Dios, entre los pecadores y Cristo Crucificado. Verónica vive de modo profundo la participación en el amor sufriente de Jesús, segura de que “sufrir con alegría” es la “clave del amor” (cfr ibid., I, 299.417; III, 330.303.871; IV, 192). Ella muestra que Jesús sufre por los pecados de los hombres, pero también por los sufrimientos que sus siervos fieles habrían tenido que soportar a lo largo de los siglos, en el tiempo de la Iglesia, precisamente por su fe sólida y coherente. Escribe: “Su eterno Padre le hizo ver y sentir en ese momento todos los padecimientos que debían padecer sus elegidos, Sus almas más queridas, es decir, las que se habrían aprovechado de Su sangre y de todos Sus padecimientos” (ibid., II, 170). Como dice de sí mismo el apóstol Pablo: “ Ahora me alegro de poder sufrir por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, para bien de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24). Verónica llega a pedir a Jesús ser crucificada con Él: “En un instante – escribe – vi salir de Sus santísimas llagas cinco rayos resplandecientes; y todos vinieron a mi alrededor. Y yo veía estos rayos convertirse como en pequeñas llamas. En cuatro estaban los clavos; y en una vi que estaba la lanza, como de oro, toda de fuego: y me traspasó el corazón, de parte a parte… y los clavos traspasaron las manos y los pies. Yo sentí gran dolor; pero en el mismo dolor, me veía, me sentía toda transformada en Dios” (Diario, I, 897).

La Santa está convencida de que participa ya en el Reino de Dios, pero al mismo tiempo invoca a todos los Santos de la Patria bienaventurada para que vengan en su ayuda en el camino terreno de su donación, en espera de la bienaventuranza eterna; esta es la aspiración constante de su vida (cfr ibid., II, 909; V, 246). Respecto a la predicación de la época, centrada a menudo en “salvar la propia alma” en términos individuales, Verónica muestra un fuerte sentido “solidario”, de comunión con todos los hermanos y hermanas en camino hacia el Cielo, y vive, reza, sufre por todos. Las cosas penúltimas, terrenas, en cambio, aun apreciadas en sentido franciscano como don del Creador, resultan siempre relativas, totalmente subordinadas al “gusto” de Dios y bajo el signo de una pobreza radical. En la communio sanctorum, ella aclara su donación eclesial, además de la relación entre la Iglesia peregrina y la Iglesia celeste. “Todos los santos – escribe – están allí arriba a través de los méritos y la pasión de Jesús; pero a todo lo que hizo Nuestro Señor, ellos han cooperado, de modo que su vida estuvo toda ordenada, regulada por (sus) mismas obras” (ibid., III, 203). En los escritos de Verónica encontramos muchas citas bíblicas, a veces de modo indirecto, pero siempre puntual: ella revela familiaridad con el Texto sagrado, del que se nutre su experiencia espiritual. Debe destacarse, además, que los momentos fuertes de la experiencia mística de Verónica nunca están separados de los acontecimientos salvíficos celebrados en la liturgia, donde tiene un lugar particular la proclamación y la escucha de la Palabra de Dios. La Sagrada Escritura, por tanto, ilumina, purifica, confirma la experiencia de Verónica, haciéndola eclesial. Por otra parte, sin embargo, precisamente su experiencia, anclada en la Sagrada Escritura con una intensidad fuera de lo común, lleva a una lectura más profunda y “espiritual” del propio Texto, entra en la profundidad escondida del texto. Ella no sólo se expresa con las palabras de la Sagrada Escritura, sino que realmente también vive de estas palabras se convierten vida en ellos. Por ejemplo, nuestra Santa cita a menudo la expresión del apóstol Pablo: “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?” (Rm 8,31; cfr Diario, I, 714; II, 116.1021; III, 48). En ella, la asimilación de este texto paulino, esta gran confianza y profunda alegría suyas, se convierten en un hecho realizado en su misma persona. “Mi alma – escribe – ha sido ligada a la voluntad divina y yo me he establecida verdaderamente y permanezco para siempre en la voluntad de Dios. Parecíame que nunca más hubiese de separarme de esta voluntad de Dios y volví en mi con estas mismas palabras: nada me podrá separar de la voluntad de Dios, ni angustias, ni penas, ni fatigas, ni desprecios, ni tentaciones, ni criaturas, ni demonios, ni oscuridades, y ni siquiera la misma muerte, porque, en la vida y en la muerte, quiero todo, y en todo, la voluntad de Dios” (Diario, IV, 272). Así estamos también en la certeza de que la muerte no es la última palabra, estamos fijados en la voluntad de Dios y así, realmente, en la vida para siempre. Verónica se revela, en particular una testigo valiente de la belleza y del poder del Amor divino, que la atrae, la impregna, la inflama. Es el Amor crucificado que se ha impreso en su carne, como en la de san Francisco de Asís, con los estigmas de Jesús. “Esposa mía – me susurra el Cristo crucificado – me son queridas las penitencias que haces por aquellos que son mi desgracia… Después, separando un brazo de la cruz, me hizo señal de que me acercase a Su costado… Y me encontré entre los brazos del Crucificado. Lo que sentí en ese momento no puedo contarlo: habría podido estar siempre en Su santísimo costado” (ibid., I, 37).

Es también una imagen de su camino espiritual, de su vida interior: estar en el abrazo del Crucificado y así estar en el amor de Cristo por los demás. También con la Virgen María Verónica vive una relación de profunda intimidad, atestiguada por las palabras que oye decir un día a la Señora y que recoge en su Diario: “Yo te hice reposar en mi seno, te uniste con mi alma y fuiste llevada por ella como en vuelo ante Dios” (IV, 901). Santa Verónica Giuliani nos invita a hacer crecer, en nuestra vida cristiana, la unión con el Señor en el ser para los demás, abandonándonos a su voluntad con confianza completa y total, y la unión con la Iglesia, Esposa de Cristo; nos invita a participar en el amor sufriente de Jesús Crucificado para la salvación de todos los pecadores; nos invita a tener la mirada fija en el Paraíso, meta de nuestro camino terreno, donde viviremos junto a tantos hermanos y hermanas la alegría de la comunión plena con Dios; nos invita a nutrirnos diariamente de la Palabra de Dios para encender nuestro corazón y orientar nuestra vida. Las últimas palabras de la Santa pueden considerarse la síntesis de su apasionada experiencia mística: “¡He encontrado al Amor, el Amor se ha dejado ver!”. Gracias. [En español dijo] Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, en particular a los procedentes de España, Chile y otros países latinoamericanos. Y, de modo particular, a los miembros de la comunidad católica mejicana de Roma, así como a los artesanos venidos de Guanajuato, acompañados por el Gobernador de dicho Estado y el Señor Arzobispo de León, a quienes agradezco el obsequio de un artístico nacimiento. Que el ejemplo de Verónica Giuliani incremente nuestro amor a Cristo.

Muchas gracias.