Domingo XII (Ciclo B)

La tempestad calmada
La tempestad calmada

Siempre me ha impresionado la historia de Job. La suelo sacar a relucir muchas veces porque es lo que vivimos todos cada día.

Cuando las cosas en nuestra vida se revuelven, hay alguien a nuestro alrededor con muy buenas intenciones que viene a leernos la historia, a interpretarnos la historia, como los amigos de Job. Eso te pasa por esto o por aquello, y venga darle vueltas al bombo. Muy buenas intenciones, sí, pero a riesgo de sacarnos del plan de Dios para con nosotros. O su mujer gritando, maldice a Dios, maldícelo y muérete de una vez. Reniega de Dios, es lo que escuchamos tantas veces, la tentación más fuerte cuando las dificultades se asoman a nuestra vida. ¿No ves qué bien le va a otros, a los paganos? ¿Para qué sufrir? ¿Por qué te empeñas en combatir si parece que Dios te ha olvidado?

Y, sin embargo, Job va a conocer a Dios, que ha puesto al mar puertas y cerrojos, en la tormenta. Es más, necesitaba del sufrimiento, de toda su historia, de todas sus desdichas, para conocer a Dios en la tormenta.

En la tormenta van a conocer también los discípulos al Señor: “¿Pero, quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!”. Y es que muchas veces parece que Jesús duerme en medio de la tempestad de nuestra vida. Dice san Agustín que Cristo está esperando que lo despertemos. Que Cristo se ha dormido porque lo hemos abandonado, porque no le damos conversación, porque en el fondo vamos a lo nuestro. Y lo hemos arrinconado en la popa de nuestra vida sin darnos cuenta tan siquiera de que Él está ahí. Y es precisamente en la cruz, que es de madera como aquella barca, cuando nuestra vida se ve zarandeada por las olas, cuando parece que vamos a morir, que nuestra vida no parece que vaya a alcanzar ningún puerto seguro, cuando todo indica que no hay salida, que nuestra vida se va a pique. Es el momento de gritar al Señor, de despertarlo, porque Él tiene poder sobre el mar, sobre la tempestad, sobre el pecado: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?”

¡Cuántas familias rotas! ¡Cuántas vidas truncadas! ¡Cuánta desesperanza en el corazón del hombre! ¡Cuánto rencor! ¡Cuánto odio! ¡Cuántos que han desertado de la Iglesia! ¡Cuántos que se han perdido por no gritar a Cristo! Por no querer dejar el timón de su barca, por no crucificar su razón un instante, por intentar surcar las tempestades solos, por no pedir ayuda al único que puede sacarnos incluso de la muerte.

Porque a Cristo le importas. Y le importa tu vida, y te espera. Porque Él ha venido al mundo para aplacar una tempestad mucho mayor, la del caos de nuestro pecado; y esto mediante su muerte en la cruz, algo que ciertamente lo eleva por encima de todos los criterios humanos, de toda nuestra lógica. Porque ha realizado el mayor milagro posible: el de “morir por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para Él, que murió y resucitó por ellos”.

Ánimo, pues, hermano. Que no estás condenado a ofrecértelo todo en sacrificio. Que no estás condenado a vivir para ti, al egoísmo natural al que fuiste condenado cuando fuiste engendrado bajo el manzano. No. Allí te despertó Cristo para darte otra vida, para desposarse contigo en alianza eterna, para amarte. No, ya no estás condenado. Otra vida es posible: la vida en Cristo.