Domingo XI (Ciclo B)

Árbol de la mostaza
Árbol de la mostaza

Hemos dejado atrás ya todas las fiestas grandes de la Pascua, Pentecostés, la Trinidad, el Corpus, y nos metemos de nuevo en el tiempo ordinario.

Y resulta curiosa la liturgia de este domingo: dos parábolas sobre unas semillas, una rama tierna, una hoz, un juicio ante el tribunal de Cristo. Y todo para llamarnos tan solo a una cosa, a la confianza en Dios.

“El Reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra.”  Y esta semilla germina, crece y va produciendo cosecha ella sola, sin que él sepa cómo. Hay una fuerza en la semilla que le es propia. El Reino de Dios tiene una fuerza propia, y se va desarrollando según el plan de Dios, según su lógica, según su fuerza. Por nuestra parte no queda sino acoger esta semilla, acoger el Reino de Dios que ha sido sembrado en nuestra vida, y cuidarlo, custodiarlo, para que vaya produciendo sus frutos, no según nuestras obras y nuestro esfuerzo, no. Según el plan de Dios.

“Arrancaré una rama del alto cedro y la plantaré.” La rama de la primera lectura no tiene esta fuerza propia, no sale un árbol de una rama de un cedro que ha sido arrancada del tronco. Es más, tan poca fuerza tiene esta rama que es una rama tierna. Y Dios la plantará “para que eche brotes y dé fruto y se haga un cedro noble.” “Y todos los árboles silvestres sabrán que yo soy el Señor, que humilla los árboles altos y ensalza los árboles humildes.” Todos verán que es Dios el que obra milagros, todos contemplarán que hay cosas que corresponden a la fuerza de Dios.

Igual de débil y de pequeña es la semilla de mostaza. “Es la semilla más pequeña.” Porque nada tiene que ver con nuestra lógica humana. No, absolutamente. Nosotros estamos llamados a la confianza, a esperar en la fuerza de Dios, que cuenta muchas veces, casi siempre, con lo despreciable, con lo último, con lo pequeño, para hacer cosas grandes, para mostrar su gloria. ¡Ay de nosotros si nos creemos grandes o importantes! ¡Ay de nosotros si confiamos únicamente en nuestra manera de pensar y de ver las cosas! ¡Ay de nosotros si no nos fiamos de la fuerza de Dios, si no nos ponemos a esperar en el Señor frente a la injusticia, frente a la violencia, frente al pecado, propio y ajeno! ¡Ay de nosotros! Porque El Señor “seca los árboles lozanos y hace florecer los árboles secos.”

Cristo es esta semilla pequeña. Él se ha hecho el último y el servidor de todos, despreciado y desecho de los hombres, y ha sido constituido Señor con poder de salvar. Ha muerto en la cruz y ha sido sepultado. Y no podemos entenderlo, nos resulta escandaloso el sufrimiento, la muerte, la nada, el fracaso. El de Cristo y el nuestro. Pero todo tiene su tiempo en la lógica de Dios, que no en la nuestra. Por eso, estés como estés hoy, tengas el sufrimiento que tengas, aunque no entiendas nada de lo que te está pasando en tu vida, aunque se te hayan truncado todos tus proyectos y tus planes, fíate hoy de Dios, que tiene sus tiempos y te ha regalado la cruz para engendrar en ti la confianza, para que tú grites hoy “a tus manos encomiendo mi espíritu, tú, el Dios leal, me librarás.”

Es curioso que quien humaniza el mundo, quien hace más hermoso el mundo, no es la ONU ni los gobiernos de las naciones, ni los derechos humanos, ni las libertades modernas, ni las democracias ni todas estas cosas que pertenecen a este mundo. No. Lo que hermosea el mundo es la fe de los cristianos, de los que han puesto su confianza en el Señor. Mirad a los santos: María Goretti, muerta a cuchilladas con once años que perdonó a su asesino; Francisco de Asís; la beata Madre Teresa de Calcuta, rota y completamente desgastada al servicio de los más pobres, con la única ilusión de que fueran al cielo con la dignidad de los hijos de Dios; el santo que tú quieras. Porque la cosa es si te fías o no te fías de Dios que te quiere, que es tu Padre.