Adviento III (Ciclo B) Domingo de Gaudete

Corona de adviento
Corona de adviento

El tercer domingo de adviento es el domingo de gaudete, el domingo de la alegría. La alegría siempre conlleva placer pero existe el placer que nos lleva a perder la alegría. ¿Cuál es, pues, la verdadera alegría? ¿Cuál es la alegría que busca el hombre desde que existe sobre la tierra?

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La luz que viene. La luz viene siempre, no la poseo yo, me es dada. La luz es la primera creatura de Dios. Es ella la que establece el parámetro de todo. La creación comienza con la luz y la redención comienza con este testigo de la luz.

Para entrar en la alegría se necesita creer en la luz. Tenemos siempre resistencia a entrar en la luz. La falsa alegría es un poco esconderse de la luz, evitarla, estar un poco fuera de la realidad, buscar lo sombrío, entrar en tinieblas. La alegría plena es entrar en la luz. Y aceptar la luz es creer en el bien, en la salvación, en el amor de Dios, en la bondad de nuestra existencia, en la redención de nuestro pasado, en pensar que cualquier oscuridad de nuestro pasado, cualquier pecado, por grande que haya sido, cualquier cosa que parecía habernos derrotado y aplastado para siempre, puede convertirse en luz verdadera, en salvación, en paz, en perdón y en encuentro con Dios. Hay en nosotros siempre una resistencia a pensar que esto es así, a entrar en la luz, y necesitamos que alguien venga a recordarnos: oye, ánimo, mira, que existe la luz; que Dios ha sido bueno contigo, que aquello que has hecho hace tiempo que te tiene atrapado en el rencor o en el odio, ha sido perdonado; deja de interpretar tu pasado tu presente y tu futuro en base a tus pecados y déjate iluminar por Dios. Hay una salida, viene la luz, viene Cristo, tus pecados han sido perdonados, la fe te ha curado.

Ninguno entra en la verdadera luz sin abandonar la perspectiva, la mirada, la iluminación del hombre viejo, que lo interpreta todo de manera idolátrica e infantil. La alegría que llega es una alegría que deshace las tinieblas. Atención, porque cuando uno está en tinieblas y llega una luz muy fuerte le duelen los ojos y uno puede desear permanecer en la sombra. La plena luz asusta un poco porque muestra el polvo, la inmundicia, la ambigüedad.

Llega este domingo la Iglesia, como Juan el Bautista, anunciando la luz que llega, anunciando a Cristo. Gritando que tu vida es importante, que lo que te sucede es una gracia, que no te asustes del futuro, que no te anticipes proyectando hacia adelante tus tinieblas, tus murmuraciones, tus mentiras, tus pecados del pasado.

Y este hombre que anuncia la luz, es además humilde. Lo primero que dice es yo no soy el Cristo. Yo no soy quien vosotros creéis. Tenía el éxito en las manos, podía apoderarse de la gloria que todos le daban, era importante, la gente acudía a él. No, yo no soy el Cristo, yo no soy el centro de la historia. Sabe hablar de otro, quedarse a un lado. Así es como llega Cristo. Así es como llega la luz.

En este adviento todos podemos practicar la vida de Juan Bautista. El reconocimiento verdadero de los propios límites trae siempre la paz, porque tantas veces queremos llevar sobre nuestros hombros el mundo, como el mito de Atlante, y vivimos aplastados. No, somos unos pobrecillos. Todos estamos necesitados de que venga Cristo a salvarnos.

Ánimo, pues, que llega Cristo a iluminar nuestra vida, a hacernos humildes y a salvarnos de nuestros pecados.