Adviento II (Ciclo B)

Preparad el camino del Señor
Preparad el camino del Señor

El comienzo del evangelio de Jesús es éste: “Está escrito en el Profeta Isaías: Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino. Una voz grita en el desierto: Preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos.”

Jesús no puede llegar sin Juan el Bautista. Dios no puede entrar en nuestra existencia si no es de este modo, a través de un mensajero, de uno que se convierte para nosotros en un ángel que nos anuncie a Jesucristo. No es posible pasar al reino de los cielos si no es a través de esta puerta, a través de este ángel. Y dice algo fantástico esta voz.

Acostumbrados, como estamos, a mirarnos el ombligo, pensamos que este tiempo de adviento es una oportunidad para allanar nuestros caminos, para limar un poco el genio, para ser más pacientes, para quitar algo que nos estorba, para hacer no sé cuántas recetas que nos cambien un poco, que nos hagan un poco mejores, porque malos del todo no somos ninguno. No. No son esos los caminos que hemos de allanar, sino los del Señor. Por eso este grito nos invita precisamente a lo contrario, a dejar de mirar nuestros caminos, nuestra vida chata, nuestros proyectos, nuestros criterios, y volver la mirada a Cristo, al que viene, y empezar a contemplar sus proyectos.

Allanad los caminos del Señor. ¿Por qué? Porque los hemos torcido en ese afán que tenemos de conformarlo todo a nuestras expectativas, a lo que creemos que deben ser las cosas, al modo en que queremos que sea nuestra historia. Y los caminos de Dios se han vuelto tortuosos, difíciles, pesados, intransitables, porque no queremos cambiar realmente de vida, no queremos dejar al Señor que haga su obra y lo utilizamos tantas veces para justificar nuestra mediocridad. Y tenemos auténtico pavor de que aparezca el Señor y nos toque un poquito nuestra historia, nuestra realidad, que con tanto esfuerzo hemos cuadrado y hemos conseguido controlar.

Y llega Juan el Bautista y te dice hoy: déjate ya de interpretarlo todo; déjate de manipular la obra de Dios; déjate de controlar el tiempo de oración, como si con cumplir media hora bastara; déjate de vivir de los afectos, de buscar que te quieran los otros; déjate de utilizar los bienes para tu propia comodidad, porque te justificas con pequeñas tonterías para no hacer limosna, o no ser generoso; déjate de controlarlo todo, porque Dios quiere entrar en tu vida y no encuentra ni una sola puerta abierta. Las has cerrado todas, y a veces, muchas veces, las has cerrado usando su propio nombre.

Juan nos invita hoy a convertirnos, a abandonar la ambigüedad y las ideas viejas. Porque nuestra vida es muy seria y nos la jugamos por cuatro tonterías que no valen un pimiento. Juan nos invita a entrar en la verdad de nuestra vida, a entrar en el dolor de saber que hemos hecho las cosas mal tantas veces. Juan nos invita a entrar en una verdad más profunda y auténtica, a volvernos a Cristo que viene a desposarse con cada uno de nosotros, a perdonar nuestros pecados. Cuentan de san Francisco de Asís que fue muy perseguido cuando comenzó su vida de penitencia, porque los jóvenes de su tiempo, los hijos de la burguesía, lo seguían porque les anunciaba algo que valía más que el dinero y los negocios de sus padres, algo realmente auténtico: la vida, Cristo.

Todos necesitamos del adviento, de un cambio profundo en nuestra vida. Todos necesitamos encontrar la belleza profunda que esconde nuestra vida, encontrarnos con Cristo, que trae vida nueva, el Espíritu Santo, el perdón de los pecados. Ojalá que el Señor nos lo conceda este año, este tiempo, este domingo.