Adviento I (Ciclo B)

Tiempo de AdvientoComienza un nuevo año litúrgico con la llegada del Adviento. Y el evangelio de este primer domingo se convierte en una llamada: ¡Atención, mira, detente, despierta tú que duermes! ¡Ponte en guardia, vigila, vela!

Vigilar, velar. No vivir como quien está dormido. Y vivir en vela es vivir en tensión, es como si tuvieras en casa un recién nacido que no te deja dormir. No es agradable no dormir, pero ¿por qué velar? Porque no sabes ni el día ni la hora. Y la llamada de atención del primer día del Adviento se torna amenazante, porque tenemos esta mentalidad que nos hace pensar siempre mal de Dios. No es esto.

Para poder entender el Adviento tenemos la figura del anciano Simeón, que ha esperado toda la vida la llegada del salvador hasta que lo ha tenido en sus brazos y exclama contento: ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Esta es nuestra espera.

Velar es tener poder. Sí, velar no es estar continuamente con una cafetera preparada para no quedarte dormido por si llega el dueño de la casa. No, absolutamente. Velar significa tener poder, ejercitar tu derecho sobre los bienes de un señor que se ha ido de viaje dejándolo todo en tus manos. Es tener los ojos abiertos ante las cosas maravillosas que podemos y debemos hacer. Es haber recibido de Dios una misión y esperar a que cuando regrese podamos mostrarle con alegría lo que hemos hecho con lo que nos ha dado, sorprendidos y agradecidos. Mostrarle lo que nos ha salido bien y aquello en lo que hemos fracasado. Esto es velar, ejercer este derecho. Esto es la vida del cristiano. Es saber que hemos sido un desastre tantas veces, pero “sin embargo tú, Señor, eres nuestro Padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero”.

Es curiosa este domingo la figura del portero, que es a quien le han dado la instrucción de velar. El portero, que es el que decide quién entra o quién no entra. Uno que tiene que distinguir, que tiene que hacer una selección. Vela quien está atento a distinguir lo que es bueno de lo que no lo es, el que discierne. Y esa es nuestra misión, discernir y actuar, entrar en este combate.

Dios se ha fiado de nosotros y nos ha dado cosas estupendas para hacer y nos da el poder de decir sí o no. No ejercer esta misión, no velar, es lo mismo que dormir, que no hacer absolutamente nada de importante, es ser depravado, uno que no distingue lo que es bueno o malo, sin dar relevancia ni profundidad a las cosas que hace.

No sabemos cuándo regresará el señor. La vigilia es la experiencia de la Pascua para el pueblo de Israel, cuando el Señor pasa liberando a su pueblo. A esto viene el Señor y a Él esperamos también en este tiempo de Adviento. Porque no somos nosotros la última instancia de nada, la verdad auténtica de la vida. No, no somos Dios, no somos nosotros aquél a quien estamos esperando, sino a Cristo. Esto es lo que da sentido pleno a nuestra propia vida. Porque si esperamos que todos hablen bien de nosotros, que todos nos quieran, que las cosas nos vayan estupendamente, que no tengamos sufrimientos,…nuestra espera no puede sostener nuestra vida. No, nosotros esperamos a Cristo. Y ésta es nuestra defensa ante quien habla mal de nosotros, ante quien nos amenaza o nos juzga, frente a quien quiere meternos en la cabeza la mentalidad de este mundo, lleno de vanidad insípida. Mi Señor es Jesucristo. Él viene con poder y Él me hará justicia.