Jesucristo, Rey del universo (Ciclo A)

Detalle del juicio final - Kiko Argüello
Detalle del juicio final – Kiko Argüello

Al final del año litúrgico la liturgia nos pone como cada año frente al fin de la historia, al fin de las cosas. Mientras contemplamos la imagen de este rey pastor que llega y pone en orden las cosas, debemos abrir el corazón al significado profundo de este momento y a cómo esta palabra de Dios lo ilumina.

El término de un año nos hace pensar que las cosas se acaban, que tienen un tiempo, que tienen un final, y esto ha de llevarnos a mirar más allá, al final de nuestra propia vida. Depende de lo que esperemos cada uno al final de nuestra vida actuaremos de una u otra manera. Si no espero nada, si mi vida camina hacia el vacío, si mi vida termina en la tumba, seré como los impíos, que creen que lo que hagamos en la vida no tiene consecuencias, y mi vida será absurda. Porque si no espero una recompensa en lo que hago, ¿para qué esforzarme, para qué cansarme? Pero si mi vida apunta al cielo, el bien que espero da sabor incluso a mis propios sufrimientos, como gustaba decir san Francisco de Asís.

El evangelio de hoy da la sensación de que pretende asustarnos de nuestro propio final. Es verdad que podemos caminar hacia un fin que sea un completo fracaso, que el infierno existe, porque Dios tiene que garantizar nuestra propia y más absoluta libertad. Sin embargo yo escucho otra cosa…mira, que se puede acabar bien la vida, que nos espera el cielo, que Dios ha pensado para ti la felicidad, la alegría sin fin.

Ánimo, que Dios no nos deja sin oportunidades cada día para poder ir al cielo, en cada uno que pasa hambre, o sed, o que está enfermo, o encarcelado, o en cualquier necesitado. Que quien nos rodea no es alguien a quien tenemos que huir, de quien hemos de renegar, sino que es la ocasión que Dios nos da para salir de nosotros mismos, para abrirnos a la gracia. Los necesitados son puertas que Dios nos abre, son el reino de los cielos que se nos acerca, que sale a nuestro encuentro.

Intuir por un momento la belleza del otro es descubrir la puerta del paraíso. El que nos abre el paraíso es el otro. El que nos entra al cielo es el otro. En efecto, aquel que nos abre el paraíso es uno que nos ha visto preciosos hasta el punto de darse a sí mismo por nosotros.

Nosotros somos el pueblo santo de Dios. Conocemos ya a este pastor que un día ha de juzgarnos. En nosotros se verifica el don gratuito de poder estar ya en la posesión de esta verdad, de saber que el otro es Cristo, que en el necesitado y menesteroso se encuentra el Señor. San Camilo de Lelis se ponía siempre de pie o de rodillas delante de los enfermos, porque sabía que estaba delante del mismo Cristo.

Pero no estamos llamados solamente a servir a los menesterosos, sino a estar con Cristo. A sabernos también nosotros enfermos, hambrientos, sedientos de justicia, perseguidos, encarcelados, como Cristo lo ha sido por amor a nosotros. Cualquiera que quiera seguir a Cristo debe estar dispuesto a cargar con la cruz, a ocupar el último puesto, a ser descartado, despreciado, a no defenderse ante las injusticias, cuando uno te roba la fama, cuando uno miente sobre ti, cuando has sido herido por el desprecio.

El fin de las cosas, el juicio, está ya anticipado en cada acto de verdadera misericordia. Si hoy tenemos la oportunidad de ejercerla, no lo hagamos pensando que hacemos el bien a otro sino pensando que estamos regalándonos a nosotros mismos un bien enorme, el mayor bien, el cielo abierto, la vida eterna.