Todos los santos

Monte de las bienaventuranzasPreciosa la fiesta cristiana de todos los santos, que viene coronada por el inicio del sermón de la montaña, que nos explica sencillamente qué es un santo, qué es la santidad. Nosotros tenemos una idea de la santidad un poco manipulada por la piedad sentimental y muchas veces, casi siempre, por el voluntarismo. Es curioso que las vidas de los santos las escriben los que no son santos y añaden en los relatos un montón de cualidades personales, de perfecciones humanas, que nos suelen servir para justificarnos pensando que no llegamos a semejante altura humana, qué le vamos a hacer, y que por ello no somos santos ni podemos llegar a serlo. Pero la santidad, querido lector, es otra historia bien distinta.

Dice la plegaria eucarística “Santo eres en verdad, Señor, fuente de toda santidad”. O sea, que la santidad es algo que tiene que ver con la relación con Dios, no con las cualidades humanas personales. La santidad es una feliz respuesta personal a un la obra de Dios. Por ello el pasaje de las bienaventuranzas viene de perlas para esta fiesta.

La santidad y la alegría son cosas connaturales, porque hay una alegría auténtica, profunda, seria, no sujeta a nuestro estado de humor, sino que es una cosa estable, una cualidad del alma. La santidad se verifica en la alegría. Dichosos, alegres, bienaventurados vosotros…

Dichosos los que están tristes, los que lloran, los que son pobres en el espíritu, los humildes, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los que trabajan por la paz…y son perseguidos. Mira por donde, todo lo que nosotros descartamos, lo que no nos gusta, situaciones incómodas y dolorosas. Atento lector, no son estas circunstancias la causa de la santidad.

¿Qué es un santo, pues? Uno que es capaz de valorar su historia como la oportunidad de pasar al plan de Dios, a un proyecto de amor de Dios con él, uno que vive su vida en las manos de Dios.

Un pobre de espíritu es un mendicante, uno que descubre que Dios es el rico del que fiarse; el que deja que el llanto llegue a su vida se pone en situación de ser consolado por Dios; un humilde es uno que está a merced de uno que es más agresivo y remite su causa a las manos de Dios; el hambriento y sediento de justicia es un necesitado, uno que tiene hambre y sed, necesidad de un reino que no tiene, de una justicia que no posee y busca a Dios; el misericordioso ha sufrido una injusticia pero ha descubierto que él mismo tiene necesidad del perdón y la misericordia de Dios; el puro de corazón es uno que ha arrancado de su corazón lo torcido y lo sucio, uno que tiene un corazón herido y sangrante, pero quiere ver a Dios; el que trabaja por la paz es uno que está en medio de una guerra pero se juega su propia vida y trabaja por la paz, pero ha descubierto que esto le hace hijo de Dios.

Un santo es uno que se pone delante de Dios y obra según la fuerza de Dios, según su sabiduría, según su providencia. No es él el fuerte, el fuerte es Dios. Ser santo significa saber apoyarse en Dios, vivir la vida de cara a Dios.