El mandamiento principal – Domingo XXX (Ciclo A)

Shema IsraelPreguntan los doctores de la ley, los sabios, los entendidos, se acercan a Jesús para escuchar una respuesta que todos conocen, (Dt. 6,4ss) para saber si pueden o no fiarse del Señor. Amarás a Dios con todo el corazón, con toda la mente, con todas tus fuerzas. Ese es el corazón de la ley que los hebreos han de repetir al menos tres veces al día. Bastaba responder así para decir en una frase la ley entera, la que resume los más de seiscientos preceptos de un hebreo observante, un mandamiento por cada hueso del cuerpo humano y una prohibición para cada día del año.

Desde el corazón de la ley puede explicarse el hombre, el corazón, el alma, la mente. Pero esta relación de amor a Dios exige el corazón entero, el alma entera. Como es lógico. No me imagino yo a un novio pidiendo a su novia casarse con él, porque la quiere solo con una parte de su corazón, y solo con una parte de su alma, pero no con toda.

Pero lo que los judíos no esperaban es que Jesús añadiese un segundo mandamiento a este corazón de la ley tan conocido por ellos. El escriba no le había pedido esta respuesta, pero se la ha encontrado. El segundo es igual a este, amarás al prójimo como a ti mismo. No es que se parezcan o que vayan relacionados, no, son iguales. Amar a Dios es amar al prójimo y amar al prójimo como a ti mismo es amar a Dios. De estos dos mandamientos depende la ley entera y los profetas.

Quien dice que ama a Dios a quien no ve cuando no ama al hermano que ve es un mentiroso (1Jn). Y nosotros nos empeñamos en seguir separando estos dos mandamientos que son uno solo. Y vivimos un cristianismo que no salva, que nos aliena, un cristianismo de sacristía que no es cristiano. Amar a Dios es amarlo siempre en el prójimo. Tener problemas con el prójimo es tener también problemas con Dios. El que es fiel en lo poco lo es también en lo mucho.

Y atentos hemos de andar cuando con un corazón más torcido que el de los judíos pensamos también que hemos de amarnos primero a nosotros mismos para poder amar a los hermanos. No amaríamos nunca a nadie, ni terminaríamos de amarnos a nosotros mismos. No. Hay una clave mucho más profunda. Amar a los hermanos nos cura, nos sana del profundo egoísmo que nos invade. Perdonad y seréis perdonados, dad y se os dará, sed misericordiosos y encontraréis misericordia,…este es mi mandamiento, que os améis los unos a los otros como yo os he amado.

El gran problema es descubrir que no podemos amar. Cada día sentimos la tentación de pensar que Dios nos quita la libertad, que el prójimo es un enemigo despreciable, que sólo podemos envidiar a los otros, que nuestro trabajo es un asco, que nuestra vida es inaguantable. Lo que el hombre necesita es descubrir la raíz y la fuente del amor, porque si quiere vivir tendrá que amar y tantas veces le resulta imposible. Y la raíz del amor no es la buena voluntad humana, que tropieza siempre en la misma piedra: en lo desagradable, en lo que hiere, en el enemigo. Enemigo puede parecer Dios, como sucede desde Adán en el Paraíso; el enemigo es siempre alguien cercano a nosotros, porque nos incomoda; el enemigo es la cruz de la vida, como gritó Pedro y tentó a Jesús; el enemigo es un yo tarado y pecador, como lo vio Judas cuando se ahorcó…

Hemos sido creados para el amor. Me creaste Señor para amar, decía san Agustín, y mi corazón no conocerá el descanso mientras no descanse en ti. Pero el Amor nace de Dios: de verse cada día querido y perdonado por Él en los propios pecados, y llamado además a ser hijo. El amor se nos regala, Dios nos lo da.